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fictograma [Unofficial] May 17, 2026
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Capítulo 25

—Te ves demacrado. ¿También caíste en el alcoholismo? —preguntó Edna, observándolo fijamente.

—No. Mi madre murió hace unas semanas. Cosa de adictos. Te la pasas cuidándolos como si fueran niños chiquitos, evitando que se hagan daño, hasta que de pronto… ¡ups! Ya se fue al otro mundo. —Respondió Jensen con desapego mientras escogía qué pan poner en la charola de aluminio, pero sus ojos sumidos y su piel pálida lo delataban.

—¿Y qué haces aquí? —Levantó la vista del pan— ¿Me estás acosando?

—No. Aquí trabajo. Le ayudo a mi padre a atender la panadería. —Hizo una pausa— Lamento lo de tu ma…

—Ni lo menciones. No es necesario. Estoy tranquilo porque fue su decisión —sus ojos lo traicionaron, inundándose de lágrimas.

Edna quiso acercarse para darle un abrazo, pero Jensen puso la charola de por medio y dio dos pasos atrás.

—No te atrevas. Ella obtuvo lo que buscaba. ¿Quién soy yo para…? —Encogió los hombros— Bueno, la vida sigue. Compromisos que cumplir. Ahora veo las cosas de manera más clara. Pero… yo solo vine por un poco de pan y aquí me tienes, contándote mis penas —dijo con una sonrisa torcida.

—¿Qué te dijeron los doctores acerca de la convulsión?

—Me revisaron muy bien y no encontraron ningún motivo que justificara el… ya sabes —dijo, sacudiéndose exageradamente como si estuviera teniendo un ataque.

Edna sonrió.

—Al menos aparentemente no estás enfermo. ¿Y no sabes qué lo causó? ¿Comiste algo raro ese día?

—Nah, pan con lo mismo. ¿Tú no notaste algo raro? Yo no recuerdo muy bien, solo que todo se puso muy oscuro y creo… creo que escuché maldiciones, insultos… o algo así.

—¿Insultos?

—Sí… la voz de una mujer. —Se llevó una mano a la nuca— Pero no estoy seguro.

Ambos caminaron hacia el mostrador. Edna pasó al otro lado para meter el pan en una bolsa de papel y cobrarle.

—Son quince pesos.

—¿Quince pesos? —Exclamó— ¡Pero si solo son dos piezas!

—¡Oh! También estoy cobrando el pan que llevas en el morral —dijo, señalando la cámara que vigilaba desde la esquina.

—¡Ah! Yo pensé que era cortesía. Tú sabes… mamá muerta, la convulsión…

—¡Oh! La cortesía es para los clientes recurrentes. Ven más seguido y cuando muera algún otro familiar… tú sabes, un bolillo gratis.

Jensen soltó la carcajada. Dejó un billete de veinte.

—Quédate con el cambio. Eso fue mejor que un abrazo. No sabes cuánto necesitaba eso —salió riendo.

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