La fachada
Capítulo 28
—Está chingona tu camioneta wey —dijo Pancho al bajarse para ir a desayunar al mercado con Jensen. Lástima que tiene esos pinches rayones en el costado. ¿Se los vas a mandar a arreglar?
—No. Eso la hace diferente, le da personalidad. No me gustan las cosas perfectas. Lo perfecto es aburrido.
Caminaron por la calle empedrada llena de turistas con sus celulares sacando fotos y videos. Pasaron frente a varias fonditas que ofrecían comida variada con un delicioso aroma, hasta que Jensen entró a un negocio que no tenía ni un solo cliente.
—¡No, wey! Una vez comí aquí y me hizo daño. Vamos a comer a otro lado, un lugar donde sí haya clientes —reclamó Pancho.
—Tú sígueme. No digas frío hasta que veas pingüinos.
—¿Qué? ¿Cuáles pingüinos si hace un chingo de calor?
—Es una forma de decir que no te quejes. No seas wey.
—Mta…
Se sentaron junto a la pared. Una chica se acercó a darles el menú, sonriéndole de una manera muy peculiar a Jensen, bajo la mirada lasciva de Pancho.
—Yo no voy a comer aquí —renegó Pancho—. La otra vez que vine…
—Te dieron una bebida con una mosca dentro de un cubito de hielo —interrumpió Jensen.
—¡Ah chinga! ¿Cómo supiste?
—Es lo que hacen. Le ponen laxante a la comida y una mosca congelada para que los clientes no regresen.
—¿Y eso por qué?
—Porque su negocio no es la comida. Aquí es donde compro la maryjuana. La comida es una fachada para disimular. Así que no te preocupes. Hoy no le van a poner laxante a tu comida… ni mosca congelada. Hoy vamos a celebrar por la nueva camioneta. Pide lo que quieras, menos cerveza. Yo pago.
—Mta… Solo una cheve, para que asiente la comida.
—Solo una.
Pancho comenzó a comer con desconfianza, leyendo las expresiones de Jensen porque no estaba acostumbrado a ser tratado con respeto. Se veía diferente, pensativo, y en el fondo se asomaba un poco de tristeza en su mirada.
Desde que lo conocía, Jensen siempre fue muy reservado en todos los aspectos y era sorprendente que ahora le mostrara un secreto.
Mientras degustaban la comida, hablaron sobre sus aventuras. Como aquella vez que asaltaron a una pareja, pero cayó un aguacero y la camioneta se atascó.
Pancho devoró las enchiladas de mole con carne asada, frijoles y arroz. Se saboreó la cerveza y después pidió agua de jamaica. Jensen solo pidió unos tacos de guisado con tortilla azul.
—Sígueme —dijo Jensen después de pagar la cuenta.
Caminaron al interior del negocio a través de una puerta pequeña. Atrás había unos apartamentos blancos de tres pisos. Subieron al último piso.
—No sabía que existía este lugar —dijo Pancho al seguir a Jensen hacia el interior de su apartamento.
—No toques nada.
Las paredes estaban saturadas con libros de todo tipo, pero predominaban los de ciencia. Tenía una grabadora donde escuchaba el radio, pero no se veía ningún casete musical ni disco digital. Tampoco tenía televisión.
—¿Sí conseguiste los tres caballos que te encargué para el sábado?
—Sí, wey. Se los pedí a mi tío. Me dijo que sí.
—El sábado vamos a ir a la sierra. He estado hablando con una muchacha y ella va a ir con nosotros.
—¡Ay, wey! ¿Ya te estás volviendo machito?
Jensen se paró y comenzó a golpear a Pancho en el hombro.
—¡Ya! ¡Ya! Solo estaba bromeando, wey. Ya sabes.
Jensen se relajó. Fue al refrigerador y le aventó una botella de plástico con agua.
—Vamos a llegar a las ocho de la mañana. Vamos a estacionar la camioneta en el voladero. No te embriagues.
—¿Y qué tal está la morra?
—Ya la verás.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Vamos a la cabaña abandonada. Ella la quiere conocer.
—¡No mames! Yo no voy para allá. Dicen que ahí vivía un nahual, de esos culeros, no chingaderas. ¡Ni madres!
—Ella es morena y tiene ojos azules.
—Así sí. ¡Apúntame!
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