La montaña mágica: Capítulo 7 / 3 - Thomas Mann
Vint-et-un
Así pasaba el tiempo. Fueron semanas, al menos tres o cuatro semanas, si lo contamos, pues no podemos en modo alguno fiarnos de la opinión y del sentido que Hans Castorp tenía del tiempo. Resbalaban sin aportar nuevos cambios y fomentaban en nuestro héroe una cólera que se hacía habitual, contra ciertos acontecimientos imprevistos que le habían impuesto una reserva meritoria; contra el hecho de que se nombrase a sí mismo Pieter Peeperkorn cuando absorbía un dedo de aguardiente; contra la existencia entorpecedora de aquel hombre pintoresco, imponente e indistinto, entorpecedor de una manera mucho más agresiva que las maneras de Settembrini. Arrugas de descontento y de irritación se dibujaban verticalmente entre las cejas de Hans Castorp, y por debajo de esos pliegues contemplaba cinco veces por día a la bella dama, a pesar de todo, feliz de poder contemplarla, y lleno de desprecio hacia la presencia de alguien que no sospechaba lo equívoco que era el pasado de su compañera.
Pero una noche, como ocurre muchas veces sin ninguna causa que lo explique, la reunión en el vestíbulo y los salones adquirió un aspecto más animado que de ordinario. Se había hecho música —melodías cíngaras ejecutadas con brío por un estudiante húngaro—, después de lo cual el consejero Behrens, que había aparecido con el doctor Krokovski, había obligado a uno de los pensionistas a tocar, en el piano, el « Coro de peregrinos » de Tannhäuser mientras él mismo pasaba sobre los registros agudos del piano un cepillo, parodiando así el violín. Aquello hizo reír. En medio de los aplausos, encogiéndose de hombros con benevolencia, como sorprendido de su propia alegría, el consejero abandonó el salón. Pero la reunión se prolongó, se continuó haciendo música sin que exigiese ésta una atención demasiado concentrada, se formaron partidas de dominó, y de bridge, y se encargaron bebidas. Unos se divertían con la ayuda de los juguetes ópticos y otros bromeaban. Los habituales de la mesa de los rusos distinguidos se habían mezclado con los grupos del hall y del salón de música. Se vio a Mynheer Peeperkorn aparecer en distintos lugares y no se podía dejar de verle, pues su cabeza majestuosa dominaba a los que le rodeaban, triunfaba por su fuerza real e imponente, y los que se habían visto atraídos por su reputación de riquezas, ahora se sentían atraídos únicamente por su personalidad. Se hallaba allí sonriendo, aprobaban con la cabeza, le animaban, fascinados, por la mirada pálida bajo los formidables pliegues de la frente, mantenidos en suspenso por la insistencia de los gestos refinados de sus uñas oblongas, y sin experimentar decepción alguna por lo ininteligible, lo incoherente y lo gratuito de sus palabras.
Si en esta circunstancia nos ponemos en busca de Hans Castorp, le encontraremos en el salón de lectura y de correspondencia donde, en otro tiempo (ese otro tiempo es vago: el narrador, el lector y el héroe no ven muy claro respecto al grado de la lejanía), le fueran hechas confidencias importantes sobre la organización del progreso de la humanidad. En aquel lugar se estaba más tranquilo. Solamente estaban allí algunas personas. Un enfermo que escribía en uno de los escritorios dobles, bajo la lámpara eléctrica, y una dama, que llevaba unas antiparras sobre la nariz, ojeaba, cerca de la biblioteca, un volumen ilustrado. Hans Castorp se hallaba sentado en la proximidad del salón, volviendo la espalda a la puerta, con un diario en la mano; estaba sentado en una silla renacimiento recubierta de peluche, con un respaldo alto y derecho, sin brazos. El joven mantenía su periódico como se tiene para leer, pero no lo leía, pues con la cabeza baja escuchaba la música que llegaba hasta allí a través del rumor de las conversaciones, mientras sus párpados sombríos demostraban que aquello también lo hacía distraídamente y que sus pensamientos seguían caminos menos musicales. Seguían los caminos espinosos de la decepción que le habían causado los acontecimientos que se burlaban de un joven paciente, al final de una larga espera, caminos llenos de amargas revueltas. Algunas veces estaba a punto de tirar el diario sobre aquella silla incómoda que se encontraba allí por casualidad, abandonar aquella reunión y sumirse en la soledad glacial de su balcón, una soledad de dos: él y María Mancini.
—¿Y su primo, señor? —preguntó detrás de él, por encima de su cabeza, una voz.
Era una voz acariciadora para sus oídos, que estaban predestinados a encontrar infinitamente agradable aquel timbre velado y un poco ronco. Era la idea misma del placer, llevada hasta su límite extremo, era la voz que había dicho, hacía mucho tiempo: «Con mucho gusto, pero no lo rompas»; era una voz irresistible, una voz fatal, y, si no se equivocaba, había preguntado por el infortunado Joachim.
Dejó caer lentamente el periódico y elevó un poco el rostro de manera que su cabeza quedó apoyada sobre la vértebra cervical, apretada contra el respaldo recto. Cerró un poco los ojos, pero los abrió enseguida para elevarlos oblicuamente hacia lo alto, en la dirección que le era permitido a causa de la posición de su cabeza, no importa dónde, hacia el vacío. ¡Bravo, muchacho! Se hubiera dicho que su expresión era casi la de un vidente o la de un sonámbulo. Deseó que se le hiciese de nuevo la pregunta, pero no fue así. No estaba seguro todavía de que ella se hallase de pie tras él; después de esperar algún tiempo, con una mirada extraña y a media voz respondió:
—Ha muerto. Fue a incorporarse a su regimiento en la llanura y murió.
El mismo notó que la primera palabra pronunciada entre ellos y que estaba llena de un acento extraño, era la palabra «muerte». Notó, al mismo tiempo, que a causa de no estar familiarizada con su lengua, ella elegía expresiones demasiado ligeras para expresar su pésame, cuando dijo detrás de él:
—¡Ay! ¡Qué lástima! ¿Completamente muerto y enterrado? ¿Desde cuándo?
—Desde hace ya algún tiempo. Su madre se lo llevó. En su barbilla había crecido una barba de guerrero. Se dispararon tres salvas de honor sobre su tumba.
—Se las había merecido. Fue siempre un valiente. Era más valiente que muchos.
—Sí, era valiente. Rhadamante hablaba siempre de su exceso de celo. Pero su cuerpo no quería saber nada. Rebelio carnis , dicen los jesuitas. Siempre se había preocupado mucho por las cosas del cuerpo. Pero había dejado que penetrase en él el deshonor y se burló de su exceso de celo. Es, por otra parte, más moral perderse uno mismo que preservarse.
—Veo que continuamos siendo un filósofo que no sirve para nada. ¿Quién es Rhadamante?
—Behrens. Settembrini le llama así.
—¿Ese italiano que…? No me era simpático. No era bastante humano. —Su voz pronunciaba la palabra «humano» con un acento lánguido, despreocupado y con una especie de pereza soñadora—. ¿No está aquí? ¡Soy tonta! No sé lo que es Rhadamante.
—Algo humanista. Settembrini ya no vive aquí. Hemos filosofado largamente esos últimos tiempos, él, Naphta y yo.
—¿Quién es Naphta?
—Su antagonista.
—Si es su antagonista me gustaría conocerlo. ¿Pero no le había dicho yo que su primo moriría si intentaba ser soldado en la llanura?
—Sí, tú lo sabías.
—¿Qué es lo que dice?
Silencio prolongado. No rectificó nada. Esperó, con la vértebra apoyada contra el respaldo recto, con una mirada de vidente, que la voz se dejase oír de nuevo si se hallaba todavía detrás de él, temiendo que la música confusa que llegaba de la habitación contigua hubiese apagado el ruido de sus pasos. Al fin oyó de nuevo:
—¿Y el señor no ha ido siquiera al entierro de su primo?
Él contestó:
—No. Le dije adiós aquí, antes de que tapasen el ataúd, porque comenzaba a sonreír. No puedes imaginarte lo fría que estaba su frente.
—¿Todavía? ¿Qué manera es ésa de hablar a una mujer a la que apenas conoce?
—¿Debo hablar como humanista o como ser humano? —A pesar suyo, pronunció a su vez esa palabra de una manera arrastrada y soñolienta, como uno que se estira y bosteza.
— Quelle blague! ¿Ha permanecido usted aquí todo ese tiempo?
—Sí, he esperado.
—¿A quién?
—A ti.
Por encima de su cabeza sonó una risa, al mismo tiempo que la palabra «loco».
—¡A mí! No habrán dejado que te marchases.
—Sí, Behrens me habría dejado marchar, un día, en un acceso de cólera, pero no hubiese sido más que una partida en falso, pues, además de las viejas cicatrices de otro tiempo, de mi tiempo de colegial, ¿sabes?, hay una mancha fresca que Behrens ha descubierto y que me produce fiebre.
—¿Todavía fiebre?
—Sí, todavía. Casi siempre. Por intermitencias. Pero no es fiebre intermitente.
—¿Alusiones?
El permaneció silencioso, frunció las cejas con un aire sombrío por encima de su mirada de vidente y, al cabo de un momento, preguntó:
—Y tú, ¿dónde has estado?
Una mano dio un golpe sobre el respaldo de la silla.
— Mais c’est un sauvage! ¿Dónde he estado? En todas partes. En Moscú —la voz dijo «Moscú» con un acento lánguido análogo al que había empleado al pronunciar la palabra «humano»—, en Bakú, y asimismo en las estaciones termales alemanas, en España…
—¡Oh, en España! ¿Qué tal es España?
—Mira…, se viaja mal. Las gentes son medio negras. Castilla es muy seca y dura. El Kremlin es más bello que ese castillo o convento allá abajo al pie de la montaña…
—¿El Escorial?
—Sí, el castillo de Felipe. Un castillo. Me ha gustado mucho más el baile popular de Cataluña, la sardana, acompañada de la tenora. Yo también bailé. Todos se dan la mano y se baila en círculo, en la plaza llena de gente. Es encantador, es humano. Me compré un pequeño bonete azul, como todos los hombres y muchachos del pueblo lo llevan; casi es un fez. Llevo la boina en mi cura de reposo y en otras ocasiones. El señor juzgará si me está bien.
—¿Qué señor?
—El que está sentado aquí, en esta silla.
—Creía que era Mynheer Peeperkorn.
—Ya lo ha juzgado. Dice que estoy encantadora.
—¿Ha dicho eso? ¿Ha acabado diciendo eso? ¿Ha terminado la frase de manera que se ha podido comprender?
—¡Ah, parece que estamos de mal humor! Queremos ser malos, mordientes, desearíamos burlarnos de gentes que son más grandes, mejores y más humanas que nosotros mismos, comprendiendo nuestro… ami bavard de la Mediterranée, nuestro maître grand parleur … Pero yo no permitiré que a mis amigos…
—¿Tienes todavía mi retrato interior? —interrumpió él con acento melancólico.
Ella rió.
—Tendré que buscarlo.
—Yo llevo el tuyo siempre conmigo. Tengo un pequeño caballete sobre mi cómoda, donde, por la noche…
No tuvo tiempo de acabar su frase. Peeperkorn se hallaba de pie delante de él. El holandés buscaba a su compañera de viaje, había entrado y se encontraba delante de la silla. Estaba allí como una torre, tan cerca de los pies de Hans Castorp que éste comprendió que, a pesar de su sonambulismo, se trataba ahora de ponerse en pie y de ser educado. Le costó trabajo levantarse de su silla entre los dos, pero tuvo que hacerlo dando un paso de lado, de manera que los tres personajes quedaron formando un triángulo con la silla colocada en el centro.
Madame Chauchat cumplió con las reglas del Occidente civilizado haciendo la presentación de ambos. Un amigo de antaño, dijo al hablar de Hans Castorp, un amigo del tiempo anterior. La existencia de Peeperkorn no sugería ningún comentario. Le nombró y el holandés —con su ojo pálido dirigido sobre el joven bajo el arabesco de los pliegues de su frente y de sus sienes de ídolo— le tendió su mano ancha y pecosa.
«Una mano de capitán —pensó Hans Castorp—, si se omiten las uñas puntiagudas.»
Por primera vez sufría el efecto inmediato de la vigorosa personalidad de Peeperkorn. «Personalidad», se pensaba siempre en esta palabra ante su presencia; se comprendía repentinamente lo que era una personalidad, cuando se le veía, y uno quedaba convencido de que una personalidad no podía tener un aspecto diferente. Y aquel sexagenario, ancho de espaldas, con la cara roja y los mechones blancos, con aquella boca dolorosa y desgarrada y aquella barba que pendía larga y estrecha sobre el chaleco cerrado de eclesiástico, aplastaba bajo su peso al frágil joven. Por otra parle, Peeperkorn era la amabilidad misma.
—Señor —dijo—. Absolutamente. No, permítame…, ¡absolutamente! Le conozco a usted esta noche, conozco a un joven que inspira confianza, lo hago con toda conciencia, señor, me hallo absolutamente al corriente. Me es usted simpático. Yo…, ¡haga el favor! ¡Archivado!
No había nada que objetar. Sus gestos eran perentorios. Hans Castorp le era simpático. Y Peeperkorn sacó de eso la conclusión que manifestó por medio de alusiones y que la boca de su compañera de viaje precisó caritativamente.
—Hijo mío —añadió—, todo va bien. ¿Pero qué cree usted? Le ruego que no interprete las cosas torcidamente. La vida es corta y nuestra capacidad de responder a sus exigencias… De esta manera… Se trata de hechos, hijo mío. Leyes. Cosas intangibles. En una palabra, hijo mío, la cosa es perfecta.
Hizo durar su gesto expresivo, que invitaba a tomar una decisión, declinando toda responsabilidad para el caso en que, a pesar de su proposición, se cometiese una falta grave.
Madame Chauchat era, al parecer, práctica en adivinar sus deseos. Dijo:
—¿Por qué no? Podemos permanecer todavía juntos un poco, jugar a algo y beber una botella de vino. ¿Qué espera usted? —Y volviéndose hacia Hans Castorp—. ¡Muévase! No nos vamos a quedar aquí los tres. Es preciso que busquemos compañía. ¿Quién hay todavía en el salón? ¡Invite a los que encuentre! Busque algunos amigos. Invitaremos al doctor Ting Fu a nuestra mesa.
Peeperkorn se frotó las manos.
—¡Absolutamente! —dijo—. ¡Excelente, perfecto! ¡Dése prisa, joven! ¡Obedezca! Formaremos un círculo. Jugaremos, comeremos, beberemos. Sentiremos que nosotros… ¡Absolutamente, joven! ¡Perfecto…, muévase!
Hans Castorp se metió en el ascensor y subió hasta el segundo piso. Llamó a la puerta de A. C. Ferge, el cual, por su parte, fue a buscar a Fernando Wehsal y al señor Albin, a la chaise-longue , en la sala de reposo de abajo. Encontraron también en el vestíbulo al procurador Paravant y a los esposos Magnus, y en el salón, a la señora Stoehr y a Herminia Kleefeld.
Se dispuso una amplia mesa de juego bajo la lámpara central y a su alrededor sillas y veladores.
Mynheer saludaba a cada uno de los invitados que se presentaban con una mirada pálida y cortés, bajo el arabesco de su frente atenta y arrugada.
Se sentaron doce a la mesa —Hans Castorp entre el anfitrión majestuoso y Clawdia Chauchat—, se buscaron cartas y dados (pues se habían puesto de acuerdo para hacer una partida de « vingt-et-un ») y, con su procedimiento imponente, Peeperkorn encargó a la enana, a la que había llamado, vino generoso, un Chablis de 1906, tres botellas para empezar, y algunos dulces, todos lo que pudiese encontrar en materia de frutas secas y frutas confitadas.
La manera como se frotó las manos al recibir las cosas sabrosas que se le servían, demostraba su viva satisfacción, y por la incoherencia imponente de sus frases, intentaba expresar sus sensaciones, cosa que consiguió perfectamente, pues todos experimentaban el ascendiente de su personalidad. Ponía sus dos manos sobre los antebrazos de sus vecinas, elevaba su índice puntiagudo y reclamaba y obtenía, con un éxito completo, la atención de todos hacia el esplendido color dorado del vino en las copas, hacia el azúcar que rezumaban las pasas de Málaga, hacia una especie de pequeñas aceitunas saladas, que calificó de divinas, saliendo al paso a toda contradicción que hubiese podido formularse contra aquella palabra enérgica.
Fue el primero en encargarse de la banca, pero pronto se la cedió al señor Albin, porque aquella preocupación perjudicaba el placer que sentía de poderse expansionar libremente.
La suerte, visiblemente, le importaba muy poco. Se jugaba por nada, según su opinión. A propuesta suya se había fijado la apuesta máxima a cincuenta céntimos, pero esto era mucho para la mayoría de los jugadores.
El procurador Paravant, lo mismo que la señora Stoehr, se ruborizaban y palidecían a cada momento, y ésta, sobre todo se hallaba presa de terribles luchas interiores cuando se planteaba la cuestión de saber si con dieciocho debía todavía pedir. Lanzaba gritos agudos cuando Albin, con su tranquilidad habitual, le enviaba una carta que, de pronto, hacía que se derrumbasen todos sus cálculos audaces, y Peeperkorn reía cordialmente.
—¡Grite, grite, señora! —decía—. Es un sonido agudo, lleno de vida, y que viene del fondo de… Beba, deleite de nuevo su corazón.
Y le vertía vino, y servía también a sus vecinos y a sí mismo. Encargó otras tres botellas y bebió a la salud de Wehsal y de la calamitosa señora Magnus, porque uno y otro parecían tener una necesidad particular de ser confortados. Rápidamente el vino, que era, en efecto, maravilloso, coloreó los rostros, a excepción del doctor Ting Fu, que permanecía invariablemente amarillo, con sus pupilas de rata de un negro de jaspe, y que, con una suerte insolente, hacía apuestas elevadas.
Los demás no querían permanecer en segundo lugar. El procurador Paravant, con la mirada turbia, provocó al destino apostando diez francos a una carta de apertura que no prometía mucho, pujó palideciendo y ganó el doble de su apuesta, porque el señor Albin, fiándose en que tenía un as, había hecho doblar todas las posturas.
Eran emociones que no se limitaban a la persona del que se las procuraba. Todo el círculo tomaba parte en ellas, e incluso Albin, que rivalizaba por su fría circunspección con los croupiers del casino de Montecarlo, que pretendía haber frecuentado mucho, no podía dominar más que con gran trabajo su fiebre. Hans Castorp también jugaba fuerte, lo mismo que la Kleefeld y madame Chauchat.
Se pasó a las «vueltas», se jugó al «ferrocarril» y a la peligrosa «diferencia». Muestras de alegría y expresiones de desesperación, arrebatos de cólera y crisis de risas histéricas eran provocados por la excitación que la suerte caprichosa ejercía sobre los nervios, y todas esas manifestaciones eran auténticas, serias; no hubieran sido diferentes si se hubiese tratado de un acontecimiento de la vida real.
Sin embargo, no era solamente el juego, no era precisamente el juego lo que determinaba en todos ellos aquella tensión del alma, aquel ardor de los rostros, aquella dilatación de los ojos brillantes o lo que hubiese podido llamarse el esfuerzo que realizaba aquella pequeña sociedad, su estado de tensión dolorosa, de concentración extrema; era también la influencia del jefe que se encontraba entre los asistentes, la «personalidad» que se hallaba entre ellos, Mynheer Peeperkorn, que mantenía la dirección con los magníficos gestos de sus manos y que hacía sentir a todos la fascinación del momento por medio del espectáculo de su gran fisonomía, por su mirada pálida bajo los pliegues monumentales de su frente, por su palabra y la expresión de su mímica.
¿Qué decía? No eran más que cosas muy confusas y que se hacían cada vez más indistintas a medida que iba bebiendo. Pero todos estaban suspensos de sus labios, miraban fijamente, sonreían con las cejas enarcadas, pendientes del círculo que formaban su pulgar y su índice y por encima del cual los otros dedos apuntaban como lanzas, mientras que un trabajo expresivo se iba realizando en su rostro de príncipe, y sin resistir se sometían a una servidumbre sentimental que rebasaba, con mucho, la medida de la pasión de que esas gentes se hubiesen creído ordinariamente capaces. Esa servidumbre era superior a la fuerza de algunos. Al menos, la señora Magnus se sintió indispuesta. Estuvo a punto de desmayarse, pero se negó obstinadamente a marchar a su habitación y se contentó con tenderse sobre la chaise-longue , con una servilleta mojada sobre la frente; pero pronto volvió a unirse al círculo, después de haber descansado un poco.
Peeperkorn pretendía explicar ese desfallecimiento atribuyéndolo a una alimentación insuficiente. Con palabras de una incoherencia significativa, el índice en alto, habló en ese sentido: Era preciso comer, comer convenientemente para defenderse; eso es lo que dio a entender, y pidió alimentos para restaurar a sus invitados: carne, emparedados, lengua ahumada, pechuga de pato, asado, salchichón y jamón, platos y platos de cosas sabrosas adornados con burbujones de mantequilla que parecían flores.
A pesar de que se hiciese gran honor a esos platos después de la cena, cuya solidez estaba fuera de toda duda, Mynheer Peeperkorn declaró, después de algunos bocados que aquello no era más que «bagatelas», y esto lo dijo con una cólera que demostraba lo imprevisto e inquietante de sus arrebatos de gran señor. Se puso furioso cuando alguien se atrevió a defender aquella comida. Su poderosa cabeza se hinchó, y dio un puñetazo en la mesa declarando que todo aquello no era más que «porquería», al oír lo cual todos callaron cohibidos, puesto que, en suma, el anfitrión que invitaba tenía derecho a juzgar lo que ofrecía.
Por otra parte, por extraño que pueda parecer, esta cólera convenía perfectamente a la fisonomía de Peeperkorn, como Hans Castorp tuvo que reconocer. No le desfiguraba en modo alguno, no le disminuía, hacía gran efecto, y lo extraño era que nadie se atrevía, ni en su fuero interno, a ponerla en relación con las enormes cantidades de vino que había bebido. Se mostró tan grande y tan pintoresco, que todos inclinaron la cabeza y se guardaron muy bien de tomar un solo bocado más de los platos.
Madame Chauchat tranquilizó a su compañero de viaje. Le acarició su ancha mano de capitán que, después del puñetazo, había permanecido inmóvil sobre la mesa, y le dijo con voz mimosa que no había ninguna dificultad para que se encargase otra cosa, un plato caliente, si quería y si había medio de obtener eso del cocinero a aquella hora.
—Bien, hija mía —dijo.
Y conservando, sin embargo, toda su dignidad, encontró una transición entre su loca cólera y un estado moderado, besando la mano de Clawdia.
Deseaba tortillas para él y para todos, para cada uno una buena tortilla, a fin de que fuese suficiente para las exigencias de la boca. Y, al mismo tiempo que el encargo, envió a la cocina un billete de cien francos para decidir al personal a ponerse a trabajar a pesar de lo avanzado de la hora.
Había, por otra parte, recobrado plenamente su buen humor cuando apareció la humeante tortilla difundiendo en la habitación un olor tibio y dulzón de huevos y manteca.
Se hizo honor al plato, al mismo tiempo que Peeperkorn y bajo su vigilancia, pues, por medio de palabras incoherentes y de gestos autoritarios, obligaba a cada uno a disfrutar con atención, incluso con fervor, de ese don de Dios, e hizo servir ginebra holandesa, una ronda completa, y obligó a todos a absorber con recogimiento atento ese líquido claro que desprendía un aroma santo de trigo y recordaba ligeramente a la ginebra.
Hans Castorp fumaba. Madame Chauchat fumaba también cigarrillos de boquilla de cartón, que sacaba de una petaca de laca rosa, ornada con una troika, que para su comodidad había puesto sobre la mesa, y Peeperkorn no censuraba a sus vecinos por entregarse a aquel placer, a pesar de que él no fumaba nunca. Por lo que se podía comprender lo que iba diciendo, el consumo del tabaco despertaba, según él, placeres demasiado refinados a los cuales uno no podía entregarse más que a costa de la majestad de los dones sencillos de la vida, de esos dones y de esas exigencias a los cuales nuestra sensibilidad conseguía apenas satisfacer.
—Joven —decía a Hans Castorp, fascinándole con su mirada y su gesto alambicado—. Joven, ¡la sencillez es lo sagrado! Bueno, usted ya me comprende. Una botella de vino, un plato humeante de huevos, un alcohol de trigo puro y transparente; si tenemos esto y lo disfrutamos alguna vez, si lo consumimos, satisfacemos verdaderamente al… Absolutamente, señor. ¡Archivado! He conocido gentes, hombres y mujeres, cocainómanos, fumadores de hachís, y morfinómanos. Bueno, querido, ¡perfectamente! No debemos juzgar a nadie. Pero esas gentes habían fracasado absolutamente ante lo que es sencillo y grande, ante lo salido de Dios… ¡Archivado, amigo mío! ¡Condenado, maldito! No habían satisfecho nada. Sí, joven, ¿cómo se llama usted? Lo he sabido pero lo he olvidado… No es en la cocaína, no es en el opio, no es en el vicio en lo que consiste el vicio. El pecado que no puede ser perdonado es…
Se interrumpió. Ancho y alto, vuelto hacia su vecino, permaneció sumido en un silencio poderosamente expresivo que obligaba a comprender, con el índice en alto y la boca encogida bajo el labio superior fofo y rojo, ligeramente herido por un golpe de navaja. Los pliegues móviles de su frente rodeada de llamas blancas se hallaban dolorosamente fruncidos, sus ojillos pálidos estaban dilatados por algo parecido al espanto —según pareció a Hans Castorp—, pero el pensamiento del crimen, de ese gran pecado, de aquella debilidad imperdonable a la que había aludido y cuyo horror invitaba en silencio a meditar con toda la potencia de la fascinación que emanaba de su naturaleza de soberano…
Un espanto abstracto —pensó Hans Castorp—, pero también algo así como un terror personal poseía a ese hombre principesco. No un temor pequeño y mezquino, sino algo parecido a un terror, a un pánico que parecía en aquel instante surgir del fondo de su ser, y Hans Castorp se hallaba demasiado inclinado al respeto —a pesar de todas las razones que podía tener para albergar sentimientos hostiles contra el majestuoso compañero de viaje de madame Chauchat— para no sentirse impresionado por tal observación.
Bajó los ojos y encogió los hombros para dar a su augusto vecino la satisfacción de haber sido comprendido.
—Es muy cierto —dijo—. Eso puede ser un pecado, y un signo de insuficiencia el complacerse con los refinamientos sin haber probado los dones de la vida, sencillos, naturales, grandes y sagrados. Tal es su opinión, si he comprendido bien, Mynheer Peeperkorn, y a pesar de que esa idea no se me hubiera ocurrido nunca, puedo aprobarla con convicción desde el momento en que usted llama mi atención sobre ella. Por otra parte, ocurrirá muy raramente que se rinda todo lo que se debe a esas ventajas sanas y sencillas de la vida. La mayoría de los hombres son ciertamente demasiado negligentes, demasiado despreocupados y demasiado gastados interiormente para entregarse a ellas de un modo pleno. Sin duda debe ser así.
El formidable holandés pareció estar muy satisfecho.
—Joven —dijo—. ¡Perfecto! ¿Quiere usted permitirme…? Ni una palabra más. Le ruego que beba conmigo, que vacíe su vaso entrelazando nuestros brazos. Eso no quiere decir que yo le proponga que nos tuteemos fraternalmente…, es decir, estaba a punto de hacerlo, pero reflexiono y me parece que sería demasiado precipitado. Muy probablemente, le daré permiso dentro de tiempo muy… Cuente con ello. Pero si usted desea y persiste en…
Hans Castorp se declaró de acuerdo con el aplazamiento que Peeperkorn acababa de proponer.
—Bien, amigo mío; bien, camarada. Insuficiencia…, bien. Bien y espantoso. Demasiado despreocupado…, muy bien. Los dones…, no está bien. ¡Las exigencias! Las exigencias sagradas de la vida, que es mujer, en lugar del honor y de la fuerza.
Hans Castorp se dio cuenta, de pronto, de que Peeperkorn estaba completamente borracho. Pero su embriaguez misma no era ni vil ni humillante; no era un estado deshonroso. Se confundía con la majestad de su naturaleza en un fenómeno grandioso que imponía respeto. Baco mismo —pensó Hans Castorp— se apoyó sobre sus compañeros en su embriaguez, sobre sus compañeros entusiastas, sin perder nada de su naturaleza divina, y en suma, lo importante era saber quién estaba borracho, si una personalidad o un tejedor. Se guardó, hasta en lo más íntimo de sí mismo de faltar al respeto a aquel impresionante compañero de viaje, cuyos gestos se habían relajado y cuya lengua balbuceaba.
—Hermano, deja que te tutee —dijo Peeperkorn, echando hacia atrás su poderoso cuerpo presa de una embriaguez libre y orgullosa, tendido el brazo sobre la mesa y golpeando ligeramente con el puño—, deja que te tutee, te tutearé dentro de poco…, dentro de poco, cuando la reflexión… Bien. ¡Archivado! La vida, joven, es una mujer tendida, con los senos llenos y apretados, con un gran vientre liso y blando entre las caderas robustas, con los brazos frágiles, las nalgas redondas y los ojos entornados, que, en su provocación magnífica y burlona, exige nuestro más alto valor, toda la tensión de nuestra potencia de macho que le haga frente o que se rinda vencido…, vencido, joven, ¿comprende usted lo que esto quiere decir? La derrota del sentimental ante la vida, la insuficiencia, para la cual no hay perdón, no hay piedad, no hay dignidad, que es despiadada y sardónicamente maldecida, ¡archivada, joven!, y vomito… La desvergüenza y el deshonor son palabras pálidas para indicar esa ruina y esa quiebra, para ese espantoso ridículo. Es la desesperación infernal, el fin del mundo.
Mientras hablaba, el holandés había ido echando su cuerpo poderoso cada vez más atrás, mientras su cabeza se inclinaba hacia el pecho como si fuese a dormirse. Pero, al decir la última palabra, adquirió empuje y dejó caer con un golpe pesado su puño sobre la mesa, de manera que el débil Hans Castorp, presa de un estado nervioso a causa del juego y del vino, se sobresaltó y contempló al amo con un respeto lleno de espanto.
«¡Fin del mundo!» ¡Qué bien le sentaban esas palabras! Hans Castorp no recordaba haberlas oído pronunciar más que durante la clase de religión, y no por casualidad, pensó, ¿a qué hombre entre los que conocía podía convenir esa palabra fulminante? ¿Quién estaba a la altura de ella?
El pequeño Naphta hubiera podido, sin duda, utilizarla en el momento oportuno. Pero hubiese sido una usurpación y una simple charla, mientras que en la boca de Peeperkorn esa palabra fulminante adquiría su aplastante poder, vibraba con el sonido de las trompetas, alcanzaba toda su grandeza bíblica.
«¡Dios mío, es una recia personalidad! —pensó por centesima vez—. ¡He caído en manos de un gran carácter, y es el compañero de viaje de Clawdia!»
El mismo, bastante turbado, hacía girar sobre la mesa su vaso de vino, tenía la otra mano en el bolsillo de la chaqueta y guiñaba un ojo a causa del humo del cigarrillo que tenía en la comisura de los labios. ¿No debía permanecer silencioso después de haber pronunciado una personalidad palabras tan fulminantes? ¿Para qué hacer de nuevo oír su voz seca? Pero, acostumbrado a la discusión por sus educadores demócratas —los dos de naturaleza democrática, a pesar de que uno de ellos negase serlo—, se dejó arrastrar por los comentarios ingenuos, y dijo:
—Sus observaciones, Mynheer Peeperkorn —¿qué podía decir con eso de «sus observaciones»? ¿Se hacen observaciones sobre el fin del mundo?—, sus observaciones hacen coincidir mis pensamientos en la conclusión sobre la cual nos hallábamos, hace un momento, de acuerdo respecto al vicio, a saber: que constituye una ofensa a los dones sencillos y, como usted dice, sagrados de la vida, o como yo preferiría decir, a los dones clásicos, a los dones « in folio », anteponerles los dones tardíos y refinados, los refinamientos a los que uno se «abandona», como uno de nosotros ha dicho hace un momento, mientras que los demás dones son sacrificados. Pero en este punto me parece que se puede llegar a formular una excusa (perdóneme, tengo un temperamento inclinado a formular excusas, a pesar de que las excusas no tengan importancia, lo comprendo claramente), la excusa del vicio, precisamente porque el vicio proviene de la insuficiencia y usted ha dicho, sobre el terror, cosa de tal calibre que me ha producido gran impresión. Pero creo que el hombre vicioso, lejos de ser insensible a esos terrores, le hace completa justicia considerando la flaqueza de su sensibilidad ante los dones clásicos de la vida, debilidad que le empuja al vicio, lo que no constituye necesariamente una ofensa a la vida, puesto que este estado puede ser considerado también como un homenaje a la vida, principalmente teniendo en cuenta que los refinamientos constituyen una serie de medios de embriaguez y de exaltación, estimulantes, apoyos y tónicos de la sensibilidad, de manera que la vida, a pesar de todo, su objetivo y su sentido, el amor de la sensibilidad, la necesidad de remediar la insuficiencia de ésta… quiero decir…
¿Qué decía? ¿No constituía una impertinencia democrática eso de decir «uno de nosotros» cuando se trataba de una personalidad? ¿Procedía el valor de su insolencia de ciertos hechos del pasado que se referían turbiamente al derecho de propiedad? ¿Qué mosca le había picado para que se decidiese a meterse en un análisis igualmente impertinente del vicio? Lo único que ahora podía hacer era escurrirse como pudiese, pues había provocado una tempestad.
Mientras Hans Castorp hablaba, Mynheer Peeperkorn había permanecido apoyado contra el respaldo de la silla, con la cabeza inclinada, de manera que no se podía saber si había oído o entendido las palabras del joven. Pero, poco a poco, mientras Hans Castorp iba perdiendo la serenidad, comenzó a ponerse tieso, a hacerse cada vez más alto, a aparecer con toda su grandeza, mientras su cabeza majestuosa se hinchaba y enrojecía, los arabescos de su frente se ponían tensos y sus ojillos se dilataban cargados de pálidas amenazas. Comenzaba a iniciarse un acceso de cólera, comparado con el cual el que acababa de tener, hacía un momento, no era más que un ligero mal humor. El labio inferior de Mynheer Peeperkorn se comprimía con una expresión de terrible ira contra el labio superior, de tal manera que las comisuras de la boca se dibujaban hacia abajo y la barbilla se hacía saliente. Su brazo derecho se elevó de un modo lento, abandonando la mesa y alzándose hasta la altura de la cabeza y luego sobrepasándola. El puño se cerró con un empuje grandioso para destruir, de un solo golpe, a aquel charlatán demócrata que asustado y al mismo tiempo regocijado ante aquella imagen de una cólera regia y expresiva, podía apenas ocultar el deseo de escaparse. Entonces Hans Castorp dijo apresuradamente:
—Sin duda me he expresado mal. Todo eso es una cuestión de gradaciones y nada más. No puede llamarse vicio lo que adquiere grandes proporciones. El vicio no ha tenido jamás grandeza. Los refinamientos no tienen grandiosidad. Pero, en todos los tiempos, el hombre ávido de grandes sentimientos ha dispuesto de medios para embriagarse y entusiasmarse, y, entre ellos, uno de los medios clásicos, un remedio « in folio », si se me permite que me exprese así, es el vino, un presente de los dioses al hombre, como ya dijeron los antiguos pueblos humanistas. El invento filantrópico de un dios al cual se halla, en cierta manera, unida la civilización. Permítame que lo recuerde. ¿No se dice que, gracias al arte de plantar la viña y exprimir los racimos, el hombre ha salido de su estado de salvajismo y ha conquistado la civilización? ¿Y hoy mismo, los pueblos que producen buen vino, no se consideran como más civilizados que los que no tienen viñas? ¿No vale la pena hacer notar eso? ¿No es acaso la civilización una cuestión de entusiasmo, de embriaguez, de sentimiento deleitoso, más que de clarividencia y de elocuencia? ¿No es ésa su opinión?
¡Qué astuto era ese Hans Castorp! O, como había dicho Settembrini, con su finura de escritor, un «humorista». Imprudente y, al mismo tiempo, impertinente en sus relaciones con las personalidades, pero no menos astuto cuando se trataba de salir del atolladero. Ahora, en una situación violenta, viéndose obligado a improvisar, había conseguido salvar el honor de la embriaguez con bastante elegancia, después de lo cual, incidentalmente, había hablado de civilización, pues la actitud espantosa de Mynheer Peeperkorn no auguraba nada bueno, y finalmente había combatido esa actitud y la había hecho aparecer como fuera de lugar haciendo una pregunta a la cual era imposible contestar con el puño levantado.
El holandés modificó, en efecto, su actitud de cólera antediluviana; lentamente su brazo se aproximó a la mesa y su cabeza se deshinchó: «¡Tienes suerte!», podía leerse en su mirada, que ya había perdido su impulso amenazante. La tempestad se disipaba, y, para acabarla de ahuyentar, madame Chauchat intervino llamando la atención de su compañero de viaje acerca de los contertulios, que comenzaban a dar muestras de cansancio.
—Querido amigo, usted se olvida de sus invitados —dijo en francés—. Usted se consagra excesivamente a ese señor, con el cual tiene usted sin duda importantes asuntos que ventilar. Pero durante este tiempo, el juego ha cesado casi completamente y temo que venga el aburrimiento. ¿Quiere usted que levantemos la sesión?
Peeperkorn se volvió inmediatamente hacia los invitados. Era exacto. La desmoralización, la letargía, el marasmo, se había apoderado del terreno, los invitados se ocupaban de cosas distintas, como los escolares cuando no se hallan bajo la vigilancia del maestro. Algunos estaban a punto de dormirse. Peeperkorn tomó inmediatamente las riendas que había abandonado.
—Señoras y señores —exclamó con el índice levantado, y ese dedo puntiagudo era como una espada que diese la señal, como una bandera o como el llamamiento: «¡Qué me sigan los que no sean cobardes!», de un jefe que quiere detener la derrota. La intervención de su personalidad les hizo reaccionar inmediatamente. Los rostros fatigados se reanimaron, las sonrisas respondieron a la sonrisa pálida del anfitrión, a la sonrisa potente que se dibujaba por debajo de las arrugas de su frente de ídolo. Les había fascinado y les exhortaba de nuevo a cumplir con su deber, uniendo las yemas del índice y del pulgar y dejando tiesos a los demás que mostraban sus uñas puntiagudas. Extendió luego su mano de capitán, con un gesto protector, y de sus labios, dolorosamente desgarrados, comenzaron a escaparse palabras cuya confusión ejerció, gracias al apoyo de su personalidad, una poderosa influencia sobre los espíritus.
—Señoras y señores: ¡Perfectamente! La carne, señoras y señores, es de ese modo… ¡Archivado! No, permítanme. «Débil», eso es lo que podemos leer en la Escritura… «Débil», es decir, inclinada a zafarse de las exigencias… Pero apelo a ustedes. En una palabra, bello y bueno. Ustedes responderán: el sueño. Bueno, señoras y señores, perfectamente, excelente. Amo y rindo honores al sueño. Venero su voluptuosa profundidad, dulce y deleitosa. El sueño se halla entre (¿cómo decía usted, joven?), se halla entre los dones clásicos de la vida, entre los primeros, completamente entre los primeros… ¿Quieren ustedes hacer el favor de recordar? Getsemaní. «Se llevó con él a Pedro y a los hijos de Zebedeo. Y les dijo: Permaneced aquí y velad conmigo.» ¿Se acuerdan ustedes? «Y vino junto a ellos y les encontró dormidos, y dijo a Pedro: ¿No podéis, pues, velar una hora conmigo?» ¡Intenso, señoras y señores, impresionante, emocionante! «Y vino, pero los encontró dormidos, y sus ojos se hallaban llenos de sueño. Y Él les dijo: ¡Ah, queréis dormir y reposar! Ha llegado la hora…» ¡Señoras y señores, trastornador, desgarrador!
En efecto, todos estaban impresionados y turbados hasta el fondo del alma. Había juntado las manos sobre el pecho, sobre su barba y había inclinado oblicuamente la cabeza. Su mirada pálida se había casi borrado, al mismo tiempo que una solitaria y mortal tristeza le subía a los labios.
La Stoehr sollozó; la señora Magnus lanzó un profundo suspiro y el procurador Paravant se vio obligado, en calidad de representante y en cierto modo de delegado de la sociedad, a dirigir en voz baja algunas palabras al honorable huésped para expresarle la seguridad de la adhesión de todos. Debía haber un error. Todo el mundo estaba alegre y despierto, y todo el mundo se hallaba pendiente de él con todo el corazón. Era una velada de fiesta tan bella, tan extraordinaria, que todos se daban cuenta de ello y nadie pensaba ni remotamente en hacer uso, ni siquiera provisional, de ese don de la vida que es el sueño. Mynheer Peeperkorn podía contar con invitados, con todos juntos y con cada uno en particular.
—¡Perfecto, excelente! —exclamó Peeperkorn, y se puso tieso. Sus manos se separaron y, al mostrarse extendidas y abiertas, dejaron ver las palmas hacia el exterior, como para iniciar una plegaria pagana. Su fisonomía grandiosa, que se había mostrado por unos instantes llena de dolor gótico, florecía opulenta y alegre. Un pequeño hoyuelo de sibarita se dibujó en su mejilla—. Ha llegado la hora —murmuró. Se hizo traer la carta. Ajustó su monóculo de armadura de carey y encargó champán; tres botellas de Mumm, Cordon rouge, très sec. Además, petits fours , deliciosas golosinas en forma de cono y helados de delicadas cremas, rellenos de chocolate y de bizcocho, servidos sobre servilletas de papel.
La señora Stoehr se lamía los dedos. El señor Albin, con una maestría de técnico, liberó el primer tapón de corcho de su jaula de alambre, retiró el tapón en forma de seta con el ruido de una pistola de juguete y lo hizo saltar hasta el techo, después de lo cual, según la tradición elegante, envolvió la botella en una servilleta para escanciar el vino. La noble espuma manchó el mantel. Se entrechocaron las copas, que fueron vaciadas de un solo trago, y el estómago se sintió electrizado por aquel picoteo frío y perfumado. Los ojos comenzaron a brillar. El juego había quedado interrumpido, sin que se hubiese juzgado necesario retirar las cartas ni el dinero. Los contertulios se abandonaban a una deliciosa pereza, continuando su charla sin sentido, cuyos elementos estaban proporcionados a cada uno por su estado de sensibilidad exacerbada, elementos que en su estado primitivo presagiaban una belleza suprema, pero que, al buscar su expresión, degeneraban en una especie de galimatías fragmentario y pesado, ininteligible, que hubiera causado gran sorpresa a cualquier persona en estado normal, pero que los interesados consideraban como completamente lógico, pues todos se hallaban sumidos en el mismo estado de irresponsabilidad.
Incluso la señora Magnus tenía las orejas encarnadas y aseguraba que se sentía llena de vida, afirmación que parecía no causaba mucha alegría al señor Magnus.
Herminia Kleefeld se apoyaba sobre el hombro del señor Albin y le tendía la copa para que se la llenase de vino.
Peeperkorn dirigía la bacanal, vigilando el aprovisionamiento y atendiendo a que no faltase nada. Después del champán hizo servir café, un moka muy fuerte, que acompañó de nuevo con «pan» y con licores dulces, abricot brandy, chartreuse, crema de vainilla y marrasquino para las señoras.
Se sirvieron luego filetes de pescado y cerveza, y finalmente té, té chino, lo mismo que manzanilla para los que preferían abandonar el champán y los licores y entendérselas de nuevo con un vino serio, como el mismo Peeperkorn que, después de medianoche, había vuelto, con madame Chauchat y Hans Castorp a beber vino tinto de Suiza, picante, y con una sed insaciable vaciaba vaso tras vaso.
A la una todavía duraba la sesión, prolongada en parte por una borrachera de plomo, en parte por el placer singular de perder la noche y en parte por el efecto de la personalidad de Peeperkorn, y tal vez también por no seguir el ejemplo de san Pedro y de los suyos. Nadie quería hacerse culpable de semejante debilidad.
Hablando de un modo más general, las mujeres parecían más resistentes, pues mientras los hombres, rojos o pálidos, estiraban las piernas, hinchaban los carrillos y bebían con tiento, de un modo completamente maquinal, ellas se mostraban más enérgicas. Herminia Kleefeld, con los codos desnudos apoyados sobre la mesa y las mejillas en las manos, señalaba riendo a Ting Fu, que hacía visajes mostrando la blancura de sus dientes, mientras la señora Stoehr, con la barbilla metida en el escote, charlaba por encima del hombro, esforzándose en hacer volver a la vida al procurador. Con la señora Magnus ocurrió lo siguiente: había acabado sentándose sobre las rodillas del señor Albin y le tiraba de las orejas, lo que parecía causar un gran placer al señor Magnus. Antonio Carlovitch Ferge fue invitado a contar la historia del choque en la pleura, pero se embrollaba de tal manera que no consiguió decir nada, confesando honradamente su impotencia, lo que decidió a los demás a reanudar la bebida. Wehsal comenzó, de pronto, a verter amargas lágrimas, nacidas de lo más hondo de su miseria, pues consideraba que no podía expresarse con palabras, pero los demás consiguieron reanimarle haciéndole beber café y coñac. Y entonces, a causa de sus gemidos y de su barbilla temblorosa por la que resbalaban las lágrimas, despertó el interés de Peeperkorn, quien, con el índice en alto y frunciendo los arabescos de sus cejas, llamó la atención general sobre el estado de Wehsal.
—¡Miradle cómo está…! —dijo—. ¡Miradle cómo está…! Sécale la barbilla, ángel mío. ¡Toma mi servilleta! O mejor, no, déjale. Él mismo renuncia. Señoras y señores… ¡Sagrado…! Sagrado en todos los sentidos, tanto en el sentido cristiano como en el sentido pagano. Un fenómeno de primer orden… De los más grandes… no… no…
Esas palabras explicativas fueron acompañadas de gestos precisos, ligeramente burlones, mientras repetía el estribillo: «Miradle cómo está.» Tenía una manera especial de unir el índice y el pulgar formando un círculo, manteniendo la mano por encima de la oreja e inclinando la cabeza con ironía, gesto que despertaba sentimientos semejantes a los que despertaría un venerable sacerdote de un culto extraño que, recogiendo su veste sacerdotal, se pusiese a bailar con una gracia chocante delante del altar de los sacrificios. Luego, sentado en una actitud grandiosa, agarrándose a las sillas vecinas, obligaba a todos a sumirse con él en una evocación viviente y arrebatadora de la mañana, una mañana de invierno helada y sombría, cuando la luz amarillenta de nuestra lámpara se refleja en los vidrios de la ventana entre las ramas desnudas, perdidas en una bruma helada y matinal, dura como el graznar de los cuervos y el paisaje que se ve a través de esa ventana. A fuerza de alusiones consiguió hacer tan intensa esa fría aparición del día, que todos se estremecieron, principalmente en el momento en que evocó el agua helada exprimida de la esponja, resbalando sobre la nuca, agua que él llamó lustral.
No era más que una digresión, que un apólogo que obligaba a fijar la atención sobre las cosas de la vida; una improvisación fantástica que abandonó inmediatamente para insistir sentimentalmente sobre esa hora nocturna que resbalaba en una atmósfera de fiesta. Se mostró enamorado de toda su sociedad femenina, sin preferencias y sin conceder la menor atención a las personas. Hizo a la enana proposiciones de tal calibre que el rostro envejecido y simiesco de la desgraciada criatura se llenó de muecas y de pliegues. Dijo a la señora Stoehr galanterías tales que ella, vulgar por naturaleza, comenzó a mover los hombros más exageradamente que de costumbre y lanzó gritos que parecían de loca. Rogó a Herminia Kleefeld que le diese un beso en su boca desgarrada, e hizo grandes coqueterías con la infortunada señora Magnus; todo eso a pesar de su tierna adhesión a su compañera de viaje, cuya mano se llevaba con frecuencia a los labios con un fervor galante.
—¡El vino! —decía—; ¡las mujeres…! Eso es…, a pesar de todo… Permítanme… ¡El fin del mundo…! ¡Getsemaní…!
A las dos de la madrugada corrió la noticia de que el «viejo» —es decir, el doctor Behrens— se acercaba a marchas forzadas al salón. Entonces se produjo un gran pánico entre los pensionistas fatigados. Fueron derribados sillas y cubos y se dieron a la fuga por la biblioteca.
Peeperkorn, poseído de una cólera regia al ver cómo se dispersaba tan bruscamente su fiesta de la vida, dio grandes puñetazos sobre la mesa y trató de esclavos miedosos a todos los que huían, pero Hans Castorp y madame Chauchat consiguieron amansarle, hasta cierto punto, haciéndole ver que la recepción había durado unas seis horas y que debía, a pesar de todo, terminar. Escuchó también una especie de alocución poniendo de relieve el sagrado placer del sueño y consintió en dejarse llevar a la cama.
—¡Sosténme, hija mía! ¡Sosténme tú también, joven! —dijo a madame Chauchat y a Hans Castorp. Sostuvieron, pues, su pesado cuerpo, cuando se levantó de la silla, y le ofrecieron el brazo. Apoyado en ambos comenzó a andar a grandes pasos con su poderosa cabeza inclinada sobre uno de los hombros y zarandeando a sus guías en sus oscilaciones. De esta manera se dirigió a descansar.
Sin duda era un lujo real que se permitía el hacerse sostener de aquella manera. Si hubiese sido necesario, habría podido andar solo, pero desdeñaba ese esfuerzo que, todo lo más significaría que quería disimular ante el público su magna borrachera, de la cual, no solamente no se avergonzaba, sino que se complacía en ella con una grandeza magnífica, y se divertía de un modo regio al empujar, titubeando, a derecha e izquierda, a sus dos servidores. Mientras andaba, dijo:
—¡Hijos míos…! ¡Tontería…! Naturalmente, nada de eso… Si este instante… Deberíais verlo… ¡Ridículo…!
—¡Ridículo! —confirmó Hans Castorp—. ¡Perfectamente! Se tributa el don clásico de la vida lo que se le debe, haciendo eses, sin vergüenza, en su honor. Pero seriamente… Yo también siento algo, aunque, a pesar de mi pretendida embriaguez, tengo la clara conciencia de que me cabe el honor excepcional de conducir a la cama a una notable personalidad. Por débil que sea sobre mí el efecto de la embriaguez, respecto al tamaño, no hay manera de comparar…
—¡Está bien, pequeño charlatán! —dijo Peeperkorn y, titubeando, le lanzó contra la barandilla de la escalera, arrastrando con él a madame Chauchat.
Evidentemente, el rumor de que el consejero se acercaba no había sido más que una alarma infundada. Tal vez la enana, ya cansada, había puesto el rumor en circulación, para poner fin a la velada. Al darse cuenta de esto, Peeperkorn se detuvo y quiso volver atrás para continuar bebiendo; pero ambos le disuadieron y se dejó arrastrar de nuevo.
El criado malayo, ese pequeño servidor de corbata blanca y zapatos de seda negra, esperaba a su señor en el pasillo, delante de la puerta de la habitación, y le acogió con un solemne saludo, poniendo una mano sobre el pecho.
—¡Daos un beso! —ordenó Peeperkorn—. Para terminar da un beso en la frente a esa encantadora mujer —dijo a Hans Castorp—. Usted no pondrá inconvenientes y se lo devolverá. Hacedlo a mi salud y con mi permiso.
Pero Hans Castorp se negó.
—No, sir —dijo—. Perdóneme, eso no puede ser.
Peeperkorn, apoyado en su criado, frunció el arabesco de sus cejas y quiso saber por qué no era posible.
—Porque yo no puedo cambiar un beso con la compañera de viaje de usted —dijo Hans Castorp—. ¡Buenas noches! No, ¡eso sería, desde todos los puntos de vista, una gran tontería!
Y como madame Chauchat se dirigía también hacia la puerta de su habitación, Peeperkorn dejó que el joven se marchase, siguiéndole sin embargo con la mirada durante un momento, por encima de su propio hombro y del hombro del malayo, con las cejas arqueadas, sorprendido de aquella insubordinación que su naturaleza de soberano no estaba acostumbrada a soportar.
Continúa en Capítulo 7 / 4…
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