External Publication
Visit Post

La Vida (no tan) Normal de Juan - 018 - Arcade

fictograma [Unofficial] July 14, 2026
Source

El sol de la tarde caía como una manta tibia sobre el estacionamiento del colegio, donde Juan Toledo, con su camisa ligeramente arrugada y una media que asomaba rebelde por encima de su zapato, esperaba apoyado contra su auto nuevo, tamborileando los dedos en el capó. La misión era simple: recoger a Mariel, la pequeña Zpinoza-Cortez de diez años, porque Carla y Miguel estaban atrapados en sus trabajos. Juan, siempre dispuesto a cumplir como novio ejemplar (y un poco aterrado de Miguel), había aceptado la tarea sin prever que Mariel tenía otros planes.

—¡Tio Juan! ¡Por ahí! —gritó Mariel, saliendo del colegio con su mochila de girasoles rebotando en la espalda y una sonrisa que prometía problemas. Su cabello pelirrojo brillaba como un faro bajo el sol, y sus ojos verdes chispeaban con una mezcla de picardía e impaciencia—. Vamos al arcade, está a dos calles. ¡No me digas que no, que sé que Carla te dio plata para helado, y un arcade es mucho mejor!

Juan parpadeó, desarmado por la velocidad del ataque verbal. —¿El arcade? Mariel, se supone que te llevo directo a casa. Tu papá me va a convertir en un trofeo de caza si no sigo el plan.

—Pff, papá está ocupado contando billetes o lo que sea que hace en su oficina súper secreta —replicó Mariel, cruzándose de brazos con una autoridad que no debería caber en alguien de su tamaño—. Además, ¿no quieres divertirte un poco? Eres Juan, el tipo que derrama café y salva bancos. Unos juegos no te van a matar. Vamos, cinco minutos, ¡promesa de Zpinoza-Cortez!

—Oh, Juan, estás en problemas —se burló el narrador, su voz resonando con un deleite mal disimulado—. Mira a esta pequeña tirana pelirroja, manejándote como si fueras una marioneta con medias disparejas. Mariel, con sus diez años y su lengua afilada, te tiene comiendo de su mano. ¿Cinco minutos en el arcade? Ja, eso es un contrato verbal con una Zpinoza-Cortez, y todos sabemos que sus promesas vienen con letra chica. Pero, espera, ¿de dónde saca esta niña tanto ingenio? Estoy empezando a sospechar que tiene un guionista personal. ¿O será que los girasoles en su mochila le susurran estrategias?

Juan suspiró, rascándose la nuca. —Está bien, cinco minutos. Pero si tu papá me persigue con un machete, tú explicas. —Abrió la puerta del auto para que Mariel subiera, pero ella ya estaba caminando hacia la calle, como si supiera que él la seguiría.

El arcade era un antro de luces parpadeantes y ruidos electrónicos que parecían diseñados para perforar el cerebro. Máquinas de garra, juegos de disparos y una pista de baile con luces estroboscópicas llenaban el lugar con un caos organizado. Mariel, con una moneda que Juan le pasó a regañadientes, se lanzó hacia una máquina de Space Invaders como un general a la batalla.

—Mira Juan, ¡voy a destruir a estos aliens como si fueran tus medias rebeldes! —dijo, aporreando los botones con una precisión alarmante—. ¿Sabes que en la escuela dicen que los aliens son reales? Mi amigo Nico dice que vio uno en su patio, pero yo creo que era su gato con un sombrero raro.

Juan, apoyado en la máquina con una sonrisa divertida, cruzó los brazos. —¿Un gato con sombrero? Eso suena más creíble que mi sueño con un alien pidiendo azúcar. Aunque, pensándolo bien, si los aliens existen, seguro se estrellarían en mi auto nuevo por error.

Mariel soltó una risita mientras derribaba una nave enemiga. —¡Ja! Tu auto nuevo ya debe tener una mancha de café en el asiento. Eres un peligro, Juan. Pero uno divertido. Como, ¿cómo haces para tropezar con todo? En serio, en la playa… —Hizo una pausa, lanzándole una mirada traviesa—. Bueno, no hagas que hable de la playa, ¿eh?

—¡Oye, oye, oye! —interrumpió el narrador, con un tono que oscilaba entre pánico y fascinación—. ¿Qué es esto, Mariel? ¿Otra vez con lo de la playa? ¡Esta niña sabe demasiado! Juan, cuidado, porque esta Zpinoza-Cortez tiene un radar para los secretos y un ingenio que me está haciendo dudar de mi propia omnisciencia. ¿Cómo es que una niña de diez años me está robando el show? ¿Y esa mochila con girasoles no tenía stikers..? No me gusta cómo me mira. ¿O son mis nervios narrativos? Vamos, Juan, di algo ingenioso, no dejes que te gane una niña.

Juan, ajeno a las quejas del narrador, se rió y metió otra moneda en la máquina. —Mariel, si sigues hablando de la playa, voy a empezar a pensar que tú y Carla tienen un club secreto escritorios. ¿Qué sigue, un tatuaje a juego?

Mariel giró la cabeza, con una ceja arqueada como si fuera una detective de película. —No te hagas el listo, Juan. Carla dice que eres un desastre, pero que eres su desastre. Lo cual es asqueroso, por cierto. Pero, oye, si tuviera un tatuaje, sería un dragón, no un girasol. Los dragones son geniales. ¿Tú qué tatuaje tendrías? ¿Un café derramado?

—¡Eso es! —gritó el narrador, casi ahogándose en su propia risa—. ¡Un café derramado! Mariel, eres un genia del sarcasmo. ¿Cómo lo haces? ¿Clases nocturnas con Carla? ¿Un pacto con los girasoles? Juan, estás perdiendo terreno. Esta niña te está dando una paliza verbal en un arcade, y yo, el gran narrador, estoy aquí aplaudiendo a una Zpinoza-Cortez de diez años. Pero, espera, algo no está bien. Hay un… ¿un zumbido? ¿Qué es esa interferencia en mi frecuencia narrativa?

“En la esquina opuesta del arcade, Carolina Duboit, con una falda nueva pero un aire de desastre inminente, sostenía un batido de fresa que temblaba peligrosamente en su mano. Sus ojos marrones, tímidos pero curiosos, escaneaban las máquinas como si temiera que una garra mecánica fuera a atacarla. Había venido a buscar a su primo pequeño, pero el caos del arcade la tenía al borde de un colapso nervioso. Oh, Carolina, atrapada en este remolino de luces y ruidos, ¿es una coincidencia que estés aquí, justo cuando Juan y Mariel libran su batalla de ingenio? Soy tu narrador, y te prometo que este lugar es un campo minado para alguien con tu talento para el desastre. Pero, míralos: Juan, con su sonrisa torpe, y Mariel, una fuerza de la naturaleza en miniatura. Algo me dice que tu camino y el de ellos está a punto de cruzarse, y cuando lo haga, el caos será glorioso.”

Juan, sin notar a Carolina, le dio un codazo suave a Mariel. —Un tatuaje de café sería épico, pero creo que me pondría una media rebelde, para honrar mi legado. ¿Y tú, dragona? ¿Dónde te pondrías ese tatuaje?

Mariel, sin apartar la vista de la pantalla, respondió con una velocidad que desarmó a Juan: —En el tobillo, para patear aliens con estilo. —Hizo una pausa, sonriendo—. Oye, ¿sabes que el récord en esta máquina es de una tal Carolina D.? Me pregunto si es tan torpe como tú.

Juan se rió, pero antes de que pudiera responder, Mariel giró la cabeza, frunciendo el ceño como si escuchara algo extraño. Sus ojos verdes se entrecerraron, y señaló al aire con un dedo acusador.

—Oh, genial, ahora hay dos voces que no se callan —dijo, con un tono que era puro fastidio de Zpinoza-Cortez—. Juan, dile a tus amigos invisibles que bajen el volumen, que estoy tratando de ganar aquí.

Juan, confundido, miró alrededor, sin ver a Carolina en la esquina ni entender el caos narrativo que se desataba en el éter. El narrador de Juan, por su parte, soltó un gruñido que resonó como un trueno.

—¡Dos voces! ¡Esto es un ultraje! —bramó—. Mariel, pequeña genia, ¿cómo sabes de la otra voz? ¡Y tú, narrador intruso, mantente en tu esquina! Esta es la historia de Juan, no un karaoke narrativo. Pero, maldita sea, esa niña tiene razón: ¡esto se está poniendo demasiado ruidoso!

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...