External Publication
Visit Post

Amar a una sombra, una historia de vigilantes capitulo 14:

fictograma [Unofficial] July 2, 2026
Source

Lo que no se puede negar…

El silencio en el barrio de las Dianas era tajantemente cortado por el sonido de las fuertes pisadas de Clara, quien corría con el corazón a mil por hora y con un único pensamiento: llegar a tiempo, antes de que algo le sucediera a su amiga.

Escuchó un grito y frenó de pronto, la goma de sus tenis raspando contra el pavimento, levantando uno que otro guijarro y tierra. El grito venía del lado derecho, acompañado de lo que parecía una persecución.

Clara conocía el barrio como la palma de su mano. Sabía cada atajo, cada callejón, cada local, gracias a años no solo de caminar por ahí, sino de convivir y conocer a las personas de aquel lugar. Fue en dirección hacia el grito y pudo vislumbrarla: Iris corría.

La pobre chica tenía el vestido rasgado, estaba descalza y su frente sangraba. Detrás de ella, dos hombres la seguían.

Uno era alto, de complexión gruesa y una barba que apenas y salía bien, con varios espacios en blanco, como si de una especie de arbusto mal cortado se tratase. El otro, un poco más bajo, era delgado; usaba pantalones entallados que resaltaban sus esqueléticas piernas, y el tintineo de la variedad de cadenas que tenía en el cuello acompañaba cada uno de sus pasos.

Apenas pudo verlos, Clara sabía qué hacer. Corrió como nunca lo había hecho, dando la vuelta a la calle y entrando por un callejón lleno de botes y bolsas de basura. Aquel callejón era donde los locatarios depositaban sus desechos para que el servicio de limpia tuviera el trabajo más fácil.

La chica se colocó detrás de un gran contenedor de metal. Tenía la boca seca y el sudor empapaba su frente y parte del pañuelo que llevaba cubriendo la mitad de su rostro. Sentía su corazón bombear como loco.

Respiró profundamente y exhaló. Apretó el palo con fuerza y esperó.

Iris estaba cerca.

Con precisión casi milimétrica, cuando la chica pasó por la entrada del callejón, Clara la jaló hacia dentro. Estaba oscuro y, debido al tirón, Iris alcanzó a raspar una de sus rodillas contra el pavimento.

Ella estaba a punto de gritar cuando Clara le tapó la boca.

—Cállate… soy yo, ¡Clara! —dijo, en voz baja.

Iris tenía el maquillaje corrido y la cara inundada en sudor y lágrimas apenas pudiendo ver el rostro de su amiga. Obedeció y se hizo a un lado.

—¡Se metió al callejón! —gritó uno de los hombres.

La joven contuvo la respiración. Sentía el calor en su rostro. Escuchaba los jadeos de cansancio de Iris a su lado, esperando el momento. Las sombras distorsionadas de los hombres se hacían más grandes conforme se acercaban.

Y finalmente entraron al callejón.

Clara, que seguía agachada al lado del contenedor, casi invisible debido a la oscuridad del lugar, sujetó el palo con fuerza.

Apenas vio el pie del hombre —el de complexión gruesa— pasar el contenedor de basura, no dudó.

Volvió a respirar.

Y en un movimiento fugaz, se levantó y estrelló el palo contra su cabeza.

Un duro golpe.

Directo en la sien.

El palo se hizo pedazos tras el impacto, apenas quedando una estaca despostillada en la mano de Clara. El hombre cayó noqueado contra el pavimento.

Pero no había tiempo, el otro hombre ya estaba ahí.

Clara, que había quedado semiagachada por el movimiento de segundos antes, lo vio. El hombre no podía creerlo y se quedó helado por un instante, instante que Clara aprovechó para atacar desde esa misma posición.

Rasgó el rostro del hombre con la estaca. El movimiento fue torpe, pero certero, y aunque la madera salió volando de su mano tras el impacto, alcanzó a abrir la piel, dejando un corte en la cara del hombre, que se agachó de dolor.

—¡Hijo de puta! —gritó, llevándose una mano al rostro.

El primer impulso de Clara fue voltear hacia donde estaba Iris.

—¿Qué esperas? ¡Lárgate ya! —le gritó.

Pero apenas terminó la oración, el impacto del puño del hombre contra su rostro la descolocó, haciéndola retroceder, casi cayendo.

—¡Te voy a matar, maldito cabrón! —vociferó con rabia, avanzando rápidamente para asestar otro golpe en el rostro de Clara.

Ese golpe dio directo en su nariz. Sintió un hormigueo seguido de un calor creciente expandirse por su rostro. Retrocedió hasta dar contra una pared.

Las manos le temblaban, y aquel hombre ya venía dispuesto a lanzar otro golpe cuando Clara respiró. Ese respiro fue como disipar la neblina en su mente, nublada por la adrenalina. Como flashes, recordó lo que había estado aprendiendo en la bodega.

Se cubrió. Sus antebrazos recibieron los torpes golpes del criminal, y justo cuando el hombre soltó uno más, ella actuó: puso un pie al frente, se agachó y lanzó un gancho que, aunque torpe, fue directo al hígado, haciendo que el tipo se retorciera de dolor y bajara los puños.

La chica no se detuvo. Empezó a lanzar golpes rectos, con técnica aún pobre, pero efectivos. El tipo intentó defenderse, pero no lo suficiente.

Después de un gancho de derecha, el hombre quedó a merced de Clara, quien se abalanzó sobre él con la respiración agitada y los nudillos adoloridos. Ambos cayeron al suelo y, al impactar, Clara se golpeó la rodilla; un golpe seco que ignoró por la adrenalina.

Empezó a golpear al tipo con rabia, llenándose los nudillos de sangre y sintiendo cómo las manos se le adormecían con cada impacto, pero, como una cruel broma del destino, mientras ella lo golpeaba, una patada directa al rostro la lanzó hacia un lado.

Al parecer, había alguien más implicado. Un tipo fornido; se notaba que iba al gimnasio por lo trabajado de su torso, aunque sus piernas no lo estaban tanto. Sin dudar, comenzó a patear a Clara en el suelo.

Para ese momento, Iris ya se había ido y Clara solo atinó a encogerse, cubriendo su cabeza mientras sentía cada patada: en las costillas, en el estómago y en los brazos.

—¿Te crees un héroe, hijo de perra? —dijo el hombre, pateando.

Y casi como un milagro, una voz irrumpió en el callejón.

—¡Ey! —fue todo lo que Clara alcanzó a escuchar.

No pudo ver quién era; la vista se le nublaba y apenas distinguía la silueta de alguien en la entrada del callejón. Vio cómo el hombre al que había estado golpeando se levantaba, tambaleándose, y corría hacia esa figura.

—¡Ya estoy harto de estos cabrones! —gritó, con la voz atropellada.

Cuando se acercó, Clara logró enfocar un poco mejor, aunque siguió sin reconocer de quién se trataba.

Era Lucas, el agente novato.

No estaba en servicio. Llevaba pantalones caqui, la placa sujeta al cinturón, una camiseta de tirantes blanca… y sandalias azul semitransparentes.

Lucas se puso en guardia, esquivó el golpe del tipo, logró derribarlo y someterlo con facilidad contra el suelo, pero de pronto el otro, el que hacía unos momentos pateaba a Clara, se acercó listo para atacar.

El agente bloqueó sus golpes con astucia y, cuando estaba a punto de neutralizarlo, sintió cómo le sujetaban el tobillo: el tipo que acababa de derribar aún quería seguir peleando.

Esa distracción le costó caro. Un golpe directo al rostro lo mandó contra el piso, seguido de otro que le desconectó los sentidos. Cuando el tercer golpe venía—

Un grito.

Era Clara.

Corría con una furia descontrolada. Tomó al tipo de la camisa y lo hizo retroceder.

—Aún no acabo contigo, pendejo —dijo, poniéndose en guardia.

La chica lanzó algunos golpes; un intercambio rápido, desordenado, más del lado de Clara, que apenas podía conectar sin mucho efecto.

Cuando finalmente logró meter un buen derechazo, se escucharon pisadas. El otro tipo no se daba por vencido y venía de nuevo hacia ella, con la cara hinchada y cubierta de sangre, pero justo antes de alcanzarla, Lucas se lanzó y lo tacleó, haciendo que ambos se estrellaran contra unas bolsas de basura.

Su compañero se distrajo, y gracias a eso Clara conectó un golpe certero en la mandíbula que lo mandó al suelo. Apenas tuvo tiempo de caer cuando ella ya estaba encima, golpeándolo con una rabia casi desbordada.

Sus nudillos, ya abiertos, ardían, pero ella no paraba, hasta que un golpe contra el pavimento, provocado por sus propios movimientos erráticos, la hizo volver a la realidad.

Exhaló, dejando que la adrenalina abandonara su cuerpo. Sentía la sangre bajar por su nariz, y el dolor punzante en sus costillas y cabeza, provocado por las patadas, empezaba a tomar protagonismo.

La chica se dejó caer a un lado, jadeando de cansancio, cuando una mano extendida se posó sobre ella.

—¿Estás bien? —apenas pudo oír.

Los oídos le zumbaban y apenas podía ver de quién se trataba.

Se levantó a duras penas, cansada y débil. Lucas le ofreció su hombro para apoyarse; las consecuencias del golpe en la rodilla contra el suelo ya empezaban a hacer efecto.

—Una chica corría por las casas pidiendo ayuda. La escuché y vine. ¿Estás bien? —preguntó el joven, que tenía la cara algo raspada y la camiseta de tirantes estirada.

—Sí… gracias —apenas pudo decir Clara debido al dolor.

Cuando salieron del callejón y la luz de la farola iluminó mejor la escena, la chica bajó la mirada y la vio: la placa dorada brillando bajo la luz.

En ese instante, algo se le hundió en el pecho. El aire se le atoró y sintió cómo la sangre se le iba a los pies. No lo pensó. Alzó la mano y golpeó a Lucas torpemente; no fue un buen golpe, pero bastó para hacerlo retroceder, sorprendido.

Clara no esperó. Se giró y echó a correr.

La rodilla le fallaba, el dolor en las costillas le cortaba la respiración y cada paso se sentía más pesado que el anterior, pero aun así siguió. Detrás, alcanzó a escuchar la voz de Lucas llamándola y cómo se asomaba apenas desde el callejón.

No la siguió. Tenía que encargarse de los hombres que había dejado atrás.

Clara no volteó. Siguió corriendo…

A la mañana siguiente, Lucas llegaba a la fiscalía. Eran las nueve, y el frío lo recibió al bajar del transporte público; podía sentir cómo le calaba, especialmente en el rostro. No tenía moretones visibles, pero resentía los golpes de la noche anterior.

Al entrar, saludó a sus compañeros y se dirigió con la agente Suárez, quien leía un periódico en el área común mientras bebía café. El chico se acercó con amabilidad y luego fue hacia la barra para prepararse uno.

—Agente… buenos días —dijo, alistando todo para su bebida.

—Flores… buen trabajo ayer. Los tipos que entregaste tenían orden de búsqueda desde hace meses —respondió la mujer, sin apartar la vista del periódico.

—Gracias ventajas de vivir por ahí supongo… por cierto, ¿tendrá la carpeta de ese caso? Quiero echarle un vistazo rápido —expresó el joven con cuidado, tomando asiento con el café en mano.

—No se puede. Uno de ellos traía sobres con droga; el caso va con Mondragón, ya sabes cómo es —dijo Suárez, pasando la página.

Lucas suspiró. Sabía que, por más que intentara, el acceso a esa información —y a muchas otras cosas— era casi imposible.

Aunque eso no era lo que realmente ocupaba su mente, lo que vio la noche anterior lo confirmaba: los enmascarados no solo eran reales, sino que por fin había visto a uno en acción, y la intriga por entender qué estaba sucediendo con todo ese caso era ahora mucho mayor que la de cualquier otro.

A la hora de la comida, Lucas salió de la fiscalía con la mochila en mano. Por lo general comía con sus compañeros en los puestos cercanos —cocinas económicas, quesadillas—, pero esta vez fue diferente. Nadie podía saber lo que hacía.

Subió al transporte público y se dirigió a una plaza no muy lejos de ahí.

Durante el trayecto, apretaba la mochila con fuerza, como si guardara en ella algo más que papeles, como si ocultara un secreto que no debía ver la luz. Uno que, de alguna forma, solo le pertenecía a él.

Al llegar, entró a un local de comida rápida y se sentó en una mesa apartada.

Entonces, finalmente, abrió la mochila.

Dentro había una carpeta amarilla, con una etiqueta impresa:

“Caso Enmascarados”.

Enseguida sacó una pluma, notas adhesivas y una pequeña libreta, y comenzó a inspeccionar la carpeta con cuidado. Había varias fotos borrosas, hasta que una llamó su atención.

En ella estaba Clara, usando su traje improvisado y con el bate en mano. La imagen había sido tomada de noche y apenas podía distinguirse, pero Lucas lo supo al instante: era la misma persona que lo había ayudado el día anterior. Cuando revisó la ubicación, terminó de confirmarlo: barrio de las Dianas, dos meses atrás.

Lucas siguió revisando la carpeta. Había testimonios, fotos de Abel, Pablo y Morrow con sus “trajes” y alguna que otra evidencia, pero lo que realmente le llamó la atención fueron unas imágenes de una calle cercana al centro, correspondientes a una de las primeras apariciones de Morrow hace unos meses.

Al analizarlas, Morrow no se distinguía, pero sí uno de los criminales. A Lucas le resultó familiar, y tras unos segundos logró ubicarlo: uno de esos jóvenes había sido de los asesinados el día de la balacera contra los motociclistas.

El chico se recargó en la silla, con la sensación cada vez más clara de que había algo más detrás de todo aquello. No eran simples coincidencias; había un patrón, algo que se repetía… y apenas empezaba a notarlo.

De regreso al trabajo, en el transporte público, Lucas no dejaba de pensar. Aquello era más grande que un simple grupo de desequilibrados golpeando borrachos.

Y sin acceso a la información que necesitaba, lo tenía claro: la única forma de entenderlo era encontrarlos.

Contactarlos en persona.

Por suerte, sabía por dónde empezar.

Mientras tanto, por la tarde de ese mismo día, una adolorida Clara se levantaba de la cama. Había cancelado sus citas y no había ido a trabajar; tenía el rostro hinchado y sentía como si la cabeza le fuera a explotar.

Apenas se levantó, se dispuso a bañarse. Se quitó la ropa y la dejó caer en el suelo de su cuarto, y desnuda entró al baño. Por un momento se miró en el espejo: su cuerpo, delgado y largo, estaba cubierto de moretones; uno en particular resaltaba en la zona de sus costillas.

Entró con dificultad a la regadera. No podía mover bien la rodilla; estaba tan hinchada que parecía una pelota de golf. Se metió como pudo y dejó que el agua caliente le cayera por la espalda.

—Mierda… —murmuraba, recargando los brazos y la frente contra la pared, golpeándola levemente como si fuera un castigo.

Cuando por fin salió de la regadera, tomó su teléfono con torpeza y escribió en el chat grupal que tenía con Abel y Pablo —chat que el mismo Pablo había creado a modo de camaradería—:

“Surgió algo y no podré ir hoy. Yo misma hablaré con Morrow mañana.”

El sonido de la notificación tomó por sorpresa a Abel, que guardaba sus cosas para irse del trabajo. Sacó el teléfono y leyó el mensaje durante unos segundos.

Quiso responder algo como “¿todo bien?” o “claro, no hay problema”, pero mientras más lo pensaba, más dudas tenía sobre si era lo correcto. No quería parecer entrometido ni invadir de más, así que al final no respondió.

Guardó el teléfono y salió.

Al llegar a su Camaro, dejó sus cosas en la cajuela y, casi como si el sonido al cerrarla anunciara su llegada, Elena apareció a su lado.

Llevaba una bonita falda negra, sandalias y una sudadera beige. Hermosa como siempre; la tela contrastaba con su piel canela y su largo cabello negro.

—Pensé que el día no acabaría —dijo, estirándose.

—Ni yo… —dijo el chico entre dientes mientras subía al auto. Aún se sentía extraño al responderle, pero desde aquel día en el coche había empezado a hacerlo, aunque fuera un poco a regañadientes.

Cuando arrancó, Elena iba a su lado, observándolo en silencio, con una sonrisa suave que no desaparecía. Sus ojos no se apartaban de él, y Abel, poco a poco, parecía menos incómodo con su presencia.

—Estaba pensando… sería genial, ya sabes, ir a acampar. Solo tú y yo, el bosque… tal vez hacer una fogata y asar malvaviscos —dijo ella, con un tono cargado de ilusión.

Abel soltó un leve suspiro.

—Por aquí no hay muchos lugares para acampar… pero podemos subir al techo del departamento, si quieres —respondió, seco, aunque con un ligero rastro de humor.

—Me encanta… podemos hacer esa receta que vimos el otro día, la de la sopa instantánea con huevo y carne de res —exclamó Elena, emocionada.

—Sería divertido… ya luego vemos eso —respondió Abel, intentando cortar el tema. A pesar de sentirse menos incómodo, todavía le resultaba perturbador hablar como si todo fuera normal.

Por un momento, al detenerse en un semáforo, la miró.

Sus miradas se cruzaron.

Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no fue el de siempre. Este era distinto… más suave, más cálido. No le produjo miedo, sino algo cercano a la calma.

Se quedó así unos segundos.

Luego apartó la vista y siguió conduciendo.

—Mierda… tengo que orinar. Voy a pasar a la gasolinera —dijo, girando el volante poco después.

Se detuvo.

—Vengo en un momento —añadió, desabrochándose el cinturón y abriendo la puerta.

—Aquí te espero, cariño… oye, te amo —dijo Elena con una ternura desarmante.

—Yo también te amo… —respondió Abel.

Las palabras salieron solas.

Cerró la puerta.

Y entonces lo entendió, se quedó quieto, de espaldas al auto no podía creer lo que acababa de decir.

“Te amo”.

El asco le subió desde el estómago. Una cosa era seguirle la corriente… otra muy distinta era decir eso. Y peor aún… sentir que no había sido del todo falso.

Su cabeza daba vueltas. La náusea crecía con cada segundo.

Finalmente, volteó Elena seguía en el asiento, sonriendo como si nada.

Y en ese instante, Abel lo supo:

su cordura empezaba a resquebrajarse.

__

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...