Amar a una sombra, una historia de vigilantes Capitulo 16:
Cualquier oportunidad…
El olor a carne asándose invadía el local de Mr. Onion, y el tintineo de la campana sobre la puerta principal se mezclaba con el ruido de la plancha, las freidoras y la música de los 80 que llenaba el lugar.
Abel y Pablo entraron, dirigiéndose a la mesa donde estaba Clara. Cuando pudieron verla bien, ambos se llevaron una desagradable sorpresa al notar los moretones en su rostro. Se detuvieron en seco, y Pablo fue el primero en hablar:
—¿Qué carajos te pasó? ¿Quién te hizo eso? —expresó, notablemente preocupado.
Abel solo se quedó mirándola, mientras una creciente expresión de preocupación se dibujaba en su rostro. No podía esbozar ni una palabra. Analizaba cada moretón y, sobre todo, el semblante de su compañera: cansado y derrotado.
—Yo… bueno, tengo una amiga, Iris. Ella estaba en problemas y fui a ayudarla. Por eso estoy así… me lastimé la rodilla, por eso tampoco he podido ir a entrenar con ustedes.
—Bueno… eso medio lo explica, pero aun así debiste decirnos. Decirle a Morrow. Pudimos ayudarte —dijo el chico, aún con ese tono de preocupación.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! Pero fue todo tan rápido… actué por pura estupidez, lo admito. Pero ustedes hubieran hecho lo mismo.
—Si pero no sin avisar Clara , pudiste haber salido herida o algo peor…
—No…ella tiene razon Pablo—dijo abel interrumpiendolo
Ambos chicos se sorprendieron de que Abel dijera algo así. No parecía propio de él, al menos no de la imagen que había proyectado hasta ahora.
Clara, aún incrédula por aquellas palabras, apenas pudo atinar a decir:
—Espera… ¿qué dijiste?
—Que tienes razón… —notó la mirada de ambos, por lo que se cohibió un poco—. O sea, bueno… los tres básicamente empezamos en esto por ese impulso de ayudar, supongo. Así que sí, tienes razón en que hubiéramos hecho lo mismo. Digo, yo lo hice en aquel callejón… y Pablo con lo de la bici.
Ambos seguían viéndolo sorprendidos, aunque en el fondo sabían que tenía razón. Entonces Clara decidió hablar de lo que realmente había pasado.
—Bueno… no solo quedó en eso. Cuando estaba peleando… alguien me ayudó. Un policía. En ese momento escapé, pero descubrió mi identidad.
Al oír aquellas palabras, Abel sintió un escalofrío recorrerle la espalda, mientras Pablo tensaba la mandíbula casi por reflejo.
—¡Pero descuiden! No va a decir nada. Él me ayudó y me dijo algo… algo que se me quedó muy grabado. Que algo está pasando en la ciudad… algo raro.
—Clara, siempre pasan cosas en esta ciudad. Tan solo esta mañana encontraron una fosa clandestina a las afueras —dijo Pablo, interrumpiéndola.
—No, sí, ya sé… me refiero a otra cosa —respondió ella, negando rápidamente con la cabeza—. Como lo de los motociclistas. Los tres sabemos que cosas así no pasaban… o al menos no de esa manera. Todo eso siempre se movía por debajo de la mesa, lejos de la gente. Esta vez fue diferente.
—Sí, pero…
—Sé que suena a una locura y que, para empezar, no debería confiar en un policía —dijo Clara, interrumpiéndolo esta vez.
—Pues sí, es una locura. Lo que hacemos viola al menos cuatro artículos del código penal y como dos de la Constitución. No podemos simplemente confiar en un poli —replicó Pablo, interrumpiéndola ahora a ella.
Clara se pasó las manos por la cara, estirándose el rostro con frustración. Pablo tenía razón, pero había algo dentro de ella que seguía en conflicto.
—Lo entiendo, créeme que lo entiendo… pero, Pablo, saben de nosotros. Cuando me interrogó anoche, me preguntó si éramos nosotros quienes hicieron lo de los motociclistas. Todos ellos eran ladrones. Si nos quedamos quietos ahora y seguimos actuando, tarde o temprano van a culparnos por eso… y entonces va a ser mucho más difícil escapar.
Terminó de hablar soltando un largo suspiro.
—Miren, sé que suena a una estupidez… pero tal vez esto es lo que buscábamos. Cuando les pregunté el otro día en el auto por qué hacíamos esto, yo tampoco tenía una respuesta… y ni siquiera sé si la tengo ahora. Pero si podemos hacer algo con esto, al menos deberíamos intentarlo.
—¿Y qué hay de Morrow? No creo que acceda tan fácil a investigar todo esto y, sobre todo, a trabajar con la policía —dijo Pablo.
Clara apretó la mandíbula. Por un momento se había olvidado de ese detalle, cegada por la ansiedad que llevaba encima.
De pronto, Abel volvió a hablar.
—Clara… dime una cosa. ¿Ese policía… de verdad confías en él? —preguntó, mirándola fijamente.
Clara se mostró sorprendida ante la pregunta y solo pudo bajar la mirada.
—Aún… aún no lo sé. Pero se veía muy diferente a un policía común. Digo… pudo arrestarme y no lo hizo.
—Entonces primero tienes que averiguar eso… y nosotros también —dijo, mirando de reojo a Pablo.
Ambos lo observaron con atención, expectantes por lo que iba a decir. Pero, una vez más, aquello hizo que Abel se cohibiera un poco; ni siquiera era capaz de mirarlos directamente a los ojos.
—Bueno… por ahora tenemos que pensarlo bien. Clara tiene razón en que podrían culparnos por todo eso. Por eso mismo deberíamos… amm… intentar averiguar qué está pasando y armar algo coherente antes de decirle a Morrow. Aunque eso signifique actuar nosotros tres por ahora… pero sin involucrarnos más allá de investigar.
Abel habló rápido, atropellando un poco las palabras por los nervios.
Clara soltó un suspiro parecido al alivio. Pablo aún los miraba confundido e inseguro, pero terminó aceptándolo; después de todo, no estaría solo en aquello.
Los tres cenaron y dejaron de hablar sobre el plan. En cambio, pasaron el rato hablando de cosas banales, como lo que eran: tres veinteañeros normales cargados de anécdotas y problemas propios.
Pasó alrededor de una hora antes de que Clara finalmente se levantara de su asiento.
—Entonces piénsenlo, ¿sí? Aún no tomemos una decisión. Mañana iré a la bodega para hablar con Morrow sobre mi ausencia… y después del entrenamiento hablamos.
Abel y Pablo asintieron en silencio, mientras veían a Clara salir del local. Con su partida, una extraña sensación de incertidumbre pareció instalarse entre ellos, como si ninguno supiera realmente qué les deparaban las cosas a partir de ahora.
—Creo que yo también me iré, mañana debo levantarme más temprano —expresó Abel tras un largo suspiro.
Después de despedirse de Pablo, subió al Camaro y comenzó a conducir por las calles de la ciudad, pero las dudas en su mente no dejaban de revolotear.
¿Era correcto involucrarse?
¿Estaban realmente listos?
Y, más importante aún… ¿qué podía hacer alguien como él?
Porque él mismo sabía algo que jamás había dicho en voz alta: no hacía aquello por altruismo, justicia o algún ideal heroico.
Se detuvo un momento bajo la luz de una farola, absorto en sus pensamientos, hasta que, como si de una señal del destino se tratase, Elena apareció frente a él.
Tan hermosa, tan seductora… tan letal como siempre.
—¿Te quedarás ahí parado por siempre o ya iremos a casa? Ya quiero meterme a la cama contigo —preguntó la chica con un tono que oscilaba entre juguetón y desenfadado.
Abel no dijo nada, solo arrancó el Camaro, aún pensando. Ya no solo en la situación con Clara y Pablo, sino también en la presencia a su lado.
Porque él ya sabía que todo ese circo de salir, entrenar e involucrarse en una situación tan peligrosamente estúpida había empezado, en parte, para conseguir que Elena se callara de una vez.
Pero no solo recordaba lo insistente y fastidiosa que podía llegar a ser. O su constante coqueteo. Eso no le afectaba tanto como admitir algo mucho peor: de cierta manera enfermiza, él lo disfrutaba.
Le gustaba verla tan cerca.
Le gustaba verla con aquella ropa.
Y le encantaba verla sonreír.
Se asqueaba y se odiaba a sí mismo por sentir algo así, pero lo único que le daba algo de paz era pensar que, si aún podía sentirse de esa manera, tal vez no había perdido del todo la cordura. Que todavía quedaba algo dentro de él que quería ser normal.
Es así que, al verla de reojo en el asiento del copiloto, tomó una decisión.
Elena debía irse.
No importaba el costo, la sangre derramada o el dolor físico que aquello conllevara. Si eso lograba hacerla desaparecer, entonces valía la pena.
Una pequeña chispa de voluntad pareció encenderse en sus ojos, impulsada quizá por la única pizca de cordura que aún se aferraba a la realidad del joven.
Al día siguiente, en la bodega, Abel esperaba pacientemente.
El chico permanecía dentro del auto con una botella de plástico vacía entre las manos, mirando el retrovisor una y otra vez, esperando ver a su compañera aparecer.
Fue entonces cuando el sonido de la motoneta de Pablo lo tomó por sorpresa.
El chico estacionó y se acercó a Abel mientras se quitaba el casco. Este último bajó del auto y se recargó sobre el cofre.
—Hola… tú, amm… ¿lo pensaste? —preguntó Pablo, inseguro y expectante por la respuesta de su compañero.
—Sí… lo hice —respondió Abel de manera algo tajante.
Se escuchó finalmente el chirrido agudo de los frenos del transporte público, seguido de unos pasos largos pero firmes.
Era Clara.
Los moretones en su rostro ya habían bajado un poco, al igual que el dolor en su pierna.
Se acercó a sus compañeros y chocó la mano con ambos.
—¿Qué onda?… ¿Sí pensaron en lo que les dije anoche? —preguntó la chica, incapaz de ocultar la enorme incertidumbre en su voz.
—Yo sí lo haré —respondió Abel tajantemente, mirándola con decisión.
Pablo dio un ligero sobresalto, era obvio que no esperaba esa respuesta
—Wow, wow… espera un momento —dijo Pablo, moviendo las manos—. ¿Tú sí quieres hacerlo? Creí que no. Bueno… yo sigo pensando que es una mala idea.
—No es una mala idea. Clara tiene razón —respondió Abel—. Digo, solo míranos. No podemos solos. Morrow será fuerte, pero él solo contra toda la fuerza policial, si terminan culpándonos, no será precisamente la mejor opción. Tenemos que aceptar la realidad, y esa es que debemos aprovechar cualquier oportunidad, incluso si parece estúpida.
La firmeza con la que habló tomó por sorpresa a sus dos compañeros, quienes aún lo miraban con cierta incredulidad.
—Bu-bueno… entonces Abel sí. ¿Y tú, Pablo? Tienes que aceptar que tiene un punto válido —dijo Clara.
Pablo soltó un largo suspiro mientras miraba a ambos.
No solo parecían decididos; había algo más en sus rostros, algo que él pudo interpretar perfectamente.
Te necesitamos.
Así que, tras otro suspiro resignado, el chico puso una mano sobre el hombro de cada uno.
—Ah… está bien. Tienen suerte de que soy un borrego que cede fácil ante la presión social —dijo con cierto aire altanero—. Pero eso sí, cuando nos reunamos con él, será donde yo diga.
Clara rodó los ojos antes de soltar una ligera risa. Una risa genuina, pero sobre todo tranquila.
—Está bien, aceptamos las condiciones… ahora mi problema es ver qué le voy a decir a Morrow.
—Bueno, en eso sí estás sola. Tienes que explicarle qué pasó, solo esperemos que entienda —dijo Pablo mientras tomaba sus cosas para entrar a la bodega, seguido de Abel.
—Vaya, qué gran apoyo —respondió Clara con un sarcasmo bastante marcado.
Los tres entraron a la bodega.
Morrow los esperaba sentado en el sofá y se incorporó apenas los vio entrar uno por uno. Pero cuando sus ojos se posaron en Clara, tensó ligeramente la mandíbula y los músculos del rostro.
—Ustedes dos —dijo, mirando a Abel y Pablo—, arriba a practicar. La niña y yo tenemos que hablar.
Ambos acataron la orden sin protestar y comenzaron a subir las escaleras, todavía sintiendo el peso firme de aquellas palabras.
Clara los vio subir antes de volver la mirada hacia el hombre frente a ella.
Morrow parecía incluso más grande e intimidante que de costumbre, con aquel semblante duro y serio que tan pocas veces dejaba entrever algo más.
La chica apenas pudo tragar saliva.
—Sé lo que vas a decir y sí, la cagué, lo admito… pero no tuve otra opción —dijo nerviosa, atropellando un poco las palabras.
—Sí, vaya que lo hiciste —respondió Morrow, interrumpiéndola—. Toma tus cosas y largo.
Dio media vuelta con intención de subir las escaleras.
Clara se interpuso rápidamente en su camino.
—¡No, espera! Lo siento, ¿okay? Sí la arruiné. Salí sola, fui estúpida y errática, estuvo mal… pero no había otra opción, ¿sí? Digo, empezamos todo esto para intentar ayudar. Tú lo dijiste desde el principio, así que por favor… al menos considéralo —dijo con la voz entrecortada.
Morrow guardó silencio durante unos segundos.
—El hecho de que te hayas ausentado sin decir nada es lo que más me molesta —dijo finalmente—. Pero entiendo que no tuviste mucha opción.
Clara sintió cómo una pequeña esperanza comenzaba a surgir.
—Podemos hacer algo… pero solo si resistes.
—¿¡Qué!? Haré lo que sea, dime —respondió la chica, aferrándose a aquellas palabras. Fuera lo que fuera, lo haría.
Morrow cruzó los brazos.
—Verás, niña… soy muy fan del basketball. Tan fan que he visto demasiadas películas de entrenadores corrigiendo chamacos rebeldes con castigos absurdos.
La mirada de Clara se endureció un poco.
Eso no sonaba bien.
—Así que me debes mil quinientas lagartijas, setecientas sentadillas y quinientos burpees —dijo con total seriedad—. Todo cubierto para el viernes. Además, vendrás a las cinco de la mañana a limpiar.
Morrow dio un paso hacia ella.
—¿Quedó claro?
—¡Hecho! —dijo la chica, ofreciéndole la mano.
Después de estrecharla, sellando aquel surreal trato, finalmente subieron. Pablo y Abel los miraban confundidos, mientras Clara simplemente iba hacia una esquina para empezar con sus ejercicios y Morrow se acercaba a ellos.
—Bien, debemos trabajar en su coordinación, equilibrio y agilidad. Si van a salir por ahí, deben aprender a saltar techos y obstáculos mientras corren.
—¡Espera! ¿Hablas de parkour? —dijo Pablo, interrumpiéndolo con emoción—. ¡Siempre quise aprender! Será como ese videojuego donde eres un asesino con capucha.
Morrow soltó un suspiro cansado y se llevó los dedos al entrecejo, presionándolo un poco.
—Sí, Pablo, será parkour —respondió con resignación—. Como sea, lo de los techos será cuando vuelva. Tengo trabajo y no estaré unos días. Mientras tanto, la niña debe acabar sus ejercicios y ustedes al menos aprender a mantener el equilibrio.
Dicho eso, el hombre se dio la vuelta para tomar unas manoplas.
En ese momento, los tres cruzaron miradas.
Si Morrow no estaría…
Era ahora o nunca.
El momento perfecto para hablar con Lucas y empezar a desentrañar qué demonios estaba ocurriendo en la ciudad….
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