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La Trilogía: El Generalísimo - El Hombre y la Maleta

fictograma [Unofficial] June 30, 2026
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“Lo injusta que es a veces la suerte con los artistas que sueñan con encontrar el Paraíso en este terrenal valle de lágrimas.”

- Mario Vargas Llosa , El Paraíso en la Otra Esquina.

~ Primer cuento.

El Hombre y la Maleta.

Se encontraba cruzando la carretera, un poco desanimado tras ver aquellos anuncios recientes de los camiones con banderas de aquel sinuoso lugar al que llamaban El Paraíso.

Tras pasar casi a hurtadillas al otro lado de la acera, se quedó en los aposentos de una destruida estación de autobuses, y vio que a un costado suyo se encontraba una maleta. Se veía nueva, con los broches como sellados desde la última vez que fueron abiertos. Con un tono marrón, reluciente y rectangular, la percibió un señor, ya viejo, desdeñado por la sorpresa. Se llevó de ahí la maleta y abandonó el lugar.

Caminó hasta que un carro le cedió un lugar en sus asientos traseros. Un señor de una edad parecida a la de él conducía cuando empezaron a hablar.

—¿Y para dónde es que va?, ¿no tiene rumbo? —le preguntó el señor con una mirada sesgada.

—Ando de nómada, no tengo a nadie ni nada en estos momentos, quizá, ahora, sólo esta maleta —le dijo el viejo, mirando con deseo el equipaje.

—¿Y qué pretende a esta edad? ¿Acaso que se infarta andando por ahí? —le dijo con una cara de advertencia casi insistente.

—Todavía resisto un rato más; me encanta vivir así, además que me tomo el tiempo de escribir notas sobre los lugares en los que ando.

—¿Y qué piensa hacer después?

—No lo sé, nunca lo he pensado. Verá, le agradezco que me lleve lo más cerca posible de ese lugar, no recuerdo bien dónde queda, se llama El Paraíso.

—Yo no cojo pa’allá, pero, lo puedo dejar en el pueblucho ese de ahí.

El viejo asintió felizmente con la cabeza mientras el conductor accedía a subir la radio para olvidarse un rato de la conversación.

Mientras miraba por las ventanas los azulados paisajes del cielo sin nubes por el que se fundían las llantas con el asfalto, evocaba una vez más el recuerdo intacto de los camarones recién cocinados, las mojarras fritas y la música afrocubana del lugar en el que solía trabajar hace ya muchos años. «Carajo, y eso fue hace casi medio siglo. ¿Qué será de la vida de Cecilia?». Todos los días pensaba en lo mismo, hasta en los tiempos en los que viajaba mientras llenaba de sellos del Partido Nacional la libreta que escondía detrás de su camisa, contra su estómago.

—Hombre, viejo, qué tan viejo será usted que habla solo como cotorro con hambre —le dijo el conductor, riéndose a carcajadas agripadas.

—Uno a esta edad siempre piensa en lo mismo, ya no sé ni pa qué sirve pensar tanto si no hace uno nunca na’.

La conversación terminó de forma abrupta porque el carro empezó a temblar mientras pasaba por un puente remendado a base de tablones. De pronto el cielo cayó en una inmensa negrera que terminó por desembocar en un aguacero torrencial, que inundaba hasta los palafitos y se colaba sorpresivamente dentro del carro.

—¡Hombre!, ¡y qué le pasó a esta vaina! —gritó con ganas el conductor.

—Mire, vea, métase ahí —le contestó el viejo.

El carro dio un salto que hizo que los dos rebotaran de sus asientos, y terminaran mareados por el olor a podrido de los alrededores. El lugar quedaba en uno de los últimos mataderos de ballenas, un parqueadero antiguo con techo de cemento, en el que residía un breve olor a aceite y vísceras en descomposición desde lo lejos.

Se bajaron del carro pringados por el agua. Se miraron con discordancia, y entre ellos resonó un ambiente de solidaridad mutua.

—¡Ombe!, ¡¿y ahora qué le pasó a esta vaina?!, hace rato que no se descomponía esta carcacha—resolvió el señor con rabia, dándole un pequeño golpe en la puerta.

—Pero tiene arreglo, yo ya conozco como de memoria este tipo de carros. Mire, por aquí arriba se le sube el agua y le moja todo —señaló el viejo directo al espacio que hay entre el techo y la puerta del carro. Luego, con una piedra y con el permiso del conductor, ajustó la puerta y la dobló un poco, solucionando el problema del agua.

Ahora se encontraban los dos en el pequeño parqueadero del matadero, solos.

Sentados con las puertas del carro abiertas, esperaron a que dejara de llover. Mas parecía que no llegaría a escampar pronto. La densidad de las nubes se acentuaba por el horizonte, hasta dejar ver, por una abertura en el cielo el mar y las ballenas recién cazadas que se ponían en los planchones del paraje.

—Huele a muerto, pero fuerte —dijo el señor sellando su nariz con un paño blanco que sacó de su bolsillo.

—Mire vea, por ahí hay como una entrada, y hay dos hombres hablando —señaló con curiosidad el viejo.

— Vamos; este olor a almohada vieja no lo soporto.

Chapalearon agua por un caminito de lodo y llegaron hasta los dos hombres que se encontraban en la puerta de un edificio pequeño.

—Buenas tardes. ¿Qué es esto de por aquí y porqué huele tan mal? —dijo el señor apenas vio a los dos guardias.

—Esta es una factoría ballenera, aquí despedazan a cachalotes y ballenas francas. ¿Qué se les ofrece?

—¿Nos pueden dejar entrar mientras pasa el aguacero? —dijo el viejo, cansado y ensopado por el rocío.

—Claro, pueden ponerse donde más cómodo se sientan.

Entraron y vieron que era un lugar amplio, aunque cerrado. Esperaron un largo rato hasta que empezó a lloviznar débilmente.

Durante la espera, como para sacar un tema de conversación, el conductor le dijo al viejo qué tenía en la maleta.

—Ni yo mismo sé, vea usted —le dijo a él, dándose cuenta que no la había abierto desde que la robó en aquella estación de autobuses.

—¡¿Ajá?!, ¿y quién sabe si no es usted?

El viejo se quedó pensativo por un instante, pues, aquella pregunta hacía que se le desplazaran recuerdos de un lugar a otro en su mente.

Pronto, dentro del edificio donde se encontraban no se escuchaba lluvia, y por las ventanas se veía un horizonte blanquecino indicando casi el fin de la tarde. El conductor, indignado, vio el paisaje, y tomó la determinación de volver al carro para irse, pues, no creía perder ni un minuto más con el viejo y la maleta.

—Agarre sus motetes y vámonos.

Se fueron. Apenas se despidieron de lo apurados que iban.

El carro arrancó después de varios intentos y la carretera se empezó a oscurecer. La densa niebla opresiva iba en aumento; el viejo se encontraba meditando, ya que no tendría lugar en el que pasar la noche en el pueblo.

«Yo por aquí no paro ni si me pagan, vea», gritó el señor espantado, después de ver a una familia entera en mitad de la carretera.

Los broches de la maleta brillaban junto al resplandor del carro, y la humedad iba en aumento; los dos hombres empezaban a sudar.

Pasando por una caseta sin servicio de los peajes, se encontraba un retén de militares donde se apresuraban por requisar y retener a los indocumentados y los exiliados políticos que escapaban del país.

—Oiga, ¿usted tiene papeles? —le dijo con curiosidad al viejo.

—Si, pero no sé si esto me sirva —le respondió el viejo mirando de reojo la libreta.

Se bajaron del carro los dos, y se entregaron risueños hacia el grupo de milicianos.

Justo cuando terminaba la requisa, al viejo se le cayó por debajo de su camisa la libreta de notas con los sellos y los documentos del exilio. Un militar le hizo el favor de recogerlos; los examinó, y con una cara de sorpresa, casi inédita, quedó petrificado. Casi de inmediato, le mostró los papeles al general. Se quedaron atónitos.

—¿Qué será que le revisan tanto? —inquirió el conductor en voz baja.

—Serán unos documentos viejos que tenía en la libreta con los sellos —le respondió ignorante, sin saber realmente de la gravedad de lo que ocurría en aquel momento.

Un militar se les acercó y le dijo al señor que se podía ir porque iban a retener al hombre con el que iba. «¿Cómo así? ¿Y eso por qué, carajo?» dijo estremecido el conductor. «Cuestiones de Estado, no es de su interés», le respondió con ironía el general.

Mientras se subía al carro, el señor le hizo unas muecas con unas señas de espera más adelante, en un motel cerca del lugar. Y sin apenas despedirse, se fue sin dejar rastro en la carretera de noche.

—Oiga, necesito que venga con nosotros. Necesitamos con urgencia hablar con usted —le dijo uno de los militares.

En el término de unos cuantos minutos el viejo se había quedado solo, con la maleta que no habían inspeccionado. Se dio cuenta de la rara turbidez que embargaba a los oficiales que lo acompañaban.

Llegaron a una garita rectangular, y desde la ventana, un hombre con una voz gruesa y áspera le recibió.

—¿Cuál es su nombre? —dijo rotando la mirada hacia los papeles en desorden.

—Don Antonio de la Abadía —el hombre lo miró por cinco segundos. Le había cambiado por completo el semblante de la cara. Por la gravedad de la miopía se acercó un poco más. Luego, le pidió que le diera todos los documentos que llevaba consigo y le dijo que esperara solo, por un momento, en la garita.

Los demás hombres se reunieron, con el tono serio que les provocaba la situación. Uno de ellos, muy reacio, empezó a hablar más fuerte, por lo que Antonio empezó a escuchar con mucha atención lo que gritaba: «¡Como se enteren de que está aquí, lo van a matar!». Se quedó perplejo, sosegado y sudado por el bullicio y la humaradas del sitio.

Uno de los militares, un hombre bajo y con una mirada melancólica, entró a la salita y se sentó frente a él.

—Nombre completo —le dijo al viejo con una firme curiosidad.

—Antonio de Abadía Mora.

—¿Hace cuánto vive usted aquí?

—Creo que hace más de setenta años, he vivido aquí desde niñito.

—¿Hijos? ¿Cónyuge? ¿Familia?

—Hijos, uno. Soy viudo y mi familia no vive en el país.

—Cuénteme un poco sobre sus trabajos. ¿A qué se ha dedicado últimamente? —le dijo expectante y asombrado aquel hombre.

—Hace décadas empecé a trabajar en una fonda en el pueblo de aquí al lado, después, gracias a unos compañeros y otros trabajadores de ahí, fundamos el Partido Nacional Mora. Fui presidente del país por más o menos veinte años. Renuncié antes de las últimas elecciones… Ahora vivo de nómada, ando por ahí, y, bueno, nada interesante… ¿no?

El militar, anotando con torpe rapidez, se retiró del lugar y desapareció de forma interrumpida. Antonio, nauseabundo y un poco turbado por la confesión, se vio obligado a salir un momento para recobrar el aliento y respirar.

No había nadie, y en las penumbras del sitio se avistaba la carretera: iba pasando la familia, perdida y observando con acción a Antonio en medio de la garita. «¡Oiga!, ¿pa’ dónde queda El Paraíso?», le gritaron. A lo que él les señaló hacia más arriba de la carretera. No sabía donde quedaba, pero no podía responderles de otra forma. Por alguna razón, no se atrevía a hablar para hacer el más mínimo ruido.

Cuando los militares se dieron cuenta de que estaba afuera, lo agarraron de los brazos, lo amarraron de pies y manos y se lo llevaron a pasos coordinados, tirándole junto con la maleta y la libreta en la parte trasera de una camioneta.

Cuando lo tiraron su equipaje se abrió frente a él bruscamente, y se encontró con una pequeña nota, escrita de corrido, tirada entre sus piernas: «Bienvenido a El Paraíso. C.G.M.» El hombre la miró; le palideció por completo el rostro. Repasó en su mente, de un lugar a otro, las siglas durante el trayecto, y sin éxito, se rindió.

No opuso resistencia, y en su lugar, estoico, durmió mojado por su propio sudor, y el olor a nuevo de la maleta lo inundó en un profundo resplandor de sueños que lo distrajo de todo lo que pudo haber o no hecho durante su existencia.

10 - 01 - 2026.

Próximo cuento: Michel de Magname.

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