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La Trilogía: El Generalísimo - Michel de Magname

fictograma [Unofficial] July 1, 2026
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~ Segundo Cuento.

Michel de Magname.

En los arcos de una casa transformada por siglos de pestilencia criolla, Michel de Magname se hallaba parada junto a una vieja cerca en la que veía, muy a lo lejos, cómo un viejo agarraba una maleta marrón en las cercanías de la carretera vieja.

Cuando a Michel se le desvanecían de su mente los pensamientos, su padre, un taciturno iracundo, salpicó en gritos que ensordecían el ámbito de la casa.

Tres sillones, una radio, la mesa de madera con manteles y decoraciones enternecedoras de frutas rodeaban la sala junto a los prismas del aire que nacían de las ventanas. En uno de los sillones se encontraba el padre de Michel, recostado.

—Mira, hazme el favor de prenderme la radio y alzar la antena pa’un lado —dijo con arrogancia a Michel.

El viejo, después de un rato, quedó tendido en el sillón, rendido por la porosa borrasca que se adentraba por momentos en la sala. Michel entró y se percató de repente de aquello, y aprovechó para escaparse de súbito hacia la playa de tierra.

Cerca del rompeolas del malecón, se encontraba en una antigua edificación estatal con una imagen decapitada y vandalizada, lugar donde pasaba todas las tardes en soledad, hablando para sus adentros.

Durante el tiempo que permanecía allí se encargaba de escribir notas que dejaba como estampas en el muro contenido para que las personas que paseasen por allí se percataran de su existencia.

Veía también cómo después, en las penumbras del ocaso del día, iban y venían las olas, y la gente que llegaba, en su gran mayoría viejos, desfasaban el lugar observando el horizonte. No solían llegar jóvenes, ya que no era un lugar apto para turistas, sin embargo, a veces llegaba a avistar a lo lejos algún que otro que llegaba, como buscando algo que se le hubiese perdido.

—Oiga, pero que niña tan bonita —le dijo una vieja anciana, con los ojos entreabiertos, con un paraguas en su mano derecha y agarrando con la otra a un señor, mejor conservado. —Tú me recuerdas a una muchacha, pero ahora no me acuerdo de quien.

—¿Si? —dijo con tono de curiosidad Michel.

—¡Sí!, pero ahora, dígame una cosa. Siendo tú tan joven, ¿qué haces aquí?

—No joda Ceci, qué no te quedas quieta —le dijo el viejo, forzando una risa y gesticulando gravemente. —Disculpa tu, ve, ella se la pasa hablando, no le hagas caso.

—¡Muchacha! —gritó de pronto la anciana, avistando a un costado de Michel el cielo —¿Dónde vas con esta oscurana? Se te va a volar ese vestido.

Michel giró asustada la cabeza a un lado del vasto horizonte, y observó cómo una nube de tormenta invadía toda la costa a la par que la veía. De pronto, no dudó en emprender una correndilla, no sin antes despedirse solemnemente de la pareja de ancianos, y partió hasta llegar a casa. Alcanzó la cerca, medio empapada por la creciente llovizna.

Mientras abría la puerta para entrar sin ser escuchada, se alertó cuando no percibió la radio ni el estruendo del abanico murmurar por dentro; la casa se encontraba vacía, su papá no estaba por ninguna parte. El jardín trasero se encontraba encharcado, y el zaguán de la casa enchumbado de agua por las goteras, pero aún sin rastros de él. Los cuartos se mantenían intactos, nada había cambiado, y la densidad de la casa no paraba de aumentar debido al resplandor del vapor.

Cientos de pensamientos la abrumaron, apareciendo por su mente sin respiro alguno. Estalló en lágrimas cuando se percató que no había nadie. Sabía que su padre, ni por que se hubiese dado cuenta hubiera ido a buscarla afuera. Además, creía casi que con exactitud que alguien lo había raptado, ya que las muletas de palo se encontraban retozando sobre las paredes a un lado de la puerta de su cuarto.

La muchacha, en medio del pánico, se armó de valentía; agarró de forma impulsiva la vieja capucha remendada de su padre y dejando lo que se había llevado a la playa, partió a rastras hacia el pueblo.

La lluvia lo inundaba todo de sobre manera, de tal forma que había por los caminos huecos en los que yacían grandes y profundos charcos, así que, mientras corría, se salvó de estamparse contra ellos muchas veces, si no fuese por que el agua aún no había alcanzado del todo sus tobilleras.

El pueblo se encontraba encima de unas colinas regulares que le daban un aspecto un tanto rústico a las carreteras y los caminos. A medida que se adentraba ya estaba lo suficientemente agitada para seguir, así que optó por ir por el lado menos empinado y más plano del suburbio.

Caminando, al otro lado del andén, observó una fonda abierta, en donde se llegaba a ver un gran televisor que daba vistas a grandes mesas y bancas. En ellas vio un lugar en el que podía esperar a que escampara y así retomar la búsqueda, no sin antes fijarse en la transmisión que atrapaba la atención de los comensales; la pantalla, casi ilegible por las lluvias y la mala señal del lugar, mostraba cómo, entre una multitud de ex partidarios y milicianos, llevaban a un exiliado al foco de un pelotón de fusilamiento, sin ningún tipo de resistencia.

El metraje por alguna razón hizo que las pocas personas que la rodeaban se centraran solo en lo que pasaba, olvidando por completo si quiera el porqué venían. «¿Qué será lo que les interesa tanto?, ¿acaso eso es más importante que mi papá?», se dijo como si saliese de sus entrañas; mas no se atrevió a replicarlo en voz alta. En cambio, empezó a preguntar a todos por el paradero de su padre.

Ninguno supo responder a sus súplicas. Por entonces llegó a su cabeza un solo pensamiento: «¿Qué no habrá vuelto a la casa? ¿Y si estaba por ahí, y no lo busqué donde estaba?». Llegado esto, decidió volver corriendo otra vez, directamente hacia la casa.

La encontró en mitad de la bruma. La observó débilmente, mientras su mirada se centraba y se acercaba lentamente; vio que todas las luces se encontraban encendidas. Alguien estaba en la casa, pero no se escuchaba nada más que el silencio del movimiento del mundo.

Se extrañó por un momento, sin embargo, notó como se libraba de la tensión del recorrido al notar cómo de la entrada salían los rayos oblicuos de luz junto a las humaradas que la densificaban.

Cuando intentó abrir la puerta se dio cuenta que algo la atascaba, y después de algunos intentos, no le quedó otro remedio que ver quién estaba dentro. Las cortinas de la casa estaban selladas, y no había más salidas por donde ver su interior. De pronto se apresuró por ir a la puerta, y ver por la pequeña abertura horizontal.

Dirigió su atención hacia el piso de adoquín que la adornaba, y junto a él, yacían las muletas de palo y otros papeles de libreta desperdigados a un costado de la mesa. No duró ni un segundo en pestañear cuando de pronto, notó que había un hombre acostado verticalmente en el sillón de su padre, cubierto en sábanas y con lo que al parecer era su brazo grisáceo apuntando directamente hacia el suelo. Michel observó, sin aliento, despavorida la escena.

El cuerpo no encajaba con la imágen física que tenía de su padre, por el contrario, el que vió era de contextura delgada y tez blanca.

Aterrorizada, dio dos pasos hacia atrás de la entrada, miró de reojo los alrededores de los arcos del jardín y, por instinto, corrió como nunca hacia el pueblo.

Entre la inquietud de la brisa, un remolino de hojas se coló entre los charcos que invadían el camino. En la periferia de un arbusto por el que pasaba mientras huía, se hallaba una maleta marrón, rota y vacía por uno de sus lados. Michel estaba en la soledad del bosque, y cuando giró su rostro hacia al piso los notó.

Arrojados y empapados, en el suelo se encontraban unos memos que apenas resultaban legibles: «Bienvenido a El Paraíso. C.G.M».

Michel comprendió casi todo al instante, si no fuese porque había una sigla que no encajaba con lo que se imaginaba.

Con cierta amargura afligida, corrió una vez más por el incesante polvo que azotaba tristemente al bosque, huyendo, encadenada por las duras ataduras provocadas a partir de aquella revelación.

17 - 01 - 2026.

Próximo y último cuento: El Generalísimo.

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