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El Indio - Tercera Parte: Revolución - Gregorio López y Fuentes

fictograma [Unofficial] June 29, 2026
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TERCERA PARTE

REVOLUCIÓN

Algunos de los que habían trabajado durante las últimas semanas en la servidumbre de los poderosos del pueblo, llegaron con la noticia de que algo muy grave estaba sucediendo entre la gente de razón. Dijeron que, cuando nadie lo esperaba, entraron varios hombres armados, quienes destituyeron desde luego a las autoridades, dando muerte al jefe de las armas.

Ellos, en vista de lo sucedido y como los recién llegados no los necesitaban para nada, se escaparon. Un viejo explicó que, cuando él era muy joven, tuvo la suerte de presenciar no pocas luchas de los blancos, porque éstos, como los naturales, también se hacen la guerra entre sí. Y les puso el ejemplo de las familias divididas por odios interminables, las que se buscan daños mediante las brujerías, hasta acabar con los padres, los hijos y los nietos. La diferencia consiste, agregó el viejo, en que los blancos se hacen la guerra con más eficacia, mediante el amóchitl , el plomo de las armas de fuego.

Por el temor, o bien porque ni los funcionarios ni los hacendados reclamaban los tradicionales servicios, los naturales ya no tuvieron faenas, ni trabajos forzados en las haciendas y, mucho menos, volvieron como semaneros. Hasta pasados algunos meses, después de una noche en que se escuchó constantemente el tronar de las armas, se recibió una orden: que llevaran pasturas y tortillas. Era que había entrado un fuerte contingente de caballería al pueblo.

Uno tras otro, como se alinean las hormigas en sus trabajos de aprovisionamiento cuando ya se acercan las aguas, fueron por el camino: unos, con el bulto de zacate a la espalda; otros, con los chiquihuites colmados de tortillas, pedidas como una contribución equitativa entre todos los de la ranchería.

Y eso fue por varias semanas. Las denominaciones de los bandos en pugna, decían bien poco a los oídos de los naturales. Procedían más bien por simpatías personales hacia algunos jefes armados o tan sólo por el temor en caso de no atender los mandatos.

Una noche volvieron a oírse fuertes detonaciones, como descargas cerradas. Al amanecer, las detonaciones apenas si puntuaron el silencio. Y al entrar plenamente el día, el traqueteo fue sin interrupción durante varias horas. Los defensores de la plaza fueron obligados a salir: así lo contaron quienes, en las cercanías del camino, los vieron pasar a toda prisa, sudorosos, con la huella inconfundible del que huye. Y así vieron pasar, en el transcurso de años, partidas grandes y chicas…

Fue hasta después de mucho tiempo que un cabecilla subió al caserío, para quebrar la calma propia de las alturas en que los naturales ya se creían para siempre. Había sido que el jefe de la partida, no conociendo la región, se perdió en una violenta caminata. Además de exigir víveres, reclamó una veintena de jóvenes para que le sirvieran de guías; pero los dotó inmediatamente de carabinas e hizo que caminaran en la vanguardia. Nunca regresaron.

Continúa en el siguiente capítulo…

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