External Publication
Visit Post

EN EL SUBSÓTANO SEGUNDO

fictograma [Unofficial] June 28, 2026
Source

Otra vez. Otra vez que se me hace tarde.

Salgo del despacho apresurado y busco en mi manojo de llaves la correcta. Miro el reloj, en media hora comienza la clase en el rocódromo. Hay tiempo aún; no será fácil pero puedo hacerlo.

Tengo que ir al laboratorio a apagar el incubador. Tenía que haberlo hecho cuando me lo pidió Jeana. Lo dejé y se me olvidó.

Siempre voy dejando estas tareas y luego todo deprisa y corriendo. Si al menos el laboratorio estuviera cerca, pero está en la otra punta del edificio.

Camino deprisa por los pasillos. Ida, cinco minutos; vuelta, otros cinco. Al parking un par más. Llegaré a tiempo.

La facultad está desierta. No queda nadie. Como cada noche, las luces de los pasillos apenas iluminan; ya han apagado varias de ellas para dejar solo la mitad encendida. El eco de mis pasos al caminar retumba en todo el largo pasillo. Miro al frente, un espacio liminal. Siento esa inquietud que produce. Continuo.

Otra vez yo, prolongando la jornada. El único imbécil que lo hace, como si la universidad premiara la obediencia y el trabajo duro.

Llego al final del edificio y desciendo tres plantas hasta el subsótano segundo, donde nos colocaron. Cada vez que bajo siento que es un lugar magnifico. Abro la puerta; el laboratorio está más iluminado que el pasillo. Las diminutas ventanas que tuvieron la decencia de colocar en cada una de las salas de laboratorio; eso sí, tras años de quejas cumplen su función.

Me dirijo a la sala anexa de cultivos. Abro y sin perder un segundo en quitar la llave de la cerradura, entro a la sala de incubadores y me dirijo dando grandes zancadas hasta la incubadora encendida. Saco las muestras, las añado a la batea con el desinfectante y cierro la puerta.

El técnico lo limpiará mañana.

Entonces oigo un portazo. Me giro. Escucho el doble “clac” de la llave en la cerradura.

¡El conserje!

Sin tiempo a reaccionar: pasos y un nuevo portazo, la puerta principal, y el doble “clac” de nuevo.

Salgo corriendo atravesando todo el laboratorio anexo y llego a la puerta. Toco el pomo; no se mueve. Hago fuerza, pero es imposible. Golpeo la puerta con fuerza.

—¡Hola! ¡Estoy aquí! ¡Me han encerrado!

Nadie contesta.

No lo entiendo. No puede estar muy lejos.

—¡Oigan! ¡Me han encerrado! ¡Ayuda!

Grito con todas mis fuerzas. La maldita puerta de seguridad es buena insonorizando. La maldigo para mis adentros.

No se oye nada. Pego la oreja a la puerta. Nada.

Doy un par de patadas.

—¡Ah! —grito, mezcla de dolor y de impotencia—¿Qué hago? Es una maldita puerta de seguridad…

Me alejo de la puerta despacio y miro la ventana. Se que es demasiado pequeña, pero aun así, sopeso las medidas.

Niego con la cabeza a la vez que chasqueo la lengua. Tomo asiento en una de las sillas con ruedas, la que sé que es la más cómoda.

—Bueno… ahora sí que no llego a la clase de rocódromo.

Recostado sobre la silla, saco el móvil.

Sin cobertura. Nunca la hay, pero había que comprobarlo. Lo poso encima de la mesa y me recuesto aún más, tratando de relajarme.

Cuando el personal de seguridad haga la ronda, me abrirá.

De pronto, un zumbido sordo opaca al ruido de la corriente eléctrica de todos los aparatos. El aire acondicionado. Es molesto.

El termostato había alcanzado la temperatura el límite permitido para las muestras.

Me acurruco.

—Bien, siempre hace calor aquí dentro. Un poco de aire vendrá bien.

Miro alrededor en busca de algo para hacer. ¿Debería limpiar la batea? Me acaricio la mejilla.

Saco el móvil y busco entre las descargas algo que ver o que leer. Abro la app de lectura y busco.

Miro el reloj.

20:12

Tengo tiempo.

Empiezo a leer Distopías Biológicas. Llevaba tiempo queriendo hacerlo.

Al cabo de unos minutos, busco postura más cómoda para leer. Cada poco repito la acción. Finalmente encuentro la comodidad.

Más tarde levanto la cabeza. Consulto el reloj. Ha pasado media hora

—Vaya… ha pasado tiempo.

No habrá pasado ya el de seguridad, ¿no?

Miro con suspicacia a la puerta. No se escucha nada.

De pronto siento un escalofrío. Hace frio.

Me levanto entro en la sala de incubadores y voy al termómetro. Marca 18ªC. Arrugo la frente.

—Demasiado bajo.

Me acerco al sistema de aire y lo miro. El agua condensada a su alrededor comienza a condensar. No hay botones, está automatizado. Cojo una silla y me subo con cuidado. Me tambaleo un poco. Me bajo y compruebo su estabilidad. Me acerco una por una a todas las que encuentro y compruebo la estabilidad de todas ellas. Cojo la que me parece que es más estable.

Vuelvo a encaramarme con cuidado. Ya sé que no tengo edad para estas cosas y menos para una caída así. Lo último que quiero es que me encuentren mañana por la mañana, dolorido o en un charco de sangre.

Reviso con cuidado todo el aparato. No hay ni enchufes ni ningún botón.

Emito un gruñido.

Salgo de la sala y cierro la puerta, para tratar de aislarme del frío. Tomo mi bata y me la pongo, atando los botones.

Vuelvo a sentarme, esta vez cerca de la puerta, y retomo la lectura. El ruido del aire es molesto.

El tiempo pasa rápido con la lectura; por un momento, el ruido del aire desaparece.

Levanto la cabeza, parecí escuchar pasos.

—¡Hola! —grito con todas mis fuerzas.

Espero unos segundos.

Parece haber ruido en la sala principal.

Me levanto. Apoyo la oreja en la puerta: nada.

—¡Ayuda! —vuelvo a gritar —¡Estoy encerrado en el laboratorio de Biotecnología!

La voz se quiebra hacia el final. Carraspeo. Noto la garganta dolorida. Hace frio. Echo el aliento a ver si forma vaho, pero no.

Camino hacia la puerta de la sala de incubación y la toco. Está muy fría. Abro y siento un golpe de aire helado en la cara.

Mi rostro dibuja expresiones extrañas.

—Este frío no es normal.

Me acerco y compruebo el termómetro. 12ºC.

—¿El termostato se habrá roto?

El aparato de aire gotea agua y ha formado un pequeño charco debajo.

—Las muestras se van a estropear… y los reactivos también —susurro con la boca torcida.

Gruño. Si se estropean, retrasaran todo y habrá que volver a pedir… papeles, licencias, fiscalización de cuentas.

—Buff —dejo escapar.

Vuelvo a salir y cierro de nuevo la puerta.

Miro alrededor. Miro a la ventana, ya está anocheciendo y apenas hay luz en la sala. Me acerco al interruptor y la enciendo. Observo la ventana. Si la abro, quizá no haga tanto frio… al menos un rato.

La observo. Esta realmente alta.

Muevo la mesa para acercarla a la pared. Me subo y estiro la mano, pero no llego. Trato de estirar aún más, de puntillas, pero no alcanzo la cerradura. Miro a mi alrededor buscando una solución.

Rebusco entre todos aquellos aparatos y mobiliario.

¡Esto es impropio!

Me bajo y cojo un taburete giratorio. Lo subo en la mesa y me subo a ella. Apoyo la mano en la pared, subo una pierna y con esfuerzo subo la otra. Me apoyo en la pared. Ahora si alcanzo la ventana.

—Oh, ¡no!

Tiene una cerradura con llave. Apreto los labios con fuerza. Meto la mano en el bolsillo de pantalón.

—Mierda… las llaves. Se las llevaron.

Un momento. Si se llevaron las llaves es que sabían que había alguien dentro…o pensarían que alguien se las había dejado. Pero saben que son las mías, pone mi identificación. Deberían buscarme ¿Lo harían? O quizá lo dejaran para mañana.

Bajo con cuidado. La silla se tambalea, pero consigo bajar sin romperme nada.

Un triunfo.

Bajo de la mesa y me olvido del taburete. Me siento en la silla apoyando los codos en las rodillas y las manos en la barbilla. Muevo los pies con ritmo.

No se oye nada más que el aparato de aire. Miro el taburete. Pienso en golpear con él la puerta. ¿Servirá? Aún no estoy tan desesperado. ¿Por qué no viene el de seguridad?

Es extraño. Todo es extraño.

¿Me habrán encerrado? ¿lo habrán hecho adrede? Pero, ¿quién? ¿Por qué?

No, no, no. No puedo dejarme llevar. No puede ser.

Clavo la mirada en la puerta. No se cuento tiempo. Después sacudo la cabeza. No quiero pensar esto. Pero es posible, quizá.

Bombardeo de nombres retumban en mi cabeza, pero no los quiero decir.

He tenido desencuentros con numerosos personas últimamente, pero no es posible.

Un escalofrío me recorre la espalda, no sé si del frío o por estremecerme de pensar que… me… han…. ¿encerrado?

No, no, no.

Alexis… no creo que se haya quedado hasta tan tarde para hacer esto. A pesar de que le haya gritad algún día. Además, no creo que sepa como manipular el termostato del aire.

Ni él ni el otro… ¿cómo se llamaba? El vago de …

Pienso mirando al techo. Se qué me lo sé. El vago de… el vago de… siempre lo llamo así. Pero ese hombre apenas me conoce. Solo cuando le mando sacar la basura o limpiar algo.

Miro a la puerta, las gotas de agua se condensan sobre la superficie y caen de forma elegante aleatoriamente hasta llegar al suelo.

Sigue bajando la temperatura. Lo siento y lo veo.

Raya. El vago de Raya. No, él no.

Frank… imposible. Un profesor como él, con su estatus y su notoriedad en la universidad no haría esto. No lo necesita. Con mandar un email al decano bastaría. Quien iba a dudar de la palabra del vicedecano de investigación. Además, no puede saberlo… es imposible que haya enterado. Fui cuidadoso. Muy cuidadoso.

Un momento.

No. No puede saberlo.

Continúo paseando.

Sin embargo, Mihael… ese quizá sí. Quizá ve amenazada su posición. Su mala relación con Frank puede hacerle pensar que soy una amenaza para su puesto. Tampoco está equivocado, está en mi hoja de ruta ser jefe de departamento y Frank parece tener más afinidad por mis proyectos que por sus vetustas líneas de trabajo. Pero es un cobarde. Nunca se atrevería a…

¿Qué buscan con esto?

Un escalofrío me recorre toda la espalda. Me ajusto la bata.

No puede ser. ¿Una lección? Si yo no sé si ha sido un error… no puedo darme por aludido de esta “lección” ¿Matarme?

Miro alrededor. Hace frio, pero no parece que nadie pueda morir por pasar una noche aquí.

Sacudo la cabeza y me muevo por la amplia sala principal del laboratorio. Paseo deprisa entre las poyatas, mesas y taburetes, como si tuviera algo que hacer.

Jeana… parece una buena chica. Ambiciosa, pero eso es bueno en este mundo. Tiene ganas de aprender y de crecer. ¿Qué gana ella con esto? ¿Qué gana con que su director de tesis muera?

Sacudo la cabeza.

Vamos, Vlad… déjate de tonterías. Nadie va a morir aquí.

Fue ella quien dejó realizó los cultivos y la que me pidió que por favor lo quitara cuando me fuera. Lo hizo con una sonrisa y guiñando un ojo como suele hacer cuando pide un favor.

Kiara imposible, acaba de empezar y no sabe por dónde sopla el aire. Además, es muy inocente. Muy niña aún. No sabe ni que tiene que buscarse un futuro y soy su referente.

Me rasco la nuca con fuerza. Mis picores compulsivos.

¿Jeana? El nombre vuelve. Ella no puede ser, no gana nada. Salvo que… no. No tiene sentido.

Sigo paseando.

Ella me lo pidió. No gana nada. Salvo que… Tiene muy buena relación con Janah, esa mala pécora. Siempre vota en mi contra de mis propuestas en los consejos del departamento. Como quiere mis materias, no me puede ni ver. En cambio a mi doctoranda la adora, la tiene en palmitas. Creo que incluso quedan fuera de la facultad. Ellas son jóvenes… la sacará como mucho doce o quince años.

Basta. Estoy imaginando demasiado. No se sostiene

Me siento en mi silla favorita.

Un momento. Hay internet en los ordenadores ¡Cómo no se me había ocurrido antes!

Miro alrededor.

Y ¿a quién envío un email? ¿quién mirará el email a estas horas?

Miro el reloj.

23:18.

Miro por la ventana al oscuro cielo. Llevo tres horas encerrado. Solo tres horas.

Vuelvo a mirar alrededor.

—¿Dónde están los ordenadores? —farfullo.

Siento que el vaho sale de mi boca.

No me preocupo y camino entre las mesas en busca de uno. Solo hay hardware de los equipos; terminales inservibles.

¿Están afuera todos? ¿Solo hay ordenadores en la sala principal? Un diseño funcionalmente absurdo, sin duda. Está claro que las decisiones de infraestructura las toman quienes no deben.

Jeana.

Jeana sí sabe de mis trapicheos con la dotación económica, pero no creo que sea consciente de lo que implica. Pero es lista. Es muy lista y sabe mucho… para ser doctoranda. Habrá hablado con la desvergonzada de Janah. ¿Se lo habrá contado? Hablan mucho y si quedan fuera, con alcohol… la gente cuenta más de la cuenta.

Sonrío.

Vaya cacofonía.

Además, ¿qué iba a hacer Janah con esa información? ¿Ir dónde el jefe o dónde el vicedecano? Absolutamente imposible que fuera donde el decano. Además, no es una cuestión de bioética, que es lo que más les importa ahora a los mandamases.

Tan solo es algo de dinero, utilizando convenientemente. Estos aparatos le vienen bien a la facultad, mejora la investigación, atrae talento que viene a la ciudad, charlas, congresos… No es nada malo. A nadie le importaría que unas decenas de miles de dólares se utilicen para ayudar a la ciencia… Si los números cuadran al final, ¿a quién le importa el camino? Hay gente que lleva décadas haciendo lo mismo y nadie dice nada. Yo al menos lo hago con criterio, con un proyecto detrás. El presupuesto estaba perfectamente cuadrado y en esta absurda casa importa más la apariencia de solvencia que el procedimiento.

Aunque es mejor que nadie lo sepa.

Escuchó un ruido en el pasillo.

¿Pasos? Agudizo el oído. Sí, sí. Pasos.

Salto de emoción y golpeo la puerta con las manos.

—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Estoy encerrado! ¡Ayuda!

Siento los pasos cerca. La alegría crece dentro de mí. Indescriptible.

Dios, solo tres horas. A veces creo que soy un paranoico. No, sin duda lo soy.

Escucho la llave abriendo el laboratorio.

—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Ayuda!

Los pasos son más cercanos.

La llave se introduce ahora en la cerradura de la sala anexa. Escucho como los mecanismos internos giran. Me parece el ruido más bonito del mundo. Música.

La puerta se abre. Es el vigilante.

—¡Por Dios, profesor! ¿Qué hace aquí? Hace mucho frio.

Mira alrededor con su cara de alelado. Yo creo que fuma porros mientras descansa entre paseo y paseo.

Una brisa de aire templado me envuelve. Aspiro con fuerza. Después clavo los ojos en el de seguridad.

—Me habéis encerrado, panda de inútiles.

Me mira con los ojos entrecerrados y la boca a medio abrir.

—¿Quién? Yo no; yo es la primera vez que paso por aquí.

—Tú o cualquier otro. Una muestra más de la incompetencia habitual. Y os habéis llevado mis llaves.

Me quito la bata con remango, para mostrar mi indignación. La cuelgo en el perchero.

—Lo tendrá Joss, hizo la ronda. Todos los días se encuentra a algún despistado que se deja la llave puesta.

Gruño para mis adentros. Aunque lo hubiera hecho para afuera no se habría enterado.

—Yo no me dejé la llave puesta. Estaba dentro. ¡Maldita sea! ¿dónde la habrá puesto? Las necesito para entrar en mi casa.

Se encoje de hombros como si no le importara.

—Supongo que en su…. en su… Allí; dónde está él.

A ver qué hago si no encuentro al tal Joss. ¿Cómo entro en casa?

Carraspeo con fuerza. Lo miro de arriba abajo. Él observa la habitación, como buscando si hubiera alguien más allí. Sale y hace lo mismo con la sala principal. Supongo que es su rutina.

—Da la incidencia —digo mientras avanzo hacia la salida—, el aire o el termostato de esa habitación están rotos. Vamos a perder decenas de miles de euros en reponer reactivos y muestras. Revísalo. Me tengo que ir.

Lo digo sin mirar atrás. Al llegar a la puerta me imagino su cara de fumado. Tengo la necesidad de volverme. Me vuelvo. Ahí está. Pasmado mirando como me voy, con la boca medio abierta.

—¿Me has oído? —y señalo con la cabeza hacia la sala anexa—. El aire del almacén. Está estropeado. Revísalo y da el parte de incidencia.

Él se asoma despacio hacia la sala. Mira a la puerta. Las gotas caen formando un pequeño charco en el suelo. Asiente. Vuelve a la sala principal.

—¡Espere profesor! —Tarda tanto entre cada palabra que me irrita. Me apoyo en el marco de la puerta a escucharlo una vez más—. Que se deja el ordenador encendido.

—¿Qué ordenador?

—Ese de ahí.

Señala al fondo de la sala principal. Lo miro. La pantalla está negra, pero la luz verde parpadea.

Lo miro unos segundos. Frunzo el ceño.

—Yo no he tocado ese ordenador. No he estado allí. Apágalo tú.

Se acerca. Camina despacio. Lo observo. Algo me hace esperar. Mueve el ratón y la pantalla se enciente. Me doy la vuelta y cruzo la puerta pensativo.

—Pues es su sesión, señor.

Me detengo; repaso mi día. Al momento continúo.

—¡Pues ciérrala!

Ya camino por el pasillo cuando, de repente, escucho una voz débil y lejana.

—¡Señor! Ahora que caigo. Joss no ha venido. Avisó que estaba enfermo.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...