El Indio - Segunda Parte: Otra Víctima - Gregorio López y Fuentes
OTRA VÍCTIMA
Por orden del juez de la congregación una centena de individuos, entre naturales y mestizos del campo, buscaban río abajo a un mensajero. Se trataba nada menos que del indígena, ya viejón, que sostenía con su vecino la enconada lucha a base de brujerías, el padre del muchacho lisiado a quien los blancos exploradores redujeron a la condición de un ser inútil.
La creencia de cuantos lo buscaban era de que se había ahogado, pues que de haber podido ganar la orilla, para entonces ya se le habría visto por alguna parte. El último informe lo proporcionó el matrimonio del ranchito prendido sobre el cantil, junto al vado.
El indígena llegó cuando el sol ya tenía unas dos garrochas de alto y, mientras se tomaba una caña , les dijo del objeto de su viaje: estando como semanero en el pueblo, el presidente municipal lo enviaba con unas cartas muy urgentes, en calidad de correo, al otro poblado. Aunque ya entrado en años, lo escogieron a él porque era bien conocida su habilidad para cruzar los ríos crecidos: ninguno como él para manejar al acuáhuitl , el tronco de madera fofa con que los campesinos vadean las corrientes, como en un caballo.
Los del rancho le aconsejaron que debía esperar a que bajara un poco el río, porque en esos momentos iba sumamente crecido. Pero el indígena se sonrió desdeñosamente y dijo tener órdenes de regresar con la luz del día. Mientras eso decía, miraba a su compañero de hazaña, el trozo de madera, recargado en la empalizada.
El natural agotó el contenido de su vaso y, golpeándose el pecho dolido por la fuerte calidad de la bebida, se dispuso a partir. El campesino de la casucha aún lo detuvo para hacerle algunos encargos del pueblo: tabaco y pólvora; la mujer le encargó sal y jabón.
Con su madero al hombro bajó por la pendiente hasta la orilla del río, el que, de tan crecido, ni rumor hacía: estaba, como dicen los campesinos, hecho una cuerda. En derredor a la copa de su sombrero ató la camisa y el morral en que guardaba las importantes cartas del funcionario, sus alimentos del mediodía y el dinero de los encargos. Después se alzó los calzones perfectamente enrollados, hasta el nacimiento de los muslos. De la cintura se quitó una cuerda, con la que puso una rienda a su caballo de madera.
Ya listo, avanzó por la turbia corriente, aún alzando el tronco. Con él a cuestas, parecía un presunto mártir conduciendo una cruz incompleta. Al llegar donde el agua le daba a la cintura, apoyó el vientre en uno de los extremos del acuáhuitl y, enderezando el otro extremo un tanto contra el ímpetu del río, se lanzó, nadando.
La mano izquierda sostenía la brida, enfrentando siempre la cabeza del caballo a la corriente, mientras que con la mano derecha y con las piernas se daba impulso, hábilmente. Cruzar en línea perpendicular era imposible y jamás nadador alguno podía esperarlo, pero con la ayuda del acuáhuitl el empuje de las aguas es menos brusco y se reservan mejor las fuerzas.
En los tumbos, el indígena subía y bajaba, en un balanceo, ganando siempre distancia. Desde el cantil, el hombre y la mujer de la casucha lo miraban alentándolo con gritos en los trances más difíciles.
Quinientos metros río abajo, entre el encarrujamiento de las pardas aguas, aún se veía intermitentemente aparecer y desaparecer el sombrero. Por fin, lo vieron ganar la orilla y subir por el pedregal opuesto, con su madero al hombro. La mujer del rancho se metió suspirando con satisfacción al ver que el natural había vencido en la lucha con el río. El hombre se quedó mirando con ojos inexpresivos aquel paisaje de salvaje belleza en que el indio ya resultaba algo fuera de todo interés. Lo vio cómo escondía en los jarillales su trozo de madera, cómo se calzaba los huaraches y ganaba el camino.
Durante las siguientes horas, la mujer cantó triste y monótona, al mismo tiempo que hacía sus trabajos caseros. El hombre, sentado en una piedra al filo del cantil, fumó impasiblemente, viendo pasar y pasar las aguas del río o siguiendo con los ojos el vuelo de las garzas y de los apapanes. Fastidiado, sacó el hacha y se puso a partir leña.
Cuando la mujer lo llamó a comer, entre bocado y bocado, dijo que el indígena ya estaría llegando al pueblo. Después de la comida, al mismo tiempo que exploraba los horizontes, dijo a la mujer que por las sierras estaba cayendo una tormenta: el cielo era panza de burro y lejos se oían sordos truenos. Tales fenómenos inspiraban temores por el correo que aún no regresaba. El hombre bajó dos o tres veces a la orilla del agua, para ver una señal puesta desde por la mañana en una piedra. Otras tantas veces regresó para decir que el río seguía creciendo. Fastidiado, poco después, se tiró a dormir en una banquilla del corredor.
Ya al caer la tarde, «como estaban pagando los drogueros», pues hacía sol y a la vez caía un ralo aguacero, la mujer salió a recoger sus ropas y de paso echó un vistazo a la corriente: la piedra en que su hombre había puesto la señal ya no se miraba. El agua era color de cobre y sobre el lomo del río pasaban balanceándose algunos troncos.
Sonó un grito al otro lado. Hombre y mujer fueron hasta la orilla del cantil. Era el indígena que ya estaba de regreso. Lo vieron recoger del matorral su caballo de madera, quitarse la camisa, atar a su sombrero todos los enseres y avanzar río adentro con el madero al hombro.
El matrimonio, midiendo el peligro, comenzó a dar voces y a indicarle, con movimientos de brazos, que no se aventurara. Pero tal vez pudo más la orden recibida en el pueblo: el mensajero se lanzó.
Hubiera vencido como en la ocasión anterior, pues ya se hallaba a la mitad de la corriente aunque muy abajo del vado, pero río arriba se escuchó como el reventarse de una presa. Con más frecuencia comenzaron a pasar troncos y ramajes, sin duda porque el agua había barrido con todo un monte.
Uno de esos grandes troncos alcanzó al hombre, que en vano hizo esfuerzos por cortar el agua más de prisa, a golpe de brazo y de pies. Desde ese momento no volvió a saberse de él.
Varios kilómetros río abajo no se había dejado un remanso, un recodo, un paraje sospechoso, sin una detenida inspección. Los ojos expertos en distancias, habían examinado todo, en busca del ahogado. Las opiniones de los buscadores eran bien diversas: que la corriente se lo había llevado muy lejos, tal vez hasta el mar; que el cadáver, a lo mejor, ya estaba en la cueva de un lagarto y que éste, tentado por la putrefacción, ya se dispondría al banquete; o bien, que acaso estaba en algún sitio profundo, tapado por el cieno.
La atención se fijaba principalmente en los mejores auxiliares en tales casos: los zopilotes. Sus trayectorias eran seguidas con un gran interés porque, a lo mejor, allá donde terminaba el vuelo estaba el muerto.
Pero algunos volaban muy alto y, al parecer, sin objetivo, como ejercitando las alas, tan sólo para que no se les olvidara volar. Otros, que volaban planeando muy abajo, hasta posarse en la orilla del agua, lo hacían para devorar un pequeño pez putrefacto.
Cada nuevo indicio era motivo de otro desesperar. El sol alumbró verticalmente hasta el fondo de los remansos en donde brillaban las arenas recientemente lavadas por el diluvio, como si en ellas hubiera buscado pepitas de oro.
En ambas orillas, a la sombra de los árboles, se formaron grupos al derredor de las lumbres. Naturales y mestizos calentaban sus provisiones y comían en paz, algunos comentando cualquier incidente y otros mirando el río. Los indígenas eran de los últimos, sin que ni por una vez aludieran al hecho de que siempre eran los de su raza los victimados por la fatalidad. Cuando mucho, una vez que reanudaron la marcha, desviaban unos pasos para cortar guayabas cimarronas en los pedregales. Pero, en cambio, los mestizos fumaban sin dejar de hablar, como cumpliendo apenas con un mandato, sin que la desgracia les afectara sensiblemente. Un viejo de barba canosa y amarillenta, decía que: «Esta era una mujer muy llevada por la mala, de esas que gustan de hacer repeler al marido, haciendo todo lo contrario de lo que se les ordena. Era tan dada a contradecir que, cuando su hombre le sobaba el lomo con el machete, diciéndole: “Para que ya no lo hagas, maldita”, ella le suplicaba que siguiera pegando, pues que sentía un gran placer. La vieja se ahogó y los vecinos se echaron a buscarla río abajo. Cuando ya tenían tres días buscándola, llegó el marido, que andaba de viaje, pues era arriero, y en cuanto supo de lo que se trataba sólo pidió que le indicaran el sitio de la desgracia. Se echó a reír como si le hicieran cosquillas al condenado, diciendo que todos eran unos benditos inocentes, pues que no conocían la condición de las mujeres… Explicó que a su vieja siempre le había gustado ir contra la corriente y que en lugar de buscársele río abajo deberían buscarla en sentido contrario. Y así lo hicieron, hallándola bien muerta treinta leguas río arriba».
Los mestizos celebraron el cuento, pero los naturales, por falta de un intérprete, permanecieron impasibles. Llegaron a un lugar donde el tupido follaje de la orilla impedía un examen minucioso. Había árboles que se inclinaban sobre las aguas como pacientes pescadores que echaban el anzuelo, cuyas ramas bajas sin duda había alcanzado la corriente.
Los dirigentes ordenaron que algunos de los naturales, a nado o prendiéndose a las rocas de la orilla, fueran escudriñando todo. De los sitios más intrincados salían volando rumorosamente los patos de cabeza morada y uno que otro martín pescador.
Adelante, en los pedregales distantes que ya habían emergido de las aguas una vez pasada la creciente, se veía una rara figura, al parecer el cuerpo de un hombre. Todas las miradas convergieron en el mismo sitio y la marcha se hizo precipitada: era un tronco limado hasta lo blanco por las piedras y que conservaba dos brazos retorcidos.
Adelante, en un remanso oscuro a fuerza de profundo, se descubrió una mancha, una tonalidad sospechosa. Bien podía ser el cadáver, acaso prendido a un objeto pesado, pues a nadie se escapaba que, de estar libre, por el tiempo transcurrido tenía que flotar. Uno de los naturales se despojó de la camisa, de los huaraches y del sombrero y, enrollándose los calzones, avanzó hacia lo más hondo, nadando.
Sin perder la dirección tomada, interrogó con los ojos a quienes lo observaban desde una prominencia. Cuando le hicieron la señal convenida, se encorvó en una actitud de nutria, hundió la cabeza, puso al aire los pies con que chapoteara la superficie y desapareció por largo rato.
Al salir, bufando y con la cara amoratada por el esfuerzo, dijo por medio de ademanes que no había encontrado lo que buscaba. Ya en la orilla explicó que el engaño se había debido a una rama de álamo, que tiene hojas de cara inferior plateada.
Muy abajo, cuando ya llegaban a los límites de la otra congregación, los buscadores se quedaron parados sobre lo que podía llamarse el trampolín de la cascada. El río serpenteaba allá lejos, manso a tramos, espumeante e impetuoso a trechos. Cuando los ojos se habían saciado de lejanía, descubrieron más cerca, como a un tiro de fusil, que un zopilote hacía columpios sobre las arboledas de la orilla y que a cada vuelta bajaba casi hasta tocar la superficie del agua, como atisbando bajo unos otates que se inclinaban sobre la corriente. El zopilote, después del atisbo, rápidamente, viraba, alzándose otra vez por encima de los árboles.
Todos los buscadores permanecieron atentos. En una de las vueltas, el ave se paró en una rama baja. Estiraba el cuello, observando desconfiado. Después, en un salto, como si hubiera intentado, absurdo, posarse en la superficie del agua, descendió con cuidado alzando las alas. En esa actitud hundía el pico en el agua.
Los buscadores no esperaron más. Descendieron por los cantiles, avanzaron por las orillas y cuando ya algunos asomaban por los matorrales, el zopilote voló para situarse en una de las más altas ramas, observando.
Era el cadáver buscado. Una rama baja, prendida al calzón de manta, lo había detenido en su viaje al mar. Sin formalidades de ley, entre la algarabía de los mestizos y el silencio de los naturales, el cadáver fue llevado hasta la orilla, donde se le colocó en una pulida cantera que más bien parecía una lápida.
Todos lo reconocieron inmediatamente, a pesar de que estaba horriblemente abotagado y de que los charales le habían comido los labios y los párpados. Uno de los mestizos, enterado de la contienda entre las dos familias, indicó que acaso la desgracia había obedecido a las artes del brujo, pues ¡cómo pudo haberse ahogado el más experto de los nadadores!
La indicación hizo que los naturales se apartaran un poco, temerosos de que el cadáver aún conservara algo del maleficio. Sobre la cascada, del lado del monte, apareció una extraña figura: busto de hombre y piernas de niño. Su andar parecía un balanceo: era el lisiado que también recorría el río en busca de su padre.
Continúa en la Tercera Parte…
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