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La presión espacial. Capítulo 23: Breaking bad

fictograma [Unofficial] June 26, 2026
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Cap. XXIII: Breaking bad

Cuando Teo se había despedido de su madre en la torre del Hotel Las Arenas, no había pensado que al día siguiente se sentiría… igual. Pensaba que pasaría el día pensando si había hecho bien en declinar la oferta o no, que se hundiría al pensar que otra vez no volvería a ver a su madre en mucho tiempo o que tendría los ánimos por los suelos después de aquella tarde tan rara del 31 de marzo. Pero no fue así.

Al contrario, cuando despertó al día siguiente, se sintió aliviado. Como liberado. Era como si su cerebro le dijera “está bien, chico, has hecho lo que has podido, no te voy a mandar más sentimientos de culpabilidad”.

Teo y Dougie habían vuelto de noche acompañados por el militar Tomás en una zodiac motorizada que era propiedad del Grupo. Los habían dejado en la orilla más cercana a su barrio tras navegar entre los edificios semisumergidos, y durante el paseo posterior entre los campos, ambos habían discutido sobre la decisión que Teo había tomado.

Teo aludió a la falta de utilidad de las acciones que realizaba el Grupo. Era la realidad. No le valía la pena el riesgo. Cualquier fallo en una de las actividades y una detención por parte de las fuerzas de seguridad podía resultar perfectamente en la muerte. No valía la pena arriesgar la vida a cambio de tan poca cosa. Si lo hacía, debía ser por algo grande.

Dougie lo comprendía, pero también tenía sus argumentos. Entendía que el balance riesgo/recompensa no era convincente, pero había que agregar un componente a esa operación: Teo no tenía de qué subsistir y no tenía dinero. Si el trabajo que le iban a dar le daba comida a diario y un nivel de vida digno, el balance riesgo/recompensa/necesidad aumentaba la puntuación total a favor de alistarse.

Habían llegado al patio discutiendo amistosamente y se habían marchado cada uno a su casa a dormir, pensando en la pequeña aventura que acababan de vivir.

Teo había estado defendiendo su decisión todo el camino, pero una vez solo en su casa, se había sentido de nuevo incómodo. Quizá Dougie tenía razón. Y su madre. Y aquel Rül…

Pero al despertar al día siguiente, era como si su cabeza se hubiera despejado o le hubieran quitado una losa de quinientos kilos de la espalda. Lo tenía muy claro: había hecho bien. Él no era un activista. Habrían tardado dos días en cogerle y dos horas en darle matarile. Prefería malvivir, que no vivir.

Cogió su parte rebelde, el trocito de su ser que le decía que debía rebelarse y luchar ante la injusticia, y lo enterró como pudo en lo más profundo de su mente. Al menos, por el momento, debía hacerlo. Se dijo a sí mismo que en unos meses volvería a replantearse la situación, pero que mientras tanto, no podía darse el lujo de pasarse el día amargado. Tenía que vivir, aunque fuera mal.

Se vistió y se marchó al vertedero. Aquel día hubo una especial remesa de comida mal envasada y pudo llevarse a casa casi todo lo que podía comer en una semana. Llenó la mochila hasta los topes y aún tuvo que buscar una bolsa de plástico para meter algunas cosas más. Jan y Carmen también estaban allí y se habían marchado muy contentos porque con todo el excedente que había podrían pasar varios días sin ir, incluso si les llevaban cosas a los niños de la Plaza de Abajo.

Una vez en su casa y después de degustar parte de lo que había conseguido, se conectó a internet con su viejo ordenador e hizo algunas búsquedas en los sitios donde normalmente se ofrecía algún trabajo. Dejó solicitudes con currículum adjunto en varias de ellas. Sabía que las posibilidades eran mínimas, pero aquello no tenía riesgo alguno. Era lo mínimo, y al mismo tiempo, lo máximo que podía hacer.

Después, pasaron varios días y efectivamente, ninguna de aquellas empresas respondió ni recibió oferta alguna. Tampoco es que decayera por ello: lo esperaba. Continuaba yendo cuando lo necesitaba al vertedero y la cuestión de la alimentación, mientras aquella rutina pudiera continuar, estaba más o menos solucionada. Seguía sin fiarse demasiado de la higiene y seguía teniendo que tirar alguna cosa de vez en cuando, pero consiguió convertir aquello en algo común que tampoco le importaba demasiado. Ahora, iba al vertedero siempre antes de que se le acabara todo y así, si algo de lo que le quedaba no estaba bien, tenía ya algo nuevo para hincarle el diente y no se quedaba sin comer.

Dougie también se portaba bien con él. Sabía que sin excusa de por medio Teo no dejaría que le invitara, pero muchas veces se le ocurría cualquier chorrada para que subiera a su casa a mediodía y comiera con él. Además, le estaba ayudando a conseguir algunos subs. Pocos, pero algo eran.

Dougie tenía en su casa almacenados un gran número de objetos de personas que le compraban marihuana y no tenían dinero con qué pagar. La barca que habían utilizado para ir al hotel era uno de ellos, pero tenía bastantes más cosas, porque cada vez la gente tenía menos dinero y sabiendo que aceptaba intercambios, le habían llenado la casa de trastos. Él aceptaba aquello más por solidaridad que por otra cosa. De vez en cuando conseguía vender alguno de los trastos y con ello ganar algo del dinero que no le habían pagado, pero por la misma razón por la que cada vez más gente le pagaba en trastos, cada vez había menos gente que después quisiera o pudiera comprarlos.

La semana después de la visita al hotel, había conseguido colocar un aparato de aire acondicionado portátil por quinientos subs y le había dicho a Teo que si lo llevaba al comprador le daría un 20% de la ganancia. Cien subs no eran gran cosa, pero el trabajo tampoco era muy complicado: el comprador vivía apenas un paseo más abajo, en su misma calle. Sólo había tenido que llevar el aparato hasta allí y se había ganado aquel dinerillo.

Ahora, una semana más tarde, Teo se encontraba en casa de Dougie, esperando que le hiciera otro encargo de transporte de otro trasto que había conseguido vender: un generador solar. Este trato era algo más jugoso, porque le habían comprado el aparato por 1700 subs, o lo que era lo mismo, un crédito y setenta céntimos. Eso sí, el viaje sería algo más complicado.

—¡Ostias! ¡Dougie! Esto pesa un huevo, tío. No lo puedo llevar en brazos. Y no tiene ruedines como lo del otro día —Teo estaba en la habitación donde Doug almacenaba los trastos y el americano le escuchaba desde el pasillo.

—Sí, es cierto. Tengo una carretilla, espera, voy a por ella.

Al momento, Dougie apareció con una vieja carretilla roja de dos ruedas, que a saber quién le había dado a cambio de unos cuantos cogollos. Entre los dos cargaron el aparato en el carretón y lo fueron bajando por la escalera, poco a poco.

No solo pesaba más que el anterior, también había que llevarlo más lejos. Más concretamente a un antiguo chalet que estaba cerca de la Plaza de Abajo, en la parte del barrio donde vivían Jan y Carmen. Al menos, el tramo de ida, que es cuando llevaría peso, sería cuesta abajo, pues la plaza se encontraba en la zona baja del barrio, como su nombre indicaba.

Se despidió de Dougie y salió a la calle con su carreta, comenzando en seguida a esquivar escombros y basura que había desperdigada por la calzada. Maniobrar con aquella carretilla no era fácil y le resultaba costoso. Tendría que llegar al final de su calle, donde estaba el hospital, y después girar hacia la derecha, bajando por la avenida por la que todos los días sus yayos compis del vertedero subían y bajaban desde su casa. Una vez llegara a aquella avenida, la cosa sería más fácil, sólo tendría que ir contrarrestando la gravedad y no empujando como ahora.

Le costó sus buenos veinticinco minutos llegar a aquella esquina y paró un momento para descansar al lado del hospital, con buen tino. Con buen tino porque en ese momento de descanso miró avenida abajo y vio que algo subía a gran velocidad. Cogió la carretilla, la dejó rápidamente en una callejuela que quedaba justo al costado del hospital, y continuó andando por la avenida como si estuviera paseando por allí.

Ahora que lo veía mejor, sabía que había hecho bien. Lo que subía a todo trapo era un coche de policía. Muy pocos coches que no fueran de la policía, por no decir ninguno, pasaban ya nunca por allí. Conforme se acercaban, Teo se dio cuenta de que iban a toda leche y se volvió a preguntar si había hecho lo correcto. Si le habían visto dejar la carretilla y seguir sin ella, si le preguntaban la razón, se podía meter en un buen lío. Por otro lado, tampoco quería alejarse demasiado, pues aquello costaba más de un crédito y cualquiera que pasara por allí se lo podía llevar a su casa sin más.

Finalmente, respiró tranquilo cuando el coche pasó a su lado, pisando escombros y desperdicios que había por la carretera sin ningún miramiento y sin que tan siquiera sus ocupantes le dedicaran una pequeña mirada. Teo esperó a dejar de oír los neumáticos del coche reventando basura y después se dio la vuelta y volvió rápidamente a por la carretilla. Por suerte, aún seguía exactamente donde la había dejado y con su valioso cargamento encima.

Mientras la volvía a agarrar y comenzaba su trayecto de nuevo avenida abajo, le dio vueltas a la cabeza. Hacía meses que no veía un coche de la policía en el barrio. ¿Qué habría ocurrido? ¿Y por qué iban tan rápido? No le olía bien.

Y conforme se fue acercando a la Plaza de Abajo, cada vez le olía peor.

Habitualmente, a última hora de la tarde y primera de la noche, la plaza estaba habitada por personas que salían, sobre todo en los meses de primavera y verano, a charlar y pasar el rato en la calle con sus vecinos. Solía sonar un leve y agradable murmullo proveniente de la plaza cuando uno se acercaba a ella. Un murmullo que denotaba vida. Pero ahora, el murmullo no era murmullo, era algo más elevado. Casi un griterío. ¿Qué estaba pasando allí?

Los siguientes cien metros, Teo los hizo casi dejando caer la carretilla por la pendiente y corriendo tras ella, tal era su nivel de curiosidad. Aquel guirigay no era normal. Por fin, al llegar a la Plaza y asomarse a ella, vio lo que había pasado.

Un gran tumulto se apiñaba en torno a alguien que estaba tendido en el suelo. Teo no pasó por donde estaba toda la movida, sino que giró con la carretilla pasando justo por enfrente del enjambre humano. Entre las piernas de la gente que se agolpaba consiguió distinguir algo. Se abrió un pequeño hueco a causa de que alguien se iba y todavía nadie se había metido a mirar en su lugar, y Teo pudo ver mejor durante unos instantes.

Allí estaba Carmen, arrodillada en el suelo, llorando y gritando desconsoladamente, mientras alternaba miradas al cielo y a la persona que había en el suelo. Otra vez la gente tapó el hueco, pero Teo no necesitó ver más. Sabía quién había muerto. Sabía quién yacía sobre un charco en medio de aquella plaza. Los cuadros rojos y negros de la camisa que había visto…

Teo sintió otra vez una rabia furiosa. No tenía ni idea de lo que había pasado allí, pero acababa de ver a la policía salir huyendo. Porque eso es lo que debían estar haciendo: huir. Aquellos hijos de puta se habían cargado a Jan.

Pero no solo sintió rabia por esto: había visto a Carmen y necesitaba ir a estar con ella. Consolarla como pudiera. Reconfortarla en la medida de lo posible. Le debía un abrazo. Ella se lo había dado el primer día que la había conocido en el vertedero. Y no podía ir. Ahora, no. Llevaba un valioso objeto a cuestas y aquel sí que era un lugar donde no podía dejarlo desatendido. Se lo habrían birlado en un parpadeo.

Apretó el paso y recordó la dirección donde le habían mandado. Era algo más adelante, no muy lejos. Llegó allí en un santiamén, raudo como si la carretilla llevara motor y sudando a chorros. Entregó la “mercancía” sin mayor problema, más que el hecho de que el comprador pretendía pagarle en monedillas de dos subs. Todo un saco de, en teoría, 850 monedas. Teo se negó y tras una pequeña discusión, al final llegaron a un acuerdo: se llevaría la mitad en monedillas y el resto en billetes de mayor valor. Así lo hizo, pero todo el proceso le llevó unos quince minutos.

Al volver a la plaza, apurado como él solo y con la carretilla a rastras, se dio cuenta de que había hecho tarde. Todavía había un montón de gente allí, aparentemente comentando “la jugada”, pero ni Carmen ni el pobre Jan, estaban. Al parecer, por lo que pudo escuchar en una conversación de unas personas que estaban en una esquina, alguien que tenía un coche se lo había llevado directamente al crematorio.

Precisamente, la conversación versaba sobre la buena fe de esta persona.

—Qué bueno el señor Julián. La verdad es que hacía meses que el hombre no sacaba el coche. Hay que agradecérselo. La pobre Carmen no aguantaba más con su hombre ahí tirado… —decía una señora rubia, algo más joven que la propia Carmen, que hablaba con una pareja.

Teo se acercó a ellos empujando su carretilla vacía, y con cuidado de que la bolsa con monedillas que llevaba no hiciese demasiado ruido.

—Disculpen —interrumpió con respeto—, la mujer que estaba antes ahí, ¿era Carmen, la de la casita roja? ¿La mujer del lituano?

—Sí, hijo mío. —contestó la señora, a la que no le importó que la interrumpieran, pues estaba viendo delante de sus ojos la oportunidad de contar el chisme completo— y el pobre lituano era el que estaba tirado en el suelo. ¡Ay! ¡Pobre hombre! Lo han linchado.

—¿Qué es lo que ha pasado? Ellos son, Jan es… era amigo mío. Carmen es amiga… yo… quería pararme antes, pero no he podido —Teo estaba a punto de ponerse a llorar otra vez, o de ponerse a darle puñetazos a algo. Se daba asco. No había podido darle aquel abrazo a Carmen. Por un mísero crédito y poco más. Eso era para lo que había quedado, ni siquiera era capaz de devolver favores sencillos pero importantes.

—Tranquilo, chico —apaciguó la señora—, lo que ha pasado es que han venido los hijos de la Romina, los de la casa de allá al lado del árbol grande…

—No los conozco —reconoció Teo.

—Pues son unos chiquillos que siempre comentamos, van a acabar mal. No sé de dónde sacaron unas motos y se van por ahí a hacer el gamberro y ya se han buscado problemas más de una vez. Se ve que hoy se han metido con quien no debían y han llegado hasta aquí con la policía pisándoles los talones.

Teo no contestó. Solo puso la mejor cara que pudo y aun así era una cara de pocos amigos. La mujer continuó.

—Han llegado a la plaza y se han metido con las motos por detrás de los viejos que estaban hablando allí, al lado de la casa del lituano. Se han bajado de las motos y se ve que se han metido en la casa del viejo. Y cuando han llegado los polis, se ha liado.

—¿Cómo ha sido?

—Pues los policías se iban a meter en la casa del abuelo persiguiendo a los chavales y el viejo les ha dicho que a su casa no entraban, que tenía sus derechos. Y le han empezado a dar porrazos. Es que el pobre Jan… siempre tan contestón. Al final, le ha salido caro.

Teo obvió el comentario de la mujer y continuó indagando.

—¿Y los chavales? Porque vaya tela. Es para… —y se calló, pues tampoco sabía si aquellos chiquillos eran hijos, sobrinos o primos de la gente con la que estaba hablando.

—Los chavales han salido en seguida. Si es que los polis se han acojonado. Cuando han visto que se habían pasado con el viejo, se han largado corriendo. Si llegan a tardar un poco más, la gente de aquí se los come.

Teo meneó la cabeza. Le dio las gracias a la señora y se largó de allí empujando tristemente su carretilla roja. Estuvo a punto de agarrarla fuerte por el manillar y estamparla contra una pared, pero la plaza estaba llena de grupitos hablando aquí y allá y no era plan. Se contuvo y comenzó a subir avenida arriba hacia su calle.

Aquel trayecto se le hizo penoso. El esfuerzo físico era menor que el que había tenido que realizar antes y además, ahora tenía unos buenos subs. Pero también tenía un amigo muerto.

Era un amigo raro, apenas lo conocía por un mes, pero le había ayudado cuando él estaba mal y ¿acaso había podido ayudarle él de vuelta? Un poco más y no se habría enterado de su muerte hasta uno o dos días más tarde. Durante aquel camino de vuelta su ánimo se volvió loco. Pasaba un minuto rabiando y tres diciéndose a sí mismo que no podía hacer nada, cuatro pensando en quemarlo todo y luego dos diciéndose que no había forma de hacerlo… y así hasta llegar a su patio.

Cuando comenzó a subir la escalera recordó que Dougie le había dicho que iba a salir y harían las cuentas al día siguiente, y que se guardara la carretilla en su casa para otras ocasiones. Así que fue directo a su propio domicilio. Sacó las llaves, abrió los cuatro cerrojos, agarró su carretilla roja y la metió para adentro, junto con su propio cuerpo.

Dejó la carretilla a un lado en una esquina de la sala de estar y se metió al dormitorio. Allí sacó una pequeña cajita fuerte, herencia de su madre, que la había utilizado para guardar el único par de pendientes y gargantilla con algo de valor que había tenido. La abrió con la llave que estaba puesta, dejó allí los billetes y casi a presión, el saquito de monedillas, y volvió al salón pensando en qué basura cenar esa noche.

Pero al entrar de nuevo en la sala vio algo raro. Un papelote estaba en el suelo, al lado de la puerta de entrada desde la calle. Se acercó a él y se agachó a recogerlo. Vio que tenía una huella de pisada de su propia zapatilla, por lo que entendió que aquello ya estaba allí cuando había entrado.

Se sentó en el sillón. Era un sobre cerrado. Lo abrió de un estirón y sacó un papel de dentro que parecía impreso en una de esas maquinitas que estaban de moda en la ciudad, que se llevaban en la muñeca y podían imprimir aquello que uno quisiera, incluso fotografías de alta calidad… o texto, como en este caso. El tipo de papel era muy característico.

Además, llevaba un membrete: el logo de la compañía para la que había trabajado programando. Y debajo del membrete, un texto:

“Buenas tardes, D. Teófilo. Nos hemos allegado a su casa por segunda vez esta semana. Necesitamos verle para recuperar la dotación que la empresa le cedió para realizar sus labores como empleado, ahora que ya no lo es. Por favor, asegúrese de poder recibirnos la siguiente ocasión en la que nos acerquemos, pues el tiempo de nuestros empleados, como usted seguro que sabe, es de gran valor y no es elegante hacérselo perder.

Volveremos a pasar en alguno de los próximos siete días, en horario de tarde. Si no es posible su asistencia, por favor, deje a alguien al cargo que nos pueda entregar el terminal o indicaciones de la manera en que podamos recuperarlo.

Tenga en cuenta que desde los estamentos superiores de la empresa se considera muy importante la correcta recuperación de los equipos y se toman medidas cuando ésta no se produce. Desde la dirección nos han insistido en que no debemos necesitar venir una cuarta vez.

Me despido de usted con los saludos más cordiales y deseando verle en pocos días para poder agradecerle su colaboración en persona.

Un abrazo.

Mr. B. Sonny. Dowerton code LTD”

“Vaya con el tal Sonny, que forma más elegante de decirme que o les devuelvo el portátil o me rompen las piernas”, pensó Teo. Posteriormente, se puso el papel en la boca y le arrancó un trozo de un bocado.

La rabia lo consumía. Otra vez estuvo a punto de liarse a puñetazos y patadas con todo, pero… de alguna forma consiguió calmarse.

No había conseguido nada con eso. Nunca. Ni siquiera quedarse satisfecho o calmado, rompiera lo que rompiera. No valía la pena. Respiró hondo. Se levantó del sofá y dio vueltas andando por el salón. Cada vez iba más deprisa, hasta que se dio cuenta de que se estaba mareando.

Se sentó de nuevo en el sofá y cerró los ojos. Su respiración era veloz, estaba hiperventilando. Se acordó de Jan. Se acordó de su madre. No podía más. Había conseguido encerrar aquel sentimiento durante un tiempo, pero ahora se había vuelto a escapar.

Sin embargo, esta vez lo sentía de otra manera. De una forma más clara y limpia. Sin dudas.

Esta vez lo haría bien. Trató de respirar hondo en varias ocasiones, de forma constante y periódica, cada vez un poquito más lento. Calmó su mente y su cuerpo como buenamente pudo.

Sí, esta vez lo haría bien. Prepararía el viaje, cargaría víveres, un buen mapa y las coordenadas que le había dado su madre de la base que tenía el Grupo allí en Barcelona. Iría y haría lo que tenía que haber hecho cuando había tenido la oportunidad: aceptar todo lo que le pidieran que aceptara y después hacer algo útil que le permitiera reventar a alguno de aquellos hijos de puta que habían matado a Jan.

O a sus jefes. O a los jefes de sus jefes.

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