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La presión espacial. Capítulo 12: Arrastrado

fictograma [Unofficial] June 12, 2026
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En capítulos anteriores: Después de ir en una explosión de rabia en busca del grupo terrorista Pueblo Defensor y volverse a mitad de camino, Teo entra en su casa solo para encontrarse a su vecino. Con el susto y la rabia acumuladas, lo echa de su casa de malas maneras. Se arrepiente, pero Teo ha tenido suficiente por hoy.

Cap. XII: Arrastrado

A la mañana siguiente, Teo se levantó de la cama con una nueva sensación.

No era rabia ni hambre, aunque pasaba el mediodía. Tampoco era mal humor, ni ira violenta.

Simplemente, no estaba.

Su cerebro se negaba a ponerse en marcha. No salió de casa en todo el día. No comió en todo el día. No hizo nada en todo el día. Permaneció tumbado en su sillón, mirando el techo y durmiendo a intervalos irregulares, sin apenas pensar en nada.

Las pocas veces en las que pensaba algo, solo concluía que debía ser maduro, debía dejarse de gilipolleces y tenía que sacarse las castañas del fuego. Y al momento, se encontraba con que casi no tenía ganas ni de respirar.

Al segundo día no tuvo más remedio que levantarse del sofá e ir de nuevo al vertedero. Allí se encontró de nuevo con Jan y Carmen, y aquellos le alegraron un poco la mañana.

Entre los dos le enseñaron los truquillos de la recogida de comida y bajó a la montaña de basura con la mujer. Le explicaron cómo intercambiar cosas con otros merodeadores, y que lo más importante era no ser ansioso y no acaparar. Había para todos, había de sobra y solo al final de cada apertura de compuertas, si quería, podía intentar coger algún excedente para no tener que ir al día siguiente. Hacerlo antes podía ser visto como una forma de fastidiar a los demás y las protestas podían ir desde que alguien le gritara hasta encontrarse con un puño en los dientes.

Aquel rato, al menos, había podido despejar la cabeza y sacar algunos de los nubarrones negros que le negaban una visión clara de su propia situación y de cuáles podían ser sus soluciones. Una vez en casa, habiendo podido cargar comida para un par de días, sin embargo, volvió a venirse abajo.

¿Para qué tanto esfuerzo? ¿Acaso le iría mucho mejor teniendo trabajo y dinero? ¿El tipo de trabajo y la cantidad de dinero que podía conseguir allí, si es que por un golpe de suerte lo hacía? Se consideraba un privilegiado por haber tenido el trabajo que había tenido, y aun así, apenas le había dado para poder comprar comida y tomarse algo de vez en cuando. De haber roto la mesa de cristal en aquellos tiempos, tampoco habría podido comprar otra sin ahorrar durante un par de meses.

Llegó a la conclusión de que lo que quería era tener una vida digna. Posibilidades de hacer algo más que subsistir. Una vida que le permitiera no vivir encerrado en sí mismo y en sus propios problemas. No quería hacer algo para tener un plato de comida miserable cada día en la mesa. Quería hacer algo para que los platos de comida dejaran de ser miserables, y para que uno pudiera pensar en algo más que en cómo no morir de hambre, de asco, o de tristeza.

Y también quería ver a su madre. No había podido hacer nada por ella. Ni ella se habría dejado, ni él tenía la más mínima idea de cómo sacarla de aquel pozo de enfermedad mental provocada por la pérdida de su padre y aumentada por el consumo de droga para olvidar. Llevaba demasiado tiempo sin verla, y no aceptaba que quizá no la viera más.

Una gran angustia le invadió, sintiéndose culpable de todas las cosas que estaban mal en el mundo. No se sentía responsable de ellas, pero sí de no poder hacer nada, de no mostrar rebeldía y resistencia, aunque fuera simplemente porque no sabía cómo.

Pasó casi todo el mes de marzo, y Teo apenas era Teo.

Era un autómata que salía de casa solo para ir al vertedero cada dos o tres días, y en su casa no hacía otra cosa que fumarse la hierba que le quedaba y pasar las horas tumbado y sin ganas de hacer nada. Solo pensaba, pensaba y pensaba. Y cada vez que pensaba, se sentía peor. Cada vez tenía menos ganas de ir a por comida o incluso de comer. Solo quería dormitar cual cocodrilo saciado y que las horas pasaran, con la esperanza inconsciente de que ocurriera algo que mágicamente le arreglara un poco las cosas.

Pero conscientemente sabía que eso no iba a pasar. Prácticamente nadie sabía que él siquiera existía. A nadie le importaba. A nadie le importaba nadie, en realidad.

Las pocas veces que salía de casa veía cómo la mayoría de la gente estaba en una situación mental parecida a la suya. Nadie hacía nada porque nadie hacía nada.

Lo más que se podía encontrar era algún grupito como la Cooperativa, donde algunos se organizaban para ayudar en lo que podían. Arreglaban cosas que estaban faltas de mantenimiento por la dejadez del Ayuntamiento, instalaban generadores de electricidad, sustituían cañerías, cosas así. Y aun solo haciendo solo eso, solían encontrarse con problemas y represión. Él no quería algo así. Aquello no era más que ponerle tiritas a un herido de bala.

La desesperanza y la tristeza podían con su rabia. Ya apenas ni la sentía.

Para el día veinticinco fumó su último cogollo, y unos días después lo echaba de menos. Estar tirado todo el día en el sofá divagando y autocompadeciéndose era más complicado sin nada que fumar. Decidió ir a ver a su vecino, a ver si le podía prestar algo y de paso, disculparse por cómo lo había echado de su casa la última vez que lo había visto. Su dejadez era tal que casi lo había olvidado.

Subió al cuarto piso, donde se encontraba la casa de Doug, y tocó la puerta con el puño, dando los tres golpecitos con el ritmo exacto que significaban que era él, para que supiera que podía abrir sin peligro. En un minuto, la puerta se abrió. Ahí apareció su vecino, con su melena rubia, su camisa hawaiana y sus shorts de “soccer”, su vestimenta habitual de estar por casa.

—¿Qué pasa, Teo? ¿Qué necesitas?

—Pues verás, quería pedirte disculpas por lo del otro día… —empezó Teo, sincero.

—Ya —contestó Dougie, con cara sarcástica—. Que te has quedado sin nada que fumar, quieres decir.

—Sí —reconoció Teo—. Pero no venía solo por eso. Quería pedirte discul…

No le dejó terminar, el americano sacó un saquito con maría del bolsillo de su pantalón y se lo puso en la mano a Teo, cerrándole el puño sobre ella.

—Toma. No hace falta que te disculpes por nada.

Teo iba a contestar, pero se quedó con la boca abierta a punto de empezar a hablar mientras su vecino le cerraba la puerta en la cara. Se marchó a su casa cabizbajo, vencido, deshecho.

Entró a su domicilio, se sentó en el sofá y procedió a fumarse todos y cada uno de los cogollos que le acababan de dar. Después, pasó un número indeterminado de horas tirado en un mundo del cual no quería salir.

Cuando pudo volver a levantarse de allí, tenía un hambre sobrecogedora y acabó con todas las existencias de comestibles que le quedaban por casa. Entonces, se armó de valor y subió de nuevo al domicilio de su vecino. No sabía muy bien para qué.

Volvió a golpear la puerta con su característico ritmo. Pero esta vez no se abrió. Se cabreó. Dougie no salía de casa nunca. Tenía que estar ahí.

Golpeó más fuerte y al fin, la puerta se abrió de sopetón. La cara de Dougie no era de buen humor, precisamente. No dijo nada, pero se le quedó mirando inquisitivamente, levantando una ceja con expresión amenazante. Teo reaccionó, pero no como el americano habría esperado.

—Dougie, tío… lo siento. Por favor, necesito un cable. No quiero más hierba. Quiero hablar. Necesito… necesito despejar mi cabeza. Que alguien me saque de aquí.

Y rompió a llorar.

Su vecino, sorprendido, se le quedó mirando con una expresión mucho más amigable, aunque sombría. Le pasó el brazo por encima del hombro y lo empujó para dentro de su casa.

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