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Seguros Contra lo Inexplicable - Cap 002

fictograma [Unofficial] June 23, 2026
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Mi estómago emitió un sonido que recordaba al gruñido de una tubería vieja intentando procesar cemento. —Ignóralo —le dije a Milo, sin apartar la vista de la carretera—. El hambre es una construcción social. Y si paramos a comer, perdemos la ventana de oportunidad con Shu. Milo, sentado en el asiento del copiloto de mi sedán gris (que necesitaba un lavado y un exorcismo menor en el motor), revisaba una carpeta con la calma de un monje zen. —Son las 11:30 AM, jefa. Técnicamente, es el almuerzo temprano. Tengo una barra de cereal de dudosa procedencia en la mochila. ¿Quiere la mitad? —Guárdala. La necesitarás cuando Shu intente regatear con almas en lugar de efectivo. Llevaba cuatro días en el puesto. Técnicamente, desde el martes a las 9:15 AM. La mayoría de los aspirantes que Rayla me manda por caridad suelen desarrollar un tic nervioso al segundo café o piden la baja por “estrés metafísico” en cuanto ven que la planta de la oficina intenta lamerles la pierna. Milo, en cambio, seguía allí. Sólido. Silencioso. Con una capacidad para ignorar el absurdo que empezaba a resultarme sospechosa. Estábamos a viernes y, milagrosamente, no me había entregado una carta de renuncia manchada de lágrimas. Llegamos a la zona portuaria. El Depósito 4, la “gran inversión” de Rayla, era un galpón de chapa oxidada que vibraba con una energía estática que erizaba los vellos de los brazos. Shu Laodao ya estaba allí. Junto a uno de sus gorilas, que tenia por chofer, guardia o mano de obra. Apoyada en una pila de cajones de madera, jugaba con una moneda que desaparecía y reaparecía entre sus dedos. Llevaba su guante negro en la mano izquierda y esa sonrisa de depredadora que me hacía revisar si todavía tenía la billetera. —Briar —saludó Shu, su voz suave cortando el viento del mar—. Veo que trajiste al nuevo sacrificio. —Es personal administrativo, Shu. No se come. —Me bajé del auto, ajustándome el blazer—. Vamos al grano. ¿Quieres el depósito por tres semanas dijiste?. —Cinco meses de alquiler por adelantado —dijo Shu, lanzando la moneda al aire—. En efectivo. Sin preguntas sobre el contenido de las cajas. Miré hacia el interior del galpón. Había unas cincuenta cajas de madera apiladas. Una de ellas se sacudió violentamente y emitió un sonido parecido a un coro de gatos desafinados cantando ópera. —Shu, eso suena orgánico —señalé. —Es… biológico-conceptual. Digamos que son estatuas con mucha personalidad. Necesitan un lugar tranquilo antes de ser enviadas a… un coleccionista privado. —Si tu “coleccionista” es un ente del bajo astral con hambre te pediré 6 meses de alquiler —repliqué, cruzándome de brazos—. El seguro contra daños y prejuicios con entidades Lovecraftianas no es barato. —Tranquila, es un inversor de riesgo, Briar. Como tú. Solo que sus deudas se pagan con atención, no con cheques —Shu me dedicó una mirada de soslayo—. Solo asegúrate de que nadie entre con linternas o pregunte por esta dirección fiscal. —No me lo dejes con baba fluorescente, olor a desesperación o manchas de sangre humana —concluí, haciendo una seña hacia el portón. Miré a Milo. El chico estaba anotando en su libreta, imperturbable ante el sonido de las cajas. —Milo. ¿Qué te parece el estado del techo? Si esas cosas se escapan, quiero saber si el seguro de “Contención de Mercancía Volátil” cubre daños por… lo que sea que sea eso. Milo levantó la vista. —El seguro cubre daños estructurales, pero la cláusula 4C excluye “eventos sonoros que provoquen locura temporal”. Deberíamos pedir un depósito de garantía adicional por contaminación acústica. Y sugiero que la señorita Laodao firme el anexo de responsabilidad civil. Ya lo tengo preparado. Sacó un papel de su mochila y se lo tendió a Shu junto con una lapicera. Shu parpadeó. Miró a Milo, luego el papel, luego a mí. —¿Este chico va en serio? —Tiene cuatro hermanas, Shu. Sabe lo que es el ruido y la responsabilidad civil. Firma. Shu soltó una risa corta, firmó el papel y me entregó un sobre grueso. —Un placer, Briar. Tienes un lindo perro guardián. —Es un secretario. Vámonos. Subimos al auto. Milo contó el dinero con una velocidad de cajero automático y lo guardó en la guantera. —Todo en orden. Próxima parada: la Agencia. Tenemos veinte minutos para cruzar la ciudad. —¿Te asustaron las cajas? —le pregunté, arrancando y metiéndome en el tráfico suicida del mediodía. —Mi hermana mayor, Parma, cantaba en la ducha. Créame, esas cajas suenan mejor. — La sede de la ACC era un monolito gris que absorbía la alegría de vivir en un radio de cinco kilómetros. Entrar allí era someterse voluntariamente a una lobotomía burocrática. Tenía una reunión con el Agente Pímez, un hombre cuyo superpoder era hablar durante horas sin decir absolutamente nada, para reclamar el pago de un seguro por un edificio que había decidido volverse intangible durante el fin de semana. —Lo siento, señorita Dusseldorf —dijo Pímez, ajustándose los anteojos detrás de su mostrador de vidrio blindado—. Pero el Formulario 12-J está incompleto. Falta la certificación de “Solidez Material Previa al Evento”. Sentí cómo me latía la vena de la frente. —Pímez, el edificio era de ladrillo. La gente vivía dentro. ¡Por supuesto que era sólido antes de volverse transparente! —Sin el certificado, no puedo procesar el pago. Son las normas. Estaba a punto de saltar sobre el mostrador y estrangularlo con su propia corbata cuando Milo, que había estado callado a mi lado sosteniendo mi bolso, dio un paso al frente. —Disculpe, agente —dijo Milo, con una voz amable pero firme—. Según la circular interna 405 de la ACC, emitida el mes pasado, la certificación de solidez puede ser reemplazada por una declaración jurada de los inquilinos y una prueba fotográfica con fecha anterior a 30 días. —Milo sacó una carpeta azul de su mochila y la deslizó por la ranura—. Aquí tiene las declaraciones de los doce inquilinos posteriores al incidente, fotos del cumpleaños de la señora del 3B donde se ve claramente que se apoya en la pared, y de paso, le adjunté una copia de la circular por si no le llegó el memo. Pímez miró la carpeta. Miró a Milo. Abrió la boca. La cerró. Se puso rojo. —Eh… sí. Veo que… está todo en orden. Procesaré el pago en 48 horas. —24 horas —corrigió Milo, sonriendo—. Como indica la normativa para “Desplazamientos de Realidad Urgentes”. —24 horas —concedió Pímez, derrotado, sellando el documento con furia. Salimos de la ACC. El aire de la calle, cargado de smog, me pareció el más puro de los Alpes. Me detuve en la vereda y miré a mi asistente. —¿Te leíste las circulares internas de la ACC? —Me las bajé al celular esta mañana mientras esperaba que hirviera el agua para el mate. Tienen una base de datos mal indexada, pero si buscas bajo el criterio de “Procedimientos de Emergencia”, la letra chica es fascinante. —Te voy a subir el sueldo —murmuré. —¿Cuánto? —Un 5%. No te emociones. Milo miró su celular. —13:45. Tenemos la inspección en el edificio de la calle Arcos. Inquilina reporta “gravedad invertida en la cocina”. —Maldición. Tengo hambre —me quejé, subiendo al auto. —Tenias un paquete de masita en la guantera. —Conduce tú. Yo me como las masitas. — El departamento del 7C en la calle Arcos era un caos. La inquilina, una señora mayor llamada Berta, nos recibió flotando cerca del techo de la cocina, agarrada a la lámpara. —¡Es insoportable! —gritó Berta desde las alturas—. ¡Intenté hacer sopa y se fue para arriba! ¡Tengo el techo lleno de fideos! Efectivamente, el techo de la cocina era un charco de caldo y letras de pasta. Los muebles estaban clavados al suelo, pero todo lo que no estaba atado (platos, cubiertos, la propia Berta) tendía a “caer” hacia arriba. —Bien —dije, quedándome en el umbral, donde la gravedad aún funcionaba—. Milo, anota: Anomalía Gravitacional Localizada. Cobertura estándar. Necesitamos un equipo de limpieza y un físico teórico. O un exorcista. Lo que salga más barato. Milo estaba calculando el costo con la calculadora del celular, sujetándose del marco de la puerta para no salir volando hacia el plafón de luz. —El equipo de limpieza especial cobra un plus por “trabajo en techo”. Si contratamos a Grau & Asociados, quizás nos hagan precio por volumen de anomalías este mes. —Muy caros, llama a Apolo Goldblum. Dile que si nos hace descuento le contrato en exclusividad hasta pascuas. En ese momento, la heladera decidió unirse a la fiesta. La puerta se abrió y una lluvia de tuppers, huevos y saches de leche salió disparada hacia el techo. —¡Cuidado! —gritó Milo. Me empujó hacia el pasillo justo cuando un frasco de mermelada de frutilla se estrellaba donde había estado mi cabeza hace un segundo. El vidrio estalló, pero en lugar de caer al suelo, los fragmentos y la mermelada “cayeron” hacia arriba, manchando aún más el techo-piso. Estábamos tirados en el suelo del pasillo, yo sobre la alfombra, Milo medio encima de mí protegiéndome de la metralla gravitatoria. —¿Estás bien? —preguntó. —Estoy cubierta de polvo y tengo hambre —gruñí—. ¿Vos? —Creo que una arveja me dio en el ojo. Y una pata muslo en la espalda baja. Dolió. —Sobrevirás. Nos levantamos. Ayudamos a la señora Berta a “bajar” usando una escoba como cuerda de salvamento. Cerramos la puerta de la cocina y la sellamos con cinta de peligro. —No entre ahí hasta que llamemos —le dije a Berta—. Y pida delivery. Salimos del edificio a las 15:10. Estaba sucia, cansada y mi nivel de glucosa estaba en números negativos. —Ahí —dije, señalando una panadería en la esquina—. Medialunas. Ahora. Compramos una docena. Saladas. Nos sentamos en el capó del auto, en medio del tráfico, comiendo con la desesperación de los náufragos. La primera medialuna de grasa desapareció en dos bocados. La segunda la saboreé. Milo tenía migas en la comisura de los labios. Se veía cansado, pero no derrotado. —¿Así son todos los días? —preguntó, masticando. —No —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Los viernes son peores. Los viernes las cosas intentan irse de fin de semana antes de tiempo. Milo asintió, como si tuviera sentido. —Mis hermanas organizaban “noches de karaoke” los viernes. Creo que puedo manejar el apocalipsis. Lo miré. Era solo un chico de 21 años con un título intermedio y necesidad de dinero. Pero hoy había lidiado con una traficante mágica, un burócrata de la ACC y una cocina antigravitatoria sin parpadear. —Sobreviviste a la semana —dije—. Oficialmente. Milo sonrió. Fue una sonrisa genuina, de alivio y un poco de orgullo. —¿Eso significa que sobreviví al período de prueba o el lunes mi acceso al edificio va a estar revocado? —preguntó, limpiándose una mancha de grasa en el mentón. —Significa que te quedas —respondí, sintiendo el calor del motor del auto a través de mis jeans—. Pero no te ilusiones. El lunes te toca bajar al depósito. El archivo de los expedientes húmedos es todo tuyo. Necesitan inventario y aire comprimido para sacarles el moho. Milo suspiró, pero no dejó de sonreír. —Es un ascenso, supongo. Del techo al sótano en menos de ocho horas. —Es el ciclo natural en esta oficina. —Me terminé la medialuna y lo miré de reojo—. En serio, Milo. ¿Siempre sos así de… paciente? Estuviste a punto de ser decapitado por un frasco de mermelada y ni siquiera se te movió un pelo. —Como le dije, jefa: cuatro hermanas mayores —se encogió de hombros, mirando las últimas migas en su bolsa de papel—. Mi casa era una zona de guerra permanente. Si no aprendes a esquivar cosas que vuelan y a negociar por el espacio en el baño, no llegas a los quince años. —Yo tengo un solo hermano y apenas lo aguanto en las fiestas —comenté, tirando el papel de mi medialuna al piso—. No me imagino el presupuesto en shampoo de esa casa. —Era una catástrofe financiera —admitió él con una risita. Luego, me miró de una forma que me hizo sentir incómoda—. ¿Usted? ¿Hace otra cosa que no sea trabajar? La pregunta me tomó por sorpresa. Era la primera vez en tres días que hablábamos más de cuatro oraciones sin mencionar seguros, pólizas, al inquilino del 4C o a la insufrible de la señora Figueras. Me quedé callada un momento, buscando una respuesta que no sonara patética. Mi vida era básicamente un Excel gigante. Trabajaba de lunes a sábado, y el domingo lo pasaba durmiendo o mirando el techo para evitar que el estrés me provocara un aneurisma. No era precisamente mi mejor carta de presentación. —Tengo plantas —mentí—. Y trato de que no se mueran. Es un trabajo de tiempo completo. —La planta carnívora de la oficina parece muy feliz con usted —señaló Milo con un deje de ironía. —Esa es de mi socia. Yo solo evito que me coma los dedos cuando firmo cheques. —Abri la puerta del auto y lo miré con seriedad—. Hablando de mi socia… prepárate. Milo ladeó la cabeza. —¿Pasa algo? —El lunes vuelve Rayla. Si su avión no se cae el domingo, claro está. —¿La señorita Du Lac? —Milo pareció procesar el nombre—. La que compró los depósitos embrujados, el armario vanguardista y la cafetera que solo funciona si le hablas en francés. —Esa misma. Rayla es… —Busqué la palabra correcta, una que no involucrara términos como “huracán” o “caos andante”—. Rayla es mucha información al mismo tiempo. Comparada con ella, la cocina de hoy era una zona de paz. Milo me pasó la última medialuna de la bolsa, sin inmutarse. —Traeré café extra el lunes, entonces. —Que sean tres litros. Los vamos a necesitar. —Trato hecho, jefa. —Dame las llaves —le dije—. Conduzco yo. Tienes migas en los dedos y no quiero que ensucies el volante. —Sí, señorita Dusseldorf. Subimos al auto. Quedaban tres horas de jornada laboral y una pila de facturas por revisar. Pero con el estómago lleno y un asistente que sabía leer la letra chica, pensé que tal vez, solo tal vez, esta empresa no se iría a la quiebra este mes.

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