External Publication
Visit Post

Seguros Contra lo Inexplicable - Cap 001 [Universo Anómalo] - PILOTO

fictograma [Unofficial] June 18, 2026
Source

Si el estrés tuviera un sabor, sabría al pegamento barato de los sobres de las cartas documento. Y yo me había desayunado tres de esos esta mañana.

Eran las 9:07 AM de un martes que ya se sentía como un viernes por la tarde después de un apocalipsis menor. Mi oficina, un cubículo glorificado con vista a un callejón donde los gatos a veces maúllan en arameo, era la zona cero de una catástrofe administrativa.

El teléfono fijo gritaba. No sonaba, gritaba. Era un modelo antiguo que Rayla había comprado en un remate de objetos poseídos porque le parecía “vintage”, y ahora el timbre sonaba como una soprano siendo estrangulada.

—¡Dusseldorf & Du Lac, Gestión Integral! —ladré al auricular, sosteniéndolo con el hombro mientras intentaba firmar un cheque con una mano y evitar que mi taza de café se suicidara por el borde del escritorio con la otra—. No, señora Grimhilde, no cubrimos “daños por espejo que le dice que es la más fea del reino”. Eso es injuria, no daño estructural. Lea la cláusula 5-B de su póliza de autoestima. Gracias.

Colgué. El teléfono volvió a gritar inmediatamente.

Me masajeé la sien izquierda. Mi pelo, una cortina castaña que me llegaba a la cintura y que esta mañana había decidido conspirar contra mi visión periférica, se me pegaba a la frente.

Rayla Du Lac. Mi socia. Mi mejor amiga. La mujer que había decidido que “Gestora de Seguros Anómalos” no era suficiente título para nuestras tarjetas de presentación y había añadido “Tasadora de Propiedades”, “Administración de Consorcios” y, desde la semana pasada, “Bienes Raíces de Riesgo”.

“¡Briar, es el futuro!”, me había dicho por mensaje de voz desde una playa en el Caribe donde el agua no intentaba ahogarte. “Compré un lote de depósitos en la zona portuaria. Dicen que están encantados, ¡pero el precio era una ganga! Ocúpate del papeleo, vuelvo en dos semanas. Te quiero, bye.”

Miré la pila de carpetas sobre mi escritorio.

  • Consorcio Los Sauces: El tanque de agua se había convertido en vino tinto de mala calidad y los vecinos del 4to estaban ebrios y cantando en el balcón.

  • Edificio Géminis: El ascensor había desarrollado conciencia de clase y se negaba a llevar a los del ultimo piso.

  • Carta de la ACC: “Requerimiento de Inspección Inmediata por sospecha de Tráfico de Artefactos de Clase 3 en Depósitos No Declarados”. Gracias, Rayla.

Y, por supuesto, estaba sola. Mi última secretaria, una chica dulce llamada Clara, había renunciado el jueves pasado después de que una maceta le intentara comer la mano al darle un archivo. “No me pagan lo suficiente para ser abono”, fue su nota de despedida. Tenía razón.

Alguien tocó a la puerta. O, mejor dicho, alguien la empujó tímidamente, haciendo sonar la campanilla que Rayla había instalado para “atraer buena energía”. La energía que atrajo fue la de un chico.

Joven. Veintiuno, quizás veintidós. Llevaba una camisa que había visto tiempos mejores, jeans y zapatillas gastadas. Tenía el pelo revuelto y una mochila al hombro que parecía contener todas sus posesiones terrenales.

—¿Es aquí… Dusseldorf & Du Lac? —preguntó. Su voz no temblaba, lo cual ya era una anomalía en este edificio.

—Depende —dije sin levantar la vista del formulario de la ACC—. Si vienes a cobrar una deuda, nos mudamos a Neptuno. Si vienes a vender algo, no tenemos dinero. Si eres el inspector de sanidad, la mancha verde del techo es decorativa.

El chico dio un paso adentro. Cerró la puerta tras de sí, silenciando el pasillo. —Vengo por el cartel. El de “Se busca Asistente. Alta tolerancia al riesgo. Sueldo discutible”.

Levanté la vista. Lo escaneé. Se veía… normal. Demasiado normal. No tenía el tic nervioso de los que han visto el “otro lado” de la ciudad, ni la arrogancia de los pasantes de la universidad que creen que van a cambiar el mundo con un Excel. Tenía ojeras, sí, pero eran de cansancio, no de terror existencial.

—¿Nombre? —Milo. Milo Napole. —¿Experiencia?

—Dos años de administración en la facultad, sé usar la fotocopiadora sin que se atasque, y una vez arreglé una tostadora que predecía la muerte de quien ponía el pan.

—¿Y qué pasó con la tostadora? —Ahora solo tuesta el pan. A veces quema epitafios cortos, pero es mejor que una fecha de defunción.

Interesante. Pragmatismo.

El teléfono volvió a gritar. Al mismo tiempo, la planta carnívora que Rayla guardaba en la esquina del escritorio (su “bebé”) estiró un tentáculo y tiró mi taza de café.

El líquido marrón se derramó en cámara lenta hacia el contrato de alquiler de un nigromante. —¡Mierda! —grité, lanzándome hacia los papeles.

Pero Milo fue más rápido. Antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba ahí. Con una mano levantó la carpeta en el aire, salvándola del diluvio. Con la otra, agarró un paquete de servilletas de su mochila y secó el escritorio. Y con un movimiento fluido, le dio un golpecito seco en el tallo a la planta carnívora.

—Quieta —le dijo a la planta, con un tono de autoridad tranquila.

La planta se retrajo, siseando suavemente, y se quedó quieta.

Milo dejó la carpeta seca sobre el escritorio y miró el teléfono que seguía gritando. —¿Atiendo? —preguntó.

Me quedé mirándolo. Tenía una mancha de café en la manga, pero no parecía importarle. —¿Cómo hiciste eso? —señalé a la planta. Esa cosa había mordido a un mensajero la semana pasada.

Milo se encogió de hombros. —Tengo cuatro hermanas mayores. Y dos sobrinas mellizas. Sé cuando alguien hace berrinche porque quiere atención o porque tiene hambre. La planta tiene sed. La tierra está seca.

El teléfono soltó un alarido particularmente agudo. —Atiende —ordené.

Milo descolgó. —Dusseldorf & Du Lac, buenos días… Sí… Entiendo… Señora, si su pared está sangrando, le recomiendo que no use lejía, la irrita más. Pruebe con agua bendita o con poner música clásica… Sí, tomamos nota. Enviaremos un plomero en cuanto la pared se calme. Gracias.

Colgó. Anotó algo en un post-it y me lo pegó en el monitor. “Cliente del 5B. Pared Sangrante. Prioridad media”.

—Es la señora Figueras —dije, atónita—. Esa mujer ha hecho llorar a tres pasantes.

—Me recuerda a mi tía Norma —dijo Milo—. Solo necesitan que alguien las escuche antes de colgarles.

Me recosté en mi silla, sintiendo cómo el nivel de mi presión arterial bajaba de “Riesgo de Aneurisma” a “Hipertensión Moderada”. Miré al chico. Milo Napole. Pelo desordenado, ropa barata, habilidad sobrenatural para manejar crisis domésticas y vegetales agresivos.

—¿Sabes usar Excel? —pregunté. —Hago tablas dinámicas dormido. —¿Te asustan los fantasmas? —Menos que los cobradores del alquiler. —¿Tienes disponibilidad horaria? —Necesito el dinero. Mucho. Y rápido.

Saqué un contrato estándar del cajón. Tache la parte que decía “Sueldo Mínimo” y escribí una cifra ligeramente superior. No por generosidad, sino por instinto de conservación. —Firma aquí. Y aquí. La cláusula 7 dice que si mueres en horario laboral, nos encargamos de borrar tu historial de navegación, pero no pagamos el entierro.

Milo firmó sin leer. —Trato hecho.

—Bienvenido a bordo, Milo —dije, pasándole la carta de la ACC—. Tu primera tarea: redacta una respuesta a esto. Diles que el depósito no es un depósito, es una “Instalación de Almacenamiento Conceptual de Vanguardia” y que los espejos malditos son “arte performático”. Gana tiempo. Necesito al menos 48 horas antes de que manden a un inspector.

Milo leyó la carta, asintió y se sentó en la silla de la secretaria (que tenía una pata más corta que las otras). Se acomodó, sacó una birome del cajon y empezó a escribir.

La planta carnívora se inclinó hacia él, curiosa. Él le rascó una hoja sin dejar de escribir.

Miré el reloj. 9:15 AM. Quizás, solo quizás, sobreviviría a este martes.

—Milo —dije. —¿Sí, jefa? —Haz café. Y que sea fuerte. Como para despertar a un muerto. Literalmente, tenemos uno en el archivo que se duerme sobre los expedientes.

—Enseguida, señorita Dusseldorf.

Señorita Dusseldorf. Sonaba bien. Cerré los ojos un segundo. Rayla, te odio. Pero al menos esta vez, tu caos me trajo algo útil.

—Al trabajo —murmuré, y por primera vez en la semana, no sentí ganas de saltar por la ventana.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...