Hora Extra - Cap 012 - Ruan
fictograma [Unofficial]
June 19, 2026
El cemento de la plaza tenía la temperatura exacta para freír un huevo o, en su defecto, mis ganas de vivir. Otro día, otro banco gris. Llegué cinco minutos tarde porque mi profesora de Historia Económica decidió que el timbre de salida era una “sugerencia” y no una ley universal.
Me dejé caer en la madera con un suspiro. Enzo ni siquiera me saludó; ya estaba a la mitad de una de sus peroratas existenciales sobre la mecánica del cuerpo humano, mirando un punto fijo en la copa del roble como si ahí estuvieran escritas las respuestas del universo.
—…como te decía, el cerebelo cancela la señal. Prevé la acción motriz, por lo que el cerebro no registra la alerta táctil. Conclusión absoluta: no es posible hacerse cosquillas a uno mismo. No hay sorpresa, no hay reacción. Fin de la magia fisiológica.
Me acomodé la mochila en las rodillas. Miré el tráfico. Miré a Enzo.
—Sabrina Rozarky me preguntó por vos hoy.
El tiempo se detuvo. Literalmente, si prestaba atención, juro que escuché cómo los engranajes de Enzo patinaban en seco, rompiendo la caja de cambios de su cerebro de Humanidades. Dejó de parpadear. La boca le quedó entreabierta, a milímetros de pronunciar otra estupidez médica.
—… —hizo Enzo. Cero sonido. Un silencio de radio absoluto.
Lo dejé marinar en el shock unos cinco segundos. Disfrutando la ventaja corporativa.
—¿Y si usás una pluma o algo para acariciarte? —le propuse, cruzando los brazos—. Digo, le quitás la culpa a tu propia mano. Ponés un intermediario. Tercerizás el estímulo. ¿Tampoco hay cosquillas ahí?
—No, volvé al tema de Sabrina.
—Porque la pluma tiene una textura ajena. El cerebelo no puede predecir cómo se doblan las cerdas del plumaje contra los poros. Falla de predicción, Ludovisi. Falla del mercado nervioso.
—Ruan, estoy a tres segundos de agarrarte del cuello. Volvé a Sabrina.
Sonreí. La moneda de cambio en mi bolsillo tenía un valor altísimo hoy.
—Rozarky —dije el apellido saboreando las sílabas—. Sabrina Rozarky. La del pelo corto, lacio, negro brillante. Ojos marrones con la letalidad de un contrato sin letra chica.
—Sé quién es Sabrina, pedazo de mercenario de la intriga. Quiero saber el contexto. Las palabras. La semántica del encuentro.
—Fue en el pasillo, entre el primer y segundo módulo. Yo estaba apoyado contra la pared buscando señal para el celular. Se paró enfrente. Así, de la nada. Invasión del espacio aéreo.
—¿Qué dijo?
—Me dijo: “¿Sos amigo de Enzo? ¿El de Humanidades?”. Y yo, como buen administrador de datos privados, asentí con precaución.
—¿Y?
—Me preguntó si éramos amigos, o conocidos, o qué carajo hacíamos acá. Y qué te gustaba hacer.
—¿Y qué le dijiste?
—“No mucho”, le dije.
—¿No mucho de qué?
—De todo, Enzo. “No hace mucho. Es un sujeto inactivo”, le expliqué.
—¡Ruan! ¡Me devaluaste! ¡Me bajaste la calificación crediticia a nivel de bono basura!
Enzo se agarró la cabeza a dos manos, al borde del colapso emocional.
—¡Te salvé la vida! —me defendí, subiendo el tono—. Si le digo la verdad, llamaba a psiquiatría. ¿Qué querés que le cuente? “¿Hola, Sabri? Sí, mi amigo Enzo pasa tres horas al día mirando cómo cagan las palomas, analizando la aerodinámica del escote de una profesora y leyendo historietas de atrás para adelante mientras le busca la musicalidad al asfalto”. ¡Sos un espantaminas, Ludovisi! Te catalogué como “misterioso e inactivo” para salvarte la dignidad.
Enzo soltó la cabeza y me miró con una mezcla de horror y fascinación.
—¿De verdad le dijiste “no mucho”?
—Textual.
—Es… es una jugada arriesgada. Pero brillante.
—El minimalismo, Enzo. Vos y tus putos tops. Apliqué la economía de la tela a tu personalidad. Le dejé el ombligo de tu existencia al aire. Que ella complete lo que falta.
—¿Dijo algo más? —preguntó Enzo, aferrándose a una última esperanza.
—“Mmm, okey, me pareció lindo. Gracias por la data”.
Enzo entrecerró los ojos, analizando la sintaxis como un cirujano.
—¿Tiempo verbal pasado o presente ese “lindo”?
—La oración es en pasado explícito —aclaré, levantando un dedo—, pero nuestro idioma es laxo con sus reglas. Podría ser una inversión a futuro.
Enzo se quedó pensativo unos segundos.
—Rozarky… —murmuró, frotándose la barbilla—. Es un apellido ruso. O ucraniano.
—Europa del Este seguro. Tienen una genética blindada. No sienten frío y seguro saben desarmar un rifle con los ojos cerrados. Una inversión de alto rendimiento para el fin del mundo.
—Tiene una postura impecable. Siempre camina como si supiera exactamente hacia dónde va. Líneas rectas. Ni un rastro de bossa nova en ella.
—Es que no hay bossa nova en Sabrina, Enzo. Es música clásica soviética. Tchaikovsky a todo volumen en una fábrica de acero.
—Me gusta. La tensión entre mi caos melancólico y su estructura metálica podría generar una sinfonía o un choque de trenes.
—Apuesto tres cafés a que es un choque de trenes y vos sos el tren de madera. ¿Pero por qué te sorprende tanto que pregunte? ¿Hiciste algo?
—Ese es el problema, Ruan. ¡No hice absolutamente nada! Bueno, miento. Una vez en la biblioteca estábamos los dos esperando que la fotocopiadora terminara de escupir un apunte de Geografía. Se trabó. Ella levantó la mano para golpear la máquina y yo le dije que la violencia física solo estresaba más al tóner.
—¿Y ella qué hizo?
—Me miró fijo, suspiró y la pateó igual. El apunte salió. Yo me fui. Eso fue hace tres semanas.
Me froté la cara, asombrado por el bajísimo capital social de mi amigo.
—¿O sea que el mercado se está moviendo solo por tu postura pacifista hacia los electrodomésticos?
—Es el aleteo de la mariposa, Carcasona. Defiendo los derechos de una HP Laserjet en marzo, Sabrina pregunta por mí en junio. Causa y efecto con retraso burocrático.
El tráfico de la avenida frenó de golpe, los escapes llenando el aire caliente de humo gris.
—Hablando de retrasos burocráticos y causas sin efecto —dije, mirando mis zapatillas—. Sigo atascado en las cosquillas.
—Ruan, cortala.
—En serio, Ludovisi. Pensalo macro. ¿Para qué sirven las cosquillas? ¿Cuál es la rentabilidad de reírse porque alguien te pincha las costillas? Es ineficiencia energética. Te movés, gastás aire, gritás. Cero producción.
—Es un mecanismo de pánico evolutivo —dijo Enzo con voz de enciclopedia derrotada, cediendo a mis cambios de tema solo porque sabía que era inútil resistirse—. El cuerpo asume que un insecto o un depredador vulnerable te está caminando por encima, y las terminaciones nerviosas mandan una alerta. La risa no es alegría, es estrés táctil.
—O sea que si un león te lame el pie, te reís.
—Básicamente entrás en cortocircuito antes de morir. Sí.
—Mala inversión de la evolución. Deberíamos soltar ácido por la piel. O sacar pinchos. Como un pez globo. El pez globo no se ríe. Se infla y te clava agujas venenosas. El mercado oceánico sí sabe lo que es la defensa corporativa.
—Si yo soltara pinchos cada vez que alguien me toca las costillas, la línea 132 sería una carnicería a las cinco de la tarde.
Una paloma bajó planeando y se posó en el respaldo del banco vecino. Nos miró. Tenía un ojo cruzado, o quizás simplemente estaba en medio de un reinicio del sistema operativo.
—¿Los animales se aburren? —pregunté, señalando al bicho.
—Tienen demasiado trabajo sobreviviendo para aburrirse. El aburrimiento es el lujo del sedentarismo humano. Para aburrirte, primero tenés que tener la panza llena y estar a salvo. Es un impuesto a la evolución.
—Yo difiero. Mirá a los hámsteres.
—¿Qué pasa con los hámsteres?
—Corren en una rueda, Enzo. Pura actividad física sin desplazamiento. Pura burocracia cardiovascular. No van a ningún lado, no cazan nada, no escapan de nada. Lo hacen porque están embolados de vivir en una jaula de aserrín. La rueda es el Netflix de los roedores.
Enzo se rió. Un sonido corto que se ahogó en el ruido de una moto de baja cilindrada pasando sin caño de escape.
—El hámster en la rueda no está aburrido, Ruan. Está negando su realidad. Es como nosotros en este banco de plaza. Creemos que estamos avanzando intelectualmente con nuestras charlas, pero somos dos roedores dando vueltas en la rueda mientras esperamos que el mundo real nos abra la puertita y nos dé de comer.
—Me ofende la comparación. Nosotros somos los dueños de la rueda. Producimos capital intelectual.
—Tus divagaciones de payasos alienígenas no son capital intelectual, Carcasona. Son el grito ahogado de una psiquis a punto de estallar.
Giré la cabeza. A mi derecha, el viejo de la semana pasada, el de la boina que siempre cruzaba para ir a comprar pan, volvió a cruzar, hoy con una bolsa llena de facturas.
—¿Sabés qué otra cosa no tiene sentido? —empecé de nuevo.
—Dale. Sorprendeme. Hacé estallar otra burbuja.
—Los colores de ojos.
Enzo suspiró fuerte.
—¿Otra vez con las inversiones anatómicas? Ya acordamos que los tops lideran la cartera. No cambies de mercado.
—No, esto es cromático. Rozarky tiene ojos marrones. Tchaikovsky clásico, soviético y duro. Como vos, que tenés ese color amielado medio de madera de roble, genérico.
—Mis ojos son poéticos, gracias. Castaño profundo. ¿Qué tenés en contra del marrón?
—Es hiperinflacionario, Enzo. Exceso de oferta. Hay tantos ojos marrones en el mundo que perdieron valor de mercado. Son el billete de 100 pesos. Útiles, confiables, pero nadie se sorprende al verlos. Ahora, mirame.
Me señalé el rostro con ambas manos. Mis ojos, azules como hielo de quirófano o falla del sistema métrico, como me dijo una tía una vez.
—Tus ojos me dan miedo —admitió Enzo, impasible—. Son de psicópata que recorta cupones de descuento.
—Tienen baja oferta y altísima demanda, hermano. Son una anomalía genética de alto valor en bolsa. Azul, verde, gris. Es la moneda extranjera del rostro. Te suben la calificación de riesgo crediticio un veinte por ciento solo por mirarte en la entrevista de trabajo.
—Tu prima Zurin tiene los mismos ojos de maníaco y espanta hasta a los parientes de tercer grado. La moneda extranjera, si viene acompañada de intenciones homicidas, pierde liquidez de inmediato.
La mención de mi prima casi me atraganta, pero logré mantener la calma.
—Zurin no cuenta. Zurin es una estafa piramidal donde ella es la única que gana y todos los demás pierden el Wi-Fi.
—Pero la mirada es la misma. Y, hablando en serio, los ojos marrones absorben la luz. Reciben el entorno. Tus ojos la reflejan. Son arrogantes. Ojos egoístas.
—Los ojos de Sabrina son marrones y te tuvieron a punto del infarto hace tres minutos —lo crucé.
Touché. El golpe fue certero. Enzo se quedó mudo. Empezó a golpetear la rodilla con los dedos, una batería muda de Bossa nova de altísima velocidad.
—Si mañana me la cruzo… —arrancó a decir en voz baja, casi planeando en voz alta—. Si me dice algo, no tengo estrategia de contención. ¿Debería arrancar con un chiste?
—El humor no sirve. Es un activo que se deprecia con cada uso. Es basura. Tenés que ir por el diálogo frontal y crudo.
—¿Tengo que ser el T-Rex en la jaula?
—Tenés que ser el puto inodoro de metal líquido atacando por sorpresa, Enzo. La ves en el pasillo, te le acercás y le tirás un concepto macro. Algo pesado.
—“Sabrina, el humano nunca llegó a la Luna, todo es un proyector suizo. ¿Sale ese café?”.
Me reí tan fuerte que la paloma estrábica salió volando hacia un balcón cercano.
—Sería el mejor suicidio social del año. Yo iría a la boda solo por el discurso. No, estúpido, decile… decile que te gustaron sus cimientos estructurales.
Enzo arrugó la cara, espantado ante la imagen táctica que le propuse.
—Ni muerto. Esa línea de análisis la reservo exclusivamente para este espacio gris y deprimente. Hablando de cimientos, ¿qué le dije yo hoy a la profesora Carolina? Buen día. Normal. Todo normal. Un alumno más, invisible en su gran tabla de excel gramatical.
—Pero la viste de cerca hoy, ¿no? Andaba con esa pollera de lino y una blusa beige oscuro.
—Estéticamente impecable. Aunque el lino a la una de la tarde ya estaba rindiéndose al calor. La arruga la humanizó. Por un segundo vi el desgaste detrás del imperio.
—Es el riesgo de los tejidos naturales. Carecen de resiliencia financiera ante las inclemencias del entorno. Por eso las calzas dominan, aunque te duelan. Polímeros sintéticos, Enzo. Incorruptibles por el estrés externo.
—Incorruptibles y aburridos. Me quedo con el lino arrugado mil veces. Da testimonio de la vida vivida, de los pasos dados. Es la memoria del caminar de un martes en quinto año.
Pasó una mujer paseando un golden retriever. El perro llevaba una botella de plástico vacía en la boca, moviendo la cola como si acabara de firmar un contrato millonario.
—Los animales sí tienen hobbies —dictaminó Enzo, señalando al perro—. Mastican plástico. Hacen recolección. El aburrimiento existe, por lo tanto, existe el tiempo libre canino.
—Falso. Es entrenamiento de maxilares. Preparación para un mercado laboral altamente competitivo en defensa personal o destrucción de mobiliario hogareño. Invierten su tiempo libre en afilar los activos fijos que son los dientes.
—Todo tiene un puto precio para vos, ¿no, Carcasona?
Me relajé contra la madera y cerré los ojos un segundo.
—Todo menos el sol a las dos y veinte de la tarde. Ese nos quema gratis.
Silencio. Tres segundos, cinco, diez.
De golpe, la voz de Enzo sonó en un murmullo denso.
—“No mucho”. Realmente le dijiste “no mucho”.
Solté otra carcajada. No lo había superado. Seguía colgado en la fase uno de la conversación, la revelación originaria que rompió su caja de ritmos mental.
—¡Enzo, es la verdad! ¡Es el balance más objetivo que vi en mi vida! ¿Alguna vez nos paramos de este banco para ir a hacer algo útil? ¿Tenés una colección oculta de monedas búlgaras que no me mencionaste? ¿O tocás la flauta traversa en un geriátrico de forma solidaria?
—Podrías haber mencionado que toco la guitarra.
—Ayer la tocaste una vez y estuviste cincuenta minutos analizando su afinación como si fueras un técnico nuclear. No califica de pasatiempo. Es tortura en Fa sostenido.
—Podrías haber mencionado que leo, Ruan. Que analizo las texturas literarias del ser humano…
—A ella le gusta la Economía, Enzo. Yo veo su mochila. Tiene libros gruesos con tablas de porcentajes y márgenes de error. No la atraés con texturas, la atraés con solvencia a futuro. Un sujeto que dice que “no hace mucho”, en sus oídos entrenados de europea oriental, suena a alguien con un nivel de ahorros energéticos brutales. Tenés bajo mantenimiento.
—Mírenme, soy el Ford Falcon del mercado del amor —ironizó, apoyando los codos en sus rodillas y escondiendo el rostro entre las manos—. Lento, feo, consumo alto y diseño de mil novecientos ochenta.
—Pero indestructible, papá. Indestructible. Y tenés repuestos en cualquier kiosco. Eso enamora.
Me miró por entre los dedos, derrotado por mi propio argumento motivacional que sonaba más a un insulto calculado.
El 132 asomó la jeta abollada pasando el cruce de la pizzería de tres cuadras allá abajo. El chillido de los frenos sobrecalentados anticipaba que iba a parar con la sutileza de una estampida.
—Ahí viene la locomotora de mis tragedias personales —anunció, sin moverse aún de su lugar—. Trataré de pensar en la estructura atómica de las arrugas del lino para no saltar por la ventanilla.
—Acordate. Pelo negro, ojos del bloque soviético. Si te habla, aplicás la teoría del inodoro. Sospecho que ella aprecia la letalidad tanto o más que Zurin.
—La invitaré a ver hámsteres corriendo en rueditas mientras le discuto sobre el impacto de la revolución industrial en la inflación global.
—Vas a tener nietos con esa táctica. Confesalo, mis datos siempre te salvan.
Enzo se colgó la mochila del hombro derecho con su habitual lentitud de marcha fúnebre caribeña, y miró la caja registradora oxidada que yacía en mi pecho, justo en del corazón.
—Sos una pésima persona, Ruan Carcasona. Una devaluación moral viviente.
—Un abrazo. Saludos a Skynet cuando subas al bondi.
Lo dejé ir. Vi cómo subía a la máquina de tortura roja del transporte público, todavía abrazado a su melancolía y preparándose mentalmente para conquistar el bloque soviético con su lentitud de Bossa nova. Pobre infeliz.
Me quedé solo en el banco gris, girando las llaves entre los dedos.
Recordé, de golpe, un detalle espantoso de la mochila de Sabrina que omití en mi informe. Sus libros gruesos no eran de Economía. Eran el Código Civil y de Derecho Internacional. Iba para abogada. Exactamente la misma carrera y el mismo perfil de la hermana mayor de Enzo, esa que le citaba leyes procesales para obligarlo a lavar los platos.
Ludovisi no estaba entrando a un nuevo mercado romántico; estaba marchando ciego hacia un tribunal disciplinario y una condena perpetua.
Sonreí, saboreando el desastre inminente.
Me levanté y crucé la calle hacia la cafetería. Matar el tiempo en esta plaza era ineficiente, un agujero negro de productividad. Pero la butaca de primera fila para ver el colapso legal de mi amigo no pagaba IVA.
Negocio redondo.
Discussion in the ATmosphere