Hora Extra - Cap 009 - Enzo
fictograma [Unofficial]
May 25, 2026
La lluvia en la ciudad no tiene el romanticismo melancólico del cine independiente. Es, sencillamente, una molestia logística que huele a asfalto húmedo y a perro mojado en el transporte público. El gris burócrata del banco de la plaza había sido tragado por el agua, así que la cumbre diplomática de la tarde se trasladó al “Café de las Flores”, bajo la jurisdicción de los dueños de la máquina de espresso.
Éramos tres adentro. El local olía a granos tostados, lavandina y a la frustración adolescente que emanaba de la mesa del medio.
Allí estaba Zurin. Tenía una montaña de apuntes, una goma de borrar apuñalada con un lápiz, y una expresión que sugería que estaba calculando cómo envenenar el suministro de agua potable de la ciudad. La semana que viene tenía examen de matemática. Y aunque Ruan creyera que el mundo era una conspiración de las madereras o que la luna era un proyector suizo, cuando se trataba de números, el tipo mutaba en un francotirador.
—Despejá la X, bestia del álgebra —dijo Ruan, apoyado en la silla de su prima, mirando la hoja por encima de su hombro—. Si pasás el tres multiplicando sin cambiar el signo, te queda negativo. Y un resultado negativo en esa función lineal significa que la empresa quiebra y tus empleados mueren de hambre.
—Me da menos doce —murmuró Zurin con voz monocorde—. Y ojalá se mueran. Que busquen otro trabajo.
—El nihilismo no suma puntos en la prueba, Zurin. Borrá eso.
Zurin agarró la goma mutilada y empezó a borrar con tanta fuerza que la mesa tembló. Yo estaba sentado en una banqueta frente al ventanal, viendo cómo el agua rebotaba contra la persiana a medio cerrar.
—Mirá a ese tipo —señalé hacia la calle. Un oficinista cruzaba la plaza corriendo, con un maletín sobre la cabeza—. Correr bajo la lluvia es el mayor placebo psicológico de la humanidad. Es la negación del clima.
—Es física aplicada, Enzo —refutó Ruan, dejando a Zurin con su odio numérico para acercarse a la ventana—. Si corrés, atravesás la “zona de lluvia” en menos tiempo, reduciendo la exposición neta del activo, que sería tu ropa.
—Falso. Al correr, aumentás la velocidad de impacto contra las gotas que caen verticalmente, absorbiendo agua también en el eje horizontal. Te mojás el doble, sudás por el esfuerzo, y encima perdés la dignidad porque corrés como un pingüino espantado.
—El caminar lento bajo el agua es para poetas que se pueden permitir una pulmonía —Ruan cruzó los brazos—. La economía de la salud dicta llegar rápido a un techo. El maletín en la cabeza es un deflector aerodinámico pobre, pero funcional.
Desde la mesa, sin levantar los ojos del papel lleno de migas de goma de borrar, la voz de Zurin cruzó el local.
—Si corrés, te resbalás en la baldosa mojada. Rompés la mandíbula contra el cordón. El costo del implante dental es más alto que comprar ropa nueva o pagar la tintorería.
Ruan y yo nos quedamos en silencio, procesando la fría brutalidad del cálculo.
—Tiene razón —admití.
—Una letalidad asombrosa en el análisis de riesgo —concedió Ruan, inflado de orgullo familiar—. ¿Ves que si aplicas ese pragmatismo a la prueba te sacas un diez?
—Cállate y decime si el límite de esta porquería tiende a infinito —siseó ella.
—Tiende a infinito. Como tu terquedad.
Me di la vuelta, apoyando los codos en la barra.
—Los paraguas son un fallo de diseño monumental —solté, retomando el hilo de las quejas urbanas—. Es una cúpula del siglo diecinueve que se invierte al primer viento cruzado. El paraguas te convierte en un estorbo social. Dos tipos con paraguas en la misma vereda es un duelo de caballeros medievales luchando por el espacio aéreo.
—Es el cártel de los paraguas, Ludovisi. Te venden un artículo con un nivel de fragilidad programada para que tengas que comprar uno nuevo cada tres tormentas fuertes. Es la estafa perfecta.
—Para mí el paraguas te da la ilusión de control. Caminás sintiéndote el rey de tu propio microclima de cincuenta centímetros cuadrados, hasta que pasa un colectivo por un charco y te baña de la cintura para abajo. La lluvia te iguala, Ruan. Es un sistema comunista. A todos nos jode por igual.
—A Carolina seguro que no la jode —Ruan levantó un dedo con autoridad—. Te apuesto mi próximo sueldo a que su paraguas no se invierte. Seguro es uno de esos paraguas negros enormes, institucionales. Lo maneja con el mismo centro de gravedad con el que corrige sintaxis. Las gotas de agua le piden permiso a la superficie de tensión del nilón.
—Es obvio —asentí, imaginando la escena—. Si Carolina caminara por la plaza en este momento, las baldosas flojas absorberían el agua por puro respeto a su trayectoria. Es más, no me sorprendería que tuviera un sistema de repulsión hidrofóbica en la falda escocesa.
—Son un par de pervertidos repulsivos —sentenció Zurin, dándole un golpecito al lápiz contra el cuaderno.
—No es perversión, Zurin. Es apreciación del urbanismo frente al caos meteorológico —me defendí.
—Y la evaluación de una fuerza mayor —añadió Ruan—. Pero a ver, Enzo, pregunta de test vocacional. Si te pudieras evitar todo este quilombo de la lluvia con un superpoder, ¿qué elegís?
Pensé unos segundos, mirando cómo una gotera caía intermitentemente desde el toldo vecino.
—Detener el tiempo. La pausa absoluta.
—¿Para qué? ¿Para cruzar la calle entre las gotas secas como en la Matrix?
—Para dormir. Si detengo el tiempo a la mañana, puedo dormir seis horas extra antes de que empiece mi existencia formal. Podría leer a Dostoievski entero sin perder juventud. La manipulación temporal es el único lujo inagotable.
—Pésimo poder. Total falta de ambición —Ruan chasqueó la lengua—. La respuesta correcta es la teletransportación. Eliminás la cadena logística. No necesitás valijas, no hay esperas. Pensás en un lugar y PUM, estás. Destruís a las aerolíneas, arruinás a los monopolios del transporte. Es el poder anarcocapitalista definitivo.
—La teletransportación anula la narrativa, Ruan. Te quita el viaje. ¿Cómo apreciás llegar a un destino si no tuviste que fumarte el estrés de llegar tarde? Sin el sufrimiento del viaje, el destino pierde valor. Es inflación de las experiencias.
—Yo elegiría piroquinesis —dijo Zurin. Esta vez sí levantó la vista, y juro que el reflejo gris de la calle le daba un brillo demoníaco en los ojos—. Para prender fuego este libro de mierda, y después las sillas donde están sentados.
El silencio volvió a instalarse. Ruan caminó despacito hacia su prima, agarró la goma y corrigió otro número.
—Está bien, quemá todo si querés, Atila, pero el factor común ahí es cuatro, no dos.
Zurin soltó un bufido que pareció una tetera hirviendo y tachó toda la hoja.
—Che, Ruan —le llamé la atención, señalando el charco gigante que se estaba formando en la avenida—. ¿Por qué creés que lloran las nubes?
Ruan se acercó a la ventana. Miró el cielo nublado como si fuera el panel de cotizaciones de la bolsa.
—Condensación térmica, Ludovisi. Aire caliente sube, se enfría, y PUM, gravedad.
—No me respondas con manual de Ciencias Naturales de cuarto grado. ¿Por qué lloran?
Ruan entornó los ojos, aceptando el juego.
—Lloran de bronca. Mirá el tránsito de la avenida norte. Mirá los parquímetros. Miran la ineficiencia de nuestra gestión del espacio desde arriba y dicen: “Pudimos ser neblina en las montañas de los Alpes, pero nos tocó llover sobre una obra en construcción parada hace cinco años en esta ciudad”. Lloran por depresión corporativa.
—Yo creo que las nubes son melancólicas por naturaleza —dije, apoyando la frente en el vidrio frío—. Ven a toda esa gente abajo. Se atraen, chocan y después desaparecen. La tormenta es la tragedia del fin del amor de dos sistemas de baja presión.
Se escuchó el crujido furioso de la hoja de un cuaderno siendo arrancada.
—Si los dos no se callan, el próximo sistema de baja presión que van a sentir es la lapicera en sus yugulares —nos amenazó la quinceañera.
Ruan me hizo un gesto levantando las manos en señal de paz.
—Tiene el umbral de tolerancia literaria en negativo hoy.
—La presión del examen de matemáticas te reduce el espíritu al salvajismo primitivo —dije con empatía, separándome del vidrio.
A lo lejos, rompiendo la monotonía del agua golpeando el asfalto, vi la trompa cuadrada del 132 acercándose. Venía levantando dos olas de agua turbia hacia las veredas como un rompehielos deprimente cruzando el Polo Norte.
—Mi submarino de ineficiencia mecánica ha llegado —anuncié, colgándome la mochila.
—Corré rápido, Enzo. Que tu ángulo transversal reduzca el contacto con los proyectiles hidrodinámicos —me recomendó Ruan con media sonrisa.
—Mejor que no corra. Los implantes son caros, lo dijo tu consultora financiera de cabecera.
Levanté la mano hacia Zurin.
—Éxitos con las ecuaciones de la muerte, Zurin. Tratá de no matar a ningún miembro del jurado examinador.
Ella solo hizo un sonido de desaprobación desde la garganta y ni me miró.
Ruan me abrió la puerta. El ruido de la calle, amplificado por el aguacero, nos golpeó como un parlante al máximo.
—Mañana dicen que despeja. Volvemos al cemento —me gritó Ruan por encima del ruido del motor del 132, que acababa de frenar levantando una cortina de agua espantosa.
—Esperemos que se haya lavado la pintura burocrática del banco, entonces. Nos vemos, genio de las finanzas.
Salí trotando un par de metros bajo la lluvia —un ritmo ni muy rápido ni muy lento, optimizando tanto el riesgo de fractura como el porcentaje de mojadura— y subí de un salto al colectivo. El chofer me miró con fastidio mientras sacaba la tarjeta húmeda.
El colectivo estaba empañado por dentro y olía a humedad estancada. Me acomodé en un asiento individual al fondo. Dibujé una raya en el vidrio empañado y miré a través del huequito hacia la cafetería.
El “Café de las Flores” seguía ahí, un oasis de luz amarilla flotando en la tormenta gris. Adentro, Ruan y Zurin seguían frente a frente. Probablemente él explicándole que las tangentes eran proyecciones de inversión y ella planeando dónde esconder su cadáver.
Cerré los ojos y escuché el motor gruñir. La lluvia tenía su encanto, sí, pero no se comparaba con la cantidad de pavadas que el tiempo muerto podía generar si tenías un buen analista financiero sin futuro para escucharte.
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