El Cuerno del Toro - Capítulo 3
Capítulo 3: Truth in lies.
—Esta es tu parte.
David terminó el reparto del dinero que habían tomado de la pandilla del “Cholludo”, recibiendo Mérida un total de dos mil dólares, al igual que el resto de sus compañeros humanos.
—Recaudamos bastante de esos codos. Te lo agradezco. —Dijo mientras le ofrecía la mano a Mérida. —Bienvenida a la “Trece-dieciocho”.
Ella aceptó la mano de David, contenta por lo que había recaudado en un solo día. En su anterior trabajo, por ejemplo, hubiera tardado meses en recaudar todo aquello.
—Siento no poder celebrar tu entrada a la mara como es debido, pero tengo otros asuntos que atender en otro lado. Tendremos que atrasar tu marca.
—De todas formas no me gustan los tatuajes, así que supongo que está bien.
Lupe se acercó con la intención de unirse a la conversación y David rodeó sus hombros con su brazo.
—Oye, linda, ¿por qué no invitas a “La Extranjera” a una cerveza? Hemos comprado más, están en la nevera.
Mérida parecía algo extrañada por la actitud cariñosa que tenía David hacia Lupe.
—¿Tú no te quedas?
—No puedo. “El Pizorro” tiene más información de los nuevos movimientos de “El Sombra” y quiere hablar en persona.
David le dio un rápido beso en los labios a Lupe y comenzó a dirigirse a la puerta.
—¿No puede esperar? —Se quejaba Lupe. —Quédate un poco con nosotros.
—Cuando se trata de él, no hay tiempo que perder.
—¿Te refieres a “Pizorro” o a “El Sombra”.
—A ambos.
—Ya…
David salió del lugar apresuradamente, dejando a Lupe algo molesta. Simultáneamente, Mérida se acercó a ella para darle un golpecito en el hombro y llamar su atención.
—Desde luego que eres una caja de sorpresas. —Dijo Mérida, con un tono que se notaba un poco molesto.
—¿Qué quieres decir?
—¿Tu novio es el líder de la pandilla?
—Oye, no es mi novio. Es alguien muy cariñoso, eso es todo.
—Ya. —Soltó una pequeña risa. —Muy cariñoso…
—Anda, anda. Siéntate. Ahora te llevo una cerveza.
Mérida se sentó mientras suspiraba en un sofá grande que había en una esquina de la habitación principal y, casi simultáneamente, Greg se sentó al lado de ella, hundiendo parcialmente el sofá por su peso.
—Hombre, grandullón. —Dijo mientras levantaba la mirada para poder ver la cara de Greg. —¿Te duele la cabeza?
—Haces honor a tu leyenda, te daré eso. —Respondió, ignorando la pregunta provocadora de Mérida.
—¿Ahora vienes con esas? Qué cabrón.
Lupe le llevó una cerveza a Mérida y se quedó de pie escuchando la conversación entre ambos. Mérida le dio un gran trago a su bebida antes de seguir hablando.
—No me caen bien los fanfarrones. Y menos los que golpean cuando la otra persona está distraída.
—Créeme, deberías haberte dejado ganar.
—Claro…
—Hablo en serio. No te reté porque quisiera miembros de calidad. Te estaba dando la oportunidad de que no te reclutaran en esta ratonera.
—No le hagas caso, Mérida. —Intervino Lupe. —Solo está resentido porque es nuestro esclavito. Además, estás consiguiendo lo que querías, ¿no?
—Supongo. —Respondió algo tímida.
—Además, ¿en qué otro sitio puedes conseguir dos mil dólares en un solo día?
—Das asco, Lupe. —Dijo Greg, mirándola mientras fruncía las cejas.
—Lo sé. —Respondió con una sonrisa. —Orgullosamente asquerosa. —Lupe sacó su paquete de cigarros y saca uno para ofrecérselo a Mérida. —¿Mérida?
—No.
—Bueno. —Murmuró antes de encenderse el cigarro. —¿Y dónde tienes pensado guardar el dinero? Digo, si fuese Pliskin me preguntaría de dónde has sacado tanto dinero.
—Supongo que debajo del colchón es mi mejor opción.
—Un clásico.
De repente, uno de los miembros de la pandilla se acercó a ellas, con un rostro preocupado y agarrando una pistola con las dos manos.
—”Halcón”.
—Dígame.
—El fierro no me dispara. Creo que se ha atascado.
—Eso se arregla con viagra, “Furulo”. Déjame ver. —Dijo antes de agarrar la pistola averiada en cuestión y examinarla con el tacto y la mirada, estando algo confundida por el modelo del arma. —¿Qué coño es esto?
—La pistola de mi abuelito.
—Desde luego parece un modelo algo antiguo. No sé si voy a poder ayudarte.
El pandillero parecía algo apenado por la respuesta de Lupe. Mérida examinaba la pistola desde lejos, pareciendo reconocer el modelo.
—¿Puedo ver la pistola?
—¿Sabes de armas, Mérida? —Preguntó Lupe mientras le cedía el arma.
—Más o menos.
Mérida miró el arma y en un par de segundos dio con el modelo.
—Es rusa. Una Tokarev. —Dijo mientras sacaba el cargador con algo de fuerza y examinaba el interior del arma.
—Pues no la había visto nunca.
—Fue muy usado en la guerra de los Balcanes. Y algo que la caracteriza es que se atasca muy fácilmente.
Mérida metió sus dedos dentro de la pistola y con algo de maña consiguió sacar un casquillo de bala que se había atascado en el interior antes de devolverle el arma al pandillero, quien se veía bastante contento por el trabajo de Mérida.
—También te recomendaría que la limpiaras un poco…
—¡Muchas gracias, hermana! Le guardo mucho cariño a este mazo. —Se guardó la pistola en el bolsillo y le puso la mano en el hombro a Lupe, con una actitud mucho más alegre. —Por cierto, “Halcón”. Estoy organizando un trabajo para ti mañana, ¿puedes venir?
—Espero que sea bueno. Las últimas misiones que me diste han dejado que desear. —Le dedicó una sonrisa a Mérida y a Greg antes de tirar el cigarrillo al suelo. —Dejaré que os sigáis conociendo un poco, caballeros. ¿Quieres ir al Lisa luego, Mérida?
—No.
Lupe se encogió de hombros y se fue con una sonrisa junto con “El Furulo” sin decir ni una palabra más.
—¿Consideras a esa persona tu amiga? —Preguntó Greg, inclinándose un poco hacia delante en su asiento mientras observaba a Mérida.
—Al menos la persona que conocía antes de esto, sí.
—Sigues estando a tiempo, ¿sabes? —Dijo después de un rato de silencio. —Yo soy un esclavo. No tengo opción de escapar. A menos que David me venda, lo más probable es que moriré sirviendo a la “Trece-dieciocho”. Pero tú aún eres libre de irte.
—No. Necesito dinero y lo más pronto posible y esta parece ser mi única salida.
—Entonces, disculpa. He debido equivocarme. Eres una esclava como yo.
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Después de un rato, cuando ya estaba atardeciendo, Mérida salió sola de la base de la “Trece-dieciocho”, con sus gafas de sol cubriéndole los ojos. A escasos metros de la salida de El Provincial se percató de un coche de policía del cual intentó pasar inadvertida. Sin embargo, un agente que estaba dentro bajó la ventanilla cuando Mérida pasaba por al lado y llamó su atención.
—¿Eres una nueva integrante de la “Trece-dieciocho”? No te había visto nunca por aquí.
—¿N-no? —Dijo algo nerviosa.
—¿Entonces por qué estabas saliendo de su base?
—B-bueno… —Intentaba buscar una excusa, pero sabía que, dijera lo que dijera, el policía no la creería. Además no se le daba bien mentir.
—Oye, no hay necesidad de alterarse. —Dijo, intentando tranquilizarla mientras salía del vehículo.
En cuanto vio que el policía comenzaba a salir del coche, Mérida dio un paso atrás, alterándose aún más y, de manera casi instintiva, comenzó a correr.
—¡Hey! —Gritaba en dirección de Mérida mientras levantaba parcialmente la mano, con una mirada algo sorprendida.
Mientras corría, Mérida miraba a sus espaldas para comprobar que el policía no la siguiera de cerca. Sin embargo, le sorprendió el hecho de que el agente simplemente se quedó en el sitio. No se molestó en seguirla y se volvió a meter en el coche. Una vez cruzó la esquina, Mérida continuó su camino de vuelta a casa con un paso acelerado en vez de corriendo.
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Cuando llegó a su hogar, cerró la puerta apresuradamente mientras trataba de recuperar la respiración contra el marco de la puerta.
—¿Mérida? —Preguntó Pliskin desde otra habitación al escuchar la puerta.
—Sí, soy yo. Creo… —Decía con la respiración algo entrecortada, tratando de recuperar la compostura.
Cuando Mérida se dio media vuelta, se percató de que Tetsuo estaba durmiendo en el sofá del salón principal, tumbado y ocupándolo por completo. Pliskin entró al salón para recibir a Mérida, observando que estaba jadeando.
—¿Te encuentras bien?
—Sí. Eh… Es que… —Trataba de buscar alguna excusa, buscando alguna manera de mentirle. —He vuelto corriendo. Formaba parte del entrenamiento, al fin y al cabo, ¿no?
—Pues es una pena. —Dijo con una sonrisa y respondiendo de manera irónica. —Hoy me encontraba bien para entrenar juntos, pero ya que lo has hecho…
—¡No, no! —Replicó rápidamente. —He corrido, pero aún tengo energía para entrenar contigo.
—¿Segura? —Mérida afirmó asintiendo con la cabeza un par de veces, olvidándose casi por completo del suceso ocurrido anteriormente. —Muy bien. Vamos al garaje.
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—¿Crees poder patear un poco más alto? —Preguntaba Pliskin a Mérida, agarrando unos bloques esponjosos con firmeza y levantándolos a la altura de su cabeza.
—Puedo intentarlo. —Decía con la respiración algo pesada.
Mérida se puso en posición de combate y comenzó a golpear los bloques con los puños para enlazarlos con patadas altas y agazapadas, tratando de llegar en todo momento a las superficies esponjosas. Si bien consiguió patear los bloques casi todas las veces, en la última patada no fue capaz, lo que provocó su tropiezo en el suelo.
—¿Estás bien? —Preguntó mientras le ofreció la mano a Mérida para ayudarla a levantarse
—He tenido peores caídas. —Respondió con una sonrisa mientras agarraba la mano de Pliskin.
—Vamos a parar ya.
—Está bien.
Mérida agarró una toalla que le ofreció Pliskin y se la echó en la nuca.
—Mérida.
—¿Sí?
—Disculpa si te hablé mal ayer. Estos días he estado algo agobiado por el trabajo y lo pagué contigo.
—Tranquilo, te entiendo.
Mérida se sentó en una silla de madera que había en una esquina de la habitación mientras observaba a Pliskin algo más seria.
—¿De verdad te estás jugando la vida por este trabajo?
Pliskin suspiró y dejó un par de segundos de silencio.
—No lo sé.
—¿No me vas a decir en qué has estado trabajando todo este tiempo?
—Todavía no. Aún no me siento preparado. Lo siento.
—¿Y si es peligroso por qué no dejas el trabajo?
—Bueno, lo que comes no se va a pagar solo. —Respondió con una sonrisa.
—A lo mejor puedes conseguir dinero de otra forma.
—Si quieres que mantengamos el nivel de vida que hemos tenido hasta ahora, dudo que pueda tener otro.
—Entiendo.
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Al día siguiente, el sueño de Mérida se vio interrumpido por una llamada cuando recién estaba amaneciendo. Sin mirar quién la estaba llamando, agarró el teléfono algo malhumorada y respondió.
—¿Diga?
—¡”Extranjera”!
—Lupe…
—Buenos días.
—¿Qué coño quieres? —Murmuraba mientras se sentaba en la cama
—Uy, qué humor. —Dijo de forma algo irónica. —¿Dormiste mal?
—Como el culo. ¿Qué quieres? —Repitió.
—Te necesito para un trabajo. Te espero en una hora en El Provincial.
—¿Y me lo dices así? ¿Sin aviso ni nada?
—La misión ha salido de último momento y tenemos que hacerla lo antes posible. Es urgente.
—Ahora voy. —Murmuró antes de colgar la llamada. —Me cago en mis muertos… —Susurró para sí entre dientes mientras se levantaba de la cama.
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