Los Viajes de Shin
Capitulo Diecisiete: La Diosa mortal
Tú no cambiarás… siempre serás la bestia que usó su poder para hacer más horrible este universo…
Siempre oía esa voz. En sus oídos como un eco persistente, sin importar dónde estuviera. En su cabeza, rebotando y martillando de manera silenciosa pero insistente.
En cada sueño, en cada momento de lucidez. Los recuerdos de quien fue se desplegaban frente a sus ojos como una película mala y asquerosa, una que estaba obligada a ver cada vez que dormía.
Ahí estaba otra vez, en medio de la nada, luchando una batalla que en aquel entonces era su única razón para avanzar. Una batalla que parecía real porque ella quería que lo fuera, alimentada por sus propios pensamientos y por el padre que la acogió y le enseñó a vivir de esa manera.
Un padre amoroso, cariñoso y hasta gracioso cuando quería. Pero nadie más veía eso. Los demás solo veían al monstruo de cara sombría en el momento en que los asesinaba.
El asesino de Dioses, de hombres, de mujeres. Y de mucho más que eso. Solo gente que defendía lo suyo, pero a ella jamás le importó quién era su padre. Mucho menos lo que ella misma hacía a su lado.
“Es por un bien mayor”, se decía. “Es nuestra venganza”, se repetían cada vez que sus cuerpos y espadas se teñían de sangre, recitando esas palabras quizás para no caer en la locura. Quizás ya lo estaban.
La vida desde los ojos de una niña es más sencilla. El peso de los propios actos no llega cuando estás cegada por tus emociones, pero todo termina por sepultarte en un mar de dolor y arrepentimiento cuando por fin te das cuenta del mal que has obrado.
Las vidas que has arrebatado. Aunque ese peso se siente aún más cuando te arrebatan algo a ti. A nadie le importa quitar, pero cuando te quitan a ti, tu mundo colapsa. Tu certeza se apaga y tu mente lucha por procesar todo a la vez que te hace recordar tus propios errores.
¿Cómo una niña de apenas nueve años pudo hacer tanto mal? ¿Cómo alguien logró transformar esa inocencia en odio?
Ella misma se hacía esas preguntas a veces. Ahora más que nunca, ahora que estaba sola en un universo que la repudiaba.
Por más que intentara bloquear su mente, cerrar la memoria de aquellos actos le resultaba imposible.
Siempre era lo mismo.
Una batalla, una carnicería, una espada en sus manos. Y a sus espaldas, aquel padre de sus memorias apuñalado de lado a lado en el corazón por el ser divino corrompido contra el que luchaban en una guerra sin sentido, una a la que ella había acudido para ayudarlo.
Pero no ayudó en nada.
Los deseos de su padre y los suyos fueron demasiado costosos.
Un precio que tuvo que pagar heredando la maldición de su padre para poder acabar con esa corrupción que se hacía llamar el segundo pecado de la creación.
Un precio que, al final de esa guerra, solo le dejó la opción de huir, pues sus crímenes debían ser juzgados y su vida tomada por ellos.
Y eso fue lo que hizo.
Huir de quien era y de lo que había hecho.
Huir para que su corazón y su mente no se rompieran en aquel lugar, cargando a su padre frío entre sus brazos.
Los años de pecados debían caer sobre ella, y bien lo sabía. Pero aún no lo aceptaba.
Solo unos meses habían pasado desde su desgracia. Meses que parecían años, en los que no estaba obligada a hacer nada más que recordar.
Recuerdos que la hacían despertar de sus pesadillas siempre a la misma hora.
—¡Mierda…!
Gritó desesperada mientras se incorporaba sobre el colchón.
No había mantas ni nada más. Solo un colchón azul en una habitación metálica de paredes negras, decorada con algunos pósters gastados de naves y aviones.
Su respiración era fuerte e irregular mientras miraba al vacío.
Su piel desnuda estaba helada, no por el frío en sí, sino por el sudor que la recorría entre escalofríos. Volvió a dejarse caer sobre el colchón, mirando el techo bañado por una tenue luz amarillenta que proyectaba sombras suaves sobre su joven cuerpo.
Una desnudez que no era exhibicionismo. Era comodidad y desgano a partes iguales.
Su cabello rojo estaba revuelto sobre la almohada. Sus ojos se cerraron cuando apoyó el antebrazo sobre ellos, bloqueando la luz.
Se quedó acostada boca arriba, recuperando la respiración en su soledad.
—Odio… esto…
Fue lo único que salió de sus labios.
Lo único que se podía oír en aquel lugar metálico.
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