External Publication
Visit Post

Banquete de Sombras

fictograma [Unofficial] June 12, 2026
Source

Banquete de Sombras

Los rascacielos se elevaban como lanzas de acero y cristal contra la negrura de la noche. Muy por debajo de aquellas alturas, los suburbios permanecían sumergidos en una penumbra irregular, fragmentada por letreros de neón, escaparates abiertos hasta la madrugada y semáforos que cambiaban de color sobre calles húmedas por una lluvia reciente. El aire arrastraba una mezcla desagradable de gasolina, basura acumulada y asfalto mojado. La ciudad parecía un organismo gigantesco que jamás descansaba.

Claxonazos, motores y voces lejanas se mezclaban formando un murmullo continuo que ascendía desde las avenidas. Aquel ruido constante ocultaba muchas cosas. Secretos. Crímenes. Desapariciones. Monstruos.

En la cornisa de uno de los edificios más altos, una figura observaba el flujo interminable de personas que se desplazaban por las calles. Permanecía inmóvil, agazapada sobre el borde del vacío como una gárgola enferma. Ningún observador habría confundido aquella criatura con el aristócrata refinado de las leyendas modernas. Su cuerpo parecía construido a partir de errores anatómicos. Los huesos sobresalían bajo una piel grisácea y húmeda que reflejaba débilmente las luces de la ciudad. Los brazos resultaban demasiado largos. La espalda se arqueaba de forma inquietante. La boca ocupaba buena parte del rostro y varios colmillos amarillentos sobresalían aun con los labios cerrados.

Sonreía.

Siempre sonreía.

Su nombre había desaparecido siglos atrás, borrado por el paso del tiempo y por la sangre derramada. Ya no importaba. El miedo se encargaba de bautizarlo cada vez que aparecía.

Sus ojos amarillentos recorrieron la multitud con paciencia. No tenía prisa. La cacería formaba parte del placer. Alimentarse era necesario. Sembrar terror era un arte.

Finalmente encontró lo que buscaba.

Un hombre caminaba solo por la acera opuesta. Vestía ropa de oficina, llevaba una mochila al hombro y mantenía la atención fija en la pantalla de su teléfono. La expresión relajada y la ausencia de vigilancia lo convertían en una presa ideal. Ignoraba que, desde las alturas, algo observaba cada uno de sus movimientos.

La criatura dejó escapar un gruñido satisfecho.

—Qué hermoso será…

La voz sonó áspera, húmeda y profunda, como si hubiera sido pronunciada desde el interior de una caverna inundada.

Un instante después se dejó caer.

El descenso transcurrió en silencio. Ningún grito. Ningún impacto. Solo la oscuridad envolviendo una silueta deformada mientras descendía hacia las calles iluminadas por el neón.

Aterrizó en un callejón estrecho y comenzó a avanzar entre contenedores de basura y charcos de agua ennegrecida. Mientras se movía, el cuerpo se transformó. Los huesos crujieron bajo la piel. Los brazos se alargaron varios centímetros. Los dedos terminaron en garras oscuras y curvadas. Una tensión antinatural recorrió la espalda hasta obligarla a arquearse todavía más. El hedor a podredumbre se expandió a su alrededor como un perfume grotesco.

La presa continuaba caminando sin sospechar nada.

Entonces ocurrió.

Una corriente helada recorrió la nuca del hombre.

El instinto, mucho más antiguo que la razón, le susurró que algo no marchaba bien.

Reduciendo el paso, observó por encima del hombro. La calle permanecía vacía. Los reflejos de los anuncios luminosos se deslizaban sobre el pavimento mojado, pero no encontró ninguna explicación para aquella sensación incómoda que comenzaba a instalarse en su pecho.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Su voz sonó más insegura de lo que habría deseado.

Desde la oscuridad, la criatura lo observó con deleite.

Aquel momento siempre había sido su favorito.

El instante exacto en que una víctima percibe el peligro sin comprender todavía su naturaleza.

El monstruo inspiró profundamente y dejó escapar un silbido grave que resonó entre las paredes del callejón. El sonido recordaba al viento atravesando criptas abandonadas o túneles excavados bajo cementerios antiguos.

El hombre se estremeció.

—¿Quién está ahí? ¡Sal de una maldita vez!

La sonrisa del vampiro se ensanchó.

Luego avanzó hacia la luz.

La figura emergió lentamente bajo una farola parpadeante. Durante unos segundos, la víctima contempló una silueta imposible. El rostro parecía humano y monstruoso al mismo tiempo. La mandíbula descendió más de lo que cualquier anatomía permitía. Los colmillos brillaron bajo la luz amarillenta.

—Salgamos, pues… juntos.

El hombre gritó y echó a correr.

La esperanza duró apenas unos segundos.

La criatura se lanzó tras él con una velocidad imposible. El mundo se convirtió en un borrón gris. Una garra atravesó la ropa y abrió la carne del abdomen. El impacto derribó a la víctima contra el asfalto húmedo. Antes de que pudiera incorporarse, fue arrastrada hacia la oscuridad del callejón.

El miedo inundó el aire.

La criatura podía percibirlo.

Podía saborearlo.

Y lo encontraba exquisito.

—Shhh… —susurró junto a su oído—. Si gritas, durará más.

El hombre temblaba. Las lágrimas corrían por sus mejillas mezclándose con la lluvia.

—Por favor… no quiero morir…

Una carcajada surgió de la garganta del vampiro. El sonido recordó al crujido de huesos partidos dentro de una fosa común.

—Morirás. La única incógnita consiste en cuánto sufrimiento soportará tu cuerpo antes del final.

Los colmillos descendieron sobre el cuello.

La sangre brotó caliente. El vampiro bebió con avidez, cerrando los ojos mientras gruñidos de satisfacción escapaban entre cada trago. Aquello trascendía el hambre. Había algo ceremonial en la forma en que consumía a sus víctimas. Cada asesinato constituía una celebración privada, un rito oscuro que repetía desde hacía siglos.

Un banquete.

Cuando terminó, dejó caer el cadáver sobre un charco teñido de rojo. El cuerpo permaneció inmóvil bajo la lluvia mientras la vida abandonaba lentamente la mirada vacía.

La criatura se incorporó con calma. Una lengua larga y bífida recorrió los restos de sangre que manchaban sus labios. Luego levantó la vista hacia los edificios que lo rodeaban.

Las sirenas ya se escuchaban a lo lejos.

Trepar por la fachada resultó tan sencillo como caminar. En cuestión de segundos alcanzó una azotea desde donde contempló la escena que comenzaba a desarrollarse varios pisos más abajo.

Las primeras patrullas llegaron entre destellos rojos y azules. Los agentes acordonaron la zona mientras curiosos y testigos se reunían alrededor del cadáver. Algunos observaban con horror. Otros intentaban explicar lo que habían visto. Nadie lograba dar sentido a la carnicería.

La ciudad seguía moviéndose.

Ignorante.

Ciega.

Convencida de comprender los peligros que la rodeaban.

El vampiro observó el espectáculo con una sonrisa satisfecha.

—Miren cómo se agitan… —murmuró con diversión—. Y pensar que todavía tengo hambre.

La lluvia continuó cayendo sobre los tejados mientras su silueta se desdibujaba entre sombras y estructuras metálicas. Cuando desapareció, solo quedaron la sangre, el miedo y una ciudad que aún ignoraba que aquella noche había sido apenas el primer plato.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...