Los Viajes de Shin
Capitulo Nueve: Caminante en mis pies
Shin llevaba varias horas atravesando campo de batalla tras campo de batalla.
Un mapa manchado de sangre, una brújula y un reloj convencional eran su única compañía. La vista a su alrededor no había cambiado. Soldados y maquinaria destrozada, meteoritos cayendo del cielo en una lluvia constante, la espiral en el cielo amenazante pero silenciosa. Sus pasos, antes lentos y cautos, se habían vuelto más rápidos y pesados. Los brazos ya no cruzados sino a los lados, los puños apretados. En horas de caminata no había encontrado una sola alma viva y eso comenzaba a irritarla.
El cielo se oscurecía dejando ver una luna cobriza que teñía la nieve de naranja.
Se detuvo junto a un río de corriente lenta, rojo como todo lo demás en este lugar. Miró hacia donde llevaba. Solo más bosque.
Pegó un grito al aire y pateó el agua, salpicándose ella misma y todo a su alrededor. Luego tomó el mapa otra vez e intentó ubicarse, pero la sangre reseca en el papel se lo dificultaba y en todo el recorrido no había encontrado otro en mejor estado.
Se agachó junto al río con el mapa extendido sobre las rodillas, mordiéndose el pulgar con leve fuerza mientras analizaba lo poco que podía distinguir.
Pasaron varios minutos hasta que algo cayó al otro lado del río frente a ella, no con estruendo pero sí con suficiente peso para notarse. Un vapor de humo comenzó a salir de la nieve. Luego otro impacto.
Otro más.
Varios golpes extraños al otro lado del río la hicieron levantar la mirada hacia el cielo ya estrellado.
El cielo sobre ella estaba tapado por una enorme bola de fuego que caía directo hacia su posición.
Se puso de pie de un salto apretando el mapa en la mano y comenzó a correr en dirección contraria.
Más impactos caían frente a ella, a sus lados, por detrás, cada vez más grandes. Uno cayó directo frente a su nariz con tal fuerza que la tiró sentada sobre la nieve.
Fue entonces cuando notó que lo que caía envuelto en llamas no era roca.
Era metal.
Pedazos enormes de estructura destrozada comenzaban a llover a su alrededor, lo que la hizo ponerse de pie y correr más rápido mientras los esquivaba. Se adentró en el bosque espeso pero la bola de fuego impactó justo detrás de ella causando una explosión que la sacó volando entre los árboles. Las ramas se rompían contra su cuerpo y los troncos se hacían pedazos a medida que una enorme nave en llamas se arrastraba por el suelo tras su impacto.
Cayó varios metros antes de detenerse.
Se puso de pie de manera lenta, jadeante, limpiándose la cara con el brazo mientras miraba el caos producido a su alrededor. El bosque comenzaba a incendiarse. La nave ardía en su centro como una hoguera de acero.
Todos los meteoritos que había visto caer durante el día podían ser naves. Naves entrando a la atmósfera.
Se acercó a la nave con pasos pesados, bajando por el terreno húmedo apoyándose con las manos. Cuando se acercó lo suficiente oyó el fuego devorando el metal por fuera y por dentro, pero también oyó otra cosa. Un golpeteo irregular en el interior de la carcasa.
—¿Atrapados?…
Murmuró para sí misma mientras avanzaba por el costado buscando la cabina. El calor que irradiaba la nave era agradable en aquel frío, pero la obligaba a entrecerrar los ojos.
El golpeteo se hizo más fuerte, más constante, hasta ser interrumpido por un impacto desde adentro que abolló la carcasa hacia afuera. Shin se detuvo en seco. Otro golpe sacudió la nave entera y el metal cedió de manera estruendosa cuando alguien fue lanzado hacia afuera por el agujero que había abierto con su propio cuerpo.
Shin se tiró al suelo pecho tierra. Era lo único que podía hacer sin nada con qué defenderse.
Observó desde ahí.
El que había salido era un soldado de armadura negra con pinchos en los hombros y un casco con dos grandes cuernos en la cabeza y otros dos laterales, forma de dragón. Uno de los lados estaba partido, hecho pedazos, dejando ver la mitad del rostro de un hombre joven cuya expresión, iluminada por el fuego de la nave, hablaba de cansancio y dolor físico. Se sujetaba el costado con una mano mientras miraba el agujero en el metal.
Shin hizo lo mismo.
Del interior comenzó a salir otra figura. Primero las manos apoyándose en la carcasa destrozada, luego un pie al frente. Una armadura roja de diseño similar a la negra, con un casco cuyas diferencias eran varios cuernos más pequeños a lo largo del yelmo y, en la parte trasera, una larga trenza de cabello blanco que caía desde el interior del casco.
Ambos se miraron a la cara.
Shin permanecía oculta, demasiado cerca para moverse sin ser descubierta.
La de armadura roja levantó su espada hacia el de armadura negra y una voz metálica pero femenina salió del casco.
—Entra en razón, Karvios… por favor…
—Tú eres la única loca aquí.
La mujer dejó salir un largo suspiro y bajó la espada lentamente sin apartar la mirada.
—Si ya decidiste morir por él… que así sea, Hermano…
El de armadura negra no se movió. No levantó las manos. No se inmutó. Se dejó apuñalar directo en el pecho con un sonido rechinante de acero contra acero, cayendo ambos sobre la nieve con ella encima de él.
Shin podía ver el lado descubierto del rostro del chico. Las lágrimas que caían mientras miraba hacia arriba, hacia una hermana cuya expresión permanecía oculta bajo el casco.
No se escuchaba nada de ella más que su respiración. Él sí logró decir algo.
—Déjame… al menos verte…
Lo murmuró con una voz apagada.
La chica de armadura roja se puso de pie sobre su hermano y retiró la espada de su pecho lanzándola hacia un lado. Llevó la mano a su cuello y la apretó levemente. Un sonido metálico se oyó desde el casco y este comenzó a abrirse desde la nuca, separándose por los lados y acomodándose sobre los hombros como charreteras puntiagudas.
Shin se tapó la boca con la mano.
Todo le subió por la garganta de manera ácida cuando vio el rostro de aquella chica.
Su rostro.
Su mente se mareó. La vista se le difuminó. Quería dejar de mirar pero algo en su cuerpo no se lo permitía.
La chica solo miraba hacia abajo, hacia su hermano, el cual sonrió una última vez con lágrimas cayendo antes de murmurar.
—Siempre… serás mi hermana, Shin…
Fue lo último que dijo ante una hermana muda que tomó su espada y la guardó en la vaina al costado de su cintura.
Shin retenía el vómito con todo lo que tenía, más ahora que había oído ese nombre, pero se le hizo imposible soportarlo con tantas preguntas arrasándole la mente. Lo dejó salir de manera audible.
La otra Shin, que ya había dado la espalda y dado unos pasos, oyó el sonido y se giró.
Sus miradas se cruzaron.
Ambas se quedaron con la misma expresión, cejas alzadas, ojos clavados en los ojos de la otra, como mirarse en un espejo roto que devolvía algo que no debería existir.
La otra llevó la mano al estómago con la misma sensación que la propia Shin sentía en sus entrañas, cubriéndose la boca con la otra mano mientras daba un paso hacia atrás.
Shin hizo lo mismo.
La otra sacudió la cabeza y dio un paso hacia adelante sin quitarle la mirada.
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