External Publication
Visit Post

Punto y coma; Capítulo 1. Parte 5

fictograma [Unofficial] June 11, 2026
Source

⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico.

Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo

Capítulo 1. Parte 4

—Ven —dijo Felipe extendiendo su mano hacia el otro.

Alejandro se cubrió los genitales con las manos, tenía el corazón palpitando con fuerza, intentaba respirar normal y evitaba, con mucho esfuerzo, ponerse a llorar.

Al ver la duda y el miedo en su expresión, Felipe se acercó a él y lo agarró del brazo con fuerza para llevarlo hacia el interior de la ducha.

El agua tibia caía sobre su cabello negro y sus hombros barriendo el champú, le acariaba cada milímetro de su piel, y caía entre sus piernas como cascada en una gran roca. Una recompensa significativa después del estrés del día, el estado más relajante de la noche, si no fuera por las circunstancias.

Una mano ajena se deslizó suavemente sobre su abdomen subiendo hacia su pectoral y embarrando la espuma del jabón en cada pecho y rozando cada pequeño bulto erógeno con extrema delicadeza.

—Eres muy sexy, Ignacio —susurró la voz masculina en su oído. Una voz que se mezclaba con el caer del agua, la música que aún podía escucharse por fuera del baño y su propia respiración.

Alejandro estaba de espaldas al hombre, con el pie con el tobillo hinchado ligeramente levantado y aferrado a los brazos que lo sujetaban por la cintura para no caerse. Su aliento entrecortado se debía a la creciente excitación y al flujo del agua que caía sobre sus cabezas sin parar.

—¿Qué sigue, Ignacio? ¿Qué va a pasar conmigo? —preguntó Felipe deslizando su mano libre enjabonada sobre la espalda, la cadera y los glúteos de Alejandro.

El escritor abrió la boca con la cabeza hacia abajo para no ahogarse con el agua.

—¿Con… con Felipe? —preguntó siguiendo la corriente al hombre que se hacía llamar Felipe Higuera.

La música se detuvo y fue solo en la plenitud del silencio que pudo escucharse el timbre del teléfono. Alejandro miró hacia la puerta, se preguntaba desde qué momento había estado sonando. Su corazón palpitó tan rápido que le hizo inhalar y exhalar con fuerza.

Felipe lo mantenía abrazado con su miembro relajado pegado entre las nalgas jabonosas de Alejandro. La contestadora sonó y Felipe cerró la llave para escuchar con claridad sin soltar a su presa ni un milímetro.

“Nacho, oye, ¿Cómo estás?…

—¡Es tu novio, Nacho! —exclamó Felipe con tono sarcástico.

La voz de Luis llenó la sala vacía llevando su efecto ecualizado hasta el baño.

“Te quería pasar a ver para salir a cenar con Clara y Luisito, también quieren verte…”

—Aww… —dijo Felipe haciendo un forzado puchero con la boca.

“Oye avísame porque luego ya ves que uno no puede pasar al vestíbulo después de las diez…”

—No aplica conmigo, ¿verdad? —preguntó Felipe con un tono casi infantil.

“Cuídate.”

—Parece que solo a mí me permites entrar cuando me dé la gana. Creo que te gusto también —afirmó el hombre.

Las lágrimas calientes cayeron sobre la cara de Alejandro que sollozó y dejó caer la cabeza hacia abajo, llevándose las manos a los ojos y la nariz de la que chorreaban fluídos sin parar.

—Ya, ya… shh —le habló Felipe en un tono paternal acariciándole la cabeza —. Qué hijo de puta llevándote a cenar con la esposa…

Alejandro ignoró la mofa y sintió indignación por las duras palabras hacia su amigo.

—Luis es una buena persona —dijo aspirando y limpiándose los mocos de la nariz.

—Claro, aquí el único hijo de puta soy yo, ¿verdad?

La voz de Felipe sonó calmada y franca como si aceptara su naturaleza escrita.

—Por eso… —dijo mientras abría de nuevo la llave de la regadera—, me vas a explicar qué es lo que pasa conmigo al final de la historia.

Soltó a su presa solo para sostenerlo con un brazo desde el pecho y los hombros y con la otra mano agarró la frente de Alejandro llevando su cabeza hacia atrás de modo que el agua caía directamente sobre su cara.

Alejandro cerró los ojos y abrió la boca para respirar pero el agua caía directamente dentro de ella haciéndole abrirla y cerrarla como un pez ahogándose con el aire.

—¡Agh! —se quejaba entre fuertes respiros.

—¿Me van a matar? ¿Me va a atrapar la policía? ¡¿Qué va a pasar, Nacho? ¡me intriga! —dijo Felipe con las uñas de Alejandro clavándose en sus brazos al tratar de zafarse de él.

Alejandro extendió su brazo cuanto pudo para alcanzar la llave mientras trataba de respirar. Felipe no hizo ningún esfuerzo para evitar que lo logre.

El escritor cerró la llave, tragó aire y tosió tirando agua por la boca y la naríz. Los ojos estaban rojos por el llanto y el agua constante sobre ellos.

Felipe lo miraba con curiosidad sin soltar su cuerpo, buscaba con sus ojos la mirada de Alejandro que estaba lejos de ofrecérsela mientras el agua aún escurría por el cuerpo de ambos.

—Te ves realmente sexy así, Nacho… —dijo Felipe y volvió a echar la cabeza de Alejandro hacia atrás

—No… —se quejó éste aferrándose de nuevo a los brazos de su verdugo—, ya no…

—Mm… esto te va a gustar —susurró a su oído—. Quédate así —le dijo dejando su cabeza descansando sobre su hombro izquierdo.

Se enjabonó la mano derecha y desde el vientre de Alejandro se deslizó hacia su pene.

—Sigo esperando una respuesta… —dijo con una voz sumamente erótica que terminó en una mordida sutil del lóbulo derecho de la oreja de su víctima.

La mano abrazó el pene de Alejandro y comenzó a estimularlo mientras le presionaba y acariciaba la mejilla derecha con su mejilla izquierda.

Le daba besos en la oreja y en la cabeza mientras su mano jalaba y contraía el creciente miembro de su presa.

—No sé… Ah… —gimió Alejandro entre la agonía de ser prácticamente abusado por ese desconocido y el placer de sentir su fuerte cuerpo detrás de él. El único pie que tenía sobre el piso se levantaba en punta por momentos en un intento por acomodarse y tanteaba, incómodamente, el peso de su otro pie que apenas tocaba el piso y le ardía de dolor. —¡Agh! —resopló apretando los ojos. Sus manos, una agarraba con fuerza el brazo que le sujetaba del pecho para utilizarlo a modo de soporte, mientras la otra se aferraba a la mano que le nutría de un placer involuntario. Estaba terriblemente incómodo pero sabía que no saldría de ahí sin una recompensa para su captor.

El captor, que había comenzado a subir y bajar la mano estimulante a un ritmo casi vertiginoso, descansaba el brazo por momentos con ritmos lentos y duros, poniendo sus dedos índice y pulgar en forma de anillo para masajear el glande de Alejandro.

—Ah, ah… —Alejandro jadeaba con un placer mezclado con vergüenza. Bajaba la cabeza para mirar su deplorable estado y volvía a subirla apoyándola de nuevo sobre el hombro de Felipe—. Uh…

Era el punto de no retorno, podía escuchar la fricción de la mano de Felipe contra su pene que estaba siendo bestialmente estimulado y la respiración jadeante del hombre contra su oído, una respiración de cansancio y erotismo. Con el miembro completamente erecto y una mano que lo frotaba sin cesar, comenzaba a sentir el cosquilleo familiar de la llegada del clímax.

Alejandro se puso en punta de nuevo y arqueó su espalda haciendo que su captor de un paso hacia atrás.

—Ah, mh… ah…

La agitada respiración de ambos se mezcló entre los vapores del baño.

Felipe, que solo había sido el instrumento, también se estimulaba frotando su sexo entre las nalgas de Alejandro, provocando una considerable, pero no completa erección.

Una erupción de estrellas y galaxias invadieron la mente nublada de Alejandro Valdez, los átomos visibles con luces parpadeantes invadieron su cuerpo haciéndole temblar de pies a cabeza. Soltó un quejido agudo y sonoro que retumbó en las blancas paredes del baño. Su corazón se precipitó a un ritmo violento bombeando sangre en todas las puntas de su cuerpo y partes del líquido que emanó de él cayeron como gotas pesadas en el suelo; el resto, adornaba como cera caliente la mano del artífice de tal hazaña.

Felipe le dio tiempo suficiente para descansar hasta que su respiración se normalizara, luego, ignorando la fatiga del cuerpo de su cautivo lo giró hacia él, abrió de nuevo la llave de la regadera y lo besó salvajemente bajo el agua.

Alejandro no opuso más resistencia esta vez. Apenas podía abrir los ojos, tenía los brazos cansados y el pie cada vez más adolorido, pero estaba tan agitado que ignoró las alarmas de su cuerpo y se dejó llevar por los besos de Felipe quien lo sujetó de la cintura y la cara y se aferró a sus labios. Lengua y lengua bailaron juntas en un encuentro caliente y doloroso. Alejandro estaba confundido, mareado, excitado, repugnado, encantado, no entendía en qué momento había dejado de ser él mismo para convertirse en un prisionero de su propia mente. A partir de ahora, sería prisionero de Felipe Higuera, un ser que traspasaba los límites de la fascinación y el peligro. Pensó que Felipe hubiera sido un sueño, si no fuera una pesadilla.

Luis miró su reloj de mano a las diez en punto, a pocos pasos de su auto aparcado a las afueras del edificio B del circuito Manzanas cuyas puertas se cerraron mientras el portero entraba a resguardarse del frío. Una patrulla policial pasó cerca de la avenida a velocidad lenta y pasó de largo. Luis miró hacia la ventana de Alejandro en el cuarto piso. Las ventanas cerradas, las luces casi apagadas y las cortinas translúcidas por dentro que demostraban que si alguien estaba ahí, estaba ocupado o durmiendo.

—¡Luis, vamos! No creo que vaya a salir —afirmó su esposa de pie y con la mitad del cuerpo dentro del auto—. La reservación es a las 10:15 —le recordó ella.

—Sí…

Luis miró una vez más por la imperturbable ventana, luego al vestíbulo como si de la nada fuera a aparecer su amigo y luego, resignado, se dio la vuelta para subir al coche y marcharse de ahí.

La habitación parecía la misma, la sala estaba distribuída de la misma manera con la única diferencia de que ya no estaba la mesita de centro y la moderna lámpara de piso. Igualmente no le importó, llevaba su cárdigan de lana y podía sentir el frío de la llovizna de septiembre en el exterior. La radio sonó con la voz de una jovial locutora: “¡Son las 3:00 de la tarde en el hermoso Estado de México!, tenemos un clima húmedo el día de hoy… fresquito, ¿verdad? No olviden salir sin su paraguas, sus impermeables, amigos, ahorita nos vamos a escuchar…”

“¿Dejé la radio prendida?”, se preguntó Alejandro, quien escuchaba la voz perdiéndose en los ecos de la habitación. Se sentó frente a su escritorio y puso una hoja en blanco en el rodillo de la máquina, giró la perilla para acomodarlo y se quedó mirando la hoja durante unos segundos, el ritual de siempre antes de escribir.

Toc, Toc. Sonó la puerta.

Se levantó con calma y caminó hacia la entrada rascándose la cabeza: “¿Quién será?”

Luis lo saludó con una sonrisa. “¿Qué onda, Nacho?”, se dieron la mano y se abrazaron chocando los hombros. “Pásale” contestó Alejandro. Luis le dijo algo que no entendía, quizás por el volumen de la música de la radio, una especie de rock oscuro y pesado al que no le había prestado atención antes.

…Don’t spill a drop dear

Let me kiss the curse away

Yourself in my mouth

Así que se acercó al moderno minicomponente negro y lo apagó.

Will you leave me…

“¿Dijiste algo?”, preguntó de nuevo Alejandro. Luis se quedó en silencio mirando el piso a su alrededor, “¿por qué está tirado esto, Alejandro?”, le preguntó a su amigo con una extraña angustia en sus ojos. Las hojas de su manuscrito estaban por todas partes, ¿cuándo se cayeron?, ¿fue el viento?. “No sé, ¡híjole!”, contestó él corriendo a la recámara por alguna razón. La recámara si era diferente, no era la suya, pero se sintió perfectamente dentro de su hogar. Corrió al armario y sacó una caja pequeña, luego regresó a la sala. “Esto me lo dio el detective”, dijo con la mirada en la caja para intentar abrirla. Cuando levantó los ojos se quedó de piedra y la caja casi cae de sus manos. Luis tenía las manos levantadas en señal de detenido, un hombre alto de cabello castaño y camisa blanca le apuntaba con un arma con una expresión fría.

“Esa arma me la dio el detective”, dijo el hombre. “Felipe, baja el arma”, dijo Alejandro. “¿Quién es Felipe?”, preguntó Luis con el terror perceptible en la voz. “Lárgate, maricón”, le dijo el hombre en un tono frío. Alejandro se abalanzó sobre el intruso y le golpeó las costillas, los brazos y la cara pero era inútil, sentía que no tenía fuerzas, que el hombre era de piedra y que no podía provocarle ni un tipo de dolor.

Luis dijo algo que no pudo entender, solo sentía sus lágrimas caer de sus mejillas y podía escuchar sus propios gritos apagados.

¡Bam! el disparo dio directo en la tiroides de Luis, quien cayó de rodillas y se cubrió la garganta de donde no dejaba de brotar sangre.

Alejandro corrió hacia él pero sus piernas se sintieron terriblemente pesadas, corría como si alguien lo jalara desde atrás y no pudiera moverse. Y no podía alcanzar a su amigo quien cayó al suelo boca abajo llenando de sangre la alfombra y las hojas de su manuscrito dispersas.

Las lágrimas caían sin parar y no podía escuchar sus propios gritos.

Una gota se deslizó sobre su nariz y cayó sobre la cama.

—Uh… —sollozó.

Abrió lentamente los ojos y sintió en su boca una mueca como si acabara de llorar. “Estaba soñando”, pensó, y se secó las lágrimas con la mano que tenía cerca. Estaba acostado boca abajo en la orilla de la cama, se incorporó lentamente y notó que estaba desnudo. Giró su cuerpo hacia el otro lado y notó que junto a él estaba Felipe Higuera, durmiendo plácidamente de espaldas con la sábana apenas cubriéndole hasta la pantorrilla y dejando al aire sus firmes glúteos y su marcada espalda.

Alejandro se tiró al suelo presa del miedo. “¡¿No había sido todo un sueño?!”, pensó. En ese punto ya no sabía qué era un sueño, qué era una alucinación y qué era real. Sintió un terrible y agudo dolor en el tobillo que ahora estaba ennegrecido e hinchado y se llevó las manos en la cabeza con una expresión de confusión. “¡¿Qué es esto?!”, se preguntaba una y otra vez.

Recordó por un instante, que había dispuesto desde hacía días una navaja debajo de la cama para protegerse. Se agachó y la buscó con la mano temblorosa. La agarró y de rodillas miró hacia abajo del mueble, levantó la navaja con una clara intención: matar a Felipe Higuera de una vez por todas.

Felipe se movió girando su cuerpo hacia abajo y cruzando sus brazos debajo de su barbilla, sus firmes glúteos parecían hermosos montes en los que cualquiera se perdería fácilmente, su piel clara tenuemente bronceada le daban un aire de belleza exótica tropical que mezclado con su cabello castaño claro ondulado y desordenado lo transformaba en un ser casi divino y salvaje.

Felipe que ahora dirigía su cara hacia Alejandro, abrió lentamente sus ojos verdes aceituna.

Alejandro estaba de rodillas con la navaja en alto temblando y maquinando una forma asestar una muerte rápida, no para evitar el dolor de aquél hombre si no para acelerar el trauma del proceso.

—¿Ya vas a matarme? —preguntó Felipe con fría tranquilidad y con la voz rasposa y grave de la mañana—, pensé que iba a ser más épico que esto —dijo incorporándose en la cama. De rodillas y con el culo pegado a cama levantó los brazos y se estiró.

—¡Oaaah! —bostezó con total naturalidad y gimió con satisfacción apretando los ojos como si no le estuvieran amenazando con un cuchillo.

Alejandro se sentó rendido en el suelo bajando el brazo y la navaja. Su expresión era de triste resignación. Suspiró decepcionado de sí mismo. Ya no quería llorar, parecía que lo que estuviera pasando en su vida en ese momento ya no le ofrecía puertas para salir.

—¿Sabes que ni siquiera tuvimos sexo? —dijo Felipe acechando por la ventana al patio interior del edificio una vez se hubo puesto de pie —Te lo digo por si crees que mancillé tu precioso cuerpo.

Sonrió.

Alejandro lo observó con una mirada fría y solo le preguntó:

—¿Cuándo te vas a ir?

—Cuando tu quieras, mi amor —contestó Felipe fingiendo una voz romántica.

—Quiero que te vayas ya —ordenó Alejandro con el tono más seco que pudo. ¿Lo golpearía?, ¿Lo humillaría de nuevo y abusaría de él? Felipe Higuera era impredecible.

El intruso se acercó a Alejandro y se agachó por detrás abrazándolo de la cintura.

—No es cierto —le susurró y le dio un beso en la mejilla.

Felipe se dirigió al baño para vestirse mientras Alejandro se puso de pie solo para sentarse en la cama de nuevo.

—Oye, ya no hay whisky en tu barra, compra más… —le dijo Felipe desde el baño.

Salió con los pantalones puestos y abrochándose la camisa—. Tienes una cara lamentable, Ignacio. Te recomiendo dormir más —puntualizó de pie frente a él.

Alejandro bajó la mirada. Aunque hablaba de ese preciso momento, era algo generalmente cierto; a pesar del éxito, las ventas y el reconocimiento, Alejandro siempre se sentía lamentable y de hecho, ni siquiera podía recordar desde cuando se sentía así. Los golpes en la cara solo empeoraban su estado.

—Pero no te sientas mal, Nachito —dijo Felipe acercándose a él, con los calzoncillos que le hizo quitarse la noche anterior, en la mano—, a mí me gustas así —y los asentó sobre sus rodillas—. A mí y al maricón de Luis.

—Deja de llamarle así —demandó Alejandro mirándolo a los ojos.

Felipe puso su mano sobre su mejilla y le dio unas palmaditas.

—Cómo tú digas.

Luego salió de la habitación con una sonrisa arrogante.

Alejandro se dirigió al armario como todos los días, buscó ropa limpia y se vistió. Mientras lo hacía la música de ayer con el melódico canto de una voz femenina, volvió a sonar a un volumen alto. Alejandro suspiró con la mirada perdida en sus pensamientos.

—Compra whisky.

Escuchó desde la sala.

—¡Y no saltes por la ventana!

Salió del cuarto. Estaba solo, las hojas de su manuscrito estaban en el piso, tal como Felipe las dejó la noche anterior y la música inundaba el departamento como su única acompañante. Estaba solo, pero no había escuchado a nadie abandonar el lugar.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...