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El Indio - Segunda Parte: Sumisión - Gregorio López y Fuentes

fictograma [Unofficial] June 9, 2026
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SUMISIÓN

En los callejones de la ranchería creció la hierba y luego fue avanzando hasta las puertas de las casas, como si el monte hubiera pretendido recuperar lo que los hombres le usurparan hacía muchos años. En las noches de luna, el caserío era el mismo de otros tiempos, pero el silencio resultaba mucho más intenso: no se oía ni el cantar de un gallo, ni el ladrar de un perro.

Y en una de esas noches de claridad, en mitad de un espacio frontero a grandes montañas que a causa del mismo silencio resultaban como enormes cajas de resonancia, se oyeron prolongados gritos de un hombre. Los montes, donde las chozas y las cuevas eran como las mil orejas de una tribu fugitiva, escucharon el pregón, y guardaron silencio. Durante todo el resto de la noche se oyeron los gritos y de ellos se entendían algunos conceptos: paz, perdón.

Era un emisario de las autoridades, que proponía el regreso de los fugitivos. Sin duda en los montes hubo excitación, curiosidad y esperanza de paz. Acaso, por en medio de las espesuras fueron los viejos, los emisarios y los guerreros, cambiando opiniones sobre la posibilidad de un arreglo. Pero durante la noche no hubo uno solo de los fugitivos que se presentara en la ranchería para entablar pláticas con el enviado de los blancos.

Ya estaba alto el sol cuando uno de los viejos, no sin tomar grandes precauciones, asomó en el cercano monte, del lado del arroyo, y fue al encuentro del emisario de paz. Hablaron bajo el mismo cedro donde el consejo de ancianos resolvió escapar a los bosques con toda la tribu. El anciano le mostró sus ropas, todas desgarradas, porque durante el tiempo transcurrido las mujeres habían carecido de algodón para sus telares. Después, señalando los campos, mostró al emisario lo que antes fuera tierra de labor, toda cubierta de hierba: ni una lanza de maíz, ni una mata de frijol.

El emisario no calló las verdaderas causas de las proposiciones de paz. Según lo que él había podido entender, los blancos necesitaban semaneros , los hacendados reclamaban trabajadores para sus trapiches de caña, los comerciantes se quejaban por la falta de compradores en el tianguis y los habitantes de las demás rancherías habían protestado porque sólo ellos desempeñaban las faenas, en la compostura de caminos destruidos por las aguas: es decir, se les necesitaba y por ello se les proponía la paz.

Para la experiencia del viejo, esas razones fueron más convincentes que todas las promesas de perdón. Consideró factible el entendimiento. Su balance de intereses fue rápido y seguro: si se les necesitaba, no habría dificultad ni temor. Su cabeza blanca bien sabía que los de razón , para con ellos, no tienen más que dos ademanes: el de una mano, para ceder; y el de la otra, para recibir.

Pero el viejo no resolvió inmediatamente. Dijo no tener autorización más que para oír. El emisario fue citado para la siguiente noche. Los dos hombres se despidieron fraternalmente y mientras uno descendía por el camino, rumbo al valle, el otro subía por la vereda hacia la cumbre.

Los dos fueron puntuales. Antes de que hablara el viejo, el emisario le entregó un regalo de las autoridades, destinado a todos los ancianos: una botella de aguardiente. La respuesta de la tribu fue afirmativa, aceptando las proposiciones, con la condición de que los blancos no se acercaran, pues que todos los naturales guardaban desconfianza.

Ese mismo día comenzaron a regresar a sus casas, no sin sahumarlas previamente con copal , para arrojar de ellas los malos espíritus que se hubieren posesionado durante la prolongada ausencia de los moradores. Intenso trabajo de los hombres, para limpiar de hierbas los patios y los callejones. Qué afán de las mujeres, barriendo sus hogares.

Al siguiente día se recibió del pueblo una orden para que se presentaran unos semaneros a servir en las casas de los influyentes y para que otros fueran a trabajar en los trapiches de las haciendas.

Y como todos regresaron después de haber cumplido sus tareas sin que los blancos los perjudicaran, la confianza comenzó a crecer donde antes prosperaba la hierba. La tribu volvía a su vida tranquila de aislamiento.

Pero en lo económico, durante varios meses, la situación varió muy poco, pues soportaron casi la misma miseria que en el monte. Los campos de labor habían estado sin cultivo y, por consiguiente, no cosecharon nada.

El maíz, conseguido a cambio de trabajo en los ranchos vecinos y en las haciendas, era mezclado con raíces molidas y tronco más o menos tierno de papayo. Hubo necesidad de que pasara algún tiempo para que pudieran incluir en sus alimentos, regularmente, el frijol. Cuando vinieron las aguas y se llenaron las vainas, éstas fueron cosechadas con anticipación a la madurez.

Gracias a esas primeras siembras y a las lluvias venidas en su oportunidad, rectificaron su actitud numerosas familias que desde hacía algunas semanas preparaban la emigración, contra el fallo de los mismos viejos. Habían resuelto marcharse en busca de mejores tierras, más lejos de los blancos, al abrigo de alguna tribu amiga que hubiera sufrido menos.

Los viejos habían sostenido que sus dioses estaban en los cerros cuya presencia trataban de abandonar; dijeron de la victoria obtenida sobre los blancos, pues que éstos pidieron la paz; enumeraron todos los augurios de las primeras lluvias y, por último, señalaron las tierras cultivadas ya: la esperanza de una buena cosecha.

Mientras tanto, los naturales buscaron, como en los días de la persecución, las frutas silvestres. Creció notablemente la afición a la cacería. Y no pasaba un sol sin que numerosas familias buscaran en el río el sustento. De existir entonces más confianza, todos se hubieran ido por el valle, en busca de trabajo, entre los mestizos, pero aún temían.

La tierra, más solvente que nunca, como para no desmentir a los viejos, dio en una sola cosecha las de tres siembras, sin más estímulo que una lluvia.

Continúa en el siguiente capítulo…

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