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SACRÍLEGA

fictograma [Unofficial] June 8, 2026
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Capítulo I. —Lo siento, ya no hay nada que hacer, dijo el viejo druida a la mujer entregandole el cuerpo de su hijo y evitando mirarla . Ella lo tomó con torpeza como si esperara sentir calor. Pero no lo había. Solo peso y silencio. Sus dedos temblaron al apartar el cabello del rostro del niño. Era inmovil, frío y frágil. No era nada de lo que ella recordaba. El viento movía los abedules arrastrando el olor del bosque y al alejarse lo entendió: No había salvación en ese lugar, ni en sus manos, ni en esos “dioses”. Cuando levanto la vista hacia la noche ya no había súplica en su mirada. Solo algo oscuro. Genevieve despertó sobresaltada, era la misma pesadilla desde hace muchos años. Pero esta vez encontraría la manera de remediarlo. Lejos de allí, en la oscuridad, una caverna parecía respirar. No como un ser vivo, sino como algo antiguo que nunca había aprendido a hacerlo de otra forma. Un aliento irregular, pesado, que se filtraba entre las grietas de la piedra. El goteo constante del agua marcaba el tiempo con una paciencia insoportablEn el centro, las raíces del Roble de las Almas atravesaban el suelo y las paredes. Gruesas, retorcidas. Inmóviles. Como venas petrificadas sosteniendo una capilla antigua. Arianne mantenía la lámpara con ambas manos cerca del tronco hueco. La llama temblaba. Había bajado allí muchas veces. Años enteros repitiendo el mismo descenso, el mismo silencio, el mismo ritual. Pero esa noche era distinta. Esa noche sintió que algo la observaba. —Más cerca —ordenó Bernard—. Si no veo los símbolos, no sirve de nada estar aquí. Arianne avanzó un paso. El círculo de piedras seguía incompleto. Bernard había olvidado cerrarlo. Este se arrodilló frente a la losa central. Sus dedos recorrieron las runas gastadas, deteniéndose en las grietas como si buscara algo que ya no estaba. Murmuraba palabras antiguas. Demasiado antiguas. Arianne frunció el ceño. —Te saltaste una invocación. Bernard no respondió. —Padre —insistió ella—. Falta la roca del guardián. El murmullo se detuvo. Bernard alzó la cabeza lentamente. —No me interrumpas. —Si no se dice, el ritual queda abierto. —He hecho esto antes de que tú nacieras —replicó, sin mirarla—. No necesito que me corrijas. La llama osciló con violencia. Una sombra recorrió la caverna como un estremecimiento. —No estoy corrigiendo —dijo Arianne, más bajo—. Estoy ayudando. Bernard se puso de pie. Por un instante, la caverna pareció encogerse. —Ayudarías si escucharas. Si aprendieras a callar cuando corresponde. Arianne apretó la lámpara. —Siempre callo. —No lo suficiente. El goteo se aceleró. O tal vez solo lo parecía y un frío le subió por los pies. —Algo no está bien —susurró—. El árbol… —El árbol está bien —la cortó—. Lo que no está bien eres tú. El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso. Arianne tragó saliva. —¿Qué hice mal ahora? Bernard la miró. No había ira en sus ojos. Peor: había cansancio. —Dudas —dijo—. Preguntas. Vacilas. Este legado no se sostiene con dudas. —Se sostiene con memoria —respondió ella—. Y tú estás olvidando cosas. Ese fue un golpe seco. —No me hables así. —Entonces no me pidas que esté aquí —dijo Arianne, con la voz quebrándose—. No puedo fingir que no siento nada cuando algo está mal. Bernard dejó escapar una risa corta, amarga. —Ese es el problema. Sientes demasiado… y entiendes muy poco. Una piedra del techo se desprendió y se hizo polvo al tocar el suelo. Bernard no la miró. —Siempre supe que esto sería difícil. Arianne levantó la vista. —¿Difícil qué? Bernard apoyó ambas manos sobre la losa. Como si necesitara sostenerse. Tardó en responder. —Yo necesitaba un hijo. El aire se volvió aún más pesado. —Alguien que continuará esto sin cuestionarlo. Sin miedo. Sin… debilidad. Arianne no respiró. —¿Eso soy para ti? —preguntó—. ¿Un error? Bernard se giró. —Eres una decepción. No hubo eco. No hizo falta. —Todo esto —añadió, señalando la caverna— no estaba pensado para ti. Algo se rompió dentro de Arianne. No fue un grito, ni un llanto. Fue un silencio. La llama se apagó. Durante un instante, solo existió la oscuridad… y el agua cayendo sin detenerse. Cuando la volvió a encender, Arianne ya estaba de espaldas. —Entonces deja de traerme aquí —dijo—. Y deja de fingir que esperas algo distinto de mí. Subió sin mirar atrás. Bernard no la siguió y el ritual quedó abierto. En la oscuridad de la caverna, algo lo notó.

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