Servicio de primera necesidad. La vida es rara, relato 3 de 3.
12:32 P.M.
El suelo de la plataforma vibró y después todo se quedó en silencio.
Quien haya trabajado alguna vez como teleoperador —mucha gente en su vida ha tenido que hacerlo—, sabe que el silencio en una plataforma de call center, con más de cien personas con los cascos puestos, resulta atronador. Después del murmullo constante que se metía en los oídos y aturdía las neuronas… Disculpe que le interrumpa, ¿me permite su nombre para dirigirme a usted?… Si no necesitas nada más te transfiero con una encuesta, son solo tres preguntas y para mi es importante que las respondas… Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar?
El corte de las llamadas se sentía como un silencio a gritos; hasta provocaba cierta niebla mental. Estando así el ambiente surgieron pequeñas sonrisas de medio lado, miradas de reojo, risitas nerviosas, algunos se dieron la vuelta en sus sillas para verse con los de atrás.
—Se me ha cortado la llamada —dijo Gertrudis.
— Es que se ha caído internet —respondió Paco.
Se repitió el temblor del suelo y los ordenadores y la luz se apagaron durante pocos segundos, volvieron a encenderse enseguida, algunos aún mantenían la sesión abierta.
—Pues yo sí tengo internet —insistió, un poco tocanarices, Gertrudis.
Si el título de teleoperadora senior existiera: Gertrudis lo ostentaba. Aunque sus compañeros daban por hecho que no sabía usar el ordenador más allá de los programas que exigía la campaña.
Se comenzó a oír un rumor: los chicos de otras plataformas comentaron por WhatsApp que ellos también “habían caído”.
Paco se volvió de golpe a la pantalla de su ordenador, había oído el tono de llamada y el programa las respondía automáticamente:
—Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar?
—No tengo luz en casa, se ha oído un ruido muy grande y se ha ido —le dijo el cliente.
En la cabeza castaña con entradas de Paco se iluminó una bombillita entre las neuronas: hacía un momento se le había ido la luz, pero al ser una compañía grande tendrían un generador de emergencia y por eso volvió tan rápido…
—Creo que es una caída puntual ¿sus vecinos tienen luz?
—Voy a ir a la casa de al lado, son terrenos diferentes —el interlocutor llamaba de una zona rural cercana— , mi vecina tiene luz.
—Ha habido un pequeño apagón en la oficina donde estoy, seguramente su vecina tendrá paneles sol…— pero el auricular dio la callada por respuesta porque se volvió a hacer el silencio.
Disimuladamente Gertrudis se escapó a los pasillos sin iluminar para intentar ver cómo estaban sus gatos, la app de las cámaras de su casa estaba caída y se quedó muy intranquila. Naranjito, su travieso gato a rayas del mismo color, seguro que estaba bien aunque se hubiese apagado la luz que le dejaba encendida; se lo imaginó rascando el sofá o estirándose al sol que entraría por la ventana, Adelita en cambio, al ser una recién llegada que se estaba adaptando, se encontraba encerrada en el baño, que no tenía ventana y aunque los gatos pueden ver en la oscuridad perfectamente: a Adelita no le gustaba que la dejaran a oscuras. Con el corazón algo acelerado volvió a su puesto.
—¡Chicos, aprovechamos para hacer gestiones administrativas!— dijo en tono alto y positivo, muy de call center, una responsable.
—¿Cómo está Adelita? —le preguntó Paco, siempre amable. Desde que había empezado a trabajar en esa nueva campaña con Gertrudis, hacía un par de meses, se había pegado a ella como una lapa para poder preguntarle todas las dudas que le fueron surgiendo, a cambio se interesaba medianamente por ella y por sus gatos.
—No funciona la app de las cámaras de casa.
—Yo he enviado un WhatsApp a mi madre pero sólo sale un check.
Pronto se corrió la voz por los cubículos de que el apagón era en toda la provincia, luego en toda la comunidad, luego en toda España, alguien comentó que también en Francia, pero cuando trataron de ver las noticias reales en internet se encontraron con páginas caídas. La necesidad imperiosa de comunicarse con sus familias empezó a hacerse latente, no podían vigilar sus hogares digitalmente como acostumbraban, a Paco le tocaba recoger a su hijo del colegio ese día —su ex se lo había recordado amablemente por la mañana— y no tenía claro si con el apagón todo seguiría funcionando correctamente en la escuela; Gertrudis estaba preocupada por si la nueva gatita lo pasaba mal o maullaba desesperada molestando a los vecinos…
Se miraron el uno al otro y se levantaron, uno se metió la cartera en el bolsillo, la otra colocó sus cosas en el bolso; aunque aún faltaban varias horas para el fin de jornada, tácitamente se pusieron de acuerdo en que la situación era de emergencia y debían volver a casa enseguida.
En aquel momento, uno de los jefes salió corriendo por el pasillo, seguido de los informáticos, pero paró en seco al ver a los dos empleados de pie y a otros tantos de los más de cien charlando entre ellos, nerviosos:
—No podemos irnos, tenemos que seguir aquí, ¡somos un servicio de primera necesidad!
Con un valor poco común en él Paco levantó a duras penas la voz:
—Pero, con todo el respeto del mundo, ¿Qué hacemos aquí mientras fuera podría estar sucediendo cualquier cosa y estamos sin llamadas? Tengo que ver qué pasa con el colegio del niño y no puedo llamar a secretaría, no da tono.
—Hombre Paco —le dijo muy ufano el jefe— no creo que porque se haya ido la luz el mundo se acabe. Lo que sí se acaba es tu contrato temporal el mes que viene ¿no?
Paco y Gertrudis se sentaron, obedeciendo por fin y a regañadientes, con los cascos en el regazo. El ambiente se fue enrareciendo: no había llamadas, no había conversaciones con tono robótico de fondo; los informáticos consideraron urgente apagar todas las luces posibles, las del office y las del techo de la sala, además de los ordenadores que no se estaban utilizando, para hacer durar la batería de emergencia.
Se quedaron a oscuras, salvo por la luz de las pantallas que iluminaba sus caras. En silencio de preguntaron: ¿Cómo se podía dar un servicio de primera necesidad desde un ordenador cuando el resto del mundo ha perdido la conexión?
15:01
Una vez terminada la jornada abandonaron las islas de luz de sus monitores para salir a una calle demasiado tranquila pero bien soleada; cogieron los coches esperando sintonizar una emisora de noticias, que no encontraron. Los semáforos estaban muertos, las carreteras vacías; solo se veían los coches del resto de compañeros circulando; Gertrudis lo consideró de mal augurio, Paco empezó a temblar al volante de su sedán blanco al ver la primera retención en la autovía. Esperó unos minutos en el coche hasta que se convenció a sí mismo para salir por la puerta en medio de la vía, muchos coches tenían las puertas abiertas, algunos estaban vacíos, más adelante vio a personas caminando hacia la ciudad, cerró la puerta de su vehículo, dejándolo con las luces de emergencia puestas y fue tras ellos.
Lo que más impresionó a Gertrudis, que iba unos coches por delante en su monovolumen gris, fue que había una colisión en cadena pero que no se veía a nadie de los servicios de emergencia controlando ni ayudando en la situación. Paco se encontró con ella, congelada con las manos al volante. En los dos meses que habían pasado desde que empezaron a trabajar juntos habían vivido muchas anécdotas, malas llamadas, otras muy graciosas, y alabanzas y broncas por igual, creando una camaradería y entendimiento que no precisaba de palabras. Por eso, cuando su compañero la miró, ella no tuvo que hablar, simplemente bajó de su coche y ambos siguieron caminando hacia delante.
Por suerte no hubo heridos en el accidente automovilístico. Se empezaron a oír sirenas distantes al acercarse a la curva que ocultaba la ciudad. El suelo vibró y el aire olía a humo. Gertrudis comprobó pasándose la mano por la nariz que la tenía manchada de ceniza y sacó una mascarilla quirúrgica del bolsillo. Conocimientos y precauciones adquiridos en la última pandemia.
Al pasar la curva, en el punto exacto donde la autovía derivaba a la travesía urbana de circulación, se encontraron con una tremenda grieta y a algunos agentes intentando trasmitir tranquilidad a los ciudadanos.
Levantaron la vista mientras se aclimataban al ruido del ambiente —los motores al ralentí, los niños llorando y las personas tratando de llamar sin conseguir respuesta; no lograban eclipsar al ruido de los helicópteros del ejército volando, las sirenas de los retenes de bomberos, las ambulancias y la policía local—, y vieron, entre una polvareda creciente que se iba levantando en diferentes puntos de la ciudad, el porqué. Del imponente conjunto del CAULE —el hospital universitario de León— salía una columna de humo, el hipermercado parecía haber volado por los aires en varios puntos y aún se observaban llamas. Algunos edificios de pisos del Polígono X tenían un enjambre de bomberos alrededor; en un punto intermedio hacia la catedral había una intensa humareda, posiblemente un parque de la ciudad, mientras esta se alzaba pulcra y estilizada sobre el caos.
Paco se sujetó a Gertrudis, mudo por la impresión. Ella levantó la vista, tratando de ubicar el colegio del hijo de su compañero, afortunadamente por allí no sucedía gran cosa, aunque estaban demasiado lejos para saberlo con seguridad.
—Por favor, mantengan la distancia de seguridad. Vuelvan a sus vehículos y no deambulen a no ser que sea estrictamente necesario, si alguno tiene un problema médico urgente por favor que se acerque.
Una mujer se atrevió a contravenir la orden del agente, comentó que su hija estaba en un colegio de educación especial y se le acercó para preguntarle cuándo podrían acceder a la ciudad de nuevo.
—Salvo caso de primera necesidad: permanezca en su vehículo. Tenemos que controlar los daños y la posibilidad de nuevos ataques no ha pasado. Pero —añadió hablando bajito— si yo tuviera que ir a buscar a mis hijos: lo intentaría dando la vuelta por la salida anterior, por el acceso de Puente Castro.
Gertrudis, con Paco agarrado del brazo, empezó a desandar el camino hacia a la entrada recomendaba destrangis por el agente.
—Fíjate en los equipos de emergencia que hay por la ciudad —comentó—, ellos sí que son de primera necesidad.
La presente obra toma como punto de partida un acontecimiento histórico verídico: el gran apagón eléctrico del 28 de abril de 2025, un incidente que interrumpió el suministro energético y sumió en la oscuridad a la ciudad de León y a gran parte de la península ibérica durante horas. A partir de este suceso, el desarrollo de la trama se adentra en el terreno de la estricta ficción. Cabe precisar, no obstante, que el Complejo Asistencial Universitario de León (CAULE) logró mantener su actividad gracias a los generadores de emergencia; un despliegue técnico cuya combustión inicial generó una densa columna de humo negro que alarmó a la población, si bien el centro hospitalario operó con absoluta normalidad.
Más allá de este marco contextual, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
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