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¿Me echan una mano?

fictograma [Unofficial] May 26, 2026
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Reyes_Canfranc

Texto mejorado, espero que la historia y los personajes añadidos sean de vuestro agrado. Estoy muy agradecida por vuestros comentarios, porque os hayáis parado a leer el borrador, para mí tiene mucho valor. No pensaba darle más vueltas pero creo que se las estaría dando hasta que estuviera conforme así que, ahí os va:

Servicio de primera necesidad

28-04-2025 12:32 P.M.

El suelo de la plataforma vibró y después todo quedó en silencio.

Quien hubiera trabajado alguna vez como teleoperador —mucha gente en su vida ha tenido que hacerlo—, sabía que el silencio en una plataforma de call center , con más de cien personas con los cascos puestos, resultaba atronador. Después del murmullo constante que se metía en los oídos, en las neuronas y hasta hacía que te tembraran los huesos….Dísculpe que le interrumpa, ¿me permite su nombre para dirigirme a usted?… Si no necesitas nada más te transfiero con una encuesta, son solo tres preguntas y para mi es importante que las respondas… Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar?

El corte de las llamadas se sentía como un silencio a gritos, una pérdida de los sentidos y hasta provocaba cierta niebla mental. Estando así el ambiente surgieron pequeñas sonrisas de medio lado, miradas de reojo, risitas nerviosas, algunos se dieron la vuelta en sus sillas para verse con los de atrás.

—Se me ha cortado la llamada —dijo Gertrudis.

— Es que se ha caído internet —respondió Paco.

Los ordenadores y la luz se apagaron durante pocos segundos, volvieron a encenderse enseguida, algunos aún mantenían la sesión abierta.

—Pues yo sí tengo internet —insistió, un poco tocanarices, Gertrudis.

Gertrudis era una teleoperadora senior, si es que ese título existiera en los mundos de las plataformas. A veces sus compañeros daban por hecho que no sabía usar correctamente el ordenador más allá de los programas que exigía la campaña.

Se comenzó a oír un rumor: los homólogos de otras plataformas comentaron por WhatsApp que ellos también “habían caído”.

Paco se volvió de golpe a la pantalla de su ordenador, había oído el tono de llamada y el programa las respondía automáticamente:

—Buenos días, ¿en qué te puedo ayudar?

—No tengo luz en casa, se ha oído un ruido muy grande y se ha ido —le dijo el cliente.

En la cabeza castaña con entradas de Paco se iluminó una bombillita entre las neuronas: hacía un momento se le había ido la luz, pero al ser una compañía grande tendrían un generador de emergencia y por eso volvió tan rápido…

—Creo que es una caída puntual ¿sus vecinos tienen luz?

—Voy a ir a la casa de al lado, son terrenos diferentes —el interlocutor llamaba de una población rural— , mi vecina tiene luz.

—Ha habido un pequeño apagón en la oficina donde estoy, seguramente su vecina tendrá paneles sol…— pero el auricular dio la callada por respuesta porque se volvió a hacer el silencio.

Disimuladamente Gertrudis se escapó a los pasillos sin iluminar para intentar ver cómo estaban sus gatos, la app de las cámaras de su casa estaba caída y se quedó muy intranquila. Naranjito, su travieso gato a rayas del mismo color, seguro que estaba bien aunque se hubiera apagado la luz que le dejaba encendida; se lo imaginó rascando el sofá o estirándose al sol que entraría por la ventana, Adelita en cambio, al ser una recién llegada que se estaba adaptando: se encontraba encerrada en el baño, que no tenía ventana y aunque los gatos pueden ver en la oscuridad perfectamente: a Adelita no le gustaba que la dejaran a oscuras. Con el corazón algo acelerado volvió a su puesto.

—¡Chicos, aprovechamos para hacer gestiones administrativas!— dijo en tono alto y positivo, muy de call center , una responsable.

—¿Cómo está Adelita? —le preguntó Paco por lo bajo, siempre amable. Desde que había empezado a trabajar en la campana con Gertrudis, hacía un par de meses, se había pegado a ella como una lapa para poder preguntarle todas las dudas que le fueron surgiendo, a cambio se interesaba medianamente por ella y por sus gatos.

—No funciona la app de las cámaras de casa.

—Yo he enviado un WhatsApp a mi madre pero sólo sale un check.

Pronto se corrió la voz por los cubículos de que el apagón era en toda la provincia, luego en toda la comunidad, luego en toda España, alguien comentó que también en Francia, pero cuando trataron de ver las noticias reales en internet se encontraron con páginas caídas. La necesidad imperiosa de comunicarse con sus familias empezó a hacerse latente, no podían vigilar sus hogares digitalmente como acostumbraban, a Paco le tocaba recoger a su hijo del colegio ese día —su ex se lo había recordado amablemente por la mañana— y no tenía claro si con el apagón todo seguiría funcionando correctamente en la escuela, Gertrudis estaba preocupada por si la nueva gatita lo pasaba mal o maullaba desesperada molestando a los vecinos…

Se miraron el uno al otro y se levantaron, uno se empezó a meter la cartera en el bolsillo, la otra a colocar sus cosas en el bolso; aunque aún faltaban varias horas para el fin de jornada, tácitamente se pusieron de acuerdo en que la situación era de emergencia y debían volver a casa enseguida.

En aquel momento, uno de los jefes salió corriendo por el pasillo, seguido de los informáticos, pero paró en seco al ver a los dos empleados de pie y a otros tantos de los más de cien charlando entre ellos, nerviosos:

—No podemos irnos, tenemos que seguir aquí, ¡somos un servicio de primera necesidad!

Con un valor poco común en él Paco levantó a duras penas la voz:

—Pero, con todo el respeto del mundo, ¿Qué hacemos aquí mientras fuera podría estar sucediendo cualquier cosa y estamos sin llamadas? Tengo que ver qué pasa con el colegio del niño y no puedo llamar a Secretaría, no da tono.

—Hombre Paco —le dijo muy ufano el jefe— no creo que porque se haya ido la luz el mundo se acabe. Lo que sí se acaba es tu contrato temporal el mes que viene ¿no?

Paco y Gertrudis se sentaron, obedeciendo por fin y a regañadientes, con los cascos en el regazo. El ambiente se fue enrareciendo: no había llamadas, no había conversaciones con tono robótico de fondo; los informáticos consideraron urgente apagar todas las luces posibles, las del office y las del techo de la sala, además de los ordenadores que no se estaban utilizando, para hacer durar la batería de emergencia.

Se quedaron a oscuras, salvo por la luz de las pantallas que iluminaba sus caras. En silencio de preguntaron: ¿Cómo se puede dar un servicio de primera necesidad desde un ordenador cuando el resto del mundo ha perdido la conexión?

Una vez terminada la jornada abandonaron las islas de luz de sus monitores para salir a una calle tranquila y bien soleada; cogieron el coche esperando sintonizar una emisora de noticias, que no encontraron. Los semáforos estaban muertos, las carreteras vacías; solo se veían los coches del resto de compañeros circulando, Getrudis lo consideró de mal augurio, Paco empezó a temblar al volante de su sedán blanco al ver la primera retención en la autovía. Esperó unos minutos en el coche hasta que se convenció a sí mismo para salir por la puerta en medio de la vía, muchos coches tenían las puertas abiertas, algunos estaban vacíos, más adelante vio a personas caminando hacia la ciudad, cerró la puerta de su vehículo, dejándolo con las luces de emergencia puestas y fue tras ellos.

Lo que más impresionó a Gertrudis, que iba unos coches por delante en su monovolumen gris, fue que había una colisión en cadena pero no se oía ninguna ambulancia, ni sirenas de la policía. Paco se encontró con ella, congelada con las manos al volante. En los dos meses que habían pasado desde que empezaron a trabajar juntos habían vivido muchas anécdotas, malas llamadas, otras muy graciosas, y alabanzas y broncas por igual, creando una camaradería y entendimiento que no precisaba de palabras. Por eso, cuando su compañero la miró, ella no tuvo que hablar, simplemente bajó de su coche y ambos siguieron caminando hacia delante.

Por suerte no hubo heridos por el accidente automovilístico, pero, en el sitio donde la autovía derivaba a la travesía urbana de circulación se encontraron la nada: había desaparecido la carretera, quedaba una tremenda grieta de la que no alcanzaron a ver el fin. Levantaron la vista mientras se aclimataban al ruido del ambiente —algunos motores al ralentí, niños llorando, personas tratando de llamar al 112 sin conseguir respuesta, helicópteros del ejercito volando lejos—, y, por fin, vieron, entre una polvareda creciente que se iba levantando del lecho de la ciudad, por qué se había ido la luz, por qué se habían caído las conexiones, la capital había sido destruida.

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