EL MAGO. Tercera Parte - III
Nowa elegía de entre un montón de fragantes frutos amarillos. Sus delgadas manos sostenían la brillante superficie, que resaltaba con su piel cobriza. Había señalado que solo crecían entre los matorrales durante las tormentas y que era una suerte que fuesen abundantes. No sin destreza, los largos dedos adornados con anillos sobrios y oscuros desprendieron de la gruesa cáscara a uno. En el acto, partiéndolo por la mitad, para después ofrecerle una de las partes.
Una increíble acidez inundo su boca; primero hizo una mueca, pero después, descubrió que la jugosa carne derramaba un agrio placer sobre su lengua, aliviando por un instante la sed siempre constante en aquella región, casi que de un sortilegio se tratase. Nowa le dijo que no tenían nombre, y que nadie se había molestado en darles uno. Tan solo eran frutos. Entonces lo tomó por la mano y lo guío entre las calles que cubría aquel mercado, que desaparecería junto con la última tormenta de la temporada, así se lo había dicho ella.
Escurriéndose entre los grupos de personas que abarrotaban las calles, la multitud se le imaginaba infinita, del mismo modo que lo son los granos de arena en el desierto, extendiéndose hasta el final del mundo. Llegaron a una amplia explanada triangular, escindida a la vez en cuatro triángulos más pequeños. De la mediatriz de cada uno de los doce lados nacía, como una brillante serpiente, una hilera de rocas brillantes y de mil colores. El espacio comenzaba a llenarse poco a poco. Y a medida que la gente llegaba, una exaltación nerviosa afloraba entre los asistentes.
—El mensajero de Ostro, llegó ayer, antes del amanecer —Frente a su desconcierto, termina explicando—: Uno de los ancianos de las tribus del este. La caravana se encontraba a pocas horas. Las tormentas arreciaban y los horrores que acechan en la oscuridad cayeron sobre ellos.
—No comprendo. ¿Qué hacemos aquí? ¿Qué hace toda esta gente aquí? —intenta darle sentido a lo que observa, rebuscando entre su mente—. Han de ayudarles, ¿no?
—Es una costumbre recibirles. Las personas esperan reencontrarse con amigos, las madres con sus hijas y otros más con familiares lejanos. A veces solo desean estar cerca de uno de los ancianos —niega con la cabeza—. Nadie sale durante las tormentas. Las caravanas pueden resistir el viento y la noche.
El mago asiente, preguntándose en silencio como serían aquellos que vendrían de aquel confín del desierto. Observa a tanta gente frente a él, reunida en un espacio que le parece opresivo, que cree estar alucinando. Pero todos son distintos, miembros de quién sabe cuántas tribus que habitan las dunas en desconocidas condiciones para él. De entre todo el gentío, un grupo heterogéneo captura su atención. La mayoría son jóvenes, tanto como Zev, Nowa o él mismo. Sus ropas son verdes, algunas brillantes y adornadas con patrones triangulares en blanco, bordados con delicadeza. Se percata entonces de la propia oscuridad de su capa, que poco tiene que ver con las vívidas telas, pese a ser del mismo color. Y es que su capa verde, tan desgastada como al salir de La Ciudadela, parecía absorber la luz misma.
Un hombre y una mujer se apartaron del grupo, caminando hacia donde se hallaba. Primero habló él, en una lengua que desconocía. Quizá puso cara de perplejidad, porque después, ella rio, mostrando una amplia sonrisa, sin dejar de mirarlo. Él volvió a hablar. Su rostro era largo, incluso amenazante, le pareció; el oscuro cabello arreglado en finos espirales y la mirada insistente, casi nerviosa. Permaneció en silencio, esperando una respuesta, mas al no recibirla, sonrió. Y entonces habló ella, con amabilidad, pensó el mago, y al hablar se acercó a su rostro. Era más alta que él, y el hombre era aún más alto que ella. Volvió a preguntar amablemente y entonces, La última oración de una complicada frase entró a sus oídos como algo que pudo comprender.
—… El nicho de las aves es amplio — dijo él. Acercándose al mago.
Él sintió su respiración en el cabello, los dedos del desconocido rozando su mano. Un olor dulce se desprendía de la pareja, también olían a sudor.
—Aheb ya ha sellado un pacto — interrumpe Nowa, en la misma lengua.
Ella lo toma por la mano, colocándose entre él y la pareja. La mujer levanta los hombros, resignada y se da la vuelta. El hombre lo mira a los ojos y dice algo que no alcanza a entender, luce divertido.
—¿Qué ha sucedido? —pregunta, consternado.
—Nada importante —dice ella. Ríe con dulzura.
Descubrió que uno de los caminos que nacía de aquella plazuela, era más ancho que los otros dos. Se entretejía con las construcciones aledañas y justo antes de perderse, terminaba, abrupto, contra un amplo muro metálico, irrigado por infinitas venas de mineral azul. Fue cuando aquel muro chilló, y entonces le pareció escuchar a la tierra bajo sus pies romperse en mil pedazos, un estruendo violento, acompañado de una fina lluvia de polvo que caía desde la roca que rodeaba esa pared, que ahora se levantaba en silencio, escondiéndose en algún resquicio oculto. Un túnel tan amplio como la puerta levadiza que lo oculta se extiende hasta girar hacia la izquierda. Y desde ahí, observa entrar poco a poco a una famélica comitiva de hombres y mujeres. Al centro de todos ellos, sobre una estructura hosca y opaca, que juzga metálica, se yergue lo que solo puede adivinar como un palanquín de telas percudidas y adornadas con motivos rojos.
Un fino rechinido se hace presente a medida que el grupo entra a la Galería, algunos llevan pesadas armaduras, forjadas en opaco metal plateado, negro y cobrizo. Aquellos mismos, cargan todos tubos de distintas medidas y colores, algunos tan grandes que son llevados a cuestas, y otros tan finos que han de ir colgados a su cinto. Observa su piel, y es tan blanca que podría pasar por traslúcida, los cabellos oscuros o castaños y la mirada dura, siempre hacia el frente. Los hombres se parecen a Zev, las mujeres viejas le recuerdan a Ma. Imagina a las más jóvenes como un retrato del tiempo pasado de la anciana. Todos tienen manchas de aceite y hollín, oscuras; en el rostro, cubriendo las mejillas o los labios, ensuciando las ropas grises, rojas, luidas por el constante uso o secuestrando el brillo de las armaduras de quienes rodean a la caravana. Es cuando, de entre las gentes que caminan a paso lento, distingue figuras metálicas, andando por su cuenta y cargando con bolsas, cajas y unas cosas que no logra identificar. Nota entonces que el palanquín no es sostenido por personas, como el que habría visto al interior de La Ciudadela transportar Pólux. En su lugar, un acéfalo tetrápodo de férreas extremidades carga con él sobre su lomo.
—Dominan a las máquinas —le dice Nowa—. Sus mujeres son deseadas y sus hombres son guerreros formidables, hábiles en el arte de matar, sea de cerca o a largas distancias.
—Han de ser temibles —menciona—, si es que se atreven desafiar de tal forma el orden natural.
Encuentra que todas las criaturas de metal observan al mundo por medio de unos opérculos que resplandecen con una débil luz roja. Incomodo al sentirse observado, se envuelve en su capa, tratando, de forma inútil, de resguardarse de los inexistentes ojos. La turba explota en aplausos cuando, de entre las sucias telas que forman los muros del palanquín, se asoma un hombre pequeño, de oscuro cabello y mirada nublada por las cataratas. Las mismas que observaba en aquellos sabios de gran edad, maestros antaño de su maestro. El hombre camina con facilidad sobre la bestia de metal, y tras saludar alrededor, regresa al interior de sus aposentos. Los hombres acorazados sostienen sus cilindros sobre el hombro, y tras activar una diminuta palanca, de las profundas bocas tubulares nace una lluvia de fuego que inunda el espacio por sobre sus cabezas. Mil colores fusionados en uno, estrellas titilantes y cuerpos de llamas que atraviesan el cielo en armónicas danzas que culminan con su extinción. El aire huele a metal, a quemazón. La gente grita, vitorea. Él observa, entre fascinado y horrorizado por tal desafío a la corrupción.
—Lo eran antes del pacto —responde ella—. Los artilleros fueron los últimos en caer contra la ley unificadora.
Los imagina apuntando sus armas a enemigos imaginarios. Traga saliva, perturbado. Y se pregunta si sería capaz de protegerse contra uno de los proyectiles de fuego que sus armas escupen. Nowa interrumpe su introspección al tomarlo por la mano, de nuevo.
—Volvamos con Uzi —propone—. La comida no se preparará sola.
Él asiente, deseando alejarse de la multitud. Se ignora a sí mismo, pensando en que tal vez cuatro muros y un techo consigan resguardarlo de lo que ha visto. Abrumado por el roce con cuerpos ajenos de entre los que ha de abrirse paso, respira con pesadez. Nowa va al frente, despejando un camino que él sigue. Al salir de la abarrotada plaza, atraviesan la galería por calles y callejones que le parecen interminables y confusos, iluminados, olvidados, transitados u oscuros, algunos malolientes, otros, con certeza, inseguros. A veces los senderos se tuercen en giros agudos que dan la sensación de conducirlos hacia el inicio del mismo camino, pero que desembocan en otro lado. Le intriga la cantidad de desniveles que atraviesan, subiendo o bajando escalones continuamente. En algún momento del camino, comprendió que lo que él creía un pasadizo oculto por debajo del nivel de la calle era, en realidad, el tejado de una pequeña casa, flanqueada por dos construcciones más altas. Al llegar al final, tras la esquina, una silueta alta los esperaba en silencio.
—¡Estás tan flaco! —le dice ella, compasiva—. ¿Has comido bien?
Y es verdad que, envuelto en la oscura capa iridisada y vestido con sus ropas de cazador, le parece aún más delgado que al volver del desierto, tal que hubiera perdido peso en unos pocos días. Aún así lo observa íntegro, con la mirada encendida y aguzada.
—He comido tanto o más que él —responde al señalar al mago.
—Es desconcertante —afirma—. Es como si el estómago no tuviese fondo, como si el bocado desapareciese antes de llegar a él.
—Todo el tiempo tengo hambre —cierra los ojos, mira hacia arriba y suspira. El látigo rosáceo que le marca la cara se acentúa con la delgadez de su rostro.
Se reintroducen, ahora los tres, en la maraña de callejuelas ocultas bajo la arena del desierto. El mago los sigue, desconocedor del destino de aquel recorrido. Zev, quien camina a su lado, todavía detrás de Nowa, lo hace en silencio, a paso tranquilo. Al verlo con su arma al hombro, deduce que ha intentado volver a sus deberes como cazador, sean cuales sean.
Al salir a una concurrida calle, una vorágine de aromas los golpea de frente. Las personas se aprietan alrededor de otras personas que ofrecen distintos alimentos. Distingue el olor de la carne, de la grasa y el calor de los fogones. Algunos compran algo que supone es un huevo, casi esférico y de cascaron marrón, tan grande como una manzana. Imagina a la bestia que ha de poner tal cosa. Otros compran frutas, o tazones llenos de un líquido denso y blanco. Por la expresión de quienes beben, asume que, al igual que el vino, ha de alterar la percepción.
Zev responde a Nowa en el mismo idioma desconocido que usó la pareja que antes le abordó. El intercambio de palabras es rápido e inesperado, de modo que no logra escuchar más que una incoherente mezcla de sonidos. Ella afirma con la cabeza y entonces se pierde entre la gente.
—¿Qué ha sido eso? —inquiere el mago.
—La lengua del desierto —sonríe.
Zev repite sus palabras, con claridad, y estas entran con dificultad a través de los oídos del mago, quien busca un sentido en ellas.
—Creo que sí —responde él—. Estoy hambriento.
—¿Estudian nuestra lengua en el interior? —lo mira Zev, sorprendido.
Entonces le cuenta sobre el incidente con la pareja, sobre las frases que ellos dijeron y sobre la respuesta de Nowa. Él ríe, se burla, pero continúa escuchándole. El mago intenta explicar como aquella lengua se ha transmutado, de forma espontánea, en algo que ha sido capaz de comprender. No oculta su desconcierto, pero se le nota excitado, es una pequeña parte del mundo que se abre por acción divina para él, sin haberlo pedido.
—Es un idioma antiguo —le es explicado—. Los ancianos presumen que es la lengua que Aheb versaba antes de ascender como voluntad. Yo la aprendí en mi infancia. Es común en los confines del desierto, pero aquí no. Tal vez algún libro de aquella biblioteca suya esté escrito en el idioma.
—Podría ser —asiente—. Son tantos que sería como buscar un guijarro entre toda la arena del desierto.
—Parece abrumador.
—Lo es.
Piensa en la biblioteca, y una incomodidad acude a él junto con el recuerdo. Es justo cuando se decide a afrontarla, que una voz meliflua rompe su pensamiento. Una vez más, palabras desconocidas, oraciones carentes de significado alguno. Ella es pequeña, el cabello es oscuro y lacio, llega hasta su cintura. Un delicado vestido azul cubre su pálido ser, y los hilos de plata tejidos en los olanes y al frente reflejan la luz rojiza de un fogón. Con una mirada inocente, entrega una varita a Zev. Él la recibe, y con una amabilidad nueva hasta el momento, responde:
— Las arenas no han entregado flor alguna esta estación.
—Resguárdala — dice ella, observa su piel enrojecer. Muestra los dientes en una sonrisa infantil y entonces se aleja corriendo. Aunque han hablado en la lengua del desierto, el mago ha comprendido.
Cuando la joven ya ha desaparecido, la varita le es extendida.
—Consérvala tú —ofrece Zev—. Pareces disfrutar de estas cosas. Los viejos herbarios que Ma guarda en la alacena te interesarán.
—Está bien —responde al tomar la varita. Al tenerla en las manos se da cuenta de que en realidad es una menuda flor. El tallo es fino, leñoso. De él, tres finas hojas emergen, pardas y unidas a una frágil rama por un largo peciolo. Un sépalo que parece hecho de cuero envuelve seis gruesos pétalos que descubre duros al tocarlos. Tres pistilos nacen del centro de la flor y percibe un delicado perfume que mana de esta.
—He visto todo de lejos —ríe Nowa, mientras se acerca a ellos—. ¿Acaso le has dicho que no? —interroga a Zev, fingiendo sorpresa—. ¡Era hermosa!
—No cargo con ninguna flor —le contesta, serio. Añade con sarcasmo—: ¡Ha sido una lástima!
Nowa ha comprado tres extraños círculos de pan, dorados y esponjosos. El mago encuentra reconfortante el sabor especiado de la masa, y aún más consistente cuando nota las oleosas semillas embebidas en ella.
—La masa y el grano se cocinan al mismo tiempo —menciona Zev—. Solo lo hornean en estas ocasiones.
Al volver, observa cómo, a discreción, Nowa pasa un pequeño paquete envuelto en tela del color de la arena a Uzi, el cual se esfuma entre sus vestidos. Saluda con cariño a Zev, quien de inmediato se pierde entre las cortinas que separan las habitaciones interiores y superiores de la casa. Ella observa intrigada la flor que el mago carga consigo.
—¿Has cosechado flores tan pronto? —pregunta, curiosa. Nowa ríe por la pregunta.
—Me la han dado. —Le intenta explicar él, pero la cara de Ma muestra una perplejidad ambigua.
—Esa es una Cálix —le dice. Le muestra un delicado jarrón que descansa en una mesita, lleno de aquellas flores rojizas. Elige una con cuidado y la extrae del ramo, intercambiándola con la suya en el acto—. Esta es Andros.
La nueva flor también es coriácea, aunque los pétalos son diminutos y del sitio en dónde había antes tres pistilos, ahora emerge un ramillete de diminutos estambres coronados con fino polen dorado.
—En tus herbarios— musita el mago, llamando la atención de Ma. Trato de esclarecer su murmullo —: Eso dijo Zev al dármela.
—Crecen solo en esta época, como muchas otras cosas nativas del desierto —explica la mujer, con voz lenta y el semblante sereno, aunque sumido en una mueca de profunda reflexión. Nowa observa a ambos, en silencio—. El viento arranca el polen y lo transporta hasta alguna de las flores hembra, quienes lo recibirán con toda la amplitud de sus pétalos. Son flores hermosas.
—Observé a personas entregando flores a otras —dice él, como pidiendo, con profunda discreción, una explicación sobre ello.
—Es una vieja tradición— señala Nowa.
—Se la han dado a Zev, y él a mí—dice él. Ma sonríe, divertida.
—Es natural que la flor femenina desee a la masculina, él es un joven apuesto, además de un cazador—recita, y es como si fuese un poema—. Así como es natural que algunas flores no se conviertan en fruto.
— Los varones y las mujeres, Andros y cálix, el fruto del desierto —recita Nowa en aquella lengua, burlona.
—¡Te he entendido! —exclama el mago, y el rostro de ella empalidece.
—Es solo una antigua tradición del desierto —le sonríe Uzi. Mientras toca su mejilla—. Una costumbre obsoleta.
Zev entra en la habitación, descalzo y con la trenza desecha, no lleva encima la capa. Ma lo mira con ojos brillantes, tan azules como las telas tribales.
—Es descortés no ofrecer explicaciones —le reprocha Ma. Él reacciona desconcertado. Cuando mira las flores no dice nada, pero su mirada recorre la habitación; se posa sobre Nowa, sobre el mago, y sobre Ma, quién suelta una risa discreta y se da la vuelta, en dirección al fogón en donde una olla hierve. Nowa vuelve a recitar su frase, y él puede notar como el rostro de Zev se enrojece.
Ma llena tres cuencos con una sustancia roja y sedosa, pues ha obligado a Nowa a beber, alegando que ella también habría de fortalecerse. El mago se imagina tragando sangre. Al beber encuentra el remedio salado y dulce al mismo tiempo, y piensa, de inmediato, en los antrófagos que aparecen en epopeyas de antiguos herederos que vencieron a la corrupción en sus tierras, seres humanos de piel gris, escamosa y desprovista en su totalidad de pelo. Almas corruptas confinadas a cuerpos enfermos a causa de la ingestión de sus pares fallecidos. Al recordar los gruesos libros de La Ciudadela, de sobrio encuadernado, decide preguntar a Ma por los herbarios que Zev ha mencionado. Y ella busca en la cocina, en cajones y gavetas llenos de recetarios, frascos de extraño contenido y cajas de madera adornadas con todo tipo de tallas y pinturas. Curioso, desearía preguntar sobre el origen de todos aquellas cosas, hierbas, polvos, cortezas y cosas que no podría describir.
Evalúa la posibilidad de que no todos ellos se puedan conseguir por medios justos, y considera probable que, tal vez, aquel paquete entregado por Nowa contuviese algún ingrediente comprado a través de un mercado negro, o incluso estuviese prohibido el tenerlo. La piel de Zev era pálida, su sueño intranquilo; quizá ese paquete contenga alguna materia necesaria para preparar la medicina adecuada.
El mago también siente los estragos que el uso de la clave supone sobre su cuerpo y mente. Intenta hacer un inventario de todos sus recuerdos, pero en seguida concluye que, si algo se ha perdido en el olvido, sería imposible saberlo, aún más complicado recuperarlo. La clave aún brilla en su memoria, y no sabe con certeza si el brillo ha disminuido. De tener un número determinado de usos, sus recientes actos supondrían un valiente sacrificio de la integridad del conjuro. Por otro lado, si fuese como una fuente de energía, con reservas finitas, el desgaste variaría en función de la fuerza de la injerencia sobre la matriz. En tal caso, piensa que podría ser posible controlar el flujo de energía en cada ejecución. Una fuente de energía fundamental.
Las luces de la galería siguen altas cuando se decide a dormir. Su fuerza se consume el doble de rápido y parece haber sido reducida a la mitad. Filtrándose a través de un estrecho ventanal, la luz forma una brillante columna dorada que atraviesa la habitación de piso a techo, en un ángulo inclinado. Iluminado apenas por la resolana, un olvidado morral yace en el suelo. Y aunque no recuerda haberlo llevando consigo, lo reconoce como suyo. Una bolsa con semillas, una vieja libreta de viaje, forrada en fino cuero marrón, y un mapa del continente, arrancado de algún atlas. Al fondo del bolso, una pequeña jaula de metal encerrando a una esfera de cristal.
Abre la libreta por la mitad, y es cuando reconoce la escritura de Aldous. Letras diminutas y afiladas. No recuerda haber tomado el morral, no recuerda haber tomado la libreta. Y por un instante no logra recordar el rostro de Aldous.
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