External Publication
Visit Post

EL MAGO. Segunda Parte - XII

fictograma [Unofficial] May 24, 2026
Source

La teoría del vacío se estudia en la academia, a veces sí, a veces no. Y es que, pensar en el fenómeno que devora al mundo como una manifestación de la inexistencia, es una postura peligrosa. Contradictoria a simple vista y confusa a medida que uno se introduce en sus misterios. Aun así, el mago encuentra consecuente su ignorante uso de la clave y la aparición de la distorsión, pues en su inconsciencia, la luz de la revelación se cierne sobre él.

Todo ello se disuelve cuando abre los ojos, arreado por el sonido del aire siendo cortado con violencia, de Zev blandiendo su arma con fuerza. No sin hacer un gran esfuerzo, el mago se levanta y se balancea de un lado al otro, luchando por mantenerse de pie. El sol que ilumina al mundo le ciega y el sonido del viento, convertido en una tormenta que arrecia, lo sume en una espiral de confusión. Tres segundos o tres minutos, es indiferente. Porque todo se mueve con pesadez, oculto entre una niebla brillante y un calor cada vez más sofocante. Levanta la mirada, observa a Zev batiéndose contra la sombra, que se mueve rápida. Él logra predecir los ataques, evadiéndoles, mas siendo arrastrado cada cuando por el vacío que absorbe todo hacia sí.

La violencia en los movimientos de Zev le recuerda el peligro que cae sobre ellos. Mira sus músculos tensarse, deformándole la piel en extraños patrones; el sudor le escurre por el rostro y su trenza se balancea como una llama en el aire, al ritmo de la frenética danza que realiza. La espada atraviesa a la sombra, una vez tras otra, haciéndole desaparecer. Es entonces cuando el aire llora, porque solo así podría describir tal ruido, y después, el ataque. El mago reacciona al verle soltar la espalda y caer al suelo. Se mira levantantando ambos brazos hacia la criatura, poseído por una determinación desconcertante.

Destruir, crear y transformar. Los principios que rigen la interacción con la matriz son sencillos. Pero la sombra es más un hueco en la matriz que una parte de ella. Un vacío. Cualquier Saber Estructural sería inútil. “ Lo que no es, desea ser” , dice un viejo verso de estrofas apagadas, popular en La Ciudadela. Aunque allí nadie recita más. “Lo que no está, quiere estar”.

El viento cálido le acaricia el rostro, y él siente todo lo que es y está. Y es tan profundo y bello. La roca y la planta, el ave y el suelo. La sombra lo mira, inmóvil; de unas fauces inexistentes nace un grito agudo.

Él pronuncia la clave.

Y de pronto todo es.

Y de pronto todo está.

Donde antes había una sombra ahora hay luz. Donde el vacío, ahora la robustez de la existencia. Y Zev le observa desde el suelo. Sonríe al ver que el horror se difumina, poco a poco hasta desaparecer. El mago lo ve levantarse, buscando su arma. Es antes de que la encuentre que el peso de mil soles cae sobre los hombros del mago. El mundo gira, vertiginoso. Y siente su cuerpo convulsionarse sobre la arena. De entre la vorágine de dolor, unas manos ajenas le sostienen.

Y el mundo estalla en explosiones de luz y sufrimiento. Los horrores del mundo golpean su mente, uno tras otro, en un segundo. El rostro consternado de Zev le mira, un par de verdes lagos de desesperación. Solo espera perder el conocimiento. Morir. Pero no sucede.

El cielo diurno es azul y un halo de blanquitud se extiende hacia el horizonte. La tormenta se ha detenido y ahora el desierto se halla sumido en la quietud de un día soleado, caluroso. El aire sopla suavemente sobre su rostro, sobre el cabello de Zev y sobre la arena. Es un débil siseo en los oídos. En La Ciudadela nunca hay viento y el sol ilumina en otros tonos; quizá a modo de penitencia por pecados tan antiguos que trascienden todo registro, allí, la luz pintaba el cielo diurno de un color a la vez rojo, a la vez verde. Y el parpadeo azul de los faros le hacía frente con valentía.

Aquellos especialistas en el rotor y los muros, arqueólogos casi siempre, aseguraban que la cúpula incorpórea, que proporcionaban aquellos mecanismos, habría de enturbiar el firmamento sobre los cuerpos de sus habitantes. Tal que si de observarle a través de un cristal sucio se tratara.

Pero sobre la Galería y sobre la tierra que la esconde, el cielo apareció diferente. Junto con el azul cerúleo, el escozor helado que respondía a su uso del saber y se alojaba entre sus vértebras, había mermado, desapareciendo casi en su totalidad. Al interior de la distorsión, parece ocurrir lo mismo; el infinito firmamento abarca todo el panorama que puede observar desde el suelo. Siente la arena deformarse por sus pisadas mientras se apoya sobre Zev, arrastrando los pies y yendo con lentitud hacia el cobijo de un extraño cono; tela blanca, gruesa, sobre la que patrones de líneas se mezclan formando estrellas, lunas y soles. La luz muerde su cuello, sus orejas y su piel. El ardor se cuela por entre los cabellos y se le esparce por toda la coronilla.

El interior de la tienda es fresco y oscuro, pues apenas un fino cordón de luz se filtra a través de la abertura en la tela que hace de entrada. Por el contrario, la arena bajo su cuerpo está caliente y, en la oscuridad, resplandece con el mismo rumor lumíneo que los muros del laberinto, amarillos y quietos. El ligero calor, que irradia desde el suelo, no alcanza a aumentar la temperatura del nicho, un amplio espacio vacío, pero sí ayuda a devolver a su cuerpo la voluntad. Tras un rato, logra sentarse y observa a Zev, quien está sentado en el suelo frente a él.

—¿Ha terminado? —pregunta Zev. Y él no sabe si se refiere a la sombra, a la distorsión o a la propia vida—. Acabaste con esa cosa, ¿no es así?

—Eso parece —responde con voz queda el mago—. Ni siquiera sé que he hecho.

—¿A qué te refieres?

—Creo que solo deseé que desapareciera. Y se fue. ¡Pero tú y yo seguimos aquí! ¡Y el sol es cruel! ¡La sed es cruel y el cuerpo duele!

—Podríamos buscar el camino de regreso.

El azote de la sed se vuelve insoportable. Embota su mente y le hace doler, muy adentro. Sus labios sufren innumerables dagas invisibles y diminutas clavándose por toda su extensión, desgarrando la piel. Pero responde, con una voz mermada y apenas audible. Responde porque no quiere morir en silencio. No frente a Zev.

—No tengo a dónde volver —Un ataque de tos lo interrumpe.

—Está la Galería. Cuando una tormenta nos alcance…

—Los ancianos decidirán mi destino, ¿no es así? —Y clava su mirada en Zev, harto de aquella historia.

—Podrían permitir que te quedes —asiente, apenado, aturdido.

El mago se queda en silencio, mirando a veces a Zev, cuya expresión le es indescifrable y a veces a las líneas coloridas que adornan la tela que los cubre. Al soplar sobre la tela de la carpa, el viento produce un sonido suave.

—He de ir al sur —dice de pronto. Una mirada verde se posa sobre él, atenta.

—Hacia Guhr, ¿no?

Y entonces ríe ante esa idea. Pues ahora sabe que ahí no hay nada.

—Más aún —responde solemne—. Hasta que ya no sea posible ir más en esa dirección. Y aun así puede que deba ir más allá.

—Creo que mientes.

—Aunque lo hiciera —toma aire durante unos segundos, mareado—. Tú lo no sabrías.

En el rostro del cazador aflora la incredulidad. Y es que ningún hombre que viva ha de conocer la identidad de aquella ciudad perdida. Pues era posible que llegase al sur, y el Núcleo no se presentase a él. Había pasado antes. Y frente a ello, entendía a Zev, y en su corazón nacía la duda.

—La respuesta a la Degeneración está allá —trata de explicar—. Solo alguien que posea ciertos saberes podría llegar hasta allí. Y entonces tratar de revertirlo.

—Y tú los tienes —dice Zev, con sorpresa—. Así creaste el manantial y destruiste a esa bestia.

No responde, pues se supone que los conjuros fundacionales han de ser secretos.

—Te acompañaré, entonces —Ante el desconcierto del mago por aquella afirmación, continúa—: A excepción de Ma y Nowa, nadie me extrañará aquí. Además, si es posible terminar con la corrupción…

El mago sonríe, por aquella idea tan extraña. Y ahí nota el rostro ensombrecido de Zev; los ojos sumidos y sin brillo. La piel lastimada y el cabello polvoso, de un color apagado. Entiende que está muriendo, de sed o de algo más. Su rostro se hunde en una expresión de vacuidad que no puede interpretar como algo más que la sombra de la muerte. Lo ha arrastrado hasta el fondo de la distorsión solo para verle perecer. Se nota respirando con pesadez e impulsado por un terror desconocido, vuelve a pronunciar la clave.

Vio a Zev desvanecerse, como si cayese muerto sobre la arena. Después cayó él. Un golpe súbito le sume en la inconsciencia.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...