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Sangre del eclipse - Capitulo 1

fictograma [Unofficial] May 25, 2026
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—No puedo hacerlo —sollozó la diosa de la luna, apretando a la recién nacida contra su pecho mientras las estrellas observaban en silencio absoluto. Sus lágrimas caían como chispas plateadas que se apagaban al tocar la piel de la pequeña.

El dios del sol cerró los ojos, su luz eterna temblando por primera vez.

—Debemos —dijo con voz quebrada—. Si se queda… la matarán.

—¡No! —La luna sacudió la cabeza, abrazando a la niña con desesperación—. Podemos esconderla. Podemos ocultarla entre las constelaciones, entre las sombras del cielo. El Rey del Universo no tiene por qué saberlo.

El dios del sol levantó lentamente la mirada hacia el firmamento infinito.

—Él siempre lo sabe.

El silencio que siguió fue pesado, insoportable.

—Si la encuentran aquí… —continuó él, con una voz que parecía rasgarle el pecho— la arrojará al vacío.

La luna dejó escapar un sollozo.

—Es solo una bebé…

—Es nuestra hija.

Las palabras flotaron entre ellos como una verdad demasiado grande para el cielo.

La diosa de la luna acarició la mejilla de la niña con dedos temblorosos.

—Ni siquiera ha abierto los ojos para ver el mundo… —susurró—. Ni siquiera sabe quiénes somos.

El sol apoyó su frente contra la de la pequeña.

—Pero lo sabrá —dijo en voz baja—. De alguna manera… lo sabrá.

Las estrellas comenzaron a reunirse a su alrededor, silenciosas, compasivas. Miles de luces pequeñas descendiendo lentamente, como si también lloraran.

La luna abrazó a la niña con más fuerza.

—Quiero verla crecer —dijo entre lágrimas—. Quiero escuchar su risa. Quiero enseñarle las mareas, los secretos de la noche, las canciones que cantan los cielos cuando los humanos duermen…

Su voz se quebró.

—Quiero que venga a mi llamándome madre.

El dios del sol apretó los dientes.

Sus brazos, capaces de encender los días del mundo, temblaban.

—Si se queda… —dijo con dificultad— morirá frente a nuestros ojos.

La luna lo miró, con los ojos llenos de dolor.

—Debemos enviarla a la tierra donde caminan los humanos.

El sol guardó silencio.

Finalmente, él levantó la mano y la apoyó suavemente sobre el pequeño pecho de la niña.

Una luz cálida comenzó a arder bajo su piel.

La luna lo miró con alarma.

—¿Qué estás haciendo?

El sol respiró hondo.

—Dándole una parte de mí.

Una chispa dorada brotó de su propio corazón. La luz salió de él lentamente, como si de un enlace se tratara.

Cuando tocó a la niña, se fundió con su pecho.

El dios del sol cerró los ojos con un gesto de dolor.

—Te entrego la mitad de mi corazón —susurró—. Para que siempre encuentres la verdad. Para que el camino jamás se oculte ante ti. Para que, cuando el mundo sea frío y cruel… recuerdes el calor de tu padre.

La diosa de la luna comenzó a llorar aún más.

—Entonces yo también le daré algo —dijo.

Se quitó el manto que cubría sus hombros. Era una tela oscura como el cielo profundo, salpicada de un brillo suave que recordaba a la luz sobre el mar nocturno.

Con infinita delicadeza envolvió a la niña.

—Mi manto te protegerá —murmuró mientras besaba su frente—. Ningún mal podrá lastimarte. Ninguna oscuridad podrá devorarte mientras mi amor te cubra.

La bebé se movió ligeramente en sueños.

Una pequeña risa escapó de sus labios.

Los dos dioses se quedaron inmóviles.

—Escuché eso… —susurró la luna con una sonrisa rota—. ¿Lo oíste?

El sol asintió, con los ojos llenos de lágrimas que jamás caerían.

—Sí.

La luna volvió a abrazarla.

—Por favor… —dijo al sol—. Solo un momento más.

Él no dijo nada. Solo rodeó a ambas con sus brazos.

Pasó un instante.

Finalmente, ella sacó una delicada gargantilla de encaje negro.

En su centro colgaba un corazón extraño: negro como el vacío, con bordes dorados que parecían guardar una luz antigua en su interior.

Lo colocó en el cuello de la niña.

—Esto la encontrará cuando esté perdida —murmuró.

Las estrellas descendieron un poco más.

Era el momento.

La luna negó con la cabeza una vez más.

—No… por favor…

Pero el sol tomó su mano.

—Si la amamos… debemos dejarla vivir.

Ambos se inclinaron sobre la niña.

Sus labios tocaron su frente al mismo tiempo.

—Escucha nuestras voces, pequeña —susurraron juntos—.

Eres aquella que camina entre la luz y la oscuridad. Naciste de nuestro infinito amor. Y algún día descubrirás que solo tú puedes traer el equilibrio al mundo.

Las estrellas tomaron a la niña.

La luna se aferró a ella por un instante más.

—Espera —dijo desesperada—.

Besó la pequeña mano de su hija.

—Mi canto siempre te encontrará —susurró—. Siempre.

Entonces la soltó.

Las estrellas comenzaron a descender hacia la Tierra.

La luna cayó de rodillas y el dios del sol la abrazó con fuerza.

—Mi princesa, mi niña hermosa, le hemos perdido… —sollozó ella.

El sol apretó los ojos.

—No.

Miró hacia el mundo de los humanos.

—La hemos salvado. Ella se convertirá en un rayo de esperanza para ellos

Sus cuerpos se abrazaron con tal intensidad que sus luces se fundieron. El cielo se oscureció y un eclipse nació en el firmamento.

Muy abajo, a los pies de un viejo árbol de ramas caídas, las estrellas dejaron a la pequeña.

El mundo de los hombres dormía.

El viento recorría las Tierras Oscuras levantando polvo entre ruinas antiguas y templos olvidados. Donde antes habían ardido antorchas sagradas, ahora solo quedaban columnas quebradas y piedras cubiertas de sombra.

Un anciano caminaba entre ellas.

Su túnica estaba gastada por los años y el viaje, y en su cuello colgaba el símbolo del culto a los Astros Luminarios. Había pasado el rezando entre muros derruidos donde ya casi nadie recordaba a los dioses.

Sus pasos eran lentos.

Pero su voz seguía firme.

—Oh, Sol eterno… —murmuraba mientras caminaba por el sendero oscuro—. Aunque tus templos caigan y tus fieles olviden tu nombre, tu luz jamás dejará de guiarnos…

El anciano bajó la cabeza mientras continuaba su oración.

—No abandones a este mundo a la oscuridad que trae el regente.

El silencio lo envolvía todo. Hasta que algo lo rompió.

Una risa suave y pequeña.

El sacerdote se detuvo.

Sus cejas se fruncieron lentamente.

—¿…un bebé?

La risa volvió a escucharse, clara como una campana diminuta.

El anciano miró a su alrededor, confundido. Aquellas tierras estaban abandonadas. Nadie podría llevar a un niño a ese lugar.

Siguió el sonido con cautela, apartando algunas ramas secas mientras avanzaba hacia un viejo árbol de ramas caídas.

Entonces la vio.

Una pequeña criatura, envuelta en telas doradas y plateadas, descansaba entre las raíces.

El sacerdote abrió los ojos con incredulidad.

—Por los cielos…

Se acercó rápidamente y miró alrededor, girando sobre sí mismo.

—¿Hola? —llamó con voz firme—. ¿Hay alguien ahí?

Nadie respondió. No habia pasos alejándose. Ni una madre desesperada buscándola.

Solo el silencio.

El anciano volvió su atención a la niña.

La pequeña agitaba sus manos en el aire, como si jugara con algo invisible. Cuando lo vio inclinarse sobre ella, soltó otra pequeña risa.

El sacerdote sintió que algo en su pecho se ablandaba.

—¿De dónde has salido, pequeña?

La tomó con cuidado entre sus brazos.

En ese mismo instante, el cielo se oscureció un poco más.

El eclipse que aún persistía entre el sol y la luna dejó caer una luz extraña sobre el rostro de la niña.

La bebé abrió lentamente los ojos.

El anciano se quedó sin aliento.

Eran violetas.

Un violeta profundo, imposible, como si en su interior viviera el reflejo de un cielo que ningún humano había visto jamás.

El sacerdote sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Esto… —susurró— esto no es posible…

La niña lo observaba en silencio, tranquila.

Entonces el anciano notó algo más.

Sobre su pequeño pecho descansaba una carta.

—¿Qué es esto…?

Sosteniendo a la niña con un brazo, tomó el papel con manos cuidadosas.

El sello estaba intacto.

Durante un instante dudó.

Luego lo abrió.

Sus ojos comenzaron a recorrer lentamente las palabras.

Mientras leía, el viento sopló entre las ramas del viejo árbol, y el extraño corazón negro del collar brilló suavemente bajo la luz del eclipse.

Para quien encuentre a esta niña:

Si el destino ha guiado tus pasos hasta ella, te pedimos algo sencillo y a la vez inmenso: cuídala.

Sostén su mano cuando tropiece. Abrígala cuando el mundo sea frío.

Enséñale a reír, a preguntar, a descubrir las pequeñas maravillas que existen bajo el cielo.

No busques en ella lo que el mundo espera que sea. Permítele crecer libre, descubrir su propio camino y elegir quién desea convertirse.

En su interior habitan la luz y la oscuridad, y ambas son parte de su esencia.

Ámala sin intentar moldearla.

Protégela, pero no encierres su espíritu.

Guíala, pero no decidas su destino.

Porque llegará un momento en el que su camino le pedirá elegir.

Y cuando ese día llegue, lo único que necesitará haber aprendido es esto:

que fue amada.

Si puedes darle eso, será suficiente.

— Con gratitud eterna de quienes la aman más allá del cielo.

El anciano levantó la mirada hacia el cielo.

—Dios del Sol… —susurró, casi sin voz—.

Y por primera vez en muchos años… sus oraciones parecían haber recibido una respuesta.

En lo alto del cielo, el eclipse se deshizo lentamente.

Pero desde aquella noche, el sol brilló con un calor distinto… y la luna jamás volvió a ser completamente tranquila.

Porque en algún lugar del mundo caminaba su hija.

Y algún día…el universo entero tendría que recordar que incluso los dioses pueden romper las reglas por amor.

El anciano volvió a doblar la carta con cuidado.

Durante un largo momento permaneció en silencio, mirando a la pequeña que descansaba en sus brazos.

Luego levantó la vista hacia el cielo oscuro.

—Sea quien sea quien te haya dejado aquí… —murmuró— parece confiar mucho en el destino.

La niña lo observaba con aquellos ojos violetas profundos, tranquilos, curiosos.

El sacerdote dejó escapar una pequeña risa cansada.

—Bueno… supongo que ahora ese destino soy yo.

Acomodó mejor el manto que la cubría y comenzó a caminar por el sendero que lo llevaría de regreso a su humilde hogar.

Las ruinas quedaron atrás, envueltas en sombras antiguas.

La bebé se movió un poco entre sus brazos, y el anciano bajó la mirada hacia ella.

Sus ojos volvieron a atraparlo.

—Hmm… —murmuró pensativo—. Veamos… ¿Qué nombre podríamos darte, pequeña?

La niña agitó sus diminutas manos en el aire. El sacerdote sonrió.

—Tus ojos, sin duda, cautivarán a todos los que te conozcan… —dijo con suavidad—. Debería ser un nombre memorable… algo tan hermoso como ellos.

El viento comenzó a soplar suavemente entre los árboles. Arriba, las estrellas parecieron brillar un poco más.

El anciano frunció el ceño y levantó la mirada. La luna se alzaba en el cielo, silenciosa y brillante. Entonces el viento pasó a su lado, cálido, casi como una caricia. Y entre ese susurro leve…escuchó una palabra.

Layra.

El sacerdote se quedó inmóvil.

Su corazón dio un pequeño salto.

Miró alrededor, confundido.

—¿Hola…?

Nadie respondió.

Solo el viento moviendo las hojas.

El anciano volvió a mirar a la niña.

Ella lo observaba con la calma misteriosa de quien parece entender más de lo que debería.

El sacerdote entrecerró los ojos.

—Layra… —repitió en voz baja.

El nombre se sentía extraño y, al mismo tiempo, perfecto.

Una idea absurda cruzó su mente.

¿Y si…?

¿Y si aquella niña no era una humana ordinaria?

¿Y si los propios dioses…?

El anciano soltó una pequeña carcajada y sacudió la cabeza.

—Viejo tonto —murmuró para sí mismo—. Los dioses no se enamoran.

Miró otra vez a la bebé.

Sus ojos violetas brillaban bajo la luz de la luna.

El sacerdote sonrió con ternura.

—Está bien, pequeña —dijo finalmente—. Tu nombre es Layra.

La niña soltó un pequeño sonido alegre, casi como si aprobara la decisión.

El anciano continuó caminando por el sendero mientras la noche se cerraba a su alrededor.

Muy arriba, entre las estrellas, el sol y la luna observaban en silencio.

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