Hora Extra - Cap 007 - Enzo
fictograma [Unofficial]
May 24, 2026
El banco de la plaza San Martín ya no era un simple asiento municipal; a esta altura, era un parlamento clandestino. Habíamos llegado a un nivel de acostumbramiento físico donde las astillas de la madera ya nos reconocían como pares. El cielo estaba plomizo, con esa luz plana y aburrida que te hace cuestionar si son las tres de la tarde o el fin de los tiempos.
Ruan, que no puede concebir la inmovilidad motriz ni el silencio radial, tiró la primera bomba del día mientras le sacaba la etiqueta a una botella de agua mineral.
—Jazmín y Osman están en pareja.
Me quedé mirándolo. Intenté buscar el archivo mental en mi base de datos del colegio.
—¿La rubia alta con el lunar sexy y el de espalda de gorila?
—Sí y no —respondió Ruan, apuntándome con la tapita—. La rubia es Jazmín, pero el de espalda de gorila que decís es Murad. Osman es el que camina como si le debieran plata. Pero el punto es que Antonella y Gideon también andan de novios.
Pestañeé un par de veces, asimilando esa red de nombres que flotaban en los pasillos de Humanidades y Economía y que para mí eran figurantes de mi propia película.
—Okey… ¿a qué viene esto?
—A que hay una inflación de parejas, Ludovisi. El mercado afectivo de quinto año se está saturando. Si todos se ponen en pareja, el valor de la soltería debería subir por escasez de oferta, pero en realidad, te convierte en un activo devaluado.
—Todo es un Excel para vos, Ruan —suspiré, acomodando las piernas—. No es mercado, es biología. Hormonas y miedo a la soledad pre-universitaria. Aunque el concepto de elegir un “tipo” siempre me pareció restrictivo.
—Nada de restrictivo. Es segmentación. Yo, por ejemplo, evito el rubio platinado. Alto costo de mantenimiento y proyectan demasiada luz. Deslumbran el juicio. Prefiero el castaño.
—El castaño es un clásico —le concedí—. Es como leer a Dostoievski. Seguro, profundo, no pasa de moda y queda bien con cualquier bufanda en invierno.
—El rubio es un best-seller de verano que terminás regalando o usándolo para trabar la puerta —asintió Ruan—. Y a las pelirrojas directamente las categorizo como bonos basura de altísimo riesgo financiero y letalidad comprobada. Si invertís ahí, perdés la liquidez y las córneas.
—Trauma familiar detectado y anotado —dije, riendo a medias al pensar en su prima Zurin—. Igual, lo de las parejas en esta época es culpa de la inercia cultural. San Valentín pasó hace meses y la gente sigue con resaca de cartulina roja.
—San Valentín es una estafa piramidal orquestada por las florerías y la mafia del chocolate —saltó Ruan al instante, con los ojos brillando—. Encerramos un concepto abstracto como el “amor” en un oso de peluche relleno de polímeros que tarda cuatrocientos años en degradarse. El amor capitalista está matando a las tortugas marinas, Enzo.
—Admito que es filosofía barata —dije—, pero tiene su encanto. Esa obligación cívica de demostrar afecto con glucosa. Yo lo veo más como un poema malo que todos acordaron recitar para no sentirse excluidos del club.
—La poesía mala debería pagar impuestos —dictaminó él.
Hubo una pausa breve, cruzó un perro por delante nuestro. Se detuvo a oler la basura, se decepcionó y siguió caminando.
—Si tuvieras que invitar a una mina a salir… o mejor dicho, si tuvieras que huir del apocalipsis del oso de peluche, ¿en qué lo hacés? Auto o moto —disparó Ruan, saltando de vía neuronal con una brusquedad que me dejaba el cerebro patinando.
—Moto, sin pensarlo —respondí con una sonrisa, enderezándome un poco—. Una Triumph Bonneville. Motor a la vista, diseño clásico de los sesenta.
—Un ataúd con manubrio, Enzo. Pura estética, cero rentabilidad estructural.
—Es que en el auto sos un espectador de la realidad, Ruan. Estás encerrado en un microcine con olor a pino falso viendo cómo el mundo pasa por una pantalla de vidrio. En la moto, vos sos el mundo. Cortás el viento, sentís la vulnerabilidad, vibrás con el asfalto. Es la bossa nova de los motores.
—Vos y tu fetiche con el riesgo al aire libre —Ruan sacó el celular, deslizó el pulgar rápido y me lo puso en la cara—. Mirá. Porsche 911 Turbo clásico. Los ochenta, línea ancha atrás. Motor bóxer trasero. Eso es autoridad.
Miré la foto. Un auto gris plomo con forma de sapo hipercinético.
—Es una jaula muy cara —juzgué—. Una burbuja hermética de estatus económico para compensar inseguridades.
—Es un activo que se revaloriza, poeta de la tragedia. La Triumph se te raya si la miras fuerte. Con el Porsche blindás tu presencia. Te sentás, prendés el aire acondicionado y le demostrás a las fuerzas g de la naturaleza quién manda. La moto es de tipos que quieren que los maten y el auto es de tipos que compran el cementerio.
Ruan guardó el teléfono con la rapidez de un pistolero del oeste.
—Por cierto, hablando de transporte —continuó—. ¿Sabés cómo se despiden los químicos?
Lo miré, entrecerrando los ojos, calculando por qué la conversación de motores había derivado a la tabla periódica.
—Ni idea, Ruan. ¿Cómo?
—“Ácido un placer”.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo el ruido del tráfico lejano y la brisa agitando una rama pelada del roble.
—Ese chiste acaba de reducir mi cociente intelectual en quince puntos porcentuales —le dije, inexpresivo.
—Es humor de nicho. Eficiencia fonética pura.
—Es humor que amerita una suspensión en el sistema educativo.
Volví a mirar la avenida. El 132 todavía no aparecía. Decidí que era el momento perfecto para ver hasta dónde llegaba la madriguera del conejo. Si hace unos días creía que las aves eran drones de vigilancia impositiva, hoy iba a someter a Ruan al test de paranoia definitiva. Me incliné hacia adelante, junté las manos como si estuviera a punto de hablar de un tema de Estado y lo miré fijamente.
—Ruan —empecé con voz seria.
—Diga, señor de las motos y las muertes trágicas.
—Solo para mi registro personal y estadístico… ¿Vos creés que el hombre de verdad llegó a la Luna?
Ruan no parpadeó. No cambió de postura. Me devolvió la mirada con una condescendencia helada, como si yo acabara de preguntarle de qué color es el agua transparente.
—¿Sos de los que creen que la Luna es de verdad? —me contestó.
Mi cerebro se detuvo. Los engranajes, de golpe, no tenían más dientes. Trac, trac, trac. Se ahogaron. La frase resonó en mi cabeza haciendo un eco absurdo.
¿Que la Luna es de verdad?
Parpadeé lentamente, sintiendo que la tela misma del espacio-tiempo de la plaza San Martín se desgarraba frente a mis ojos. Quería retrucar, pero no había réplica posible en el lenguaje humano conocido que contrarrestara esa afirmación.
—Es un proyector holístico instalado por los suizos en 1950 para regular las mareas y justificar los recortes de presupuesto naval —continuó Ruan, con una naturalidad insultante, como si leyera el informe del clima—. Por eso los gringos armaron todo el circo de la bandera. Necesitaban tapar que la bombilla principal de la Luna tenía un falso contacto en el Mar de la Tranquilidad.
Silencio. Yo seguía mirándolo.
—Fijate a la noche, Ludovisi —agregó él, acomodándose la mochila entre los pies—. Tiene menos de treinta frames por segundo. Hay lag visual en la fase lunar. Es obvio.
Ahí a lo lejos apareció el 132. Frenó en la esquina anterior y levantó pasajeros. Suspiré. Nunca había estado tan agradecido de ver esa chatarra rodante con motor humeante.
Me levanté despacio.
—Cambié de opinión, Ruan —dije, sintiendo mi derrota lógica—. Llevate la guitarra nomás a la isla desierta. Ya tocaste mi cordura y no desafinaste nunca.
—Te falta salir de la Matrix literaria, Enzo. Y abrí los ojos esta noche. Ojalá las nubes te dejen ver los píxeles muertos.
Me colgué la mochila de un solo lado, caminé hacia la parada y me quedé esperando en el cordón. Me di la vuelta un segundo. Ruan ya estaba sacando la llave para cruzar hacia la persiana del “Café de las Flores”. Un tipo que consideraba a las novias pelirrojas bonos basura, creía que las motos eran ataúdes y juraba por su vida que nuestro satélite natural era un proyector marca Phillips fabricado en Ginebra.
El colectivo abrió sus puertas con un chirrido agónico. Subí, pagué mi pasaje con ese sonido eléctrico que me devolvió al plano terrenal, y busqué un asiento del lado de la ventana.
A la noche iba a mirar al cielo. Solo por las dudas.
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