HIPOTERMIA
Mnemosyne : /mnɛ-mó-syː-nɛ/
Mnemosine era la diosa griega de la memoria y los recuerdos. Personificaba todo lo que debía ser recordado y guardado, desde hechos históricos hasta experiencias personales. Era la madre de las Musas, quienes transmitían el arte, la música y la poesía, vinculando la inspiración con la memoria. Se la invocaba para recordar con claridad y preservar el conocimiento, y era considerada la fuente divina que conectaba el pasado con el presente a través de la memoria.
CAPÍTULO 1: SPAM
Ni siquiera era tan tarde cuando me desvelé, el reloj no daba las siete y yo ya estaba bajo la ducha con el agua caliente recorriendo mi espalda. Siempre sienta bien en invierno, salvo cuando al termostato se le va la olla y decide echar agua hirviendo, aun así no lo cerré, al fin y al cabo el contraste de temperatura era mejor que recordar que estaba en números rojos por no pagar el alquiler.
Y aun sin salir de la ducha, el vaho del espejo empezó a pesarme tanto como los pensamientos que trataba de ahogar bajo el chorro. El móvil vibró sobre el mármol del lavabo, una vez, dos veces, tres veces, sabía que era el nombre de Valeria el de la pantalla, pero me quedé inmóvil, dejando que el agua me borrara la cara antes de tener que inventarme una excusa. Intenté limpiar el cristal empañado con mi mano cuando mi mirada chocó con el cepillo de dientes que él se había dejado en el vaso hace semanas. Seguía ahí, seco, recordándome un silencio que ya duraba demasiados días y que me negaba a romper. Sabía perfectamente qué era lo que pasaba, pero ponerle nombre era como hacerlo real, y yo solo quería que el agua siguiera quemándome hasta que no quedara rastro de estos recuerdos.
En cuanto el agua comenzó a enfriarse de verdad, salí de la ducha, estuve un buen rato para secarme el pelo, cogí las cosas de la universidad y salí de mi piso intentando no hacer ruido, irónico sabiendo que vivo sola. Fuera hacía frío, más de lo habitual, el típico que te deja las manos tan cortadas que parece que en cualquier momento van a sangrar. Me senté en la parada del autobús, mientras mis dientes chasqueaban sin parar, me pasaba siempre que me ponía a tiritar por el frío, hubiera seguido recordando cómo estaba el día si no fuera porque un anuncio me iluminó la pantalla del móvil: “Mnemosyne: revive cualquier recuerdo tal y como fue”
Le di poca importancia, simplemente deslicé con el dedo, pero me volvió a salir, esta vez en vídeo. Había personas con algo en la cabeza, algunas sonreían, otras lloraban o incluso se reían.
—Qué tontería —murmuré.
Y, aun así, lo abrí.
El anuncio hablaba de cómo nuestros recuerdos podían estar distorsionados por la manera en que vivimos ahora. Presentaban una solución, la Mnemosyne, asegurando que era completamente segura y que habían trabajado con los mejores neurocientíficos para confirmar que era posible revivir los recuerdos como si los estuvieras viviendo de nuevo. El frío me recorrió la espalda.
Pensé en esas risas que ya no escuchaba.
Pensé en los cumpleaños que ya no podíamos celebrar.
Pensé en él.
Cerré inmediatamente el anuncio. Me subí al autobús y me senté al lado de la ventanilla. Sentí el cristal helado cuando apoyé la frente. Me intenté convencer de que solo era publicidad bien hecha. Pero durante todo el viaje hasta la universidad mi cabeza no paraba de repetir la misma frase del vídeo: “Hay cosas que solo se entienden cuando las vuelves a sentir”. Y por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien le ponía palabras a algo que me llevaba años atormentando.
CAPÍTULO 2: DRENAJE
Llegué a la universidad con la sensación de estar andando sin rumbo. Caminaba por los pasillos, chocándome cada dos por tres con los otros universitarios, mi mente estaba ocupada, como si hubiera descubierto algo que necesita explorar.
—¡Anda! Si al final has decidido salir de tu piso. ¿Preparada para el examen? —comentó Valeria nada más verme.
—Supongo —dije, forzando una sonrisa.
Valeria se sentó a mi lado, sacó sus apuntes y, sin embargo, enseguida se puso a hablar de sus planes para el fin de semana o de cómo deseaba tener novio. Yo trataba de repasar las fórmulas y las definiciones, obviamente sin poder retener nada, como cuando intentas coger algo con las manos pero hace demasiado frío, tenía la sensación de que algo me estaba llamando desde algún lugar invisible.
—¿Estás bien? Pareces distraída —preguntó Valeria mirándome con preocupación.
—Solo cansada, estos días son un coñazo, voy a acabar muerta —dije cerrando la libreta.
El examen pasó en un abrir y cerrar de ojos. Entregué el papel sin saber muy bien qué había escrito y, aunque había cumplido con la obligación, mi mente ya estaba en otra parte. En lugar de escoger el camino habitual a casa, mis pies me llevaron por inercia hacia la tienda de electrónica del centro. Me detuve frente al escaparate, evitando mirar mi propio reflejo, y busqué el rincón más aséptico del local. Allí estaba, bajo una luz blanca que hacía que el plástico pareciera hueso, la Mnemosyne. El casco descansaba junto a un frasco de cristal con el nombre de líquido cefalorraquídeo, brillaba con una elegancia médica y cruel. Lo agarré con la mano y sentí todo su peso, era el peso exacto del alquiler del mes que viene. Al pasar la tarjeta por el lector, sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Estaba comprando una salida de emergencia de mi propia vida, y mientras caminaba de vuelta, el vértigo en el estómago me recordaba que, tras ese cristal, ya no habría vuelta atrás.
En cuanto llegué a mi casa leí las instrucciones sin pestañear, decían que para evocar tus recuerdos con fidelidad total, debía utilizarse líquido cefalorraquídeo propio, ya que contenía las señales químicas que reflejan cómo se conectaron las neuronas al vivir un recuerdo. La Mnemosyne podía leer esas señales y recrear las mismas conexiones neuronales en tu cerebro, permitiendo experimentar el recuerdo exactamente como se sintió en ese momento. Mi corazón se estaba acelerando, ¿yo misma tenía que extraer líquido cefalorraquídeo? El miedo y la fascinación se mezclaban, y durante un instante sentí que todo estaba fuera de control.
—No puedo creer que esté haciendo esto —susurré, mientras miraba el frasco transparente.
Cogí la jeringuilla, me senté en la taza fría del váter, incliné mi cabeza hacia delante y doblé la espalda. Sentí un escalofrío cuando noté la punta de la aguja sobre mi piel. Respiré profundo, con el corazón a punto de estallarme y pensé en parar, pero no lo hice. Apreté los dientes, aguantando las ganas de vomitar por la presión en la base del cráneo, y empujé un milímetro más. Entonces, el vial empezó a llenarse lentamente con un líquido blanquecino, acuoso, denso. Aun todo saliendo bien, sentí una brisa fría junto con un vértigo extraño, ese líquido no era biología, era la llave hacia algo que jamás habría imaginado.
CAPÍTULO 3: CONSANGUÍNEO
Nada podía deshacer lo que había hecho, el frasco estaba en mis manos, casi como si no fuera nada importante. Lo introduje en el compartimento lateral de la Mnemosyne, tal y como indicaba en las instrucciones, haciendo un pitido suave, y encendiéndose una luz azul casi amigable. Me senté en la cama con la máquina preparada, las manos me temblaban casi sin control y el pulso se me volvió a acelerar.
—Un recuerdo nada más —me prometí a mí misma.
Ajusté el casco sobre mi frente húmeda y cerré los ojos. Al presionar el botón, un cosquilleo eléctrico me recorrió las sienes, seguido de un silencio tan grande que podía escuchar mis propios latidos. Por un segundo el mundo estalló. No fueron imágenes, fue el olor lo primero que llamó la atención, el aroma característico a bancal húmedo tras la tormenta, tan real que el aire de mi habitación desapareció. Pestañeé y el sol de mediodía me cegó, obligándome a casi cerrar los ojos mientras sentía la aspereza de la madera de un banco bajo mis muslos ahora de niña.
—Mira, mira —dijo una voz a mi lado.
Giré la cabeza y lo vi, con sus rodillas raspadas y su sonrisa de pillo de estar a punto de hacer alguna tontería, era mi hermano, en carne y hueso, demasiado real. El aire se me quedó en el pecho, sentía la emoción infantil, la ausencia de preocupaciones, sin universidad, sin problemas con mi novio o con el dinero.
Quise hablarle, decir su nombre, tocarle el hombro, subirlo a coscoletas, pero algo dentro de mí sabía que no podía cambiar nada. Mi papel era observar, sentir y recordar.
Él se levantó de golpe, y yo, en un intento de seguirle, resbalé. Mis pies no tocaron el suelo, y me di un golpe seco contra el suelo cuyo dolor me recorrió todo el hombro, ese dolor se sintió tan real que me dejó sin aliento.
Intenté levantarme, pero de repente el recuerdo comenzó a desvanecerse, sentía un miedo instintivo, como si me estuvieran quitando algo. La luz fría de mi habitación se empezó a ver poco a poco, pestañeé y volví a estar donde siempre, me “desperté” si es que se puede decir así, con la cara húmeda, una sonrisa involuntaria y un dolor en el hombro, un dolor de verdad, sin embargo, no había ni herida, ni sangre, ni morado; la mente no diferenciaba recuerdo de realidad y estas eran las consecuencias.
Pero necesitaba eso, quería volver a experimentarlo.
—Otra vez, solo una vez más —susurré.
Y fue ahí, antes de volver a colocarme el casco, que comprendí que eso no era solo una máquina.
Era una puerta y yo había aprendido a abrirla.
CAPÍTULO 4: QUIEN TIENE UN AMIGO…
Me iba a volver a poner el casco por quinta vez, habiendo prometido varias veces que iba a ser la última, pero de repente sonó la puerta.
—¿Estás en casa? ¿Puedo entrar? —preguntó Valeria con cierta preocupación.
—Claro, pasa —respondí mientras le abría la puerta.
—Veo que has estado en tu rollo de científica loca, ¿otra crisis? —dijo Valeria tras ver el alboroto del piso.
—No, solo estoy probando algo —sostuve.
—Bueno, yo he venido a decirte que tu novio se ha pasado por mi casa esta mañana, me ha preguntado que si estabas bien, que ya no le hablas mucho, me pidió que me acercara —confesó Valeria con media sonrisa incómoda.
—Es complicado, Valeria —expresé apartando la mirada.
Se hizo un silencio incómodo hasta que Valeria se fijó en la Mnemosyne.
—He visto anuncios de eso, ¿funciona de verdad? —preguntó Valeria con curiosidad.
—Es raro, yo diría que es como volver a revivir un recuerdo —comenté.
—¿Puedo probarlo? —dijo Valeria entusiasmada.
La idea me aterraba y entusiasmaba a la vez, pero necesitaba compartir esto con alguien.
—Venga, siéntate y te coloco el casco —le dije mientras se sentaba.
—¿Eso que tienes ahí para qué es? —me preguntó mientras veía la jeringuilla que tenía en la mano.
—Espérate que vas a notar un pinchacico de nada —le dije mientras pensaba lo fácil que era que te lo hiciera otra persona.
Valeria se sumergió en sus recuerdos, yo me senté al lado y la observé, vi cómo se movía ligeramente, como cambiaba su respiración, me quedé impresionada al ver como el cuerpo reaccionaba como si fuera real al revivir un recuerdo.
—Me lo he pasado muy bien —comentó Valeria después de probar la Mnemosyne y antes de salir por la puerta.
—Yo igual, Valeria, y gracias por comentarme lo de mi novio, ahora no estamos pasando por un buen momento, pero seguro que lo conseguiremos superar —le expresé con sinceridad antes de que se fuese.
Cuando la puerta se cerró, me giré e instintivamente mi mirada se dirigió a la mesa donde estaba la Mnemosyne. Allí estaba mi frasco, y ahora no estaba solo, también estaba el de Valeria bajo la luz del flexo. Dos frascos, dos mundos enteros, mundos que yo ahora era capaz de revivir. Volví a ponerme la Mnemosyne pero ahora en vez de coger mi frasco mi mano se fue al de Valeria.
CAPÍTULO 5: …TIENE UN TESORO
Me senté en la cama y me puse la Mnemosyne, pero esta vez con el líquido cefalorraquídeo de Valeria, era hora de experimentar si, aunque no fueran mis recuerdos, podría revivirlos. Yo no tenía derecho a hacerlo y lo sabía perfectamente.
La encendí y noté un cosquilleo un poco más intenso que con mi propio líquido. Nada más pestañear aparecí en su salón frío, con la luz cálida del mediodía, la textura cómoda del sofá casi adormecedor y el aroma a café recién hecho.
A Valeria no le gusta el café, ella lo odia. De repente, se escuchó el gorgoteo de la cafetera y tras ella una voz grave que provenía desde la cocina. Sentí lo mismo que Valeria en ese momento, nervios, expectación y un conjunto de sentimientos que no era capaz de identificar. La puerta se empezó a abrir, y vi el calendario colgado, era ¿esta mañana?
El corazón de Valeria, que en ese instante era el mío, se aceleró violentamente. Él entró con esa seguridad descuidada que en su momento me había hecho reír, pero esta vez su sonrisa no me pertenecía. Sentí el calor subiendo por las mejillas de Valeria, una anticipación que me recorrió la piel como un veneno.
Lo inadmisible no fueron sus actos de intimidad, fue sentir en primera persona cómo Valeria se inclinaba hacia él, cómo su respiración iba al compás de la suya en una sincronía perfecta que yo ya no recordaba tener. Experimenté el deseo de mi mejor amiga por el hombre que antes me esperaba en casa. Cada acción de ellos era un ladrillo más en el muro que me separaba de mi propia cordura.
El escalofrío que me recorrió no fue por el cambio de temperatura del cuarto, sino por la náusea de vivir una traición desde dentro. Quise cerrar los ojos, arrancar el casco de mis sienes, pero la Mnemosyne me obligaba a devorar cada gramo de su placer. Estaba atrapada en el cuerpo de la mujer que acababa de derrumbar mi mundo.
El recuerdo comenzó a desvanecerse, la habitación se volvió borrosa y la luz fría de mi habitación comenzó a cegarme, me quité el casco con las manos heladas y el corazón encogido. No había señales físicas de lo que acababa de pasar, solo un nudo en la garganta lleno de incomodidad que no se iba ni queriendo.
Abrí mis ojos húmedos, pero sin lágrimas aún, y pude ver los frascos de la mesa, dos mundos con recuerdos que podía revivir, con secretos que nunca habría querido ver.
Y por primera vez desde el accidente de mi hermano, volví a sentirme así, todo había cambiado, mi confianza, mi memoria, mi única amiga, mi novio. A partir de entonces, mi existencia quedó anclada a la anamnesis, siendo ahora los recuerdos ahora un arma de doble filo, un veneno mitridático.
Fue tal la rabia que llegué a sentir que empecé a destrozar mi habitación, rompí los apuntes, tiré todo lo que tenía en la cama y, de repente, sin querer o tal vez con la intención, rompí un frasco de líquido cefalorraquídeo.
Entre los cristales rotos y el líquido derramado entendí que, si los recuerdos son los únicos que pueden decir la verdad, entonces había una que no podría saber nunca, la verdad de mi hermano.
CAPÍTULO 6: HEMOLISIS
El arrebol del crepúsculo era lo único que me acompañaba, salí a la calle con la intención de despejarme antes de decidir si devolver la Mnemosyne. No tenía una dirección fija, tan solo andaba notando como cada paso empezaba a parecer más pesado. Entonces la vi, me encontré con Valeria. Andaba sin ganas y por su cara no era muy difícil distinguir que había estado llorando. Se paró cuando me vio, cambiando rápidamente la expresión y volviendo a esa sonrisa típica suya, o al intento de ella. Pensé en ignorarla, en hacer como si no la tuviera delante, pero algo me estaba diciendo en mi interior que no podía seguir huyendo.
—¿Desde cuándo? —pregunté con tono frío, conteniendo el temblor de mi voz real.
—¿Qué? ¿De qué hablas? —respondió asustada, casi dándose cuenta de lo que pasaba.
—¿Desde cuándo él? No me mientas, sabes perfectamente a lo que me refiero —aclaré, sintiendo como el frío me quemaba la garganta.
—Yo no —dijo tragando saliva mientras estaba a punto de saltársele las lágrimas.
Valeria no terminó la frase cuando yo no pude soportarlo más, no quería seguir escuchándola, empecé a correr, sin rumbo. Aunque por mucho que corriese, no podía huir de mi propia vida. Valeria no me siguió, se quedó en el suelo sollozando. Mis pies me acabaron llevando al insólito lugar en el que estaba el único que alguna vez me había comprendido, donde reposaba mi hermano, había llegado al cementerio. Cuando tengo la sensación de que todo se me está yendo de las manos, lo que solo me ayuda a sentir de nuevo el control es hablar con la tumba de mi hermano. Encontré su tumba, de madera, con su nombre grabado, enterrado bajo la tierra, lo único que me pude permitir pagarle para que su cuerpo tuviese un lugar digno en el que descansar. Me arrodillé y empecé a contárselo todo, la universidad, el dinero, mi novio, Valeria. Le conté lo cansada que estaba, lo sola que me sentía sin él. Todo como si él pudiese oírme.
Y ahí recordé nuestra última conversación, yo gritándole porque siempre iba a su bola, él reprochándome que no tenía ni idea de nada por lo que estaba pasando y que estaba harto de todo y de todos. Y se fue, cerró la puerta y la conversación finalizó mal por el orgullo de ambos. Y poco después me llegó su notificación: “Perdón por lo de antes. Cuando vuelva te lo cuento todo, ¿vale? Eres la única en la que confío”. Pero nunca volvió, todo por estrellarse con la moto, por querer venir más rápido de lo que debía. Entonces, mientras recordaba la escena, una idea fugaz se me pasó por la mente tras ver la tierra húmeda y fría que estaba entre el cuerpo de mi hermano y yo.
Saqué la jeringuilla y no pensé en lo que estaba haciendo, solo necesitaba saber, y verlo todo desde el punto de vista de mi hermano, era la única manera de revivirlo, aunque solo fuera en mi mente. Quité la tierra con las manos, aunque sin ser capaz de asumir que fueran las mías, mientras se me quedaban trozos dentro de las uñas, ahora negras. La madera barata cedió con un crujido. Lo vi, ahí estaba su cuerpo en estado de descomposición, aunque aún reconocible. Un cadáver profanado que ya no recordaba risas ni calor, una piel tensada por el frío, unos labios partidos impotentes por susurrar secretos inefables. No sabía que sentir.
Cogí la jeringuilla y se la clavé casi sin mirar, mucho más fácil que con piel eudérmica, y entonces se empezó a llenar, algo rojo enturbió el vidrio, era su líquido cefalorraquídeo teñido por el carmesí de la hemolisis de los glóbulos rojos durante el accidente, acentuado tanto por los procesos post-mórtem como por el casi avanzado estado de descomposición.
CAPÍTULO 7: HIPOTERMIA
Lo tenía en mis manos, el líquido cefalorraquídeo de mi hermano. Me fui corriendo instantáneamente tras ser consciente de lo que acababa de hacer; pero lo hecho, hecho está. Lo dejé ahí fuera, profanado, habiendo interrumpido su reposo y todo por mi deseo egocéntrico de recordarlo. En el camino a casa notaba las miradas de la gente, miradas que se sentían como condenas por mis actos, aunque yo fuera la única conocedora de mis pecados.
Abrí la puerta de mi casa tras varios intentos de meter la llave, todo por culpa de mis manos temblorosas, no por el sentimiento de culpabilidad de lo que había hecho, sino por la anticipación de mi mente ante todas las posibilidades que se ocultaban tras el líquido cefalorraquídeo de mi hermano. El reloj no daba las tres de la mañana y yo ya me estaba dando una ducha con agua fría para quitarme la tierra, sin esperar a que el termostato empezase a calentar el agua.
Inserté el vial carmesí en la Mnemosyne. El dispositivo emitió un zumbido agudo, una queja mecánica ante aquel fluido denso y contaminado. Al pulsar el botón, no hubo una transición suave, el mundo estalló, como si mirara a través de una herida. La luz azul de la máquina parpadeaba con violencia. De pronto, el olor a gasolina y asfalto inundó mis sentidos, y me vi a mí misma desde sus ojos, gritando palabras que ahora, con su arrepentimiento fluyendo por mis venas, me quemaban como ácido. Conforme avanzaba la conversación me iba percatando de todo lo que había sufrido mi hermano, empecé a empatizar con él, al fin y al cabo la situación de mi hermano en ese momento no era tan dispar de la mía actualmente, el dinero, la universidad, la soledad…
Noté como al salir mi hermano de la habitación le recorrió un profundo arrepentimiento, arrepentimiento que más tarde le impulsaría a escribirme esos mensajes. Tras una larga tarde de reflexión, decidió que necesitaba solucionarlo todo lo antes posible, no podía perder a la única persona que realmente le comprendía. Se montó en la moto, se abrochó el casco, metió la llave y casi inmediatamente escuché el ruido característico del tubo de escape sin silenciador de su moto, uno tan nostálgico como aterrador. Nada más arrancar la moto, volví a sentir como el recuerdo empezaba a desvanecerse, tal y como había sentido antes al empezar a volver a la realidad, pero esta vez me negaba a volver. No quería abandonar y no ser consciente de lo que le pasó por la cabeza en sus últimos momentos, era como dejarle morir otra vez, no podía repetir esa misma sensación, no de nuevo. El viento me daba en la cara más rápido de lo normal, estaba sobrepasando el límite de velocidad, la sensación de impaciencia predominaba sobre cualquier otra emoción.
Y entonces ocurrió, mientras trataba de adelantar por el carril izquierdo, un coche realizó la misma maniobra, provocando el choque. Volé, durante menos de un segundo, eterno. Instantáneamente, mi mente y cuerpo disociaron, en un momento en el que debería estar pensando en todo, mi consciencia se quedó congelada en un blanco cialítico. Poco después sentí la abrasión del asfalto, y como mis huesos se fracturaban perforando mis órganos internos. Mi corazón intentaba bombear una sangre que mi cerebro creía que perdía.
Entonces todo se empezó a desvanecer, no estaba la luz fría de mi habitación, tan solo un dolor paroxístico en mi cabeza, era lo único que podía sentir. Ni siquiera notaba mi propio calor corporal, que se iba desvaneciendo lentamente, siendo el último atisbo de calidez que le quedaba a mi cuerpo por abandonar antes de anclarme al invierno eterno.
CAPÍTULO 8: AUTOPSIA
Policía Nacional Brigada de Policía Científica Comisaría Provincial de Murcia Número de informe: PCF-2026/0147 Fecha: 18 de febrero
Muerte cerebral por causa neurológica indeterminada.
El cadáver se encontró en el domicilio habitual de la fallecida. El cuerpo se halló en reposo sin alteraciones en el entorno inmediato que sugirieran la intervención de terceros.
El hallazgo fue realizado por una conocida de la víctima, Valeria Martínez, quien manifestó haber acudido con la intención de hablar con la víctima en la madrugada del 18 de febrero tras no haber recibido respuesta a intentos previos de contacto. La testigo declaró que no se habían detectado signos de entrada forzada ni indicios de intervención externa en la vivienda.
A falta de estudios médicos forenses adicionales, el fallecimiento se considera compatible con una muerte natural de origen neurológico. Sin embargo, se informó que aun estando la calefacción del piso encendida, la joven se encontraba inusualmente pálida, el cadáver conservaba un frío glaciar, como si tras morir hubiera congelado el tiempo de aquella habitación.
Cabe recalcar que en la morgue, el operario encargado escuchó una anomalía sonora, el chasquido de unos dientes de alguien tiritando. El cristal de la cámara frigorífica donde se encontraba el cadáver amaneció empañado desde el interior. Este caso será recordado.
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