EL MAGO. Segunda Parte - XI
fictograma [Unofficial]
May 15, 2026
Caminaron durante un buen rato, tanto que los pies comenzaron a dolerle. Los muros se habían tornado grises; compuestos por enormes bloques oscuros de una piedra porosa y húmeda, que volvía aún más lóbrego el lugar. La luz roja, a veces verde, a veces rosa, emana en silencio desde los varios apliques que iluminan el pasillo, ahora ancho y a resguardo de recias columnas y pesados arcos que se alzan por sobre el suelo de roca pulida. Y es que el olor del aceite al quemarse, el sonido de los pies sobre el uniforme suelo y el eco mismo de los pasos le son tan familiares que, por un momento, cree que todo ha sido un sueño y ha despertado, de pronto, en uno de los pasillos de su viejo hogar.
El combustible que permite arder a las antorchas que iluminan la academia se reemplaza cada seis noches. La tarea se rota entre todos, sabios, alquimistas y científicos; a veces, los astrónomos ayudan, diligentes. Los alquimistas eran ingeniosos y, cuando era el turno de alguno de ellos para cambiar las mechas y rellenar los depósitos de aceite, agregaban minerales pulverizados junto con una suerte de cosas más. Podría ser algún juego propio de su gremio, porque el fuego cambiaba de color gracias a ellos. Eran muchos, una profesión común y necesaria. Había varios que serían de su misma edad, también aprendices de un arte. Los científicos eran tantos menos, rara vez se les veía por los jardines y patios del edificio.
La antigua fortaleza que ocupa la academia se ubica en la parte norte de La Ciudadela. Más hacia el norte solo es posible encontrar los cultivos de grano, la torre de observación de los astrónomos, en donde pasan recluidos casi toda su vida y, al final, el muro septentrional.
Un amplio patio central, en forma de heptágono, sirve como espacio común para residentes y visitantes. Un grueso obelisco de piedra blanca al centro de la explanada; los tabúes grabados en letras doradas sobre toda su superficie. Un recordatorio del control del dogma.
Por sobre todo ello, tejas rojas coronan las torres, perforadas por amplias ventanas rectangulares, algunas sin cristales, otras adornadas por coloridos vitrales. Desde el patio, se pueden observar los portones que dirigen hacia el jardín de cada gremio, los cuales rodean a la academia,
En el jardín de los sabios, arbustos enanos, amarillos y raquíticos se alzan sobre el pasto dorado, de cuerpo frágil, sediento y quebradizo. También hay unos pocos árboles, sin hojas y con los troncos faltos de vida; los más grandes rodean a una gran fuente por la cual nunca fluye agua y, en cuyo centro, una enmohecida estatua del Santo Pólux se erige.
Es tradición de los gremios levantar elegantes estatuas de sus miembros más notables. Cuerpos y rostros esculpidos en una roca blanca y tersa, brillante. Aunque él nunca había visitado los jardines de los alquimistas y de los científicos, tenía la certeza de que habrían de tener en sí varias estatuas. Pero ese derecho no pertenecía a los sabios, y todo mundo lo sabía. El rostro del hereje no se inmortaliza, se olvida.
Sale de su estupor, aludido por la voz de Zev y el eco que a esta responde. El pasillo sigue amplio, quieto y vacío.
—Nunca había visto un sitio así —suspira, mirando con interés la construcción de las paredes, del techo. Observando, incrédulo, el inusual fuego.
—Es mi antiguo hogar —explica el mago. Aquellos ojos verdes le observan, perplejos y el continua, abatido—. O una copia de él.
Zev no dice nada, aunque puede sentir que no ha quedado satisfecho con su respuesta. La sed es cruel y los golpea a ambos con fuerza. Así que dejan de hablar entre sí, manteniendo la vista al frente y la mente tan serena como les es posible. Si enloquecen, la distorsión habrá ganado.
Los pasillos se alargan hasta el infinito. A veces aparecen escaleras enormes, de escalones anchos y salas majestuosas, con barandales finamente tallados. A veces son estrechas escaleras de caracol, elongadas a través de tristes pasadizos, de escalinatas diminutas y oscuridad constante. El mago duda, pues reconoce cada una de las paredes, puertas y ventanas y, aun así, es incapaz de aceptar el lugar como familiar, tal que fuese la primera vez que estuviera ahí. Muy en el fondo, percibe la incorporeidad de todo lo que sucede, aferrándose a esa emoción para no perder el juicio.
En esta parte de la academia las ventanas son delgadas y apenas más cortas que la pared misma; complejos arreglos geométricos, de distintas piezas de vidrio de mil colores, aíslan al interior. La luz entrante, en cálidos haces, proyecta sobre el suelo indescifrables pinturas que serán borradas con la puesta del sol. Si es que el sol se pondrá algún día. Allí era imposible saberlo.
Alcanzaron el origen del gradiente energético al final de un ancho corredor, ubicado en una de las plantas superiores. El piso contrasta, disonante, compuesto por cuadrados negros y blancos de cerámica, intercalados entre sí. Tras subir unos últimos escalones, admiran los barrocos candelabros de cobre que cuelgan desde el techo, el cual sea el más alto que cualquiera de los dos haya visto en su vida. Abovedado y terminado en una punta, gigantescos mosaicos adornándole.
La estancia es circular y a lo largo de la pared, complejos vitrales se distribuyen. Entre cada uno de ellos, gruesas columnas cuadradas sostienen la bóveda, extendiéndose hasta poco antes de empezarse a curvar el techo. Unas gruesas puertas de madera negra ocultan la salida. Nota a Zev observándole, justo como aquel momento en que tocó su cabello, como si de una bestia se tratase.
—Tiemblas —Le señala—. ¿Tanto miedo tienes?
—No he de mentirte —responde el mago—. Es aterrador. Pero hay que hacerlo, ¿no es así?
Zev sonríe a modo de respuesta y entonces abre las puertas, desde las que una cegadora luz los cubre; es el primero en atravesar. Él lo mira desaparecer en aquel resplandor y, tras un instante de duda, atraviesa detrás suyo.
La arena se le mete en los ojos, nublando un paisaje de por sí confuso. Cuando voltea, para observar cómo es la falsa academia por fuera, la puerta ya ha desaparecido, llevándose consigo los tranquilos pasillos que tanto extraña ahora. En donde había estado aquel refugio, ahora solo había una vasta extensión de arena. Estructuras de forma peculiar se aferran al suelo, soportando un viento que parece ser más violento a cada momento que pasa. Era ahí, el centro de la distorsión.
—Ahora me ataca a mí —Le dice el cazador, con el arma desenvainada y en posición defensiva—. Esta era mi tribu.
—¿Cómo lo sabes? —aunque no lo dice, está consciente de que Zev era poco más que un bebé cuando los suyos fueron consumidos, quedando solo su abuela y él.
—De la misma forma en que tu reconociste aquel castillo —aclara.
Entonces, presta atención a las extrañas siluetas que siembran la arena. Descubre que no son más que tiendas, decenas de ellas, alzadas con formas caprichosas y torcidas, dispuestas en anillos concéntricos. Las telas que las hacen, gruesas, manchadas de sangre y de un fluido extraño de color negro y dulce olor. Diminutas partículas se desprenden de cada cosa que es y está ahí, descomponiéndose poco a poco. Inclusive la arena parece desaparecer, evaporándose y disolviéndose en el aire, llevándose al tiempo entre sí.
Siente la contracción del espacio a sus espaldas, un jaloncito en la capa. Un extraño ruido, similar al quejido de un animal mientras agoniza nace desde todos lados al mismo tiempo. Tal vez Zev lo percibió primero, tomándolo por el brazo y atrayéndole hacia sí, para después caer sobre la arena. El mundo se precipita hacia un punto en el espacio que por poco ha conseguido embestirlos. Y es como si la realidad misma se escurriera hacia ese lugar. Un vórtice que deforma la existencia y los arroja con fuerza varios metros hacia la dirección del ataque. Una gruesa niebla ha cubierto todo el lugar.
El peso de un cuerpo ajeno y lastimado oprime su pecho. El impacto contra el suelo lo dejó sin aliento, con las vértebras punzando de dolor y las extremidades entumecidas. Zev cayó sobre él y sintió cómo sus pulmones expulsaban un aire que ya no estaba ahí. Sigue aturdido cuando la presión sobre él disminuye. Observa a una alta figura levantarse. Lo toman de un brazo y lo obligan a ponerse de pie. Entonces entiende que habla con él.
—…Tenemos que movernos.
Solo alcanza a asentir cuando vuelve a escuchar el quejido. Zev señala en una dirección. Apenas saltan, la resaca de un segundo torrente los vuelve a arrastrar varios metros. Consigue caer sin herirse. No consigue ver hacia donde ha sido lanzado Zev cuando el chillido vuelve a hacerse audible. Se siente succionado desde la izquierda y, entonces, cuando está a punto de conjurar algo, la ráfaga lo golpea de lleno.
Es como si su piel y su carne de desgarraran en diminutos fragmentos y en cada uno de ellos una parte de su conciencia. Siente que el cerebro se le sale por los ojos y estos se expulsan de sus orbitas por la presión. Se estrella contra el suelo y el dolor lo recorre por todo el cuerpo. Arcadas, asfixia. Tose intentando recuperar el aire que ha perdido, buscando con desesperación un soplo que le permita mantenerse con vida.
Discussion in the ATmosphere