Siddhartha: Segunda Parte, Capítulo 6 - Hermann Hesse
Segunda Parte, Capítulo 6: Entre los hombres-niños
Siddhartha fue a casa del comerciante Kamaswami, una vivienda suntuosa, y unos criados le introdujeron en una habitación adornada con costosos tapices, donde esperó al amo de la casa.
Kamaswami entró; era un hombre vivo, ágil, de pelo recio y canoso, de ojos cautos, prudentes, de boca codiciosa. Se saludaron amistosamente amo y huésped.
—Me han dicho —empezó a decir el comerciante— que eres un brahmán, un hombre instruido, pero que buscas un empleo en casa de un comerciante. ¿Es que has caído en la pobreza, brahmán, para verte obligado a solicitar un empleo?
—No —dijo Siddhartha—, no he caído en la pobreza, ni he estado nunca en ella. Sabrás que vengo de los samanas, con los que he vivido mucho tiempo.
—Si vienes de los samanas, ¿cómo puedes dejar de estar en la pobreza? ¿Es que los samanas no carecen de todo?
—Yo carezco de todo —dijo Siddhartha—, es como tú piensas. Ciertamente que carezco de todo. Sin embargo, carezco de todo voluntariamente; por eso no estoy en la pobreza.
—¿Y de qué quieres vivir si no tienes nada?
—Todavía no he pensado en ello, señor. He vivido en la pobreza más de tres años, y nunca he pensado en de qué vivir.
—Entonces es que has vivido de la hacienda de otro.
—Posiblemente. También los comerciantes viven de los bienes de los demás.
—Bien hablado. Pero no toma lo de los otros de balde; les da a cambio sus mercancías.
—Así es como debe ser en realidad. Todos toman, todos dan; así es la vida.
—Pero permite: si tú no tienes nada, ¿qué puedes dar?
—Cada cual da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el comerciante da mercancías; el maestro, enseñanzas; el labrador, arroz; el pescador, peces.
—Muy bien. ¿Y qué es lo que tú tienes para dar? ¿Qué es lo que tú has aprendido, qué es lo que sabes?
—Yo sé pensar. Yo sé esperar. Yo sé ayunar.
—¿Eso es todo?
—¡Creo que eso es todo!
—¿Y para qué sirve? Por ejemplo, ¿para qué sirve el ayunar?
—Para mucho señor. Cuando un hombre no tiene nada de comer, ayunar es lo más razonable que puede hacer. Por ejemplo, si Siddhartha no hubiera aprendido a ayunar, hoy tendría que aceptar cualquier trabajo en tu casa o en cualquier otra parte, pues el hambre le hubiera obligado a ello. Pero, de esta forma, Siddhartha puede esperar tranquilamente, no conoce la impaciencia, no conoce la necesidad, puede dejarse sitiar largo tiempo por el hambre y puede reírse de todo. Por esto es bueno ayunar, señor.
—Tienes razón, samana. Espera un momento.
Kamaswami salió y volvió con un rollo de papel, que alargó a su huésped, mientras le preguntaba.
—¿Sabes leer esto?
Siddhartha examinó el rollo, en el que está escrito un contrato, y empezó a leer su contenido.
–Perfectamente –dijo Kamaswami–. ¿Y querrías escribirme algo en esta hoja?
Le dio una hoja y un estilo, y Siddhartha escribió en ella y se la devolvió:
Kamaswami leyó:
–Escribir es cosa buena, pero mejor es pensar. La prudencia es buena, pero la paciencia es mejor.
—Escribes muy bien —elogió el comerciante—. Tenemos que hablar de muchas cosas. Te ruego que por hoy seas mi huésped.
Siddhartha dio gracias y aceptó, y vivió en la casa del comerciante. Le trajeron vestidos y zapatos, y un criado le preparaba a diario el baño. Dos veces al día le servían una comida magnífica, pero Siddhartha solo comía una vez al día, y no comía carne, ni bebía vino. Kamaswami le habló de su negocio, le enseñó los almacenes y la tienda, le mostró las cuentas. Siddhartha aprendió muchas cosas nuevas, escuchaba mucho y hablaba poco. Y recordando las palabras de Kamala, no se subordinó nunca al comerciante, le obligó a que le tratara como a su igual, y mejor que a su igual. Kamaswami dirigía su negocio con atención y muchas veces con apasionamiento, pero Siddhartha lo consideraba todo como un juego, cuyas reglas se esforzaba en aprender, pero cuyo contenido no le rozaba el corazón.
No llevaba mucho tiempo en casa de Kamaswami cuando ya tomó parte en el negocio de su amo. Pero a diario, a las horas que ella le marcaba, visitaba a la hermosa Kamala, bien vestido, bien calzado, y pronto pudo llevarle regalos. Mucho le enseñó su boca roja y discreta. Mucho le enseñó su mano delicada y suave. A él, que en amor era todavía un muchacho y por esto estaba inclinado a arrojarse ciego e insaciable al placer como a un abismo, le enseñó a fondo la lección de que no se puede encontrar placer sin dar placer, y que cada gesto, cada caricia, cada contacto, cada mirada, cada trocito del cuerpo tiene su secreto, que prepara la dicha para despertar al iniciado. Le enseñó que los amantes después de una fiesta de amor no pueden separarse uno de otro sin admitirse mutuamente, sin estar vencido igual que él ha vencido, para que no aparezca la saciedad o el vacío en ninguno de los dos y el maligno sentimiento de haber abusado o de que han abusado de él. Pasó horas maravillosas junto a la hermosa y prudente artista, fue su discípulo, su amante, su amigo. Aquí, junto a Kamala, estaba el valor y el sentido de su vida actual, no en el comercio de Kamaswami.
El comerciante le encargó la redacción de cartas y contratos y se acostumbró a discutir con él los negocios más importantes.
Pronto se dio cuenta de que Siddhartha entendía muy poco de arroz y algodón, de fletes y mercados, pero sí de que tenía buena mano y de que le superaba en calma e indiferencia y en el arte de saber escuchar e influir en las gentes extrañas.
—Este brahmán —dijo una vez a un amigo— no es un verdadero comerciante, ni lo será nunca; no pone su alma en el negocio. Pero posee el secreto de aquellas personas a las que el éxito sonríe siempre, ya por haber nacido bajo buena estrella, ya por sortilegio, ya por algo que ha aprendido entre los samanas. Siempre parece estar jugando con el negocio, nunca lo acepta en su interior, nunca le domina, nunca teme al fracaso, nunca le preocupa la pérdida.
El amigo aconsejó al comerciante:
—Dale un tercio de las ganancias en los negocios que inicie para ti; pero que pague también un tercio de las pérdidas cuando las haya. Con esto pondrá más celo en los asuntos.
Kamaswami siguió el consejo. Pero Siddhartha se preocupó poco de ello. Si ganaba, lo aceptaba con indiferencia; si había pérdida, sonreía y decía:
—¡Eh, mira, esto no ha ido muy bien!
En realidad parecía que los negocios le tenían sin cuidado. Una vez viajó a una aldea para comprar una cosecha de arroz. Pero cuando llegó ya habían vendido el arroz a otro almacenista. Sin embargo, Siddhartha se quedó varios días en aquel pueblo, convidó a los aldeanos, regaló monedas de cobre a sus hijos, asistió a una boda y regresó muy satisfecho del viaje.
Kamaswami le hizo algunos reproches por no haber regresado en seguida, por haber malgastado el dinero. Siddhartha respondió:
—¡Déjate de regaños, querido amigo! Nunca se logra nada con ellos. Si te he causado una pérdida, yo la pagaré. Estoy muy contento de este viaje. He conocido a mucha gente, me he hecho amigo de un brahmán. Los niños han cabalgado sobre mis rodillas, los labradores me han enseñado sus tierras, nadie me ha tratado como a un comerciante.
—¡Muy bonito todo eso! —gritó Kamaswami, malhumorado—; sin embargo, tú eres un comerciante, creo yo! ¿O es que solo viajaste por capricho?
—Efectivamente —dijo, sonriendo Siddhartha—, he viajado por capricho. ¿Por qué si no? He conocido hombres y comarcas, he gozado de amistades y confianzas, he encontrado amigos. Mira, querido, si yo hubiera sido Kamaswami, al ver que la compra había fracasado, me hubiera vuelto con premura y lleno de enojo, y hubiera perdido tiempo y dinero en realidad. De esta forma, en cambio, he aprendido, he gozado de paz, no he molestado a los demás ni a mí mismo con enojos y premuras. Y si alguna vez vuelvo por allí para comprar quizá una cosecha venidera, o con cualquier otro motivo, todos me recibirán amistosamente y con calor, y me alabaré de no haberme mostrado antes malhumorado. Así que déjalo estar, amigo, y no te disgustes reprendiéndome. Si llega el día en que veas que Siddhartha te perjudica, di una palabra y Siddhartha se irá por su camino. Pero hasta entonces deja que vivamos contentos los dos.
Vanos fueron también los intentos de hacer ver a Siddhartha que estaba comiendo su pan, del comerciante. Siddhartha comía su propio pan, mejor dicho, ambos estaban comiendo el pan de los demás, el pan de todos. Nunca prestaba oídos Siddhartha a las preocupaciones de Kamaswami, y Kamaswami las tenía en abundancia. Si una operación amenazaba ruina, si un envío se extraviaba, si un deudor no podía pagar, nunca pudo Kamaswami convencer a su socio de que era útil pronunciar palabras de preocupación o de cólera, tener arrugas en la frente, dormir mal. Cuando Kamaswami le dijo una vez que todo lo que sabía lo había aprendido de él, le contestó:
—¡No digas tonterías! De ti no he aprendido otra cosa que el precio de un cesto de pescado o el tanto por ciento que debe rentar un dinero prestado. Esa es toda tu ciencia. Contigo no he aprendido a pensar, querido Kamaswami; antes bien, procura tú aprenderlo de mí.
En realidad no tenía el alma en el negocio. Los negocios eran buenos y le daban dinero para Kamala, y le traían más de lo que necesitaba. Por lo demás, Siddhartha no sentía simpatía y curiosidad más que por los hombres, cuyos negocios, trabajos, preocupaciones, diversiones y locuras habían sido antes para él cosas tan extrañas y lejanas como la Luna. Fácilmente logró hablar con todos, vivir con todos, aprender de todos, pero estaba convencido de que había algo que le separaba de ellos: su cualidad de samana. Veía vivir a los hombres de una manera infantil o bestial que le agradaba y despreciaba al mismo tiempo. Les veía afanarse, les veía sufrir y envejecer por cosas que le parecían enteramente indignas de este precio, por el dinero, por pequeños goces, por pequeños honores, los veía disputar entre sí e injuriarse. Los veía quejarse de dolores, de los que el samana se reía, y sufrir por privaciones que un samana no sentía.
Siempre estaba dispuesto a recibir todo lo que estos hombres le traían. Bienvenidos eran para él los comerciantes que le ofrecían lino, bienvenidos los que estaban llenos de deudas y venían a contraer otra, bienvenidos los mendigos que se pasaban más de una hora contándole la historia de su pobreza, y ninguno de los cuales era tan pobre como un samana. A los ricos comerciantes extranjeros no los trataba ni mejor ni peor que al criado que le afeitaba, y al vendedor ambulante, del que se dejaba engañar en unas monedas al comprarle bananas. Cuando Kamaswami se le acercaba para lamentarse de sus contrariedades o para hacerle reproches por una operación le escuchaba con interés, se admiraba de él, intentaba comprenderle, le daba un poco la razón, todo lo que le parecía imprescindible, y le dejaba para atender al primero que venía en su busca. Pues eran muchos los que venían a él; muchos, para tratar con él; muchos, para engañarle; muchos, para sondearle; muchos, para excitar su compasión; muchos para oír su consejo. El daba consejo, se compadecía, regalaba, se dejaba engañar un poco, y todo este juego y la pasión que todos los hombres ponían en este juego ocupaban su pensamiento tanto como en otro tiempo habían entretenido a los dioses y a Brahma.
De cuando en cuando sentía en el fondo del pecho una voz apagada, mortecina, que amonestaba quedamente, que se quejaba débilmente, tanto que apenas la entendía. Después se daba cuenta por un momento de que llevaba una vida extraña, que hacía cosas pomposas, que no eran más que un juego, que estaba demasiado alegre y a veces sentía paz, pero que la propia vida se deslizaba sin embargo a su lado y no le rozaba. Como un jugador juega con su pelota, así jugaba él con sus negocios, con los hombres que le rodeaban, los contemplaba, se divertía con ellos; con el corazón, con la fuente de su ser, nunca estaba en nada de esto. La fuente manaba en alguna parte, lejos de él, manaba y manaba invisible; no tenía nada que ver con su vida. Y a veces se sobrecogía ante estos pensamientos y deseaba que le fuera concedido a él también el poder compartir la infantil actividad del día con pasión y con el corazón, vivir de verdad, trabajar de verdad, gozar y vivir de verdad, en lugar de estar allí sólo como simple espectador.
Pero siempre volvía junto a la hermosa Kamala, aprendía el arte de amar, practicaba el culto del placer, donde más que en parte alguna es una misma cosa el dar y recibir; charlaba con ella, aprendía de ella, le daba consejos y los recibía. Ella le comprendía mejor que Govinda le había comprendido en todo tiempo, era semejante a él.
Una vez le dijo:
—Eres como yo, eres distinta a la mayoría de las gentes. Eres Kamala, no otra, y dentro de ti hay una paz y un refugio en el que penetras a veces y puedes estar a solas contigo misma, como yo también suelo hacer. Pocos hombres tienen esto, y, sin embargo, todos podrían tenerlo.
—No todos los hombres son juiciosos— dijo Kamala.
—No —dijo Siddhartha—, no consiste en eso, Kamaswami es tan juicioso como yo, y no obstante no tiene un refugio dentro de sí. Otros lo tienen, los que en espíritu son semejantes a los niños. La mayoría de los hombres, Kamala, son como hojas que caen del árbol, revolotean en el aire, vacilan y caen al suelo. Pero otros, unos pocos, son como estrellas que recorren un camino fijo, no las alcanza el viento y llevan en sí su propia ley y su propio rumbo. Entre todos los sabios y samanas que he conocido, no encontré más que uno de éstos y no le puedo olvidar. Es aquel Gotama, el Sublime, el profeta de aquella doctrina. Miles de jóvenes escuchan cada día su doctrina, siguen a diario sus preceptos, pero todos ellos son hojas desprendidas, no llevan en sí mismos la doctrina y la ley.
Kamala le observó con una sonrisa.
—Otra vez vuelves a hablar de él —dijo—, vuelves a tener pensamientos de samana.
Siddhartha calló, y se entregaron al juego del amor, uno de los treinta o cuarenta juegos distintos que Kamala sabía. Su cuerpo era flexible como el del jaguar y como el arco del cazador; quien había aprendido de ella el amor, era perito en muchos deleites y conocía muchos secretos. Mucho tiempo estuvo jugando con Siddhartha: le sedujo, le rechazó, le forzó, le abrazó, se alegró de su maestría, hasta que le venció y descansó agotado a su lado.
La hetaira se inclinó sobre él, le miró largamente a la cara, a los ojos fatigados.
—Eres el mejor amante que he tenido —dijo pensativa—. Eres más fuerte que los otros, más tratable, más complaciente. Bien has aprendido mi arte, Siddhartha. Cuando sea vieja quiero tener un hijo tuyo. Y, sin embargo, querido, sigues siendo un samana; sin embargo, no me amas, no amas a nadie. ¿No es así?
—Es posible —dijo Siddhartha, fatigado—. Soy como tú. Tú tampoco amas. ¿Cómo podrías si no practicar el amor como un arte? Los seres de nuestra clase quizá no pueden amar. Los hombres infantiles lo pueden; este es su secreto.
Continúa en Segunda Parte, Capítulo 7…
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