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Siddhartha: Segunda Parte, Capítulo 7 - Hermann Hesse

fictograma [Unofficial] May 23, 2026
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Capítulo 7: Sansara

Hacía tiempo que Siddhartha venía viviendo la vida del mundo y del placer sin pertenecer a ella. Sus sentidos, a los que durante los años ardientes del samana había matado, habían vuelto a despertar, había gozado de la riqueza, del placer, del poderío; sin embargo, había seguido siendo con el corazón un samana, como Kamala, la inteligente, había adivinado. Su vida seguía asentada en el arte de pensar, de esperar, de ayunar; los hombres infantiles del mundo seguían siendo extraños para él, como él lo era para ellos.

Los años pasaban y Siddhartha apenas se daba cuenta. Se había hecho rico; hacía tiempo que poseía una casa y una servidumbre propias, y una quinta fuera de la ciudad, junto al río. Las gentes le querían, venían a él cuando necesitaban dinero o consejo, pero nadie había intimado con Siddhartha, excepto Kamala.

Aquel alto y luminoso estar despierto, que en otro tiempo, en los albores de su juventud había experimentado, en los días que siguieron al sermón de Gotama, después de la separación de Govinda, aquella tensa esperanza, aquel orgulloso aislamiento sin doctrinas ni maestros, aquella flexible disposición para escuchar la voz divina en el propio corazón, se habían convertido poco a poco en recuerdos, se habían hecho perecederos; lejana y mansa susurraba la fuente bendita, que antes había manado próxima, que antes había susurrado dentro de él. Era cierto que lo que había aprendido con los samanas, con Gotama, con su padre el brahmán, había permanecido mucho tiempo en él: vida frugal, alegría en el pensar, las horas de meditación, secretos conocimientos de sí mismo, del eterno yo, que no es cuerpo ni conciencia. Mucho de aquello había quedado en él, pero aquellas cosas habían ido desapareciendo unas tras otras y se habían cubierto de polvo. Como el torno del alfarero, una vez puesto en marcha gira mucho tiempo y va disminuyendo su velocidad lentamente hasta inmovilizarse, así giró por mucho tiempo en el alma de Siddhartha la rueda del ascetismo, la rueda del pensar, la rueda del discernimiento, y siguió girando siempre, pero lenta y vacilante, próxima a detenerse. Lentamente, como penetra la humedad en el tronco del árbol moribundo, hinchándole y pudriéndole, así había penetrado en el alma de Siddhartha el mundo y la indolencia; lentamente fueron pudriendo su alma, volviéndola pesada, fatigándola, adormeciéndola. En cambio, sus sentidos se habían vuelto más vivos, habían aprendido mucho, habían experimentado mucho.

Siddhartha había aprendido a llevar un negocio, a ejercer el poder sobre los hombres, a gozar con las mujeres; había aprendido a llevar hermosos vestidos, a mandar a los criados, a bañarse en aguas perfumadas. Había aprendido a comer platos cuidadosamente preparados, pescado, también carne y aves, especias y confitería, y a beber vino, que nos vuelve perezosos y nos hace olvidar. Había aprendido a jugar a los dados y al ajedrez, a contemplar a las bailarinas, a dejarse llevar en una silla, a dormir en un blando lecho. Pero siempre se había sentido diferente de los demás y superior a ellos; siempre los había mirado con un poco de mofa, con un poco de orgulloso desprecio, con aquel desprecio precisamente que siempre siente un samana hacia las gentes del mundo. Si Kamaswami estaba enfermo, si estaba enojado, si se sentía ofendido, si le atormentaba con sus preocupaciones de comerciante, Siddhartha lo consideraba todo con orgullo. Lenta e imperceptiblemente, al venir el tiempo de la recolección o la época de las lluvias, su orgullo se apaciguaba, se acallaba su sentimiento de superioridad. Solo lentamente, en medio de su creciente enriquecimiento, Siddhartha había recogido algo del modo de ser de los hombres–niños, algo de su infantilismo y de su angustia. Y sin embargo los envidiaba, los envidiaba tanto más cuanto más se parecía a ellos. Los envidiaba por lo único que a él le faltaba y ellos poseían, por la importancia que querían dar a su vida, por el apasionamiento de sus alegrías y angustias, por la mezquina, pero dulce dicha de su eterno enamoramiento. Estos hombres estaban siempre enamorados de sí mismos, de sus mujeres, de sus hijos, de los honores o del dinero, de sus planes o de sus esperanzas. Pero él no aprendió esto de ellos, esto precisamente no, esta alegría o esta locura infantiles; aprendió de ellos precisamente lo desagradable, lo que él mismo despreciaba. Con mucha frecuencia le sucedía que, a la mañana siguiente de una velada en sociedad, se quedaba en el lecho y se sentía descontento y fatigado. Sucedía que se ponía irascible e impaciente si Kamaswami le aburría con sus cuitas. Sucedía que reía demasiado alto cuando perdía a los dados. Su rostro era siempre más prudente y espiritual que el de los demás, pero sonreía raras veces, y tomaba alguna de aquellas expresiones que tanto suelen verse en las caras de la gente adinerada; aquellas expresiones del descontento, de la enfermedad, del mal humor, de la indolencia, del egoísmo. Lentamente se fue apoderando de él la enfermedad del alma de los ricos.

Como un velo, como una fina niebla fue cayendo sobre Siddhartha la fatiga, lentamente, cada día un poco más tupido, cada mes un poco más sombrío, cada año un poco más pesado. Como un vestido nuevo envejece con el tiempo, pierde con el tiempo sus hermosos colores, aparecen las manchas, surgen las arrugas, se deshilacha en los dobleces y empiezan a aparecer aquí y allá tazaduras, así le ocurrió a la nueva vida de Siddhartha; la vida que inició después de la separación con Govinda, envejeció, perdió con los años los colores y el brillo, se acumularon sobre ella las arrugas y las manchas, y ocultos en el fondo, mirando ya odiosamente hacia fuera, esperaban la decepción y el asco. Siddhartha no lo notaba. Solo se daba cuenta de que aquella clara y segura voz de su interior, que antes estaba despierta en él y siempre le había guiado en sus tiempos esplendorosos, ahora estaba muda.

El mundo le había atrapado; el placer, el ansia, la pereza, y últimamente también aquel lastre que él siempre había tenido por el más insensato y al que había despreciado y escarnecido más: la codicia de bienes. También le tenían cogido la propiedad, la posesión y la riqueza; ya no eran éstas para él un juego y una frivolidad, sino cadenas y hierros. Por un extraño y sutil camino había venido Siddhartha a caer en esta última dependencia insultante: por el juego a los dados. Desde el momento mismo en que había dejado de ser en su corazón un samana, Siddhartha empezó a jugar con furor y pasión por ganar dinero y joyas, afición que había adquirido en otro tiempo, creyéndola una inofensiva costumbre de los hombres-niños. Era un temido jugador; pocos se arriesgaban a enfrentársele por ser muy elevadas sus posturas. Jugaba por una necesidad de su corazón: el perder y el derrochar el maldito dinero le causaba una alegría colérica; de ninguna otra manera más clara y burlona podía mostrar su desprecio de la riqueza, del ídolo de los comerciantes. Jugaba fuerte y despiadado, odiándose a sí mismo, despreciándose a sí propio, embolsaba miles, tiraba miles, perdía el dinero, perdía las joyas, perdía una casa, volvía a ganar, volvía a perder. Aquella angustia, aquella angustia temerosa e inquietante que sentía al arrojar los dados, al hacer una de aquellas posturas tan elevadas, le satisfacía y agradaba y procuraba renovarla siempre, acrecentarla siempre, hacerla cada vez más excitante, pues sólo en esta sensación sentía algo así como un gozo, algo así como una borrachera, algo así como una vida realzada en medio de su vida saciada, indiferente, insípida. Y después de cada gran pérdida pensaba en nuevas riquezas, se entregaba al comercio, exigía severamente el pago de las deudas, pues quería seguir jugando, quería seguir derrochando, quería seguir mostrando a la riqueza todo su desprecio. Siddhartha perdió la calma en las pérdidas comerciales, perdió la paciencia ante los pagadores morosos, perdió la bondad de corazón ante los pordioseros, perdió el gusto de regalar y prestar el dinero al solicitante. Él, que perdía diez mil en una postura y se reía de ello, era en la tienda severo y minucioso, ¡soñaba a menudo con el oro! Y todas las veces que despertaba de este odioso embrujamiento, todas las veces que se miraba al espejo de la pared de su dormitorio, viéndose envejecer y afearse; todas las veces que le acometía el asco y la vergüenza, volvía al placer del juego, al ensordecimiento del placer, del vino, y de allí, al ansia de amontonar riqueza. En este insensato círculo se movía fatigándose, envejeciendo, enfermando.

Entonces tuvo un sueño admonitorio. Había estado al atardecer con Kamala en su hermosa quinta. Se habían sentado bajo los árboles, y durante la conversación, Kamala había pronunciado unas palabras reflexivas, palabras tras las cuales se ocultaba la tristeza y la lasitud. Le había pedido que hablara de Gotama, y no se cansaba de oírle ensalzar la tranquilidad y la belleza de su boca, la bondad de su sonrisa, la majestuosidad de su andar. Después de haber hablado un buen rato del sublime Buda, Kamala suspiró y dijo:

—Algún día, quizá muy pronto, yo también iré en pos de ese Buda. Le regalaré mi parque y me refugiaré en su doctrina.

Pero luego le había incitado, le había atraído al juego del amor con doloroso ardor, entre mordiscos y lágrimas, como si quisiera exprimir las últimas y dulces gotas de aquel gozo vano y pasajero. Nunca había sido tan evidente para Siddhartha la semejanza del placer con la muerte. Luego estuvo tendido a su lado, y el rostro de Kamala reposó muy cerca del suyo, y en sus ojos y en las comisuras de su boca leyó claramente, como no lo había leído nunca con tanta claridad, un receloso escrito, un escrito de finas líneas, de suaves surcos; un escrito que recordaba el otoño y la vejez, y que Siddhartha mismo, que ya estaba en los cuarenta, tenía canas entre sus cabellos negros. En el rostro bello de Kamala estaba escrito el cansancio, cansancio de haber recorrido un largo camino, que no tenía ningún alegre final, cansancio y un comenzar a marchitarse, y una inquietud secreta, no confesada, quizá no pensada tampoco: temor a la vejez, temor al otoño, temor de tener que morir. Se despidió de ella suspirando, con el alma llena de disgusto y de secreto desasosiego.

Luego, Siddhartha pasó la noche en casa, rodeado de bayaderas, bebiendo vino, fingiendo ser superior a sus iguales, lo que ya no era; bebió mucho vino, y mucho después de la medianoche se fue a la cama, cansado, y, sin embargo, excitado, próximo al llanto y a la desesperación; esperó mucho tiempo y en vano que viniera el sueño, con el corazón lleno de una aflicción que nunca creyó poder soportar, lleno de un hastío del que se sentía traspasado como del tibio y dulzón gusto del vino, de la música demasiado dulce y melancólica, de las sonrisas demasiado blandas de las bailarinas, del perfume demasiado dulce de sus cabellos y pechos. Pero más que todas estas cosas, estaba asqueado de sí mismo, de su cabello oloroso, del aliento vinoso de su boca, del somnoliento cansancio y disgusto de su piel. Como cuando uno que ha comido y bebido demasiado devuelve entre fatigas, pero se alegra del alivio que siente, así deseaba el desvelado librarse, en una oleada de asco, de estos deleites, de estas costumbres, de toda esta vida insensata y hasta de sí mismo. Cuando ya clareaba y empezaba a despertar la primera actividad en la calle, delante de su casa de la ciudad, se quedó traspuesto y atrapó por unos momentos el sueño. Y soñó:

Kamala tenía en una jaula de oro un extraño pájaro cantor. Con este pájaro soñó. Soñó que este pájaro se había quedado mudo, el pájaro que en otros tiempos siempre cantaba por las mañanas, y como le sorprendiera este silencio, se acercó a la jaula y miró al interior de ella: allí estaba el pajarillo, muerto y tieso en el suelo. Lo sacó fuera, lo meció un momento en la mano y luego lo arrojó a la calle, y en el mismo momento se estremeció terriblemente y sintió un dolor en el corazón, como si con aquel pajarillo muerto hubiera arrojado de sí todo lo bueno y de valor que tenía dentro.

Al despertar sobresaltado de este sueño, sintióse sumido en profunda tristeza. Le parecía que había llevado una vida despreciable e insensata; en las manos no le había quedado nada vivo, nada apreciable o digno de conservarse. Estaba solo y vacío, como un náufrago en la orilla.

Siddhartha se retiró, sombrío, a una quinta de placer, que le pertenecía; cerró las puertas, se tendió bajo un mango, sintió la muerte en el corazón y el horror en el pecho; vio y sintió que algo moría en él, se marchitaba e iba a su fin. Poco a poco reunió sus pensamientos y volvió a recorrer el camino de su vida, desde los primeros días que podía recordar. ¿Cuándo había sentido una dicha, un verdadero placer? ¡Oh!, sí, muchísimas veces lo había experimentado. En sus sueños de adolescente lo había gozado, cuando alcanzaba la alabanza de los brahmanes, cuando, dejando atrás a los de su edad, recitando los versos sagrados, discutiendo con los sabios, se había ganado el puesto de ayudante en los sacrificios. Entonces había sentido en su corazón: “Un camino se abre ante ti, hacia el cual eres llamado; los dioses te esperan.” Y otra vez, de joven, cuando la meta cada vez más alta de toda meditación le sacó y arrastró del tropel de aspirantes al Nirvana, cuando corría entre dolores en torno al sentido de Brahma, cuando cada nuevo conocimiento solo hacía que encender nueva sed, cuando, en medio de la sed, en medio de los dolores, volvió a sentir: “¡Adelante! ¡Adelante! ¡Has sido llamado!” Percibió aquella voz cuando dejó su patria y eligió la vida de los samanas, y otra vez, cuando abandonó a los samanas para ir hacia aquel Perfecto, y cuando dejó a este para correr hacia lo incierto.

¡Cuánto tiempo hacía que no oía esta voz, cuánto tiempo que no alcanzaba una cima, qué llano y yermo su camino, cuán largos años sin un fin elevado, sin sed, sin exaltación, contentándose con pequeños placeres, y, sin embargo, siempre insatisfecho! Todos estos años se había esforzado, sin saberlo, en ser un hombre como todos estos, como estos niños, y con ello su vida había sido más miserable y pobre que la de ellos, pues sus fines no eran los de él, ni sus preocupaciones; todo este mundo de los hombres como Kamaswani había sido solamente un juego para él, una danza que se contempla, una comedia. Solo Kamala le era amada, solo ella tenía un valor para él. Pero ¿seguía siéndolo? ¿La necesitaba todavía? ¿O era ella la que le necesitaba a él? ¿Estarían representando una comedia sin fin?

¿Era necesario vivir para esto? ¡No, no era necesario! Esta comedia se llamaba Sansara, un juego de niños, un juego encantador para ser jugado una vez, dos, diez veces. Pero ¿toda una vida?

Entonces Siddhartha se dio cuenta de que el juego había llegado a su fin, de que ya no podía seguir jugándolo. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, por fuera y por dentro, y sintió que algo había muerto.

Todo aquel día lo pasó sentado bajo el mango, pensando en su padre, pensando en Govinda, pensando en Gotama. ¿Tuvo que abandonar todo esto para convertirse en un Kamaswami? Siguió sentado allí cuando ya había cerrado la noche. Al mirar hacia arriba, vio las estrellas y pensó: “Aquí estoy sentado bajo mi mango, en mi quinta.” Sonrió un poco. ¿Era necesario, pues, era verdad, no era una comedia insensata que él poseyera un mango, un jardín?

También aquello acabó, también murió esto en él. Se levantó, se despidió del mango y del jardín. Como había pasado todo el día sin comer, sintió un hambre terrible, y pensó en su casa de la ciudad, en su cuarto y en su cama, en la mesa con sus manjares. Sonrió, fatigado; se sacudió y se despidió de todas estas cosas.

En aquella misma hora abandonó Siddhartha su jardín, abandonó la ciudad y no volvió nunca más. Kamaswami le hizo buscar mucho tiempo, creyendo que habría caído en manos de los ladrones. Kamala no le hizo buscar. Cuando supo que Siddhartha había desaparecido, no se maravilló. ¿No lo había esperado siempre? ¿No era un samana, un apátrida, un peregrino? La última vez que estuvieron juntos lo había presentido, y se alegraba en medio del dolor de la pérdida, de haberle atraído tan íntimamente hacia su corazón aquella última vez, de haberse sentido penetrada y poseída una vez más tan enteramente por él.

Cuando recibió la primera noticia de la desaparición de Siddhartha, se acercó a la ventana, donde, en una jaula de oro, tenía un pájaro cantor. Abrió la puerta de la jaula, sacó el pajarillo y lo dejó volar. Se quedó mirándolo volar largo rato. Desde aquel día no volvió a recibir a ningún visitante más, y mantuvo cerrada su casa. Pero al poco tiempo tuvo la certeza de que estaba embarazada de la última unión con Siddhartha.

Continúa en Capítulo 8…

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