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  "textContent": "Hay recuerdos que vuelven sin pedir permiso. No hacen ruido.\n\nSe apoyan en cualquier detalle mínimo y se quedan un rato, tranquilos, como si nunca se hubieran ido del todo.\n\nEn Curuzú, en los 80, yo iba a la secundaria a la tarde. El calor se pegaba a la ropa. La calle de tierra levantaba polvillo. La salida era siempre ese desorden hermoso de mochilas, carpetas dobladas bajo el brazo, chicos hablando todos al mismo tiempo y nadie queriendo ser el último en arrancar para su casa.\n\nY ahí, en algún punto del camino, empezaba.\n\n—¡Raúúúll!\n\nLa primera vez me di vuelta como se da vuelta cualquiera cuando escucha su nombre. No vi a nadie. O sí. Pero lejos. Muy lejos.\n\nUna figura flaca, parada en la vereda de enfrente.\n\n—¡Te amo, Raúl!\n\nLas risas aparecieron enseguida. Siempre aparecen. Sobre todo cuando algo se sale apenas del molde y nadie entiende bien qué hacer con eso.\n\nYo tampoco entendía qué estaba pasando, pero sí entendía algo mucho más simple: me estaba pasando a mí. Y a esa edad, con eso alcanza para sentir incomodidad.\n\nEl tipo era rápido. Pero rápido de verdad.\n\nCuando intentaba acercarme, ya no estaba. Cruzaba. Doblaba en una esquina. Desaparecía. Una sombra con zapatillas livianas.\n\nY no fue cosa de una tarde.\n\nSe repitió. Días distintos. Horarios parecidos.\n\nYo salía de la escuela, caminaba unas cuadras, y en algún momento, desde lejos, otra vez la voz.\n\n—¡Qué lindo que sos!\n\nNunca lo tuve cerca. Nunca a menos de cien metros. Lo suficiente para saber que era él. No lo suficiente para verle bien la cara.\n\nMe quedó el cuerpo nomás. Flaco. Pelo claro, corto. Y esa manera de quedarse quieto antes de gritar, como esperando el instante exacto para aparecer y decir lo suyo.\n\nCon el tiempo me empezó a cansar. A incomodar de verdad. A condicionarme.\n\nHubo semanas en las que no quería salir.\n\nNo era miedo, exactamente. Era bronca. Esa sensación fea de no poder hacer nada. Ni frenarlo, ni hablarle, ni entender qué quería realmente.\n\nPorque no había diálogo. Había gritos. Distancia. Apariciones rápidas y desapariciones más rápidas todavía.\n\nEn esa época nadie te explicaba demasiado. Y uno tampoco preguntaba mucho. Las cosas eran así. Medio brutas. Medio silenciosas. Si algo te descolocaba, te lo guardabas o aprendías a convivir con eso como podías.\n\nHasta que un día dejó de pasar.\n\nAsí nomás.\n\nSalí de la escuela, caminé las mismas cuadras de siempre y no hubo voz. Ni esa tarde ni las siguientes. Se fue de mi rutina igual que había entrado, sin cerrar nada, sin explicación, sin escena final.\n\nPasaron los años. Muchos.\n\nY cada tanto vuelve.\n\nNo vuelve como un gran recuerdo. Ni siquiera como una historia importante. Vuelve apenas como una imagen suelta: una calle de tierra, el sol bajando despacio sobre Curuzú y una voz cruzando desde la otra vereda.\n\nAhora lo pienso distinto.\n\nYa no tanto en lo que me generaba a mí, sino en lo que le debía estar pasando a él. Porque para hacer eso, para plantarse a cien metros y gritarle a otro lo que sentía en un pueblo así, en esos años, algo tenía que empujar muy fuerte desde adentro.\n\nAlgo que no encontraba salida por ningún lado.\n\nY nunca se acercaba. Eso también dice bastante.\n\nNo era avance. Era límite. Una manera rara de estar cerca sin terminar de exponerse. De decir algo enorme desde una distancia que lo protegiera de lo que podía venir después.\n\nYo lo corría. Él se iba.\n\nY ahí terminaba todo.\n\nNo sé qué fue de su vida. No sé si encontró un lugar donde no hiciera falta gritar desde lejos. Tampoco sé si alguna vez dejó de correr.\n\nA mí me quedó eso.\n\nUna voz cruzando la calle. Un chico que no sabía qué hacer con eso. Y el tiempo, que a veces no explica nada, pero acomoda las cosas de una manera más amable.",
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