External Publication
Visit Post

Éramos cuatro y ya la habíamos cagado

fictograma [Unofficial] May 18, 2026
Source

Capítulo I

No sé bien en qué momento se fue todo al carajo. Supongo que fue cuando Eva me miró con esos ojitos, los mismos que me pone cuando quiere pedir delivery , y me dijo:

—Probala, no pasa nada.

La tenía ahí, la manzana. Roja. Brillante. Con esa perfección irritante que tienen las cosas prohibidas, que cuanto más te dicen «ni se te ocurra», más empiezan a parecer hechas especialmente para vos.

No sabés lo que era. Si le ponías un fondo de Coldplay era la publicidad de Apple, te juro.

Y, claro, hice lo que hacemos los hombres desde que el mundo empezó a complicarse: me hice el boludo.

Le dije que no. Que estaba a dieta. Que Dios había dicho claramente que ni se nos ocurriera tocarla. Pero viste cómo es esto… cuando algo está prohibido, el cerebro empieza a trabajar en contra tuyo. Primero la mirás de reojo. Después te acercás “para verla mejor”. Después ya estás buscando argumentos jurídicos para justificar una mordidita mínima.

Y encima Eva tenía esa manera de insistir que no parecía insistencia. No levantaba la voz. No discutía. Solamente te miraba con una mezcla de ternura y complicidad que te hacía sentir que decirle que no era, de alguna manera, romperle el corazón a la humanidad entera.

Bueno.

Vos me entendés.

La mordí.

Y no fue gran cosa, eh. Una manzana común. Ni siquiera estaba tan dulce. Me acuerdo que pensé: «¿Para esto tanto quilombo?». Después me fui a dormir tranquilo. Panza llena, corazón contento, como cualquier tipo que todavía no entiende la dimensión exacta de la cagada que acaba de mandarse.

Pero al día siguiente me desperté con esa sensación espantosa que aparece cuando te vas de vacaciones y, a mitad de camino, te preguntás si apagaste el gas. Una culpa rara. No por la manzana en sí. La verdad, a esa altura ya estaba digerida. La culpa venía por otro lado. Porque si hay algo peor que mandarse una cagada, es tener después que sentarse a explicarla mirando a alguien a los ojos, tratando de encontrar palabras inteligentes cuando en realidad no tenés ni una sola defensa razonable.

Empecé a ensayar excusas. A practicar caras de arrepentimiento frente al agua. Pensé en decir que Eva me había presionado. Que fue un accidente. Que estaba bajo influencia frutal. Cualquier cosa.

Pero cuando vi a Dios ahí, parado con los brazos cruzados y esa cara de padre que acaba de enterarse de que repetiste el año por boludo, entendí que no había margen para abogados defensores.

El diálogo duró poco. Muy poco. Menos que un corte de luz en barrio rico.

Dijo lo que tenía que decir.

Y listo. No hubo apelación, ni charla conciliadora, ni un ángel diciendo «bueno, esta vez pasa». Agarramos lo poco que teníamos, nos miramos sin saber bien qué decir y empezamos a caminar hacia un mundo que, sinceramente, tampoco parecía demasiado preparado para recibirnos.

El paraíso, dejame que te explique, era como el patio de una casa donde todo funciona. Donde siempre hay sombra. Donde nunca faltaba comida. Donde no existían los mosquitos, ni las cuentas, ni la humedad en las paredes. Un lugar donde los domingos parecían eternos y nadie hablaba de estrés.

Cuando nos echaron fue como mudarse de golpe a un departamento sin gas, sin agua caliente y con vecinos que arrastran muebles a las tres de la mañana.

Todo empezó a costar más.

Respirar costaba.

Comer costaba.

Pensar costaba.

Pero hubo algo raro también. Porque mientras caminábamos sin rumbo, con los pies destruidos, el barro pegado en las piernas y Eva en silencio mirando el horizonte como quien todavía no entiende qué acaba de pasar, sentí una especie de alivio.

Un alivio chiquito. Culposo. Medio imposible de admitir.

Como cuando te sacás una mochila pesada que ni siquiera sabías que venías cargando.

Porque el paraíso era hermoso, sí. Pero no era nuestro. Era prestado.

Y ahora, en medio de la mugre, del cansancio y de la intemperie, por lo menos sabíamos una cosa: si la íbamos a cagar, la íbamos a cagar por cuenta propia.

Eva me miró.

Yo le agarré la mano.

Y seguimos caminando.

Capítulo II

Pensé que lo peor ya había pasado con lo de la manzana. En serio.

Después de que te echan del paraíso, de aprender a trabajar, de descubrir que las verduras no crecen porque sí y de pasar noches enteras escuchando a Eva decir «te dije que no la mordieras», uno supone que ya pagó la deuda.

Pero no.

El verdadero problema empezó después.

Con los chicos.

Porque nadie te avisa que tener hijos es ver en cámara lenta cómo dos personas que salieron de vos desarrollan problemas completamente nuevos y originales.

Abel era bueno desde chiquito. Un pan de Dios. Expresión bastante incómoda en nuestro caso, pero se entiende.

El pibe ayudaba. Sonreía. Juntaba leña sin que nadie se lo pidiera. Le decías «traeme agua» y volvía con agua, frutas y una manta por si refrescaba a la noche.

Un fenómeno.

Caín no.

Caín tenía algo difícil de explicar. Esa clase de oscuridad chiquita que algunas personas arrastran incluso desde chicos. Una nube encima. Una bronca silenciosa que aparecía en los momentos más raros, como si estuviera peleándose todo el tiempo con algo que los demás no alcanzábamos a ver.

No era malo de entrada. O capaz sí. Qué sé yo. A esta altura aprendí que uno nunca termina de conocer del todo a los hijos.

Pero había algo ahí.

Una competencia permanente con el hermano.

Abel hacía una fogata y Caín miraba el fuego como si fuera una provocación personal.

«Claro… a él sí le prende rápido.»

Y así todo.

Un día Abel me regaló una piedra con forma de corazón. Una piedra. ¿Entendés el nivel de ternura del pibe?

Bueno.

Caín estuvo tres días sin hablarnos porque estaba convencido de que a Abel lo queríamos más.

Y empecé a sospechar algo espantoso: capaz que el paraíso nunca había sido un jardín perfecto, ni la vida eterna, ni andar desnudos sin pasar vergüenza. Quizás el verdadero paraíso era tener hijos antes de que descubrieran que existía la comparación.

Capítulo III

Tendría que haberme dado cuenta antes.

Hay señales. Siempre las hay.

El problema es que uno, cuando es padre, vive cansado. Medio distraído. Tratando de evitar tragedias usando únicamente intuición, preocupación y dos horas de sueño mal dormidas.

La primera alarma fue el tema de las ofrendas.

Porque un día Dios pidió sacrificios. Y ya bastante raro es enterarte de que el creador del universo quiere regalos prendidos fuego.

Pero bueno.

Después de lo de la serpiente ya estaba en modo «nada me sorprende».

Abel preparó todo con un entusiasmo que daba ternura. Eligió los mejores animales, acomodó las piedras, limpió el lugar. El pibe parecía organizando un cumpleaños de quince.

Caín cayó más tarde.

Tiró unas verduras arriba del altar con la misma energía con la que uno deja una factura vencida sobre la mesa.

Y yo lo miré pensando:

«Uh.»

Viste cuando sentís que algo va a terminar mal aunque todavía no pasó nada.

Bueno. Eso.

Después vino lo peor.

Porque Dios miró las ofrendas y puso esa cara. Esa cara peligrosísima que ponen las madres cuando un hijo aparece con un dibujo hermoso y el otro trae un tubo vacío de papel higiénico diciendo que hizo «un robot».

A Abel le salió humo, luz, bendición, angelitos, efectos especiales.

A Caín… nada.

Silencio.

Ni una chispa.

Y yo ahí parado, en el medio, pensando:

«Señor, con respeto se lo digo… capaz esto había que manejarlo con un poco más de tacto.»

Porque hay cosas que uno no hace delante de hermanos.

No comparás notas.

No elegís favoritos.

No decís «mirá qué bien tu primo».

Son reglas básicas de convivencia humana.

Bueno.

Aparentemente todavía estábamos en versión beta.

Esa noche Caín no habló. Se quedó sentado mirando el fuego apagado con una cara que me revolvió el estómago.

—Andá a hablarle —me dijo Eva.

Y fui.

Claro que fui.

Porque los padres hacemos eso. Creemos sinceramente que una charla a tiempo puede evitar terremotos.

Me senté al lado suyo. Le pregunté qué le pasaba.

—Nada —me contestó.

Y hay una cosa que uno aprende demasiado tarde en la vida: no existe un “nada” más peligroso que el de un hijo varón mirando el piso.

Ahí supe que estábamos al horno.

Intenté explicarle que no todo era competencia. Que cada uno tenía sus tiempos. Que Abel no era mejor.

Pero mientras hablaba me escuché a mí mismo diciendo frases de calendario motivacional.

Y peor todavía: noté que él ya no me estaba escuchando.

Miraba el campo.

A lo lejos.

Donde Abel trabajaba solo, tranquilo, sin sospechar absolutamente nada.

Hay silencios que hacen ruido.

Ese fue uno.

Capítulo IV

Tendría que haber frenado todo ahí.

Obligarlos a sentarse. Inventar terapia familiar.

Algo.

Pero en esa época uno criaba hijos como podía. Bastante hacíamos con descubrir el fuego sin prendernos fuego nosotros mismos.

Y además yo estaba cansado. Muy cansado.

Porque trabajar la tierra después del paraíso era una estafa monumental. Antes arrancabas una fruta y listo. Ahora había que plantar, esperar, rezar, espantar bichos, discutir con el clima y encima bancarse opiniones todo el tiempo.

«Esta tierra está seca.»

«Plantaste muy junto.»

«Así no crece nada.»

Gracias, Caín. Muy útil tu aporte mientras yo intento inventar la agricultura.

Abel seguía siendo tranquilo. Demasiado tranquilo, incluso.

Ese tipo de persona que te genera orgullo y culpa al mismo tiempo. Porque lo mirás y pensás:

«Qué buen pibe.»

Y automáticamente después:

«Seguro al otro lo hice mierda emocionalmente sin querer.»

Caín andaba raro.

Más callado de lo normal.

Y mirá que ya era callado.

Empezó a irse solo al campo durante horas. Volvía con tierra en las manos y una cara de haber discutido mentalmente con veinte personas distintas.

Una noche, mientras comíamos, Abel contó feliz que Dios había vuelto a hablarle.

Error.

Gravísimo error.

Hay temas que no se hablan en la mesa familiar.

Política.

Fútbol.

Y aprobación divina.

Yo vi cómo Caín dejó de masticar.

Despacio.

Sin levantar la vista.

Eva también lo notó. Las madres tienen un radar especial para detectar tragedias varios minutos antes de que ocurran. El problema es que los padres solemos interpretar esas señales como «seguro está cansado».

Después, cuando todo explota, uno dice:

«Ah… mirá.»

—Tengo miedo —me dijo Eva esa noche.

Y yo, en mi infinita estupidez masculina ancestral, respondí:

—Va a estar todo bien.

Frase histórica si las hay.

Cada vez que alguien dijo “va a estar todo bien”, en algún rincón del planeta empezó una guerra.

Al día siguiente Caín invitó a Abel a caminar por el campo.

Normal.

O eso pensé.

Incluso me acuerdo de que Abel salió contento.

Silbando.

Todavía hoy escuchar a alguien silbar me pone incómodo.

Pasaron horas. Muchas.

El sol empezó a bajar y Eva ya caminaba de un lado al otro con esa velocidad nerviosa que tienen las madres cuando el corazón empieza a avisarles cosas antes que la cabeza.

Y entonces apareció Caín.

Solo.

Yo creo que uno sabe antes de que le digan nada.

El cuerpo sabe.

Porque lo vi venir caminando desde lejos y sentí un frío acá, en el pecho. Un vacío seco. Como si alguien me hubiera tirado una piedra adentro del alma.

—¿Y tu hermano? —pregunté.

Caín tardó en responder.

Demasiado.

Y después dijo:

—No sé.

No sé.

La frase más hija de puta de la historia humana.

Ahí arrancamos bárbaro como civilización. Eva salió corriendo hacia el campo. Yo fui detrás.

Y mientras corría pensé algo espantoso.

Éramos cuatro personas sobre la Tierra. Cuatro nomás. Y aun así ya habíamos conseguido inventar la culpa, la envidia, la mentira, el resentimiento y el asesinato.

Un arranque de civilización francamente preocupante.

A veces pienso que Dios tendría que haber dejado instrucciones más claras.

Un manual, aunque sea.

O un grupo de soporte técnico abierto las veinticuatro horas.

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...