Siddhartha: Primera Parte, Capítulo 3 - Herman Hesse
Capítulo 3: Gotama
En la ciudad de Savathi todos los niños conocían el nombre del Sublime Buda, y todas las casas estaban dispuestas a llenar las escudillas de los jóvenes de Gotama, los mudos mendicantes. Cerca de la ciudad estaba la residencia preferida de Gotama, el bosque Jetavana, que el rico comerciante Anathapindika, un rendido adorador del Sublime, había regalado a éste y a los suyos.
A esta comarca les habían traído los relatos y respuestas que dieron a los dos jóvenes ascetas cuando preguntaban por la residencia de Gotama. Y cuando llegaron a Savathi, en la primera casa que se detuvieron a pedir, les ofrecieron comida, y comieron, y Siddhartha preguntó a la mujer que le trajo la comida:
—Quisiéramos saber, bondadosa señora, dónde vive el Buda, el Venerado, pues somos dos samanas del bosque que venimos en busca del Perfecto para verle y escuchar de su boca la doctrina.
Habló la mujer:
—En verdad que habéis acertado con el camino, samanas del bosque. Sabed que en Jetavana, el jardín de Anathapindika, está el Sublime. Allí podréis pasar la noche, peregrinos, pues hay bastante sitio para los innumerables romeros que llegan hasta aquí para escuchar su doctrina.
Entonces, Govinda, lleno de alegría exclamó:
—¡Qué gozo! ¡De este modo hemos alcanzado nuestra meta y el final de nuestro camino! Pero dinos, madre de los peregrinos,
¿conoces tú al Buda? ¿Le has visto con tus propios ojos? Habló la mujer:
—Muchas veces he visto al Sublime. Muchos días le he visto pasar por las calles, silencioso, con su túnica amarilla, o alargar la escudilla en las puertas de las casas para recibir la limosna y retirarse de allí con la escudilla llena.
Govinda escuchaba encantado, y quiso seguir preguntando y oyendo. Pero Siddhartha le exhortó a seguir andando. Dieron las gracias y se fueron, y no necesitaron preguntar apenas por el camino, pues no eran pocos los peregrinos y monjes de la comunidad de Gotama que se encaminaban hacia el Jetavana. Y llegaron allí de noche, y aquello era un continuo llegar de gentes que gritaban pidiendo albergue, que todos recibían. Los dos samanas, acostumbrados a la vida del bosque, encontraron pronto un abrigo tranquilo, y en él descansaron hasta la mañana.
A la salida del sol contemplaron con asombro la gran cantidad de creyentes y curiosos que habían pernoctado allí. Por todos los caminos del magnífico parque paseaban monjes vistiendo túnicas amarillas, otros estaban sentados bajo los árboles, aquí y allá, sumidos en la meditación o conversando de cosas espirituales. El sombroso jardín parecía una ciudad, lleno de gentes que pululaban como hormigas. La mayoría de los monjes salieron con las escudillas a implorar la caridad por la ciudad para la comida del mediodía, la única que hacían al día. También el Buda mismo, el Iluminado, solía hacer por la mañana el recorrido mendicante.
Siddhartha le vio, y en seguida le reconoció, como si un dios se lo hubiera mostrado. Le vio: un hombre sencillo con una capucha amarilla, con la escudilla de las limosnas en la mano, caminando silencioso.
—¡Míralo! —dijo Siddhartha en voz baja a Govinda—. Ese es el Buda.
Govinda miró atentamente al monje de la capucha amarilla, que no parecía diferente en nada de los cien otros monjes. Y pronto le reconoció también Govinda: éste es. Y le siguieron, le observaron.
El Buda siguió su camino, humilde, abismado en sus pensamientos. Su rostro no era ni alegre ni triste, y parecía que les sonreía. Sonreía con una sonrisa velada, tranquila, silenciosa, semejante a la de un niño sano. Caminaba, llevaba el capillo y echaba el paso como todos sus monjes, como estaba prescrito. Pero su rostro y su paso, su mirada baja, su mano caída, y sobre todo los dedos de aquella mano caída, hablaban de paz, hablaban de perfección, no buscaba nada, no anhelaba nada, respiraba suavemente en una inmarchitable paz, en una inmarchitable luz, en una intangible paz.
Así caminaba Gotama hacia la ciudad para recoger las limosnas, y los dos samanas le reconocieron solamente en la perfección de su paz, en la quietud de su figura, en la que no había ningún deseo, ningún anhelo, ningún esfuerzo, solo luz y paz.
—Hoy escucharemos la doctrina de su boca— dijo Govinda.
Siddhartha no respondió nada. Sentía poca curiosidad por aquella doctrina, no creía que pudiera enseñarle nada nuevo; sin embargo, igual que Govinda, había conocido una y otra vez el contenido de aquella doctrina del Buda, aunque por informes de segunda y tercera mano. Pero miraba atentamente la cabeza del Gotama, los hombros, los pies y aquella mano caída, y le parecía que cada miembro de cada dedo de aquella mano era una doctrina que hablaba, respiraba, exhalaba y despedía resplandores de verdad. Este hombre, este Buda, era verdadero hasta en los gestos de su último dedo. Este hombre era santo. Nunca había reverenciado tanto Siddhartha a un hombre, nunca había amado tanto a un hombre como a éste.
Ambos siguieron al Buda hasta la ciudad y regresaron silenciosos, pues habían decidido ayunar aquel día. Vieron volver a Gotama, le vieron comer en corro con sus jóvenes —lo que comía no hubiera saciado a un pájaro— y le vieron dirigirse a la sombra de un bosquecillo de mangos.
Pero al atardecer, cuando cedió el calor y todo era viviente en el campamento, y todos se reunieron, escucharon la predicación del Buda. Oyeron su voz, la que también era perfecta, extraordinariamente reposada, llena de paz. Gotama explicaba la doctrina del dolor, del futuro del padecer, del camino para la supresión del sufrir. Sus palabras fluían serenas y claras. Dolor era la vida, el mundo estaba lleno de dolor, pero se había encontrado la redención del dolor: encontraba la redención el que seguía el camino del Buda.
Con dulce, pero firme voz hablaba el Sublime, enseñaba las cuatro proposiciones esenciales, enseñaba los ocho senderos, pacientemente recorría el acostumbrado camino de la doctrina, el ejemplo, la repetición, y su voz se cernía clara y tranquila sobre los oyentes, como una luz, como un cielo estrellado.
Cuando el buda —ya se había hecho de noche— terminó su charla, salieron de las filas muchos peregrinos y pidieron la admisión en la comunidad, se refugiaron en su doctrina. Y Gotama les aceptó, y dijo:
—Bien habéis comprendido la doctrina, bien ha sido anunciada. Seguidla y caminad hacia la santidad para preparar el fin de todo dolor.
Y ved que Govinda también salió al frente, el tímido Govinda y dijo:
—Yo también me refugiaré en el Sublime y en su doctrina.
Y pidió ser admitido en la comunidad de jóvenes, y fue recibido.
En cuanto el Buda se retiró a descansar, Govinda se volvió hacia Siddhartha y dijo vehemente:
—Siddhartha, no me está permitido hacerte ningún reproche; ambos hemos oído al Sublime, ambos hemos escuchado su doctrina. Govinda ha oído la doctrina y se ha refugiado en ella. Pero tú, venerable hermano, ¿no quieres andar también el sendero de la redención? ¿Vacilas? ¿Quieres esperar aún?
Siddhartha despertó como de un sueño cuando oyó las palabras de Govinda. Se le quedó mirando a la cara. Luego habló en voz baja, con mucha seriedad:
—Govinda, amigo mío, acabas de dar el paso decisivo, ahora has elegido tú el camino. Siempre, ¡oh Govinda!, has sido mi amigo, siempre has caminado tras de mí. A menudo he pensado: “¿No dará Govinda alguna vez un paso solo, sin mí, por propia voluntad?” Mira: ahora te has portado como un hombre y has elegido por ti mismo tu senda. ¡Ojalá la sigas hasta el fin, oh amigo mío! ¡Ojalá encuentres la redención!
Govinda, que no había comprendido aún enteramente, repitió con un tono de impaciencia su pregunta:
—Habla, ¡te lo ruego, amigo mío! ¡Dime cómo es posible que tú, mi docto amigo, no vengas a refugiarte junto al sublime Buda!
Siddhartha puso su mano en el hombro de Govinda:
—Ya has oído mi voto, ¡oh Govinda! Lo repetiré: ¡Ojalá sigas la senda hasta el fin! ¡Ojalá encuentres la redención!
En este momento conoció Govinda que su amigo le había dejado, y empezó a llorar.
—¡Siddhartha!— gritó, sollozando. Siddhartha le habló amistosamente:
—¡No olvides, Govinda, que ahora perteneces a los samanas de Buda! Has renunciado a tu patria, a tus padres, a tu futuro y bienes, has renunciado a tu propia voluntad, a la amistad. Así lo quiere la doctrina, así lo quiere el Sublime. Así lo has querido tú mismo. Mañana, ¡oh Govinda!, te dejaré.
Aún pasearon un buen rato los dos amigos por el bosque, luego se tendieron en el suelo, pero no encontraron el sueño. Y Govinda no hacía más que instarle a que le dijera por qué no se había refugiado en la doctrina de Gotama, qué faltas encontraba en aquella doctrina. Pero Siddhartha se negó a hacerlo, y dijo:
—¡Date por contento, Govinda! La doctrina del Sublime es buena, ¿cómo habría de encontrar en ella ninguna falta?
Al amanecer de la mañana siguiente, un discípulo de Buda, uno de sus monjes más ancianos, recorrió el bosque llamando a todos aquellos que habían aceptado la doctrina para investirles la túnica amarilla e instruirles en las primeras lecciones y deberes. Entonces Govinda se levantó, abrazó una vez más al amigo de su juventud y se unió al cortejo de los novicios.
Pero Siddhartha se quedó paseando por el bosque lleno de sus pensamientos.
Allí le encontró Gotama, el Sublime, y cuando le saludó reverente y vio que la mirada del Buda estaba llena de bondad y calma, el joven cobró ánimos y pidió permiso al Sublime para dirigirle la palabra. El Sublime, con un gesto mudo, le dio autorización para ello.
Habló Siddhartha:
—Ayer, ¡oh Sublime!, tuve la dicha de escuchar tu maravillosa charla. Junto con mi amigo he venido de lejos para conocer tu doctrina. Mi amigo se ha quedado con los tuyos, se ha refugiado en ti. Pero yo continuaré mi peregrinaje.
—Sea como gustes— dijo el Sublime cortésmente.
—Demasiado atrevidas son mis palabras— prosiguió Siddhartha—, pero no quisiera dejar al Sublime sin haberle comunicado mis pensamientos con toda sinceridad. ¿Querría el venerable Buda concederme unos instantes? El Sublime le autorizó con un gesto mudo.
Habló Siddhartha:
—Una cosa, ¡oh venerable maestro!, me ha admirado de tu lección. Todo en ella es enteramente claro, todo en ella es concluyente. Muestras el mundo como una cadena completa, nunca interrumpida; como una cadena eterna, soldada con causas y efectos. Nunca se ha visto esto tan claro, nunca ha sido representado de manera tan irrefutable; ciertamente que el corazón de todo brahmán ha de latir con más fuerza y amor cuando contemple el mundo a través de tu doctrina, viéndolo enteramente concatenado, sin lagunas, claro como un cristal, no dependiendo de la casualidad ni de los dioses. Si es bueno o malo, si la vida es en sí dolor o alegría, está por dilucidar, y es posible que no sea cosa muy esencial aclararlo, pero la unidad del mundo, la interdependencia de todo suceso, lo grande y lo pequeño circundado por la misma corriente, por la misma ley de las causas, del ser y del morir, todo esto resplandecía en tu hermosa lección, ¡oh Perfecto! Pero, según tu doctrina, esta unidad y consecuencia de todas las cosas se rompe sin embargo en un punto, a través de una laguna insignificante irrumpe en este mundo de unidad algo extraño, algo nuevo, algo que antes no estaba y que no puede ser señalado y probado: es tu teoría sobre el vencimiento del mundo, de la redención. Con esta pequeña laguna, con esta pequeña interrupción, se rompe de nuevo la eterna ley del mundo. Te ruego me perdones que formule esta objeción.
Gotama le ha escuchado en silencio, inmóvil. Luego habló el Perfecto con su voz bondadosa, con su atenta y clara voz:
—Has escuchado la lección, ¡oh hijo de brahmán!, y te felicito por haber meditado tanto sobre ella. En ella has encontrado una laguna, una falta. Ojalá sigas meditando sobre esta doctrina. Pero tú, que estás ansioso de saber, ten cuidado con la espesura intrincada que son las opiniones y con las discusiones. Las opiniones carecen de fundamento, pueden ser hermosas u odiosas, prudentes o insensatas, cualquiera puede aceptarlas o rechazarlas. Pero la doctrina que has escuchado de mis labios no es mi opinión, y su meta no es aclarar el mundo a los ansiosos de saber. Su fin es otro; su fin es la redención del dolor. Esto es lo que Gotama enseña, no otra cosa.
—No te enojes conmigo, ¡oh Sublime! —dijo el joven—. No te he dicho esto para buscar una controversia contigo. Tienes razón cuando dices que las opiniones sirven de poco. Pero permíteme que añada esto otro: no he dudado ni un momento de ti. No he dudado ni un momento que eres Buda, que has alcanzado la meta, la más alta, hacia la cual se encaminan tantos miles de brahmanes e hijos de brahmanes. Tú has encontrado la redención de la muerte. La has logrado por tu propia búsqueda, en tu propio camino, pensando, meditando por el conocimiento, por inspiración. ¡No la has alcanzado por una doctrina! ¡Y yo creo, oh Sublime, que a nadie se le puede procurar la redención por una doctrina! ¡A nadie podrás, oh Venerable, decir ni comunicar por palabras o por una doctrina lo que te sucedió en el momento de tu transfiguración!
»Gran contenido el de la doctrina del transfigurado Buda, bien enseña a vivir rectamente y a evitar el mal. Pero esta doctrina tan clara, tan venerable, no contiene una cosa: no contiene el misterio que el mismo Sublime ha experimentado, él solo entre cientos de miles. Por esto continuaré mi peregrinación, no en busca de otra doctrina mejor, pues sé que no la hay, sino para abandonar todas las doctrinas y todos los maestros y para alcanzar solo mi meta o morir. Pero siempre pensaré en este día, ¡oh Sublime!, y en la hora en que mis ojos vieron un santo.»
Los ojos del Buda miraron tranquilamente a tierra, su rostro impenetrable relumbraba sereno, lleno de resignación.
—¡Ojalá tus pensamientos —dijo el Venerable lentamente— no caigan en el error! ¡Ojalá alcances tu meta! Pero dime: ¿no has visto el tropel de mis samanas, de mis numerosos hermanos, que han buscado refugio en mi doctrina? ¿Y crees tú, samana forastero, crees tú que les estaría mejor abandonar mi doctrina y volver a la vida del mundo y del placer?
—Lejos de mí tal pensamiento —exclamó Siddhartha—. ¡Ojalá perseveren todos en tu doctrina, ojalá alcancen todos su meta!
»¡No me pertenece juzgar la vida de los demás! Solo la mía, yo solo he de elegir, yo solo he de rehusar. Los samanas buscamos la redención del yo, ¡oh Sublime! ¡Si yo fuera ahora uno de tus jóvenes, oh Venerable, tendría miedo a que me sucediera que solo en apariencia, solo engañosamente, quedara mi yo en paz y liberado, de que sin embargo siguiera viviendo en la verdad y se hiciera más grande, pues entonces yo tendría la doctrina, tendría mi sucesión, tendría mi amor hacia ti, tendría la comunidad de los monjes hecha a mi yo.»
Gotama miró con una media sonrisa, con inconmovible resplandor y amistad, al forastero a los ojos y le despidió con un gesto apenas perceptible.
—Cuerdo eres, ¡oh samana! —dijo el Venerable—. Sabes hablar cuerdamente, amigo mío. ¡Guárdate de la demasiada cordura!
El Buda se alejó de allí, y su mirada y su media sonrisa quedaron grabadas para siempre en el recuerdo de Siddhartha.
«Todavía no he visto yo a ningún hombre que mire así, que sonría así, que se siente y ande así —pensaba—. Así me gustaría a mí poder mirar y sonreír, poder andar y sentarme, tan libre, tan majestuosa, tan oculta, tan clara, tan infantil y misteriosamente. Tan verdaderamente sólo aparece y camina el hombre, que ha penetrado en lo más íntimo de sí mismo. Pues bien: yo también intentaré penetrar en lo más íntimo de mí mismo.
»Vi a un hombre —pensaba Siddhartha—, al único ante el cual podía bajar la mirada. Ante ningún otro bajaré mis ojos, ante ningún otro. Ninguna doctrina me seducirá ya, no habiéndome seducido la doctrina de este hombre.
»El Buda me ha robado —pensó Siddhartha—, me ha robado, pero me ha regalado mucho más. Me ha robado un amigo, el cual creía en mí y ahora cree en él, el cual era mi sombra y ahora es la sombra de Gotama. Pero me ha regalado a Siddhartha, a mí mismo.»
Continúa en Capítulo 4…
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