External Publication
Visit Post

Siddhartha: Primera Parte, Capítulo 4

fictograma [Unofficial] May 18, 2026
Source

Primera Parte, Capítulo 4: Despertar

Cuando Siddhartha abandonó el bosquecillo en el que quedaba el Buda, el Perfecto, en el que quedaba Govinda, sintió que en aquel bosque dejaba también su vida pasada y se separaba de él. Este sentimiento, que le llenaba por entero, le dio qué pensar mientras caminaba lentamente. Pensó profundamente, como si se dejara ir al fondo en unas aguas profundas, hasta los fundamentos de este sentimiento, hasta allí donde descansan las causas, pues el conocer las causas le parecía que era pensar, y solo por este medio se convertirían los sentimientos en conocimiento y no se perderían, sino que se haría real y empezaría a brillar lo que hay en ellos.

Mientras caminaba lentamente, Siddhartha meditó. Comprobó que ya no era un joven, sino un hombre. Comprobó que algo se había desprendido de él, como la piel vieja de una serpiente, que ya no había en él algo que le había acompañado y había poseído durante toda su juventud: el deseo de tener maestros y de escuchar a los maestros. Al último maestro que había encontrado en su camino, al más alto y sabio maestro, al Santo, al Buda, también lo había abandonado, había tenido que separarse de él, no había podido aceptar su doctrina.

El pensador iba caminando lentamente y se preguntaba: “¿Qué es lo que esperabas aprender en las lecciones y en los maestros y no pudieron enseñarte, a pesar de lo mucho que te instruyeron?” Y halló: “Lo que yo quería aprender era la esencia y el sentido del yo. Quería vencer y librarme del yo. Pero no podía vencerlo, sino engañarlo, no podía huir de él, sino solamente ocultarme ante él. ¡En verdad que nada ha ocupado tanto mi pensamiento como este mi yo, este enigma de mi vivir, de que yo sea uno, separado y diferenciado de todos los demás, de que yo sea Siddhartha! ¡Y de ninguna cosa en el mundo sé menos que de mí mismo, de Siddhartha!”

El pensador se detuvo en su lento caminar, retenido por este pensamiento, y pronto surgió de este uno nuevo, un pensamiento que rezaba: “Si no sé nada de mí, si Siddhartha es para mí tan extraño y desconocido, se debe a una sola causa: yo tenía miedo de mí, ¡huía de mí mismo! Buscaba a Atman, buscaba a Brahma, tenía la intención de desmenuzar mi yo para buscar en su interior el germen, el Atman, la vida, lo divino, el último fin. Pero me perdía.”

Siddhartha abrió los ojos y miró en derredor, una sonrisa iluminaba su rostro, y una profunda sensación de despertar de un largo sueño le recorrió todo el cuerpo hasta la punta de los pies. Y pronto volvió a correr, corrió veloz, como un hombre que sabe lo que tiene que hacer.

“¡Oh —pensó, respirando hondamente—, ahora no quiero dejar escapar a Siddhartha! Ya no quiero empezar mi pensar y mi vida con Atman y con el dolor del mundo. Ya no quiero matarme y despedazarme para encontrar un misterio entre las ruinas. Ya no me enseñarán ni el Yoga-Veda, ni el Atharva-Veda, ni los ascetas, ni ninguna otra doctrina. Quiero aprender en mí mismo, quiero ser discípulo, quiero conocerme a mí mismo, quiero conocer el secreto de Siddhartha.”

Miró en torno a sí, como si viera el mundo por primera vez. ¡El mundo era hermoso, el mundo era polícromo, el mundo era extraño y misterio! Aquí era azul; allí, amarillo; más allá, verde; el cielo y el río fluían; las montañas y el bosque estaban inmóviles, todo era hermoso, mágico y lleno de misterio, y en medio de todo esto, él, Siddhartha, el que había despertado en el camino hacia sí mismo. Todo esto, el amarillo y el azul, el río y el bosque, penetraba por primera vez en Siddhartha a través de los ojos, ya no era el encantamiento de Mara, ya no era el velo de Maya, ya no era la multiplicidad insensata y casual del mundo visible, despreciable para el brahmán que piensa profundamente, que desdeña la multiplicidad, que busca la unidad. El azul era azul, el río era río, y aunque en el azul y en el río y en Siddhartha vivía oculto lo singular y divino, el arte y el sentido divino era precisamente lo que había puesto aquí el amarillo, el azul; allá, el cielo, el bosque, y en medio, a Siddhartha. El sentido y el ser no estaban por ahí tras de las cosas, sino que estaban en ellas, en todas.

“¡Cuán sordo y torpe he sido! —pensó el caminante—. Cuando uno lee un escrito cuyo sentido quiere penetrar, no desprecia los signos y letras ni lo llama engaño, casualidad y corteza baladí, sino que lo lee, lo estudia con cariño, letra por letra. Pero yo, que quise leer el libro del mundo y el libro de mi propio ser, he despreciado los signos y las letras por amor de un sentido presentido de antemano, he motejado de engañoso al mundo visible, he llamado a mi ojo y a mi lengua fenómenos casuales y despreciables. No, esto ha pasado, he despertado, he despertado de verdad y hoy he nacido.”

Mientras Siddhartha pensaba todo esto, se detuvo varias veces, de repente, como si hubiera una serpiente ante él en el camino.

De pronto comprendió también muy claramente que él, que en realidad había despertado o era como un recién nacido, debía empezar de nuevo y enteramente desde el principio su vida. Cuando en esta misma mañana dejó el bosque de Jetavana, el bosque de aquel Sublime, ya despierto, ya en camino hacia sí mismo, tenía intención y le parecía natural y evidente volver a sus años de ascetismo, en su patria y junto a su padre. Pero ahora, en este momento en que se hallaba detenido, como si hubiera una serpiente en el camino, despertó también a este convencimiento: “Ya no soy el que antes era, ya no soy asceta, ya no soy sacerdote, ya no soy brahmán. ¿Qué puedo hacer entonces en casa y junto a mi padre? ¿Estudiar? ¿Hacer sacrificios? ¿Practicar el ensimismamiento? Todo esto ha pasado ya, todo esto ya no está en mi camino”

Siddhartha permaneció inmóvil, y durante un instante, durante una inspiración, su corazón se heló, lo sintió helarse en el pecho como un animalillo, como un pájaro o una liebre cuando ve cuán solo está. Ha carecido de patria durante años y no lo ha sentido. Ahora lo siente. Antes, aun en los éxtasis más profundos, seguía siendo hijo de su padre, seguía siendo brahmán, un religioso. Ahora no era más que Siddhartha, el despertado, nada más. Respiró profundamente, y por un instante sintió frío y se estremeció. Nadie estaba tan solo como él. Ningún noble que no pertenecía a los nobles, ningún comerciante que no pertenecía a los comerciantes y buscaba refugio entre ellos, compartía su vida, hablaba su lenguaje. Ningún brahmán, que no contaba entre los brahmanes y vivía con ellos; ningún asceta, que no encontraba refugio en el estado de los samanas, y hasta el habitante más solitario de un valle no era uno ni estaba solo, también le rodeaban circunstancias, pertenecía a una clase que eran para él una patria. Govinda era monje, y mil monjes eran sus hermanos, llevaban su vestido, creían su credo, hablaban su lenguaje. Pero él, Siddhartha, ¿a qué clase pertenecía? ¿Qué vida había de compartir? ¿Qué lenguaje hablaría?

Desde ese instante en que el mundo se fundía a su alrededor, en que estaba tan solo como una estrella en el cielo, desde este instante Siddhartha surgió de la frialdad y del desaliento más yo que antes, más concentrado. Se daba cuenta de que esto era el último estremecimiento del despertar, el último espasmo del nacimiento. Y pronto volvió a caminar, raudo e impaciente, no hacia casa, no hacia el padre, no hacia atrás.

Continúa en Segunda Parte, Capítulo 5…

Discussion in the ATmosphere

Loading comments...