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Tené en cuenta que es una fantasía.

fictograma [Unofficial] May 11, 2026
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—¿Que cómo la conocí? Es una historia curiosa… —Quiero escucharla, abuelo, por favor. —Bueno, mi amor, pero tené en cuenta que es una fantasía. Era una tarde preciosa. El ocaso caía como nieve fina, tapando el azul del día para darle paso al anochecer oscuro. —Che Mario, ¿no querés ir en combi a patear la bocha? —No, wacho, paso esta vez. Vayan ustedes, pibes, decile que me perdonen. —¿Por qué no fuiste, abuelo? —No es que no quisiera ir, es que sentía que algo grande pasaba. —¿Mi abuela? —Para nada, gordita, no tenía plata ni para inflar la pelota. —Sos un tarado, abuelo… ya me voy. —Dale, no seas así, dejame contarte de principio a fin, princesa. Tu abuelo era muy pobre y tenía que laburar mientras estudiaba cine en la universidad. Ese día era especial, tu bisabuela cumplía años. El atardecer me recordaba a ella, tan grosera y amistosa. Todo era tan callado como Héctor, y pensar que lo único que me dejó fue ese libro viejo de señas que nunca usé. Debí haber nacido sordo yo, no él. Yo tomaba clases, ¿viste esos edificios altos del centro? —Sí, abuelito, donde está ahora la universidad vieja. Mamá me llevaba. Mi lugar favorito desde que empecé a cursar era ese. Podía ver la calle, las personas y las antenas; todo parecía un cuadro distinto cada día. También hay un puente elevadizo. Lo cruzabas con mamá, ¿verdad, princesita? —Sí… me daba miedo, abuelo. En aquel pasillo vacío contemplaba el puente elevadizo. Ahí fue cuando vi a esta chica subir las escaleras. —¿Era la abuelita? —Esa es mi princesa. Esa chica cruzó su mirada con la mía. Yo la miraba descaradamente, como hacía con cualquiera que pasara por ahí, pero jamás volteaban hacia mí. Ella tenía el cabello corto, una remera azul, pantalones de mezclilla y un bolso oscuro que casi se camuflaba con la neblina. En ese instante recordé… —¿Qué recordaste, abuelo? —Dejame rememorar, che, este cuerpo ya tiene demasiadas cosas olvidadas. Siempre asumí que conocía a los demás tanto como ellos mismos. Era egoísta. Creía que todo lo que me hacía sentir algo me pertenecía. Pensé que su recuerdo era mío, pero solo ella pudo evocarlo… La había visto antes. Mucho antes. —¿Del primer semestre? —El primer semestre… cómo lo extraño. —¿Qué es un semestre, abuelo? —Todavía no tenés que preocuparte por esas desgracias administrativas. Ella me apuntó con el dedo aquel día cuando la recordé. Tenía implantes cocleares, pero jamás había escuchado realmente. Fueron solo segundos, pero conecté con ella más de lo que conecté con alguien en toda mi vida. Qué desastre biológico tan eficiente es enamorarse, sinceramente. Ella iba a seguir de largo después de reconocerme, seguro volvía a su camino, pero logré detenerla y, con un movimiento rápido, busqué esa libreta de lenguaje de señas que jamás usé con mi hermano menor. —¡El tío abuelo Héctor! Busqué entre todas las páginas hasta encontrar la frase. Levanté la libreta, todo nervioso, y le dije en señas: “Eres una piba hermosa.” Imaginate lo colorado que me puse. Ella no sonrió del todo. Hizo un par de señas lentas que, por suerte, todavía recordaba: “Vale su peso en oro.” Jamás me habían respondido. Ni siquiera levanté una ceja porque estaba lejísimos de entender qué hacer después. Con todas mis habilidades de coqueteo totalmente improvisadas, usé otra oración: “¿Cómo puedo pagarte?” Ya me arrepentía. Bajé la mirada creyendo que ya no respondería. El ruido del puente y los autos llenó el silencio por unos segundos. Ella levantó la vista hacia mí y escribió tres palabras con las manos: “Llévame a casa.”

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