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La última misa lefebvriana en España antes del cisma: «Para nosotros es una ocasión de alegría»

ABC - Últimas noticias de España y el mundo hoy [Unofficial] July 5, 2026
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Aunque no será una misa cualquiera, sólo una veintena de fieles espera en silencio el inicio de la celebración. A última hora de la tarde, la luz que entra por el ventanal lateral, matizada por un vinilo, se mezcla con los tubos fluorescentes que intentan resaltar las caprichosas formas del techo de escayola, el único alarde arquitectónico en una nave rectangular de paredes blancas que bien podrían haber acogido un todo a cien o un videoclub. Quiero pensar que por la cabeza del arquitecto rondaban los espacios creados por Le Corbusier . Lástima que sólo quedaran en su mente.La mayor parte esperan recogidos. Sólo una familia, sentada en los primeros bancos con tres niñas pequeñas, rompe el silencio. Tampoco extraña. Las dos mayores apenas tienen tres años y es normal que no alcancen a entender la dimensión sagrada del lugar. Todo recuerda a cualquier parroquia de factura 'modernita' del extrarradio de Madrid si no fuera porque el único altar –engalanado con cirios, ramos de flores y atriles en un ejercicio de 'horror vacui' que casi camufla el sagrario– está pegado a la pared. O porque la madre y las tres niñas, incluso la bebé, llevan la cabeza cubierta por un velo calado. O por el detalle, en el lado del Evangelio, de una imagen sedente de Santiago Apóstol que aparece rodeada por la bandera de España con el Sagrado Corazón como escudo y la blanca y amarilla de la Santa Sede. Un detalle nada habitual en esa otra Iglesia a la que ellos –como las exmonjas de Belorado y en un intento de apropiarse del calificativo de católica– denominan conciliar. Son las siete de la tarde del 1 de julio, y estamos en la primera misa que la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X celebra en España después de que esa mañana, en Écône (Suiza), se haya consumado el cisma con la consagración de cuatro obispos sin autorización de León XIV. Así lo recuerda una foto de los nuevos prelados con la inscripción 'Deo Gratias' en la cristalera del zaguán de entrada. Y también el sacerdote celebrante que, en su homilía, alerta del «progreso de esta destrucción en nuestros días» en el que los «diseñadores de esta nueva religión, que se propaga por todos lados» intentan hacer «una religión sin sacrificio, sin la misa, sin sacerdocio, sin jerarquía, sin una sólida doctrina». Ante ello, sólo cabe una respuesta, la misma que dio en 1988 su fundador, Marcel Lefebvre, afirma el predicador: «Prolongar la obra sacerdotal en este mundo para que corra la sangre redentora en nuestros altares».Noticia relacionada general No No El Vaticano confirma oficialmente el cisma lefebvriano Javier Martínez-BrocalDice el sacerdote, quien pese a su origen checo exhibe un excelente castellano con el que pronuncia cada palabra con una lentitud casi deliberada, que la consagración ilícita de los cuatro obispos –que irremisiblemente les lleva a la excomunión, como el Vaticano confirmó al día siguiente– es «para nosotros una ocasión de alegría, de agradecimiento, de gozo espiritual». Puede sorprender la efusividad al defender un acto cismático que los lefebvrianos han presentado como doloroso y sólo justificado por un «estado de necesidad».Sin embargo, no desentona con el discurso oficial. «¡Qué alegría!», habían sido horas antes las palabras con las que Davide Pagliarini, el superior de la Fraternidad, comenzaba su homilía. También es una euforia que comparten los escasos fieles que han acudido a esta simbólica primera misa post cisma. Como Maria Fe –que hoy ha hecho un esfuerzo por venir, ya que «vive muy lejos»– que les alaba por su valentía. «Hacía falta», afirma, y les ofrece su colaboración incondicional. «En mi casa tengo dos camas libres por si las necesitan», le confiesa al joven sacerdote cuando llega al despacho después de celebrar la eucaristía. O el de un joven abogado, que prefiere que se oculte su nombre, que también defiende la necesidad de las consagraciones en aras de proteger la liturgia: «Si no hubiera sido por Lefebvre, la misa tradicional se habría perdido».Pero su convicción no parece concordar con los datos. Aunque los lefebvrianos justifican su existencia en la preservación de la liturgia tradicional, en España sólo cuentan con cinco capillas con culto ordinario: Madrid ofrece misa diaria; Barcelona, semanal; y las otras tres, quincenal o mensual. Frente a ello, las celebraciones según el canon romano tradicional de manos de sacerdotes que no han roto la comunión con Roma perduran en 35 lugares , incluso tras las restricciones con las que el Papa Francisco sometió a esta celebración con 'Traditionis Custode'. En algunos lugares, como en Las Palmas o Palma de Mallorca, los lefebvrianos sólo celebran cada seis meses, lo que pone en una compleja situación a sus fieles que quieran cumplir con el precepto semanal. Máxime, cuando desde la Fraternidad les recomiendan no asistir a lo que denominan «ritos protestizantes» –con el misal renovado tras el Concilio Vaticano II– porque pueden causar un «daño espiritual considerable». La paradoja es evidente: un movimiento que justifica buena parte de su existencia en la preservación de la misa tradicional termina dejando a parte de sus fieles con apenas dos celebraciones al año.Esta contradicción expone que la división lefebvriana va más allá de la cuestión litúrgica y entronca con su advertencia de que el «modernismo» y la masonería se han infiltrado en la Iglesia católica y su crítica a los avances en el ecumenismo y la apertura al diálogo con otras confesiones que ha propiciado el Concilio. Así, la ruptura con el Papa deja de aparecer únicamente como una consecuencia jurídica para convertirse también en un rasgo definitorio del grupo. En su diálogo en la puerta de la sacristía, María Fe lo expresa en román paladino: «Hacía falta callar al bocachancla». Incómodo ante la expresión, el joven sacerdote reconduce la conversación y logra que la fervorosa fiel no ponga nombre al aludido.En la imagen superior, algunos fieles en oración en la capilla tras la celebración de la misa. En la siguiente, el exterior del templo y las oficinas de la Fraternidad. En la última foto, los avisos, la caja para donativos y algunos velos para las mujeres en la entrada de la capilla. Navarro ParejaAún así, el malestar hacia León XIV es evidente entre los fieles. El abogado anónimo también nos recuerda que el Papa no quiso recibir al superior de la Fraternidad mientras que sí lo hizo con la obispa de Canterbury. En realidad, la queja esconde lo que ha sido parte de la estrategia de la Fraternidad en esta crisis: tratar de establecer un diálogo de igual a igual con la Santa Sede. Sin embargo, frente a los mil cuatrocientos millones de creyentes, cinco mil obispos y más de cuatrocientos mil sacerdotes, los lefebvrianos aglutinan a poco más de medio millón de fieles guiados por 733 clérigos y, ahora, seis obispos. En España, aunque no hay cifras oficiales y los superiores tampoco han querido hablar con este diario para ofrecer su versión, el hecho de que sólo haya siete sacerdotes y una capilla con misa diaria, habla también un exiguo número de seguidores. Esa veintena de fieles que este miércoles de julio ha asistido a la misa todavía no es consciente de que acababa de participar en la última celebración de la Fraternidad tolerada por Roma. Apenas ha durado unos cincuenta minutos incluida la homilía –corta y directa, como le gustaban al Papa Francisco– y el canto del Te Deum en agradecimiento por las consagraciones episcopales. Tras la celebración, mientras algunos se quedan un rato en oración ante el sagrario, otros salen sin prisa. En el pequeño espacio vallado entre el templo y la calle, que hace de improvisado atrio, el joven sacerdote departe con María Fe y una amiga, a las que se ha unido el matrimonio y sus tres niñas, ya sin el velo. Ninguno de ellos parece tener la sensación de haber salido de la comunión de la Iglesia. En Roma tienen claro lo contrario.

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