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  "publishedAt": "2026-07-02T21:36:59.525Z",
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  "textContent": "**_Grietas…._**\n\nHabían pasado ya dos días desde lo sucedido en el callejón. Una adolorida Clara iniciaba su día, levantándose con dificultad de la cama. Los golpes hinchados se habían convertido en enormes moretones negros, y su rodilla, aunque ya desinflamada, aún le molestaba al caminar.\n\nNo había ido a trabajar ni mucho menos a entrenar. Parte de ella se sentía tonta por haber actuado tan impulsivamente, pero otra sabía que hizo lo correcto, que gracias a lo que fuera que estuviera allá arriba, logró llegar a tiempo para salvar a su amiga.\n\nSe miró un momento en el espejo mientras se peinaba. Su ojo morado hacía contraste con su piel morena y su cabello rizado, enmarañado por apenas despertar.\n\n—Bien, basta de descansos… tengo que ir, al menos, a trabajar —se dijo a sí misma, aunque con un tono más dudoso que realmente decidido.\n\nSe cambió y tomó sus cosas para ir a trabajar a la estética. Todo el día, aunque tranquilo, estuvo lleno de preguntas: qué le había pasado, si estaba bien, quién le había hecho esos moretones. Preguntas que ella evitaba respondiendo únicamente que la habían asaltado, cosa que nadie puso en duda debido al lugar donde vivía.\n\nCada vez que repetía lo del asalto, la palabra le sonaba más hueca. No sabía por qué se sentía tan rara con la situación. Había salvado a Iris, ella estaba bien y esos tipos recibieron su merecido… ¿entonces? ¿Por qué se sentía como una fracasada?\n\nEstuvo pensando en eso todo el día. Cuando salió de trabajar, tomó el autobús a casa, perdida en sus pensamientos, sintiendo cada mirada curiosa sobre sus moretones y escuchando alguno que otro cuchicheo.\n\nCuando bajó, caminó lentamente. El dolor en su rodilla aún le pesaba y, ciertamente, estaba irritada. Avanzaba con una mirada seria; sus ojos eran como dagas. De vez en cuando rechinaba los dientes y sentía cómo le zumbaba la cabeza. Cuando pasó por el callejón, se quedó quieta.\n\nRecordó todo lo que pasó: cada golpe que dio, pero también cada uno de los que recibió. Apretó el puño con fuerza mientras lo miraba, repasando cada error que cometió. Si solo hubiera sido más lista o menos impulsiva, como Morrow se lo había recalcado, no estaría así. Fue en ese momento, recapitulando, que esa especie de neblina mental se disipó un poco.\n\nLa verdad era que estaba molesta consigo misma por la paliza que le dieron. Su ego estaba herido por haber sido golpeada de esa manera, y para colmo, de no haber sido por ese policía, probablemente estaría muerta.\n\nEra como si no hubiera avanzado nada en esos casi tres meses de entrenamiento. Observó un poco más, pensando en qué pudo haber hecho mejor, cuando el sonido de un mensaje interrumpió su momento de introspección.\n\nEra Iris. Le decía que en la noche fuera a cenar a su casa, que ella invitaba, pero que sí o sí debía presentarse. Clara leyó el mensaje y suspiró; un poco de tiempo con una amiga le vendría bien.\n\nLlegó la hora de la cena. La chica fue hasta casa de Iris, olvidando por un momento todo lo sucedido. Tocó la puerta, pero quien la recibió no era su amiga.\n\nClara frunció el ceño rápidamente al ver a la persona detrás de la puerta, sintiendo como si su corazón fuera estrujado y se detuviera por un momento. Aquella persona era ese policía: era Lucas, quien la miraba con tranquilidad.\n\nLa chica se quedó congelada. Su cabeza lanzaba miles de señales, pero la más importante era una: huir, correr. Sin embargo, antes de que siquiera su cuerpo reaccionara, Lucas habló.\n\n—Necesitamos hablar… —dijo con tono suave.\n\n—No tengo nada de qué hablar contigo —respondió la chica, apartándose de la puerta, lista para correr.\n\n—No correría si fuera tú… —dijo Lucas, aún en el recibidor, deteniéndola en seco.\n\nClara se quedó quieta por un momento. Miró hacia atrás. Ese chico parecía profundamente tranquilo, lo cual, de cierta manera, le resultaba perturbador.\n\n—Tengo dos patrullas dando rondas por aquí, con la excusa de un vendedor de droga con tu complexión. Tú sabes cómo son: primero van a actuar y luego preguntan. Así que, si fuera tú, entraría a la casa.\n\nClara sintió un nudo en el estómago. Por un momento miró su rodilla: no podía correr, era imposible en su condición. Apretando los dientes con fuerza, dio media vuelta y entró a la casa. Su mente imaginaba miles de escenarios para escapar, pero ninguno la convencía. Cuando entró, no vio a Iris por ningún lado.\n\n—¿Dónde está Iris? Si le hiciste algo, te juro que…\n\n—La envié por la cena, no te preocupes —dijo Lucas, interrumpiéndola mientras tomaba asiento.\n\nCuando se sentaron uno frente al otro en el pequeño comedor, Lucas sacó su placa y luego su arma. Antes de ponerla sobre la mesa con mantel de flores, le quitó el cargador y sacó las balas.\n\n—Puedes confiar en mí. Me llamo Lucas Flores, soy agente de investigación criminal. No tienes que estar nerviosa. No vine a arrestarte ni a hacerte daño… solo quiero hablar.\n\nClara no dijo nada; se cruzó de brazos sin apartar la mirada, dura y fija en él. Su ceño fruncido, sumado a los moretones, la hacía verse más intimidante de lo normal. Lucas pareció tomar esa reacción con calma, como si confirmara algo en su cabeza.\n\n—Entiendo… mira —dijo, sacando de su mochila un sobre con varias fotos.\n\nLo abrió y deslizó una hacia ella. En la imagen se le veía claramente con su traje improvisado, levantando el bate metálico justo antes de golpear.\n\n—Eres tú —afirmó con tranquilidad.\n\nClara ni siquiera tocó la foto; apenas la miró de reojo antes de volver a clavar los ojos en él.\n\n—¿Y si lo soy? Si vas a arrestarme, hazlo de una vez —respondió, con un tono más molesto que temeroso.\n\nLucas negó suavemente.\n\n—Ya te dije que no vine a arrestarte. No estás hablando con un policía ahora… esto es más importante.\n\nSin dejar de observarla, sacó otras dos fotos y las puso sobre la mesa, empujándolas ligeramente hacia ella. Clara no pudo evitar mirarlas: Abel y Pablo, ambos en acción, expuestos en situaciones que no dejaban lugar a dudas.\n\nPor un instante, su expresión cambió apenas, casi imperceptible.\n\n—Esto ya no es solo sobre ti —continuó Lucas, apoyándose en la mesa—. Así que te lo pregunto otra vez… ¿los conoces?\n\nClara chasqueó los dientes, molesta.\n\n—Nunca los he visto en mi vida… —respondió sin apartar la mirada—. Y además, ¿cómo diste conmigo en primer lugar? Si alguien viera esto, solo vería a un policía haciendo acusaciones sin fundamento.\n\nLucas no pareció inmutarse.\n\n—Lo sé… —dijo con calma—. Y aun así, no fue difícil encontrarte.\n\nSe inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa.\n\n—No sé si lo olvidaste, pero ese día yo fui quien llegó a ayudarte. Iris salió corriendo por las casas, gritando. Llegó hasta las afueras del barrio… y yo fui.\n\nHizo una pausa breve, sin dejar de mirarla.\n\n—Tomé su declaración en la fiscalía. Le pregunté quién la había ayudado, mencioné que habría una recompensa… y no dudó. Dijo tu nombre. Clara.\n\nDejó que eso se asentara.\n\n—Así que solo tuve que pedirle que te invitara a cenar —añadió—. Y aquí estamos.\n\nClara bajó la mirada por un segundo. La mención de Iris hizo que sus defensas se agrietaran apenas.\n\n—Solo quiero saber qué mierda está pasando en esta ciudad… —dijo Lucas.\n\nDeslizó otras dos fotos sobre la mesa: una del incidente de los motociclistas y otra del tipo asesinado en la tienda de suplementos.\n\nClara las miró.\n\nSintió cómo un nudo se le formaba en la garganta.\n\nEn una de las imágenes, varios jóvenes —algunos que no parecían tener ni diecisiete años— yacían en el suelo, atravesados por balas. En la otra, el cuerpo de un hombre descansaba inmóvil sobre el piso, rodeado de sangre; sus ojos abiertos, vacíos, sin rastro de vida.\n\nAlgo en ella cedió.\n\n—Dime una cosa, Clara… ¿tú y tus colegas hicieron esto? —preguntó Lucas, sin rodeos.\n\n—No —respondió al instante—. Nosotros ni siquiera tenemos ese tipo de armas.\n\nLucas no dijo nada de inmediato. La observó.\n\nVio cómo su mirada temblaba apenas, cómo no podía apartarla de las fotos… en especial de las de Abel y Pablo.\n\n—Ni siquiera hemos salido en casi tres meses… —añadió Clara, con la voz más baja—. Nosotros no tenemos nada que ver con esto.\n\nEl agente la miró en silencio. Sabía que decía la verdad… pero necesitaba verla, entender quién era realmente una de esas personas.\n\n—Mira, Clara… —empezó, con un tono más bajo—. Yo hice un juramento cuando entré a esto. Pensé que podía cambiar algo.\n\nNegó apenas, como si esa idea le resultara lejana ahora.\n\n—Pero con el tiempo te das cuenta de que no importa cuánto hagas… esta ciudad, este país… están hundidos en la mierda. Y no solo por los criminales. También por nosotros.\n\nClara alzó la vista, sorprendida.\n\nNo era lo que esperaba escuchar.\n\n—Por eso, cuando empecé a oír de un grupo de… —hizo una pausa breve— de “loquitos” saliendo a la calle a intentar hacer una diferencia… recordé por qué sigo aquí.\n\nSe levantó de la silla sin dejar de hablar.\n\n—No por el sistema. No por la ley… sino por la poca gente que todavía cree que esto puede cambiar.\n\nRecogió las fotos con calma y caminó hacia el recibidor. Tomó su chamarra del perchero y sacó dos sobres amarillos del bolsillo interior.\n\nClara no dijo nada.\n\nLas palabras le habían pegado más de lo que quería admitir. Nunca pensó que alguien vería lo que hacían de esa forma. Y aunque en el fondo sabía que no era exactamente por eso que había empezado… no pudo evitar sentir una leve satisfacción.\n\nLucas regresó y dejó uno de los sobres frente a ella.\n\n—Toma. Es tu recompensa.\n\nDejó el otro sobre a un lado.\n\n—Mi número está en el que tiene tu nombre.\n\nHizo una pausa breve, mirándola con seriedad.\n\n—Me gustaría que siguiéramos hablando de esto —dijo, abriendo la puerta antes de salir.\n\nClara se quedó quieta, observando cómo cruzaba el umbral. En su interior, una sensación extraña la invadió; no sabría describirla, pero tenía claro que no era negativa.\n\nCasi de inmediato, Iris llegó.\n\nTraía una bolsa de plástico azul brillante. Dentro, tres charolas blancas de unicel, cubiertas con papel aluminio.\n\n—¡Ya traje la cena! —dijo con ánimo, al ver a su amiga aún pensativa.\n\n—Ah… sí, vamos a comer.\n\n—Espera, ¿y el policía? También le traje una charola.\n\nClara bajó la mirada un instante.\n\n—Creo que le llamaron… algo de un asunto urgente —respondió, con un leve rastro de duda en la voz.\n\nDespués de la cena, Clara volvió a casa con la cabeza aún llena de dudas, pero también con una visión distinta de las cosas. Sentía que, tal como había dicho Lucas, había algo más detrás de esos ataques… y del caos reciente en la ciudad.\n\nSe dejó caer en la cama. Aún le dolían las heridas. Se quedó mirando el techo, en silencio, dejando que todo se acomodara poco a poco.\n\nPasó un rato antes de que tomara su teléfono.\n\nEscribió un mensaje breve.\n\nMañana. Mr. Onion. Necesito hablar con ustedes…\n\nPor la mañana, un apenas despierto Abel tomó su teléfono para apagar la alarma. Ahí vio el mensaje de Clara; la notificación invadía su pantalla y apenas alcanzó a leerlo cuando sintió el peso de alguien sobre su cama.\n\nEl peso inexistente de Elena.\n\n—¡Buenos días, mi príncipe!\n\nDesde el incidente en la gasolinera, Elena no había desaparecido; solo se iba cuando él entrenaba. El resto del tiempo estaba en todos lados: en el auto, en el trabajo, incluso ahí, en su propia habitación.\n\nAbel se levantó, intentando ignorarla, aunque le resultaba cada vez más difícil. Le asqueaba recordar sus propias palabras de aquel día; se castigaba una y otra vez por haber dicho algo como eso.\n\nYo también te amo.\n\nLa frase volvía a su cabeza sin descanso, como un eco persistente. Algo tan irreal, tan estúpido… y aun así no podía quitárselo de encima. Sentía cómo ese recuerdo le carcomía la mente, como si el poco hilo de cordura que le quedaba se fuera deshilachando poco a poco.\n\nAsí empezó su rutina, ahora con esa molesta proyección de su mente incluida. Abel apenas respondía al incesante parloteo de lo que fuera que fuese Elena.\n\nHablaba de cosas absurdas: qué tipo de zapatos le quedarían mejor, si él la acompañaría a ver su próxima película… y entonces soltó algo que lo dejó helado.\n\n—¿Cómo crees que deberíamos llamar a nuestros hijos?\n\nAbel casi escupió el café.\n\nSe quedó inmóvil, la taza suspendida a medio camino, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda, eso ya no era solo molesto.\n\nEra enfermizo.\n\nDurante el trayecto al trabajo, Abel trató de ignorar su presencia. Se limitaba a responder a sus preguntas, o a las tonterías que decía, con respuestas secas y automáticas. Ni siquiera la miraba.\n\nO al menos lo intentaba.\n\nLa chica vestía una falda de tubo gris que llegaba a la mitad de los muslos, mallas negras y zapatillas del mismo color, brillantes, combinadas con un suéter oscuro.\n\nAbel la reconoció al instante.\n\nEra el mismo atuendo de la última publicación de la Elena real, en París, promocionando una marca de perfumes. Recordaba haber pensado que se veía increíble… no tanto por la ropa, sino por ella.\n\nDesvió la mirada de inmediato.\n\nSabía que, si se permitía observarla más de la cuenta, las pocas defensas que le quedaban se vendrían abajo como una torre de cartas.\n\nEn el trabajo, el escenario no fue distinto. Mientras estaba frente a la computadora, veía su reflejo en el monitor… y ahí estaba ella, Elena, haciéndole mimos en el cabello, girando en una silla y repitiendo una y otra vez lo aburrido que era ese lugar. Abel apretó la mandíbula, intentando concentrarse, pero cada palabra se le hacía más pesada.\n\nFue en uno de esos momentos cuando lo llamaron a la oficina del jefe. Se levantó con cierto nerviosismo, evitando mirar a cualquier lado que no fuera el suelo, como si así pudiera ignorarla también. Entró.\n\n—Abel, buenas tardes. Por favor, cierra la puerta y toma asiento—dijo el hombre con un tono sorprendentemente cálido.\n\nAbel se extraño un poco por tal comportamiento, la mayor parte del tiempo parecía que el no existiera para ese hombre, salvo algunos saludos o comentarios fugaces al salir del trabajo, tomo asiento, viendo hacia el suelo.\n\n—Veras te llame por que necesito un favor, uno digamos ya sabes personal, he visto que has hecho un buen trabajo desde que entraste y por lo mismo quiero encomendarte esta responsabilidad.\n\nAbel apenas alzó la mirada… y la vio. Elena estaba detrás del hombre, haciendo caras y gestos burlones; incluso simulaba tocar un bongó con su cabeza. Abel apretó los puños, intentando ignorarla y concentrarse en lo que decía su jefe, pero esa presencia no dejaba de moverse. Si no hacía muecas, se ponía a revisar las cosas del escritorio como si realmente estuviera ahí.\n\n—Diablos, aquí huele a viejo… ese perfume debería usarse como plaguicida —dijo la chica, tosiendo de forma exagerada.\n\nAbel desvió la mirada y forzó su atención de vuelta a la conversación.\n\n—Entonces, yendo al punto… verás, tengo un piso en el edificio de Las Camelias, lo conoces, ¿no? El que está por el hotel Francisco del Río…\n\n—Ah, esto es tan aburrido… —dijo Elena, dejándose caer sobre las piernas de Abel como si no pesara nada.\n\nÉl tensó el cuerpo, crujió los dientes y se quedó quieto. No reaccionó hacia afuera, pero por dentro algo empezaba a ceder; su paciencia se agotaba, y lo peor era darse cuenta de lo absurdo de la situación: estaba perdiendo el control por alguien que ni siquiera estaba ahí.\n\n—S-sí, lo conozco —dijo un tenso Abel, sintiendo aún la presencia de Elena recargada en sus piernas.\n\n—¡Excelente! —respondió el hombre con una gran sonrisa—. Mira, necesito que de vez en cuando, de aquí a que finalice el año, pases a darle un vistazo al piso que me pertenece. Ya sabes, regar las plantas, recoger los recibos de luz y ese tipo de cosas.\n\nAbel se quedó en blanco.\n\nQuería decir algo. Decir que no era su responsabilidad, que eso no formaba parte de su trabajo… pero entre las palabras del hombre y la presencia constante de Elena, lo único que hizo fue clavar las uñas en la palma de su mano y forzar una sonrisa.\n\n—Claro… será un placer, señor.\n\nRecibió las llaves, asintió por inercia y salió de la oficina.\n\nApenas había tenido tiempo de procesarlo cuando Lucy apareció detrás de él.\n\n—Oye, Abelín, ¿crees que puedas ir a la tienda por nuestros refrescos? Te invito el tuyo, pero por favor ve, que ya tenemos hambre.\n\nAbel asintió nuevamente con esa sonrisa fingida y salió del edificio, con Elena detrás de él. Pero ahora su semblante era distinto; ya no había rastro de la chica fastidiosa de hace un momento.\n\n—Carajo… ¿quién se creen? ¿Qué eres, su puto sirviente? “Ve por nuestros refrescos”… —dijo, imitando la voz de Lucy con burla.\n\nAbel aceleró el paso, mirando al suelo, intentando ignorarla.\n\n—Y luego ese anciano… tratándote como si fueras su jodido mayordomo. ¿Regar sus plantas? No sabía que tu contrato incluía jardinería. Esto es una mierda.\n\nEl chico apretó con fuerza el dinero que llevaba en la mano.\n\n—¿Sabes qué es lo peor? —continuó ella, acercándose más—. Que no dices nada. Solo agachas la cabeza… como siempre.\n\nAbel no respondió.\n\n—Eres un dejado de mierda. Dejas que todos te pisoteen… ¿y para qué? —añadió, inclinándose hacia él, casi susurrando—. Parece que te gusta que te traten así.\n\nLas palabras le calaron hondo, como estocadas directas al orgullo, y lo peor era que sabía que eran verdad, que todo lo que decía esa presencia no era más que algo que él mismo había evitado ver durante mucho tiempo. El tono burlón de Elena no hacía más que empeorarlo; la molestia que antes era soportable ahora se volvía más densa, más personal.\n\nAun así, no dijo nada. Como siempre.\n\nLlegó a la tienda, tomó los refrescos y caminó hasta el refrigerador. Se detuvo un segundo frente al vidrio, viendo su reflejo: cansado, tenso, con la mandíbula apretada.\n\n—Patético… eres un puto pedazo de mierda —pensó.\n\nDesvió la mirada y fue a pagar.\n\nVolvió al trabajo y no habló más en todo el día, a pesar de la presencia de Elena. Eso era lo que más le molestaba: que incluso en silencio, seguía ahí.\n\nCuando llegó la hora de entrenar, golpear el costal y practicar con Pablo le dio algo de paz. Sentir el impacto de sus puños contra la superficie, el sudor bajando por su frente y el ritmo acelerado de su respiración lograban, aunque fuera por un momento, acallar ese caos en su cabeza.\n\nPero solo por un momento.\n\nAl salir, fue con Pablo al restaurante de hamburguesas. Ambos la vieron ahí: Clara, sentada, con la capucha de su sudadera cubriéndole parte del rostro.\n\nAlgo no cuadraba.",
  "title": "Amar a una sombra,  una historia de vigilantes Capitulo 15",
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