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"textContent": "_⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico._\n\n_Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo_\n\nCapítulo 3. Parte 5\n\nLuis prendió su cigarro con el encendedor del detective. La oficina bien iluminada con ventanas pequeñas y persianas cerradas tenía lo necesario para la reproducción del material audiovisual.\n\n—Pensé que ya no estaban interesados en el caso. —dijo el agente inhalando su cigarro y rotando suavemente de un lado a otro en la silla giratoria.\n\n—Yo estaba demasiado ocupado para hacerme cargo y se suponía que Ignacio iba a continuar con el contacto con usted —contestó el editor sentado y con los dedos sosteniendo el cigarrillo.\n\n—No pasa nada. Lo importante es que le está dando continuidad a esto para que el señor Valdez pueda finalmente actuar.\n\n—Lo cierto —interrumpió Luis—, es que Ignacio no sabe que vine.\n\n—Comprendo.\n\n—Últimamente está pasando por dificultades y no creo que quiera o pueda enfrentar estas cosas ahora.\n\nEl detective lo miró con interés.\n\n—¿Puedo preguntar qué clase de dificultades tiene? —cuestionó con diplomacia—. Me refiero, por supuesto, a si tiene que ver con el porqué está usted hoy aquí.\n\nLuis se puso algo nervioso y suspiró con frustración.\n\n—De hecho no lo sé y es lo que necesito averiguar.\n\nEl detective afirmó con afabilidad.\n\n—Vamos a ver, entonces.\n\nEl detective Maza sacó las cintas VHS donde estaban grabadas las tomas de las cámaras de seguridad ordenadas con la fecha escrita en la etiqueta blanca lateral.\n\n—Esta fue la segunda que presenté a su cliente el día que fui a su departamento y se sintió mal —informó el agente—. Es la más clara y es desde una pequeña tienda en una esquina que tiene vistas al costado del edificio.\n\nEl hombre reprodujo la cinta y señaló a Luis los mismos puntos que había señalado a Alejandro días antes. Era el día de la primera agresión. Como se señaló la primera vez, no apareció nada.\n\n— ¿Ve? —apuntó—, se pueden apreciar las ventanas del cuarto piso.\n\nSin sacar la cinta, avanzó al día de la siguiente agresión que fue durante la noche, la calidad se veía peor sin embargo, fuera de las personas que entraban y salían del edificio de Alejandro, no parecía haber ningún sospechoso externo.\n\n—Al día siguiente fue el día que me presenté por primera vez al departamento del señor Valdez junto con mi equipo —informó el agente—, no vimos nada adentro que nos llamara la atención más que los evidentes golpes de su amigo. Para entonces, tengo entendido que él también había hecho una denuncia en el ministerio público.\n\nLuis escuchaba atento mientras veía la pantalla de la TV con preocupación.\n\nEl detective avanzó la cinta al día siguiente y durante el día todo parecía estar normal, la ciudad tenía vida, la gente caminaba, unos se iban, otros volvían, los niños iban a la escuela, regresaban de ella, los autos seguían su curso, taxis, vendedores, gente cruzando la avenida mientras corrían para evitar ser atropellados, nada.\n\nAl caer la noche, la imagen comenzaba a empeorar de nuevo, sin embargo el detective se acomodó en su asiento y miró a Luis de reojo asegurándose de que éste pudiera ver perfectamente el plano.\n\nAproximadamente a las 8:35 de la noche, en la ventana con las cortinas blancas semicerradas y en una imagen apenas visible del departamento de Alejandro, un hombre sale por la ventana y se cuelga de ahí por unos minutos, a pesar de la distancia y la mala calidad se puede ver que se reintroduce por la ventana, esta se cierra de golpe y un zapato cae al vacío.\n\nLuis se queda atónito ante la escena.\n\n—No logramos ver esta escena en el departamento —agregó el investigador—. Usted llegó justo cuando el señor Valdez comenzaba a sentirse mal.\n\nLuis se había quedado sin palabras. Fue la noche en que Alejandro se había lesionado el pie, no llamó a nadie, no dijo nada y su justificación fue que un mueble se le había caído encima.\n\n—¿Es ese el señor Valdez? —le preguntó el detective a Luis intentando confirmar que sus sospechas eran ciertas.\n\n—Sí. Creo que sí.\n\nLuis se frotó la barbilla con desconcierto e incredulidad. La calidad de la imagen era mala, nocturna y con movimientos entrecortados que impedían apreciar los detalles menos evidentes del suceso. Tenía cada vez más preguntas que respuestas inundando su mente, ¿que fue lo que pasó en ese momento?, ¿ese de ahí era realmente Ignacio? ¿que hacía colgado de la ventana?, ¿lo estaban amenazando?, ¿realmente había alguien más ahí?, ¿porqué le ocultó la verdad?, ¿estaba protegiendo al agresor?, ¿era el agresor el amante que aún lo golpeaba? Se cubrió la cara con ambas manos y solo se destapó para decir:\n\n—Había alguien más con él.\n\nSu seguridad nerviosa delataba una necesidad de protección para con su amigo. Además, las cortinas cerradas impedían visualizar con claridad si había alguien detrás de ellas. El detective lo miró con desconfianza.\n\n—Lo mismo pensaba —dijo con seguridad—, analicé las cámaras con detenimiento para asegurarme de que alguien había entrado por algún lado, pero no hay evidencia de nada al menos por las puertas o ventanas visibles.\n\nEl agente retrocedió la toma poco más de una hora antes.\n\n—Aquí —señaló la ventana con el dedo—, el señor Valdez, muy probablemente, asomó ligeramente por la ventana y se quedó mirando algo abajo en la calle. No hay cámaras que muestren qué era lo que estaba viendo, pero de alguna forma, si era el agresor, logró entrar al lugar.\n\nLuis sintió escalofríos. El mismo miedo que sintió semanas antes cuando en el pasillo del edificio Alejandro le preguntó si había escuchado una voz. Él no había escuchado nada pero incluso llegó a pensar que había algo de sobrenatural en todo aquello. “Estupideces”, se dijo, su corazonada le decía que había un hombre entrando y saliendo de alguna manera al departamento de su amigo, se había ganado su confianza y ahora lo golpeaba como a una pareja sumisa e indefensa.\n\n—¡¿Cómo es posible que entre al lugar sin que nadie se de cuenta?! —exclamó Luis poniendose de pie—. ¡Tengo que llamar a la policía!\n\n—Señor Chahín, yo también estoy de acuerdo con eso —le aseguró—, pero tiene que ser prudente. Si hay alguien agrediendo a su amigo, probablemente él también lo esté ocultando. La policía no va a atender un caso de problemas pasionales, y mucho menos entre dos hombres. Esos casos solo toman relevancia cuando uno de ellos termina muerto.\n\n—¡No voy a esperar a que ese animal mate a Ignacio!\n\nLuis respiró con frustración y volvió a sentarse con las manos en la cabeza.\n\nDe repente recordó el día del café y la llamada del detective.\n\n—Usted le llamó.\n\n—Así es —afirmó el agente—, hace como una semana.\n\n—Ignacio me dijo que usted le confirmó que no había visto nada en las cámaras.\n\nEl agente se quedó pensativo.\n\n—Supongo que no le dijo exactamente lo que le dije.\n\n—¿Y qué fue lo que le dijo?\n\nLuis se acomodó en el asiento para escuchar con atención.\n\n—Es cierto que le dije que la cámara del centro comercial se había caído y que desgraciadamente no se había captado nada, pero que tenía la otra cinta —el agente apunto hacia la TV—, justo esta que le acabo de mostrar.\n\n—¡¿Porqué no me dijo la verdad?! —gruñó cerrando los ojos pensando en Alejandro.\n\nDespués de respirar para calmarse, se frotó la sien con los pulgares y preguntó algo que había llamado su atención.\n\n—¿Porqué dijo que pensaba lo mismo? —miró a ver al detective—, ¿ya no piensa igual?, ¿tiene pruebas de otra cosa?\n\nEl detective inhaló y exhaló otra porción del tabaco y lo miró con confidencialidad.\n\n—Esto es muy delicado —advirtió—, hay otra posibilidad a la que le di vueltas mientras analizaba estas cintas y las pruebas.\n\n—¿Cuál?\n\n—Que el señor Valdez se esté lastimando a sí mismo.\n\nLuis se quedó mirando al agente con una expresión seria y casi arrogante. Luego soltó una risita cínica.\n\n—Eso es imposible.\n\n—¿Lo es? —preguntó el investigador—. No sería el único caso que yo conociera. Pero, por supuesto, que podría equivocarme, a fin de cuentas no tengo pruebas para ninguna de las dos opciones.\n\n—Yo sí.\n\n—¿Cuales son, entonces?\n\n—Las palabras del propio Ignacio —confesó Luis como si se fuera a arrepentir de ello—. Las cosas que faltan en la casa, las cosas que sobran, su máquina de escribir… él no se haría tal cosa.\n\nEl detective escuchó atento sin preguntar por los detalles.\n\n—Entonces, ¿qué estamos haciendo acá? —preguntó el hombre con calma y diplomacia.\n\n—Ignacio no me dijo todo. ¡No me dice más, no me cuenta nada! —aseveró Luis—. No sé como esa persona entra a su departamento, no sé desde cuándo, ni siquiera sé si es el mismo hombre que lo acosó desde el inicio. Necesito respuestas y él no me las da. Pensé que con las cintas obtendría respuestas y la única pista que tengo es la de Ignacio colgado de la ventana y la seguridad de que el otro hijo de puta le rompió el pie.\n\n—Usted dice que el señor Valdez sigue siendo violentado por esta persona hasta el día de hoy, ¿no es así? —reafirmó el detective y repitió—, esta persona… ¿tiene idea de quién pueda ser?\n\nLuis observó al agente con desconfianza y secretismo y bajó la cabeza sintiéndose más perdido que nunca.\n\n“Se llama Felipe”, recordó con la voz de Alejandro en la cabeza.\n\nAlejandro estaba recostado sobre el reposabrazos del sofá. El mareo se estaba disipando, la mano dolía menos y el pie estaba casi completamente sanado.\n\n—¿Felipe?\n\nLuis no quiso ni preguntar si era el mismo hombre que había entrado a su casa antes.\n\n—¿Dónde lo conociste?\n\n—Entró sin más. —dijo Alejandro con la mirada perdida como si estuviera viviendo aquello de nuevo.\n\nAhí estaba la respuesta de Luis, sin embargo, no pudo quedarse con esas palabras tan simples. Nada tenía sentido.\n\n—¿Cómo? ¿cómo que entró así sin más, Nacho?\n\n—Viene cuando no hay nadie, cuando todos salen y cuando estoy solo.\n\n—¡¿Y como diablos lo sabe?!\n\nAlejandro miró a Luis a los ojos, había sinceridad en ellos.\n\n—Porque yo se lo digo.\n\nLuis lo miró completamente perturbado. Imaginó a Alejandro haciendo llamadas rápidas desde el teléfono para que aquél tipo conociera el itinerario de su vida y de su soledad.\n\n—¿Qué?\n\nAlejandro volvió a recostarse. No quería seguir hablando de ello, no quería seguir hablando ni pensando ni recordando.\n\n—¡Nacho! —insistió Luis—, ¡¿dejas que un cabrón venga y te golpee?!\n\nNo tenía sentido para nadie y, sin embargo, muchas personas en el mundo vivían así. Alejandro se preguntaba si todas aquellas personas también lo hacían por el mismo motivo que él, ¿estaban enamorados?, ¿se sentían culpables por algo?\n\nAnte el silencio de Alejandro, Luis se puso de pie y agarró unas piezas de la máquina de escribir del piso.\n\n—¡Nacho, ¿él rompió tu máquina?! —gritó Luis visiblemente enojado—. ¡Tu máquina!, ¡te vi escribir tu primer libro con ella! ¡¿No sientes nada?!\n\n—No tiene caso sentir nada —dijo Alejandro rascándose la nariz con el dorso de su mano sana—, ya está rota.\n\nLas respuestas de Alejandro era lo que más perturbaban a Luis. Su Alejandro nunca hubiera reaccionado con tal indiferencia ante algo así.\n\n—¿Desde cuando está pasando esto?, ¿eh, Nacho?\n\nAlejandro se levantó del sofá y caminó con la tobillera recién puesta hacia el minicomponente. Sacó una pequeña caja de plástico con siete discos, cuatro de ellos abiertos.\n\n—Son sus discos, mira —dijo, como un niño queriendo presumir su propia colección.\n\nLuis había escuchado esa música antes en ese mismo departamento, rock, heavy metal, un estilo de hip hop desconocido en México, lo había oído, ¿porqué no se dio cuenta antes?\n\n—Ese no es tu estilo.\n\n—No —dijo Alejandro dejando la caja en su lugar—. El dinero desapareció de mi billetera. Creo que me robó para poder comprarlos.\n\nA Luis le impresionó la naturalidad con la que Alejandro relataba todo aquello. Su música era como una alegoría de su razón, no había desaparecido del todo, simplemente había sido desplazada al fondo.\n\n—Nacho. Dime dónde encontrarlo —instó Luis sujetandole el brazo—, puede que la policía no haga le de importancia si piensa que es un caso de crimen pasional pero podemos demandar por allanamiento, acoso, robo o agresión…\n\n—No sirve de nada. Lo hice una vez y viste lo que pasó.\n\n—¡Pero ahora tenemos pruebas!, ¡los golpes, la quemadura, el pie…\n\nLuis miró el pie con la tobillera. No quería ni imaginar que aquél hombre también le había lesionado el pie a su amigo, era llegar demasiado lejos, más que una quemadura de cigarro y un golpe en la cara.\n\n—El pie me lo lastimé con el maldito sofá —dijo Alejandro mecánicamente acechando por la ventana, apartando la cortina ligeramente con los dedos, y mirando hacia la calle y hacia el pasillo donde vio a Felipe aquella vez.\n\nLuis lo miró con desconfianza, pero iba creerle únicamente durante esos momentos.\n\n—Nacho —le llamó Luis—, vamos a la policía.\n\n—No, Luis.\n\nLuis resopló con una terrible frustración impregnada en su rostro.\n\n—¡¿Tanto lo quieres?!\n\n—Tanto que me destruye.\n\nLuis caminó hacia atrás como si no pudiera hacer nada más por su amigo. Era un peligroso amor enfermizo. Alejandro se quedó en silencio durante un rato con la mirada perdida en el horizonte.\n\n—Tengo que matarlo —dijo después de un rato sin despegar la vista hacia la calle bajo la tarde que comenzaba a pintar sus colores nocturnos, a lo lejos, más allá, hacia las lomas.\n\n—Dios mío, ¡¿qué?! —exclamó Luis volviéndose a acercar a Alejandro\n\n—A Felipe Higuera\n\nLuis se quedó pensativo y con una evidente confusión en la cara.\n\n—¿Felipe Higuera? ¿El personaje de tu libro?\n\n—Sí. Tiene que morir.\n\nLuis no sabía si sentir alivio porque su amigo estaba hablando de matar a un personaje ficticio o preocupación porque Alejandro había mezclado una cosa con otra de manera tan espontánea.\n\n—Nacho, el libro puede esperar, ¿eh? —aseguró Luis—, no tienes que ponerte a escribir ahorita. Estamos hablando de algo serio.\n\n—¡No, Luis! —exclamó—. Necesito un final para “Cólera”.\n\n—No tienes que escribir ahora mismo. Puedo hablar con Ricardo para aplazar la entrega.\n\n—Ya oíste a Ricardo y además hice un trato con él —le recordó Alejandro y caminó hacia su escritorio aún tambaleándose por los medicamentos—. Tengo que escribir.\n\nAunque no tenía máquina, tomó el bolígrafo con su mano herida y sintió el ardor de inmediato al hacer fuerza para sostenerla.\n\nPara Luis era inútil. Se volvió a sentar en el sofá, exhausto física y mentalmente. Agarró su moderno celular _startac_ y vio las llamadas perdidas de su esposa, resopló con desgano y miró al rededor de la sala como si buscara un lugar para ocultarse de su vida real. Su obligación como editor lo mantenían pegado a Alejandro, y su obligación como marido lo amarraba a la responsabilidad con su familia.\n\n—Nacho, préstame tu teléfono.\n\nFelipe llegó bañado en sangre. Se quitó la chaqueta amarilla sucia y la tiró al piso con cansancio; caminó hacia la sala y miró a Alejandro sentado en su silla frente a su escritorio mientras lo observaba con atención y curiosidad. No se atrevió a preguntar, él sabía.\n\nFelipe le regaló una sonrisa cínica y se tiró exhausto en el sofá de tres plazas.\n\nAlejandro guardó discretamente las hojas escritas a mano en una carpeta cercana, se movió tan natural que Felipe no sospechó nada, parecía que su mente estaba en otra cosa.\n\n—Mataron a Marianne —dijo Felipe mirando al techo y con los dedos cruzados sobre su estómago. Sus pies con sus tenis negros, sucios, flotaban fuera del reposabrazos del mueble y la sangre aún húmeda de su cuerpo había manchado la colchoneta.\n\nMiró a Alejandro que lo veía con una fuerte expectativa.\n\n—No sé ni para qué te lo digo —expresó Felipe—, creo que hay una parte en mí que aún cree que tú y yo podemos tener algo real… ¿Te imaginas?\n\nAlejandro bajó la cabeza y suspiró. Felipe continuó hablando.\n\n—Yo podría seguir siendo tu musa. Podría vivir aquí y haríamos el amor cada noche.\n\nEl escritor escuchó cada palabra con el corazón latiendo dentro de su pecho como si estuviera revestido de algodón, esa sensación de enamoramiento y paz al escuchar las palabras exactas. Se giró de nuevo hacia su escritorio y apretó el bolígrafo con su mano quemada, acababa de escribir el principio del desenlace de la historia, el final ya tenía un lugar en su mente y aunque aún faltaba pasarlo a papel, no pudo evitar sentir un vacío.\n\n—Ojalá fuera real. —murmuró.\n\n—¿Qué? —balbuceó Felipe aún acostado, con los ojos comenzando a cerrarse por el cansancio.\n\nAlejandro se puso de pie y se acercó a él. Se arrodilló sobre la alfombra para mirar el rostro de Felipe de cerca.\n\n—No te duermas, Felipe —dijo Alejandro contemplando su atractivo rostro. Ese cabello castaño claro que de día se ve más rubio y cuando está húmedo oscurece su color. Su nariz recta, sus ojos verde oliva y sus labios delineados y gruesos—. Vamos a bailar.\n\nFelipe le acarició la mejilla que antes le había golpeado, ahora amarillenta del pómulo y se acomodó para dormir.\n\nMarianne había muerto, el primer amor de Felipe. Alejandro había narrado su muerte después de su carta de despedida.\n\n_\"Las últimas palabras de la carta se perdieron en su cabeza mientras sus ojos las arrastraban sobre el papel, borrándolas, perdiéndolas, como había hecho él con su antiguo amor compartido…_\n\nAños antes su hermana había sido asesinada cruelmente, se dedicó a cazar al hombre que la mató, le sacó los ojos y lo obligó a tragárselos antes de asfixiarlo con sus propias manos. Se volvió un sádico desde entonces. Encontró en el dolor ajeno una comunión entre su dolor y su verdadera naturaleza. Cuando se hubo cansado de aquello, se dio la oportunidad de amar. Marianne, una hermosa francesa llegó a su vida y con el tiempo sus pecados pasados fueron olvidados por él, pero recordados por otros. La policía lo persiguió, intentó fugarse, intentó rendirse e intentó esconderse obligado a separarse de ella, a buscar a otros amores, hombres y mujeres por igual, dominar era su estrategia de supervivencia; cayó en el sadismo de nuevo y evitó volver a matar hasta que fue inevitable. Los baños públicos, las discotecas, el campo y de nuevo a los brazos de Marianne. La policía la encontró primero, ella intentó huir y no habló y no dijo donde estaba Felipe, entonces él intervino para protegerla pero ella murió en el proceso. Felipe regresó a un escondite frecuente y más seguro, un mundo extraño en la ciudad donde un escritor le temía y lo amaba por igual. Decidió quedarse, ya no tenía otro lugar a donde ir, quizás también le tenía cariño, quizás iba a ser su nueva Marianne.\n\nQuizás él lograría que dejase de matar, si pudiera ser amado de la misma manera… ¿Y si no? La policía aún buscaba a Felipe Higuera, quizás también, su deseo era ser encontrado para dejar de huir.\n\nAlejandro se sentó en la alfombra de espaldas a Felipe quien descansaba sobre el sofá con los ojos cerrados y le habló.\n\n—El día que murió mi hermano yo estaba entrenando fútbol. Era de noche, un vecino de mi colonia fue a verme para que me retirara temprano, no me dijo la razón, pero el entrenador, que había hablado con él antes, me miró con unos ojos que no olvidaré jamás, como compasión, como pena. El vecino me preguntó cómo me había ido en el entrenamiento y noté prácticamente la misma sensación, de que el mundo intentaba protegerme de algo que no entendía que era. No me llevó a casa. Me llevó al hospital donde mi padre me recogió, me dijo por qué estaba ahí y lloró sobre mis hombros; no solo sentí el peso de su cuerpo, sentí el insoportable peso de su dolor. Mis lágrimas no cayeron porque estaba en shock, caminé y vi a mi madre, ella me dio sus manos y las besó, se empaparon con sus lágrimas que no dejaron de caer esa noche, por días, semanas, meses. Y yo, que para entonces ya le había llorado en el velorio porque no me dejaron verlo en el hospital, me pasaba el tiempo chillando y pensando en él y en sus últimos momentos, “¿sufrió?, ¿pensó en mamá?, ¿en papá?, ¿en mí? ¿dijo algo antes de morir?, ¿qué fue lo último que vio?, ¿habrá sido su propio cuerpo?, ¿habrá sido a Dios?”. No olvidé la nota del periódico, el encabezado, el contenido que relataba cómo había pasado todo y cómo un suicida decidió sacrificar a dos jóvenes para cumplir su deseo de morir estrellándose contra ellos en su auto y al final él sobrevivió —. Alejandro se detuvo.\n\nFelipe levantó su mano y la puso sobre el pecho de Alejandro sobre su playera de algodón; palpitaba al ritmo de la resignación, relajada y triste.\n\nYo crecí rodeado de amor —continuó Alejandro—, de padres buenos, de economía estable, de inolvidables amigos, de apoyo por lo que quisiera ser en la vida, de amores correspondidos, de oportunidades y éxito… pero mi hermano estaba muerto. Y cada vez que miraba su retrato sonriente me preguntaba si de verdad era feliz por mí o solo se había quedado así paralizado en el tiempo. Lo segundo era lo que carcomía mi mente con cada logro. No era justo para él. Tenía que sufrir al menos un poco.\n\nFelipe lo miró sereno sin entender muy bien el motivo de aquella enfermedad llamada culpa. Él, que no tuvo nada desde el principio porque fue desapareciendo cruelmente ante la oscuridad del mundo.\n\n—Al tipo que mató a tu hermano… —señaló—, ¿quieres que lo encuentre y lo mate?\n\n—No —declaró Alejandro—. Su deseo era morir y supongo que su castigo fue seguir viviendo.\n\n—¿Y tu castigo? —cuestionó Felipe—, ¿ese soy yo?\n\nAlejandro se volteó para mirarlo y le regaló una sonrisa cálida.\n\n—Tu has sido lo que yo había estado buscando.\n\n—Eres un maldito romántico —dijo Felipe con gracia y bostezó.\n\nAlejandro soltó una risita y se arrodilló de nuevo para darle un beso en los labios.\n\nFelipe le acarició el labio superior con su pulgar y después de aguantar el sueño para escuchar a Alejandro, cayó dormido casi de inmediato.\n\nEl escritor volvió a sentarse de espaldas a él. Se quedó mirando al vacío y solo en ese momento sus lágrimas comenzaron a caer como torrentes sobre sus mejillas adoloridas, hizo un esfuerzo para no hacer ruido con sus sollozos y las fuertes aspiraciones de su nariz. Ya sabía el final de esa historia, era lo más triste. Una parte de él quería tener a Felipe en su vida para siempre, que sea su musa inmortal y dormir a su lado todas las noches para despertar y ver su elegante cuerpo desnudo por las mañanas. Quería que Felipe fuera un punto y coma, Pero todo libro tiene un punto final.",
"title": "Punto y coma; Capítulo 3. Parte 5",
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