{
"$type": "site.standard.document",
"bskyPostRef": {
"cid": "bafyreicwnr7lyeu5mjq2murg3gh3wroawapf3npjtv2g7lcgeze2evoqua",
"uri": "at://did:plc:vzh4bg7wcdwdz7dh5cf2niuz/app.bsky.feed.post/3mpiblsc2a5i2"
},
"coverImage": {
"$type": "blob",
"ref": {
"$link": "bafkreih7rewkrkjymsnvqa5rbgxt6gxk6s7u6eph6efwxs234xtfjtsl6m"
},
"mimeType": "image/jpeg",
"size": 222120
},
"path": "/d/3364-punto-y-coma-capitulo-3-parte-4/1",
"publishedAt": "2026-06-30T05:31:36.444Z",
"site": "https://fictograma.com",
"textContent": "_⚠️Advertencia de escenas con descripción explícita de agresión física, heridas, violencia y sexo homoerótico._\n\n_Otras etiquetas: #realismo-sucio #noir-psicológico #thriller-psicológico #sadomasoquismo_\n\nCapítulo 3. Parte 4\n\nSe abrió la puerta del ascensor y Alejandro pudo escuchar una música familiar proveniente de su departamento. De repente sintió un escalofrío, estaba seguro de que Felipe había regresado, sin embargo se acercó con diligencia a la puerta, sacó la llave y se metió a su casa.\n\nLa canción era la misma que Felipe había puesto el día que le lesionó el pie y lo obligó a verlo bailar. El volúmen era alto pero moderado, lo que le permitió escuchar el sonido de la regadera abierta dentro del baño.\n\nColgó su gabardina en el perchero de la pared, metió la muleta en el armario junto a la puerta y dejó las llaves sobre el escritorio junto a su máquina de escribir. La regadera se cerró. A pesar de la música, Alejandro sintió que había mucho silencio. Se dirigió a la cocina y preparó un vaso de leche para beber.\n\nDel pasillo del baño apareció Felipe, desnudo y mojado con apenas la toalla envuelta en su cintura. Alejandro lo miró atento mientras se bebía el vaso de leche y Felipe levantó un brazo apoyándolo en la pared y el con el otro se agarró la cadera, en una pose relajada.\n\n—¿Así está bien la música? —le dijo Felipe con un rostro casi inexpresivo.\n\nAlejandro bajó el vaso y se limpió la boca con el dorso de la mano.\n\n—¿Qué? —le preguntó con indiferente naturalidad.\n\n—¡¿Que si así está bien la música, mi amor?! —gritó Felipe visiblemente irritado.\n\nAlejandro asintió con la cabeza.\n\n—Ven acá. —le dijo Felipe e hizo el gesto levantando la mano.\n\nAlejandro obedeció al instante. Caminó hacia él cojeando moderadamente y antes de que llegara a su altura lo jaló del brazo bruscamente hacia él. Lo agarró de la cara con una mano presionando sus mejillas y lo besó salvajemente.\n\nAlejandro acarició su torso desnudo empapado y subió sintiendo los pequeños bultos de su pecho hasta llegar a su nuca con las gotas de su cabello mojado cayendo como una suave lluvia. Felipe se separó de él y sin soltarlo lo miró directo a los ojos.\n\n—¿Te portaste mal? —le susurró a Alejandro con una sonrisa cautivadora y cuyos ojos brillaban como un candil ardiente.\n\nAlejandro no contestó. Felipe lo agarró de la nuca y le dio una palmadita en la mejilla.\n\n—¿Te portaste mal? —volvió a preguntar.\n\n—No, Felipe. —contestó Alejandro robóticamente, pero con el corazón acelerado.\n\nFelipe le dio otra palmada en la mejilla a Alejandro, esta vez un poco más fuerte.\n\n—Dime la verdad, ¿te portaste mal? —le preguntó una vez más.\n\nAlejandro recordó el miedo que un ángel podía llegar a dar y se aferró al brazo de Felipe cuando este comenzó a apretarle el cuello con más fuerza.\n\n—No sé a que te refieres. —le dijo poniendo una expresión de dolor.\n\nFelipe lo soltó con una mirada de ira contenida, bajó las manos y cuando Alejandro se agarró el cuello para frotarlo, Felipe le soltó una cachetada con el dorso de la mano que mandó a Alejandro de inmediato al piso.\n\nEl hombre cayó de sentón sobre un lado de su cuerpo y rápidamente se agarró la cara justo en el pómulo donde había sentido la vibración.\n\n—No sabes a qué me refiero… —repitió Felipe y caminó hacia el minicomponente para cambiar el disco.\n\nAlejandro no pudo evitarlo, comenzó a lagrimar sin sentir precisamente un dolor emocional.\n\n—Tú no fumas, Nacho. ¿O es que me fui unos días y comenzaste a fumar por la tristeza? —alegó Felipe mientras terminaba de poner el disco. Se puso de pie y la primeras piezas comenzaron a sonar; era un ruido blanco que le seguía a una voz masculina hablando para luego comenzar con un piano gótico y melódico.\n\nAlejandro se puso de pie casi al mismo tiempo que las pesadas guitarras de aquél rock pesado estallaron.\n\nFelipe se acercó lentamente a Alejandro bailando y haciendo un _lipsync_ de la canción con gestos exagerados y dramáticos:\n\n_Black lipstick stains her glass of red wine_\n\n_I am your servant, may I light your cigarette?_\n\n_Those lips smooth, yeah I can feel what you’re saying, praying_\n\n_They say the beast inside of me’s gonna get ya_\n\nLo abrazó, acarició sus labios con el dedo pulgar y lo besó de nuevo.\n\n—Ni siquiera me preguntaste a dónde me fui o qué estuve haciendo —le dijo al oído mientras lo abrazaba con escalofriante dulzura—. ¿No me vas a preguntar?, ¿no, verdad?, porque ya lo sabes.\n\nAlejandro cerró los ojos y recostó su cabeza sobre su hombro.\n\n—Era algo que estaba en el borrador —dijo Alejandro y suspiró—. No puedo cambiarlo, Felipe.\n\n—Pero tu eres el escritor, Nacho —le dijo Felipe acariciando su cabeza—, puedes hacer lo que quieras. Puedes tenerme contigo para siempre.\n\n—La editorial tiene miedo de q…\n\nFelipe lo separó de él de golpe y lo agarró de los hombros para mirarlo directamente a los ojos.\n\n—¡Que se joda la editorial!\n\n—Mi reputación está en juego, Felipe. Todo por lo que he trabajado…\n\nFelipe lo miró con desdén y se dirigió hacia la barra de mármol donde estaban sus cigarrillos. Se quitó la toalla de la cintura y la extendió sobre su cabeza para secarse el cabello. Prendió el cigarrillo, lo inhaló y se dirigió de nuevo a Alejandro quien contempló su atlético y estilizado cuerpo de pies a cabeza. Felipe sonrió.\n\n—Te encanta lo que ves —indicó Felipe—, has sido mío, Ignacio, con todo lo que soy, con todo lo que has hecho de mí y ahora dices que tu reputación está en juego cuando a mí me ocultas en las sombras y me tratas como un paria.\n\n—Tienes fuerza y belleza, Felipe.\n\n—Oh, sí. Ven. —Ordenó Felipe moviendo el dedo índice con la palma de la mano hacia arriba.\n\nAlejandro evitó cojear y acercó a él. Felipe le agarró la mano tiernamente, agarró el cigarrillo de su boca y hundió la brasa en el dorso de su mano cerca del pulgar.\n\n—¡Ahh! —gritó Alejandro por el intenso dolor de la quemadura. Se sacudió apretando los ojos y trató, con todas sus fuerzas, de soltarse del fuerte agarre de Felipe. —¡Felipe! ¡Basta!\n\nDespués unos pocos segundos, que para Alejandro fueron eternos, Felipe lo soltó y Alejandro cayó al piso de espaldas. Se agarró la mano sollozando incontrolablemente y se encogió de rodillas bajando la cabeza hacia la alfombra.\n\nFelipe puso el cigarrillo apagado en la mesa de sala y se agachó cerca de él.\n\n—Ya te dejé otro recuerdo mío —le dijo acariciando su espalda mientras Alejandro lloraba con el rostro cubierto—, así que, aunque me mates, siempre te vas a acordar de mí.\n\nFelipe le agarró del cabello con el puño y le levantó la cabeza con los ojos cerrados bañados en llanto.\n\n—Mírame —le ordenó Felipe.\n\nAlejandro abrió los ojos y lo miró.\n\n—Podría hacerte cosas peores porque te atreviste a perder mi chamarra favorita —le dijo dándole una palmada en la cara—. Para cualquier otro valdría la muerte inmediata, pero no contigo. Me gustas demasiado como para que te mate.\n\n—Está bien, Felipe…\n\n—¿Qué cosa?\n\n—¿Qué, qué quieres que escriba? —preguntó Alejandro con dificultad.\n\nFelipe lo soltó y lo levantó del suéter por la fuerza y lo obligó a sentarse frente a su escritorio.\n\n—¿Qué tal si comenzamos matando al maricón de Luis? —inquirió Felipe.\n\n—¿Qué?…\n\n—¿No quieres?, ¿porqué no?, ¿te gusta?\n\n—¡No, Felipe!, ¡no siento lo mismo que siento contigo!\n\nFelipe aporreó su mano contra el escritorio con furia.\n\n—¡A mí no me mientas!\n\n—No. Es verdad… —la voz de Alejandro se quebró y lentamente se puso de pie para alcanzar el hermoso y aterrador rostro de Felipe, pero este volvió a darle una bofetada y Alejandro esta vez cayó de rodillas frente a él. La cabeza le mareaba a causa de los dos golpes que ya le había dado y sin darse cuenta un hilo de sangre comenzó a salir de su nariz, las pequeñas gotas cayeron sobre su rodilla manchando su pantalón color beige. Alejandro se hincó por completo y agarró la mano de Felipe quien se quedó mirándolo desde arriba con total indiferencia.\n—Es verdad —repitió Alejandro.\n\nCerró los ojos y abrazó el cuerpo desnudo de Felipe cruzando sus manos detrás de su glúteos y apoyando su cabeza sobre su vientre, desde donde podía sentir su sexo cerca de él, podía sentir su aroma y la humedad de su cuerpo recién bañado y sudoroso.\n\nFelipe no se movió. Miró la máquina de escribir con recelo, era el instrumento de su perdición, todo lo que Alejandro escribía en ella afectaba completamente su vida; su pasado, su presente y su futuro e incluso él, en el limbo entre la ficción y la realidad, tenía miedo, y lo peor es que no entendía de donde provenía. Quizás Alejandro había escrito más sin que el se diera cuenta, ¿había escrito su caída y su muerte? ¿No lo amaba lo suficiente como para mantenerlo a su lado? Felipe iba a darle a Alejandro lo que había buscado desde la muerte de su hermano, se lo había confesado, una redención de su culpa por no sufrir igual que él.\n\nFelipe dio unos pasos atrás, pero Alejandro se negó a soltarlo. Entonces no le quedo más remedio que empujarlo con el pie. Felipe se acercó a la máquina de escribir y la agarró con ambas manos.\n\n—Felipe… —le dijo Alejandro desde el suelo y levantando la mano mientras se imaginaba lo peor—, deja la máquina, por favor.\n\nFelipe se alejó de él y levantó la máquina sobre su cabeza.\n\n—Felipe, por favor, es una reliquia —exclamó Alejandro—. Estudié letras con ella, escribí mi primera novela con ella, ¡Felipe!… por favor.\n\nFelipe parecía buscar el mejor lugar para desatar su furia.\n\nAlejandro mientras tanto, seguía mirando pávido a Felipe levantando la máquina en el aire con una donosura vigorosa que le recordó al titán de Rubens que carga con sus brazos una roca enviada por Júpiter para evitar ser aplastado por ella. Felipe era la alegoría viva del gigante que se resistía a ser aplastado por la máquina, la roca de Júpiter.\n\nNo sirvió de nada rogar, Felipe tomo impulso y azotó la máquina de escribir contra el suelo justo donde la alfombra no llegaba más, creando un estruendo metálico que hizo encoger a Alejandro. Algunas teclas salieron disparadas por todas partes, el acero del antiguo aparato se abolló por ambos extremos, la capota saltó en el aire cayendo lejos del impacto, el carro y el rodillo rebotaron como pelotas de goma que al caer rodaron por caminos distintos lejos de lo que quedaba de la máquina destrozada, la cinta de tinta voló por los aires desenrollándose del carrete. No era una destrucción total pero era el recuerdo irreparable de lo que habían sido sus inicios como escritor.\n\nAlejandro estaba anonadado mientras observaba aquella destrucción parcial, no podía creer lo lejos que Felipe había llegado y sin embargo, podía creerlo a través de su salvaje conducta. Estaba tan perplejo que no derramó ni una lágrima, incluso cuando Felipe se acercó a él pateando los restos del aparato para que no estorbaran su camino.\n\n—Listo, mi amor —le dijo. Se inclinó, lo agarró de la bota ortopédica y lo arrastró por el suelo hacia la recámara—. Solo vamos a ser tú y yo.\n\nAlejandro chilló por el movimiento brusco del jaloneo, mientras intentaba inútilmente ponerse de pie. Desde el piso pudo volver a ver su vieja máquina despedazada, sorteando y halando con él las varillas metálicas de los tipos que habían llegado más lejos.\n\nEn la habitación, Felipe ordenó a Alejandro quitarse la bota ortopédica.\n\n—Es estorbosa, ¿no te fastidia? —le preguntó mientras lo miraba con impaciencia.\n\nAlejandro intentó contestarle con la mayor naturalidad posible, estaba cansado, conmocionado y herido.\n\n—Es más segura que la tobillera —le contestó.\n\n—¡¿Segura?! —preguntó Felipe con ironía—. Si se te cae algo pesado encima igualmente se te va a volver a romper el pie y de paso el aparato ese.\n\nAlejandro se quitó la bota, la tobillera y las vendas del pie. A esas alturas, el dolor punzante parecía el menor de los males.\n\n—Arrodíllate. —ordenó Felipe y Alejandro obedeció. Su pómulo, donde recibió el primer golpe y el más fuerte, comenzaba a hincharse. Felipe se agachó frente a él, le limpió la sangre que había escurrido de la nariz con el dedo y le acarició la mejilla. —Tsk, y eso que la herida de la nariz ya casi había desaparecido.\n\nFelipe agarró la venda que Alejandro se había quitado y agarró su mano con la quemadura. Enrolló la venda suavemente al rededor de la mano y metió la punta entre los pliegues para sujetarla. Luego, le dio un beso a Alejandro en los labios.\n\nSe levantó del suelo y levantó los brazos de Alejandro para quitarle el suéter y la playera que tenía abajo empapada en sudor. Lo dirigió apenas unos pasos, le desabrochó el pantalón y lo inclinó de frente a la cama con el culo levantado de modo que sus pies todavía tocaban el piso. Felipe le bajó los pantalones y los calzoncillos al mismo tiempo sin quitárselos por completo, dejando sus nalgas expuestas. El corazón de Alejandro empezó a palpitar de ansiedad, a pesar de eso tenía sueño, sin embargo, parecía que Felipe tenía un plan diferente sobre la cama.\n\nSe cubrió la cara con la mano en señal de angustia. El otro, por su parte, escupió un poco de saliva sobre su pene y comenzó a estimularlo para levantarlo. En menos de dos minutos Felipe estaba duro y listo para satisfacerse con el escritor. Sin preparar a su compañero, comenzó a meter su miembro suavemente mientras Alejandro apretaba los dientes y resoplaba con insatisfacción.\n\nFelipe se metió más profundo y escupió más saliva para lubricarse más.\n\n—Tsss… —Alejandro inhaló entre dientes y gruñó con dolor apretando las sábanas con los puños—. Más despacio…\n\n–Me pregunto si le dijiste lo mismo a Luis ayer —contestó Felipe con sarcasmo y rencor.\n\nAlejandro abrió los ojos, sabía que aquello no pasaría desapercibido para Felipe Higuera\n\n—¿Te gustó mucho? Creo que todavía puedes oler su aroma en las sábanas…\n\nFelipe se inclinó hacia Alejandro para hundirse más en él.\n\nAlejandro se retorció con una mezcla de dolor y placer, la misma sensación que solo él podía darle. Su amante se movía de atrás hacia adelante como una serpiente letal y tentadora que bufaba a su oído con alientos de gozo y éxtasis.\n\nEl escritor no habló más, sus jadeos y gemidos fueron todo lo que se escuchó durante toda la tarde mientras Felipe Higuera, el sádico asesino de su libro se clavaba salvajemente en él de todas las formas posibles, rompiendo su mente, su espíritu y su cuerpo.\n\nEl administrador introdujo sus pesadas llaves de emergencia en la puerta del departamento y sin acceder, por protocolo, se hizo a un lado para esperar en el pasillo mientras Luis jalaba la manija para ingresar. Temía lo peor. Alejandro no había contestado sus llamadas por casi dos días, el portero no lo había visto salir desde la última vez que entró al edificio y su auto seguía, como desde el día que se hirió el pie, aparcado en el estacionamiento. Evitó llamar a sus padres por expresa demanda de su amigo ante cualquier emergencia para, según él, evitar preocuparlos. Lo cierto era que sentía que había algo de razón en ello y antes de alarmar a todo el mundo decidió tomar el asunto por su propia mano. Le suplicó al administrador que le ayudara a contactarlo porque estaba preocupado por su integridad física debido a los acontecimientos pasados con el acosador que solía entrar en su departamento; temía que aquello estuviera repitiéndose de nuevo y que Alejandro estuviera herido o algo peor, ni siquiera quiso pensarlo.\n\nEl administrador del edificio llamó al teléfono del apartamento varias veces. Nadie contestó. También había sido testigo de las indagatorias del detective unas semanas antes así que la preocupación del editor tenía justificación.\n\n“Abriré, pero no estoy autorizado a entrar. Por favor, revise que su amigo esté bien y explíquele que ha pasado en caso de que, Dios lo quiera, se encuentre bien.” le advirtió el hombre.\n\nLuis escuchó un “crack” bajo sus zapatos antes siquiera de mirar al interior. Al abrir la puerta, tal fue su asombro al ver la máquina de escribir de Alejandro completamente destrozada en el piso, con las teclas, las varillas metálicas de los tipos, la cinta de tinta, el rodillo y muchas pequeñas partes del aparato, desperdigadas por el piso y la alfombra.\n\n—Dios mío… —dijo Luis tapándose la boca con asombro.\n\nLe pidió al administrador que lo esperara hasta asegurarse de que era momento de llamar a la policía.\n\n—¡¿Nacho?! —Gritó Luis llamando a su amigo y caminó empujando con el pie los pedazos metálicos de la máquina y mirando de un lado a otro para buscar a Alejandro en algún escondrijo de la sala. Sin llegar al fondo hasta la cocina, se dirigió rápidamente a la recámara, donde su instinto le dijo, acertadamente, que Alejandro estaría.\n\nSobre la cama, con apenas una playera y los calzoncillos puestos, estaba Alejandro Valdez acostado de espaldas a la puerta. Las sábanas estaban completamente revueltas, la cortina blackout sin abrir y un olor fuerte a medicamentos inundaba la pieza. Sobre el buró de cama estaba la fuente del olor, vitacilina, pomada de la campana y Dolac.\n\n—Nacho —pronunció Luis sin gritarle y se acercó a él.\n\nLa mano de Alejandro estaba vendada del dorso con el pulgar libre y su pie se veía igual que siempre con la mancha amarilla disminuída por la recuperación del esguince.\n\nLo agarró del hombro y lo sacudió sin mucha fuerza.\n\n—Nacho… —volvió a llamarle.\n\nAlejandro se movió acomodándose sutilmente. Luis respiró aliviado disminuyendo la sensación de que su corazón casi le rompía el pecho. Volvió a llamarle acariciándole el brazo.\n\n—Nacho, soy Luis.\n\nAlejandro resopló con dificultad y los ojos aún cerrados se volteó hacia él. La impresión del editor no había acabado cuando vio un moretón en uno de sus pómulos cerca del ojo.\n\n—Nacho, por Dios… —dijo Luis agarrándole la cara con urgencia pero con cuidado—. ¿Quién te hizo esto?\n\nAlejandro abrió los ojos y vio a Luis casi como en un sueño, la poca luz que entraba por la cortina le otorgaba una sensación de espectro matinal.\n\n—¿Eres Luis? —preguntó apenas dándose cuenta de lo que estaba pasando.\n\n—Sí —le contestó el otro observando su cuerpo y buscando con la mirada rastros de más violencia.\n\n—¿Qué haces aquí? —preguntó Alejandro con la voz dormida y los ojos hinchados.\n\nAntes de que el editor pudiera contestar la puerta de la entrada a lo lejos, sonó tres veces “toc, toc, toc”, el administrador esperaba una respuesta para poder proceder al protocolo de emergencia. Sin embargo, en Alejandro despertó un fuerte pavor y al escuchar los golpes se incorporó de un salto abriendo los ojos como platos y pegando su espalda a la pared.\n\nLuis lo miró perplejo y lo calmó.\n\n—Tranquilo, Nacho, tranquilo —le dijo con un evidente furia naciendo de su interior. Alguien había agredido a su amigo y aquello no se iba a quedar así—. Es el portero, me ayudó a abrir porque no respondías. Voy a quedarme aquí contigo.\n\nAlejandro se abrazó de sus rodillas y hundió la cara con vergüenza e intranquilidad.\n\nLuis se levantó y se dirigió al administrador para darle las noticias de que su amigo estaba bien, pero que su suposición era que se había estado medicando por sus frecuentes dolores, lo liberó de toda responsabilidad y le agradeció su cooperación ofreciéndole cincuenta pesos que el administrador aceptó de buena gana. La discreción también se paga con papel.\n\nAlejandro ya estaba sentado en la cama con los pies en el suelo, la cabeza gacha y los codos descansando sobre sus rodillas.\n\n—Nacho, tienes que decirme que pasó —instó Luis de nuevo frente a él.\n\n—No pasó nada. —dijo Alejandro limpiándose la nariz.\n\n—¡¿Nada?! —exclamó Luis completamente contrariado—. ¡Llego a tu casa, tu máquina de escribir destrozada en el suelo, tu habitación un desastre, medicamentos, estás todo golpeado ¿y me dices que no pasó nada?!\n\nAlejandro se quedó en silencio y suspiró con desgano.\n\n—Ignacio, por el amor de Dios, ¡dime! —Luis se acercó a él y se agachó para verlo a los ojos—. ¡Quiero ayudarte!\n\nAlejandro hizo contacto visual con él, acercó su mano y le acarició la mejilla con el pulgar. Le regaló una sutil sonrisa y le contestó:\n\n—Eres demasiado bueno, Luis. Tú no puedes ayudarme.\n\n—Otra vez esa pendejada. No te entiendo, Nacho.\n\n—También yo te he lastimado y me has perdonado. Ni siquiera lo merezco.\n\nNo era la primera vez que Alejandro decía aquello, ¿a qué se refería con “merecer” su bondad? ¿alguien lo estaba lastimando y aceptaba aquello por propia voluntad? ¿A qué se refería con ‘también’?\n\n—¿Quién te hizo esto? —le dijo Luis acomodándole tiernamente el cabello como si le impidiera ver el golpe de su cara. Luego agarró su mano vendada y Alejandro se la arrebató de las manos—. Déjame verlo—le instó.\n\nAlejandro intentó ponerse de pie apoyándose del hombro de Luis pero sus piernas estaban débiles y volvió a caer.\n\nLuis se puso de pie y lo ayudó a levantarse. Lo llevó al baño donde Alejandro por su propia cuenta comenzó a desenvolver la venda, una mancha marrón empezó a verse conforme iba acercándose a la herida. Alejandro hizo una mueca de dolor al despegarla de la piel abierta. Luis se sorprendió al verle la mano donde se encontraba una quemadura enrojecida con una costra amarillenta sin ampolla pero con la carne al rojo vivo que debía arder insoportablemente.\n\n—No me jodas, Nacho… —le dijo Luis perturbado e intentando agarrar su mano—, ¡tengo que llevarte al hospital!\n\n—No. —contestó Alejandro con firmeza.\n\nLuis no pudo evitar sentir un _Deja vu_ de un tiempo antes, en el mismo lugar, en circunstancias similares y con la misma negativa contundente de Alejandro, si le insistía, ¿lo empujaría de nuevo? No quiso correr el riesgo.\n\n—Entonces al menos déjame ir a la farmacia a comprar medicamento para la quemadura —insistió el editor—. Se ve terrible y no se va a curar solo con pomada de la campana.\n\nAlejandro se agarró la sien haciendo un gesto de dolor.\n\n—Y algo para la cabeza —agregó Luis al notarlo—. No sé que chingados pasó aquí Nacho, pero me lo vas a contar. Ya estuvo bueno de misterio y pendejadas. No me importa si tienes un amante, pero que te golpee es inaudito, carajo.\n\nLuis había hablado impulsivamente con esa conclusión en la cabeza. Alejandro tenía un amante, estaba casi seguro de ello, pero los moretones y golpes habían estado ahí desde que lo notó en su cuello en aquél café; o el acosador había regresado o el amante era también el agresor. La única forma viable de saberlo era a través del detective y harto como estaba de toda aquella situación, lo iba a contactar de nuevo para atar todos los cabos aun sin ayuda de Alejandro.\n\nRegresó después de una hora con los medicamentos necesarios. Se había llevado el Dolac para evitar que su amigo se siguiera dopando con él. Había preguntado en la farmacia qué era lo mejor para este tipo de accidentes, si Alejandro no quería ir al médico, él lo curaría como mejor pudiera. Ya en la casa, sacó las gasas y la venda elástica, la solución salina recomendada, el ungüento de sulfadiazina de plata que trabajaba como antibiótico, crema de árnica para el hematoma del pómulo y el paracetamol.\n\nAlejandro, que ya se había puesto unos shorts de algodón, se había quedado recostado en el sofá de tres plazas hasta la llegada de Luis. Éste se sentó a su lado no sin antes acusarle por su falta de cuidados y hablándole del tratamiento eficaz para cada una de sus heridas.\n\nAlejandro le escuchaba con la mirada casi perdida en la alfombra. Ignoró voluntariamente el desastre de la máquina en el suelo y solo se sentó cuando Luis le ordenó hacerlo.\n\n—Puedes dejar todo eso e irte —dijo Alejandro en un tono cansado y un tanto hosco—, yo te devolveré el dinero después.\n\nLuis hizo un esfuerzo para no contestarle agresivamente.\n\n—¿No me oíste? me voy a quedar esta noche —le informó—, así que te aguantas porque como no quieres ir al hospital yo te voy a mantener en observación.\n\n—Tu no entiendes, Luis —dijo Alejandro mirándolo con lasitud—, tienes que irte. No pierdas tu tiempo. Ya no tiene caso…\n\nAlejandro se apoyó en el brazo del sofá y resopló. Luis lo miró con recelo.\n\n—¿Porqué?, ¿porqué quieres que me vaya? —preguntó clavando una dura mirada a Alejandro mientras alternaba su atención al abrir el empaque de la gasa y remojarlo con un poco de jabón neutro dentro de un recipiente con agua—, ¿va a volver? ¿El tipo que te hizo esto va a regresar a ver que más te lastima?\n\nLuis agarró la muñeca de la mano herida y Alejandro volvió a arrebatársela. Luis resopló con impaciencia y volvió a agarrarla con la suficiente fuerza para que no la quite de nuevo pero con el cuidado de no lastimarlo.\n\n—Si va a volver que vuelva. Aquí sacamos cuentas. —dijo Luis en tono amenazante.\n\nAlejandro se rindió con la mano, ardía insoportablemente y una parte de él quería eludir el dolor, otra parte, la más nueva y oscura quería seguir recordando lo que era el sufrimiento que no pudo vivir antes. El castigo justo de sobrevivir a su hermano.\n\n—Tsss ¡Ah! —gritó Luis apenas sintió el roce de la gasa con el jabón sobre su piel sensible e irritada. Apretó los dientes conteniendo otro grito.\n\nEl dolor que la cura le provocaba era mucho peor que el medio que lo causó. Aguantó la respiración apretando los dientes y el colchón del sofá con la otra mano para desviar su mente del ardor.\n\nLuis tenía extremo cuidado en no hacerlo sufrir más de lo que ya había sufrido, pero la herida estaba tan viva que era casi imposible.\n\n—Perdóname, Nacho —le dijo con un rostro de dolor empático mientras frotaba sutilmente la herida con la gasa—, tengo que quitarte la parte que ya se pegó.\n\nDespués de remover los residuos viejos, abrió la tapa de la pomada de la sulfadiazina de plata y comenzó a untarla con su tembloroso dedo sobre toda la piel rojiza y el núcleo de la herida, ahí donde Felipe había pegado la ceniza ardiente.\n\n—Tsss —inhaló Alejandro entre dientes y cerrando los ojos con fuerza.\n\n—Según la de la farmacia, con esto te va a dejar de doler. —aseguró Luis.\n\nAlejandro respiraba agitadamente con una expresión constante de agonía en su rostro. No era solo el dolor físico lo que padecía, sino el constante recuerdo de su exitosa vida que parecía que iba a ir en caída. Estaba perdido, angustiado, exhausto, deprimido, derrotado; ni la presencia de Luis, que antes era quien apaciguaba un poco su espíritu lo hacía sentirse mejor.\n\n—Ya basta, Luis. —dijo con cansancio. Sus palabras no se referían al dolor de la mano pero afortunadamente Luis lo interpretó de esa manera.\n\n—Ya, solo falta ponerte la venda y terminamos. —contestó el otro de manera casi paternal. Puso la gasa esterilizada sobre la herida tratada y luego enrolló la mano con la venda elástica cerciorándose de dejar libres todos los dedos de la mano.\n\n—Uff —resopló Luis con satisfacción. Tenía la camisa arremangada por el calor que originó el estrés del momento, se levantó y se quitó la corbata, la dejó sobre uno de los sofás y se dirigió a la cocina por dos vasos de agua—. Voy a tener que hacer ese procedimiento otra vez después del baño —dijo.\n\nBebió un poco de agua —luego tu vas a tener que hacerlo solito—, dijo después de tomar aire y volvió a llenar el vaso.\n\nSe acercó de nuevo y sacó el paracetamol.\n\n—Tómatelo —le indicó—, no puedes seguir tomando Dolac. Esa cosa solo te va a dejar tirado en la cama todo el día.\n\n—No sabía que eras doctor también —dijo Alejandro dejando salir un poco de su humor escondido.\n\nLuis soltó una risita.\n\n—Es por Clara. Su mamá toma eso para el dolor cada vez que la operan. —comentó. —Ven.\n\nDespués de asegurarse que Alejandro tomó el medicamento, Luis destapó el pequeño bote del ungüento de árnica y lo pasó suavemente por su pómulo hinchado.\n\nAlejandro hizo varias veces pequeñas muecas de dolor donde sentía las agudas punzadas.\n\n—Voy a sonar a señora metiche, pero no puedes seguir así, Nacho —dijo Luis mientras untaba la crema sobre la cara de Alejandro, quién estaba recostado sobre el respaldo del sofá contemplándolo con cierta fascinación. Era tan diferente a él que parecía forjado con otros materiales e imaginado por otro escritor, uno que apreciaba sus logros, uno que no tenía nada, pero lo tenía todo—. Una cosa es que haya mujeres aceptando ese destino, pero tú…\n\nLuis guardó todos los medicamentos y sacó una bolsa extra con comida.\n\n—Toma esto —le dijo a Alejandro desenvolviendo una torta con pan de bolillo del papel que lo cubría—, quién sabe desde cuando no comes, tú.\n\n—¿También me vas a criar? —volvió a bromear el otro esforzándose por sonreir.\n\n—Se me hace que te estás aprovechando —dijo Luis con los ojos entrecerrados.\n\nAlejandro se acomodó cerca de él, mirándolo directamente y con la cara tan expuesta que Luis adivinó lo que estaba intentando decirle. Luis se acercó a él y le dio un delicado beso en los labios. Alejandro, al ver que volvía a separarse de él como si rechazara el beso en un momento inoportuno, lo agarró del cuello de la camisa jalandolo de nuevo hacia él y lo besó apasionadamente metiendo su lengua y abriendo y cerrando la boca mientras chupaba y lamía los labios de Luis. Luis lo agarró de la mejilla aparentemente sana para acariciar su piel, pero Alejandro soltó un pequeño gemido de dolor. Luis se separó de nuevo para mirar esa parte de su cara.\n\n—¿Aquí también te pegó?\n\n—No importa, Luis —susurró Alejandro con la respiración agitada—, sigue besándome.\n\nLuis se sintió excitado ante aquellas palabras, pero su raciocinio tras ver las numerosas heridas de su amigo, pudo más que el deseo. Suspiró y se arrepintió de antemano de lo que iba a hacer.\n\n—No, Nacho —dijo sin cambiar su tono amable—, quiero que me digas de una vez por todas que es lo que está pasando aquí.",
"title": "Punto y coma; Capítulo 3. Parte 4",
"updatedAt": "2026-06-30T05:11:49.000Z"
}