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  "textContent": "> ### Capítulo 4\n\nCleo subió las escaleras que daban a una tapa de alcantarilla dentro de Plaza Matheu y emergió a la superficie, exhausta. Por suerte el olor no se le había pegado, pero su normalmente impecable traje estaba cubierto de manchas de pintura multicolor después de haber frustrado un intento de escape de las cosas que habitaban el tercer subsuelo de la ciudad.\n\nLa existencia de los subsuelos y las entidades que lo habitaban era uno de los secretos mejor guardados por el departamento de extra-asuntos. Al punto que nadie que no fuera empleado de la administración los conocía. De hecho, mejor hace de cuenta que no leíste eso.\n\nAfuera, el sol ya se estaba poniendo y las calles de la ciudad habían entrado en un caos absoluto. Era el momento en que muchas personas salían o entraban a trabajar para encontrarse con que las veredas estaban casi totalmente ocupadas por la interminable hilera de postulantes para la entrevista en Sonrisas Flash. Era muy difícil moverse ya que también se estaban produciendo embotellamientos, sumado al pequeño sismo que se generaba cada vez que la cola avanzaba y los millones de postulantes daban un paso adelante exactamente al mismo tiempo. El temblor era ligero, pero provocaba que las alarmas de los autos se encendieran, los perros ladraran y algún castillo de cartas se derrumbara.\n\nCleo miró el reloj en su muñeca. Se estaba acercando la hora límite y todavía no había encontrado a Polo D’Poc. Un escalofrío que no sentía desde sus primeros días en el departamento le recorrió la columna. Ella cumplía ininterrumpidamente todas sus tareas con muchísima anticipación y Polo se estaba convirtiendo en una amenaza para su legajo impecable.\n\nSiguió preguntando por él un par de cuadras más a gente que no estaba de humor para ser abordada por una desconocida, mientras se acercaba a su anteúltimo destino: un terreno baldío en calle 60, justo al lado de una Cilindrería Open 25.\n\nCleo escuchó al pasar junto a dos choferes de taxi detenidos en una esquina, que el gobierno ya estaba en negociaciones con algunos países limítrofes para que permitieran que la fila se siguiera extendiendo por sus territorios.\n\nA pesar del caos a su alrededor, logró abrirse paso entre la multitud hasta quedar justo enfrente del portón de chapa oxidada del terreno baldío. Sin embargo, la fila, con personas compactadas como una muralla, le bloqueaba el acceso.\n\n—Buenas tardes. Soy la Agente Cleo Oppodd, Dirección Provincial de Extra-Asuntos. Necesito pasar hacia el otro lado para cumplir con una tarea asignada y me están obstruyendo el paso. Debo pedirles que me dejen pasar —le solicitó Cleo a dos jóvenes que sostenían sus currículums y botellas de plástico con algo que parecía jugo de manzana.\n\nAmos la miraron con sus ojos cansados y ojeras profundas, pero ninguno movió un solo músculo.\n\n—Buen intento, amiga —respondió el primero, cortante—. Pero si querés un lugar en la fila vas a tener que ir hasta el fondo. Ya lidiamos con un montón de aprovechados que están esperando el momento en que alguien se corra de su lugar para colarse.\n\nEl segundo postulante asintió con la cabeza y señaló hacia arriba con un leve movimiento de mentón. Cleo miró. Efectivamente, trepado al poste de un farol del alumbrado público, había un chico joven de camisa y corbata. Estaba agazapado en cuclillas sobre el palo con la postura de un buitre atento a encontrar carroña. Al notar que Cleo lo observaba, el muchacho estiró el cuello hacia adelante y siseó como un animal salvaje.\n\nCleo respiró profundo y decidió probar una segunda vez con su mejor argumento.\n\n—Buenas tardes. Soy la Agente…\n\nPero antes de que pudiera terminar, ellos la interrumpieron.\n\n—¡Ahí viene! ¡Mové, mové! —advirtieron, dando unos pasos al frente de manera automática.\n\nLa marea humana avanzó provocando una vibración que hizo temblar el suelo. Cleo tropezó y cayó en medio de la marea de gente. Intentó levantarse de inmediato, pero la multitud de transeúntes siguió su camino, ignorándola por completo o manifestando molestia porque su cuerpo en el suelo los molestaba.\n\nCuando finalmente logró ponerse en pie, descubrió que un nuevo par de postulantes le tapaba el acceso al portón. Sintió unas ganas tremendas de tomar a su Pacificador, pero recordó a tiempo que, al estar en la vía pública, disponía de otros recursos más pacíficos.\n\nMetió la mano en el bolsillo de su saco sastre, extrajo su libreta de stickers y se plantó frente a los nuevos chicos.\n\n—Buenas tardes, soy la… ¡al rábano! —maldijo Cleo, que ya estaba tan harta que no le importaba usar lenguaje soez—. Necesito pasar al otro lado. Si se niegan, estarían obstruyendo la tarea de una empleada estatal en ejercicio de sus funciones, por lo que voy a tener que multarlos.\n\nLevantó la libreta y les mostró un sticker con la ilustración de una carita triste.\n\nLos postulantes no dijeron nada, pero entraron en pánico, tal vez por la carita triste del sticker o tal vez por la carita demencia asesina de Cleo. Cualquiera fuera el caso, se apuraron a cederle el paso. Cleo avanzó finalmente hacia el otro lado, alcanzando la superficie fría de la chapa.\n\nA su espalda, escuchó el mismo siseo salvaje proveniente del farol, pero esta vez mucho más fuerte y cerca, seguido por la voz de alguien gritando con tono amenazante:\n\n—¡Ni se te ocurra, hijo de…!\n\nCleo no se dio vuelta. Sin perder un segundo, sacó una llave y abrió el candado de la puerta de chapa.\n\n---———————————————————————————————————————————————–\n\n—¡Permiso, carajo! ¡Déjenme pasar que tengo que laburar! —bramó Polo, usando el codo para abrirse camino entre la multitud de personas que atestaban las calles de la ciudad.\n\nNo había dormido un solo minuto por tener que trabajar gratis en el local de comida rápida, y ahora le tocaba arrancar su turno en la Cilindrería Open 25. Bajo un brazo cargaba una bolsa con el combo de Jumbo Meat que le habían regalado tras la entrevista y el muñeco promocional en 3D con su propio rostro vestido como la mascota del local. La impresora había captado su expresión justo en el momento en que Joby le dijo que recibiría un pago recién después de tres sesiones más de pruebas. Tal vez por eso, desde el envoltorio de plástico, su mini-yo lo observaba como un juguete rabioso.\n\nPara colmo de males, la entrada de la cilindrería estaba completamente bloqueada por la misma muralla compacta de postulantes a Sonrisas Flash. No había espacio ni para meter una hoja de currículum.\n\nPolo clavó la mirada en el pibe que le obstruía el paso más de cerca, un flaco de anteojos que aferraba una carpeta con desesperación.\n\n—Che, flaco —le dijo Polo, metiendo una mano en la bolsa del combo—. Tenés el zapato re manchado con Yummy Soda.\n\nEl pibe ni se inmutó, manteniendo los ojos fijos al frente.\n\n—No es cierto. Tomatelas.\n\n—Que sí, mirá —insistió Polo.\n\nCon un movimiento rápido dio vuelta el vaso para salpicar un chorro espeso y pegajoso de aquel brebaje directo sobre los mocasines del postulante… pero no pasó nada. Si Polo hubiera prestado atención a la explicación de Joby en el capítulo anterior, sabría el porqué, pero ya no había tiempo; simplemente le dio un pisotón directo en el pie.\n\n—¡Eh, la concha de tu madre, qué hacés! —puteó este agachándose, horrorizado, para limpiarse el cuero con la manga del saco.\n\nJusto en ese milisegundo, Polo no lo dudó. Apoyó las dos manos en los omóplatos del flaco, tomó impulso y saltó limpiamente sobre su espalda. Cayó del otro lado y rápidamente empujó la puerta de vidrio del local, dejando al pobre postulante insultando al aire.\n\nEl establecimiento se especializaba en la venta de cilindros de todo tipo y utilidad. La cadena Open 25 en especial se promocionaba diciendo que en sus sucursales podías abastecerte de absolutamente cualquier cilindro que necesitaras a cualquier hora del día. El mismo edificio del local era una torre cilíndrica que, al mirar hacia arriba, te podía provocar migrañas: las estanterías curvas continuaban trepando en espiral hacia un techo que parecía no existir, exhibiendo hileras interminables de mercadería multicolor: rollos, latas, tubos, botellas, barriles y cajas sombreras. El paisaje solo era cortado por una escalera giratoria detrás del mostrador a la que Polo tenía que subir cuando alguien le pedía un cilindro que no se encontraba a mano.\n\nTubi, el compañero al que debía relevar, estaba parado detrás del mostrador en un estado casi de zombi. Tenía un ojo inyectado de sangre y el otro se había vuelto más grande y totalmente negro, la mirada perdida en las pantallas de la caja y la saliva verde en la comisura de los labios. Normalmente los médicos recomendaban trabajar solo tres años en atención al público, pero Tubi había decidido quedarse un mes más para cobrar el “Cili-bono”, que era como el aguinaldo, pero en cili-vales, que eran como dinero, pero no lo era. Los resultados de tal decisión estaban a la vista.\n\nEl chico tocaba los botones de la caja de forma errática mientras murmuraba la misma frase sin sentido:\n\n—No hay sistema… no hay sistema… se cayó la red… no hay sistema…\n\n—Listo, gordo, ya llegué. Andá a dormir —dijo Polo, dejando el combo de comida sobre el mostrador.\n\nPero Tubi, al notar la presencia de su compañero, estiró los brazos, agarró a Polo de la ropa y le gritó en la cara salpicándolo de saliva:\n\n—¡QUE NO HAY SISTEMA, TE DIGO! ¡NO HAY NADA!\n\nPolo tuvo que hacer fuerza para zafarse del agarre, le dio un empujón suave, abrió la puerta trasera y lo mandó a la calle.\n\n—¡NO HAY NADA! ¡NADA!…..nada….. —empezó a sollozar como un alma en pena, desapareciendo entre la multitud.\n\nPolo supuso que estaría bien y cerró la puerta. Se apuró a poner un cartel de “Enseguida vuelvo”, fue al baño de empleados y sacó de un cilindro oculto su outfit de emergencia. La única ventaja de trabajar en ese basurero era que lo dejaban vestirse como quisiera. Ahí no tenía que parecer uno más del montón para no ofender a los mediocres. Se sacó, casi arrancándoselas, la corbata, la camisa y el pantalón de vestir como si fueran cadenas.\n\nY tomó una remera de Kiwi-kawaii, un músico de post-hard-japanoise; dudó un momento antes de hacerlo porque ya se estaba volviendo cada vez más popular y los normies empezaban a conocerlo, pero era eso o la camisa. Completó su atuendo con unos pantalones amarillos con las rodillas rotas y una camisa de jean con girasoles cocidos. Se cambió los zapatos por una zapatilla roja y otra amarilla (algo que el ortopedista le pidió reiteradamente que dejara de hacer) y, como toque final, se pegó un papel en la frente con el dibujo de un lémur. ¿Por qué? No lo entenderías.\n\nAl verse en el pequeño espejo pudo respirar aliviado; finalmente se sentía como él mismo y no como un engranaje más en la asquerosa maquinaria social.\n\nSacó el cartel de “Enseguida vuelvo” y se colocó en el mostrador. Su turno había comenzado oficialmente.",
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