Hamlet : Acto 4, Escenas de la 1 a la 5
Acto IV
Escena I
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
Salón de Palacio.
CLAUDIO.— Esos suspiros, esos profundos sollozos, alguna causa tienen, dime cuál es; conviene que la sepa yo… ¿En dónde está tu hijo?
GERTRUDIS.— Dejadnos solos un instante. —¡Ah! ¡Señor lo que he visto esta noche!
CLAUDIO.— ¿Qué ha sido, Gertrudis? ¿Qué hace Hamlet?
GERTRUDIS.— Furioso está, como el mar y el viento cuando disputan entre sí cuál es más fuerte. Turbado con la demencia que le agita, oyó algún ruido detrás del tapiz; saca la espada, grita: un ratón, un ratón, y en su ilusión frenética mató al buen anciano que se hallaba oculto.
CLAUDIO.— ¡Funesto accidente! Lo mismo hubiera hecho conmigo si hubiera estado allí. Ese desenfreno insolente amenaza a todos: a mí, a ti misma, a todos en fin. —¡Oh! ¿Y cómo disculparemos una acción tan sangrienta? Nos la imputarán sin duda a nosotros, porque nuestra autoridad debería haber reprimido a ese joven loco, poniéndole en paraje donde a nadie pudiera ofender. Pero el excesivo amor que le tenemos nos ha impedido hacer lo que más convenía; bien así como el que padece una enfermedad vergonzosa, que por no declararla, consiente primero que le devore la substancia vital. ¿Y a dónde ha ido?
GERTRUDIS.— A retirar de allí el difunto cuerpo, y en medio de su locura, llora el error que ha cometido. Así el oro manifiesta su pureza; aunque mezclado, tal vez, con metales viles.
CLAUDIO.— Vamos, Gertrudis, y apenas toque el sol la cima de los montes haré que se embarque y se vaya, entretanto será necesario emplear toda nuestra autoridad y nuestra prudencia, para ocultar o disculpar, un hecho tan indigno.
Escena II
CLAUDIO, GERTRUDIS, RICARDO, GUILLERMO
CLAUDIO.— ¡Oh! ¡Guillermo, amigos! Id entrambos con alguna gente que os ayude. Hamlet, ciego de frenesí, ha muerto a Polonio y le ha sacado arrastrando del cuarto de su madre. Id a buscarle, habladle con dulzura y haced llevar el cadáver a la capilla. No os detengáis. Vamos, que pienso llamar a nuestros más prudentes amigos, para darles cuenta de esta imprevista desgracia y de lo que resuelvo hacer. Acaso por este medio la calumnia (cuyo rumor ocupa la extensión del orbe y dirige sus emponzoñados tiros con la certeza que el cañón a su blanco) errando esta vez el golpe, dejará nuestro nombre ileso y herirá sólo al viento insensible. —¡Oh! Vamos de aquí… mi alma está llena de agitación y de terror.
Escena III
HAMLET, RICARDO, GUILLERMO
Cuarto de HAMLET.
HAMLET.— Colocado ya en lugar seguro. Pero…
RICARDO.— Hamlet, señor.
HAMLET.— ¿Qué ruido es este? ¿Quién llama a Hamlet? —¡Oh! Ya están aquí.
RICARDO.— Señor, ¿qué habéis hecho del cadáver?
HAMLET.— Ya está entre el polvo, del cual es pariente cercano.
RICARDO.— Decidnos en donde está, para que le hagamos llevar a la capilla.
HAMLET.— ¡Ah! No creáis, no.
RICARDO.— ¿Qué es lo que no debemos creer?
HAMLET.— Que yo pueda guardar vuestro secreto, y os revele el mío… Y, además, ¿qué ha de responder el hijo de un Rey a las instancias de un entremetido palaciego?
RICARDO.— ¿Entremetido me llamáis?
HAMLET.— Sí, señor, entremetido: que como una esponja chupa del favor del Rey las riquezas y la autoridad. Pero estas gentes, a lo último de su carrera, es cuando sirven mejor al Príncipe, porque este, semejante al mono, se los mete en un rincón de la boca; allí los conserva, y el primero que entró, es el último que se traga. Cuando el Rey necesite lo que tú (que eres su esponja) le hayas chupado, te coge, te exprime, y quedas enjuto otra vez.
RICARDO.— No comprendo lo que decís.
HAMLET.— Me place en extremo. Las razones agudas son ronquidos para los oídos tontos.
RICARDO.— Señor, lo que importa es que nos digáis en donde está el cuerpo, y os vengáis con nosotros a ver al Rey.
HAMLET.— El cuerpo está con el Rey; pero el Rey no está con el cuerpo. El Rey viene a ser una cosa como…
GUILLERMO.— ¿Qué cosa, señor?
HAMLET.— Una cosa, que no vale nada…, pero; guarda, Pablo… Vamos a verle.
Escena IV
CLAUDIO solo
Salón de Palacio.
CLAUDIO.— Le he enviado a llamar y he mandado buscar el cadáver. ¡Qué peligroso es dejar en libertad a este mancebo! Pero no es posible tampoco ejercer sobre él la severidad de las leyes. Está muy querido de la fanática multitud, cuyos afectos se determinan por los ojos, no por la razón, y que en tales casos considera el castigo del delincuente, y no el delito. Conviene, para mantener la tranquilidad, que esta repentina ausencia de Hamlet aparezca como cosa muy de antemano meditada y resuelta. Los males desesperados, o son incurables, o se alivian con desesperados remedios.
Escena V
CLAUDIO, RICARDO
CLAUDIO.— ¿Qué hay? ¿Qué ha sucedido?
RICARDO.— No hemos podido lograr que nos diga adónde ha llevado el cadáver.
CLAUDIO.— Pero, él, ¿en dónde está?
RICARDO.— Afuera quedó con gente que le guarda, esperando vuestras órdenes.
CLAUDIO.— Traedle a mi presencia.
RICARDO.— Guillermo, que venga el Príncipe.
Escena VI
CLAUDIO, RICARDO, HAMLET, GUILLERMO, CRIADOS
CLAUDIO.— Y bien y Hamlet, ¿en dónde está Polonio?
HAMLET.— Ha ido a cenar.
CLAUDIO.— ¿A cenar? ¿Adónde?
HAMLET.— No adónde coma, sino adónde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el Monarca supremo de todos los comedores. Nosotros engordamos a los demás animales para engordarnos, y engordamos para el gusanillo, que nos come después. El Rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes; pero se sirven a una misma mesa. En esto para todo.
CLAUDIO.— ¡Ah!
HAMLET.— Tal vez un hombre puede pescar con el gusano que ha comido a un Rey, y comerse después el pez que se alimentó de aquel gusano.
CLAUDIO.— ¿Y qué quieres decir con eso?
HAMLET.— Nada más que manifestar, cómo un Rey puede pasar progresivamente a las tripas de un mendigo.
CLAUDIO.— ¿En dónde está Polonio?
HAMLET.— En el cielo. Enviad a alguno que lo vea, y si vuestro comisionado no le encuentra allí, entonces podéis vos mismo irle a buscar a otra parte. Bien que, si no le halláis en todo este mes, le oleréis sin duda al subir los escalones de la galería.
CLAUDIO.— Id allá a buscarle.
HAMLET.— No, él no se moverá de allí hasta que vayan por él.
CLAUDIO.— Este suceso, Hamlet, exige que atiendas a tu propia seguridad, la cual me interesa tanto, como lo demuestra el sentimiento que me causa la acción que has hecho. Conviene que salgas de aquí con acelerada diligencia. Prepárate, pues. La nave está ya prevenida, el viento es favorable, los compañeros aguardan, y todo está pronto para tu viaje a Inglaterra.
HAMLET.— ¿A Inglaterra?
CLAUDIO.— Sí, Hamlet.
HAMLET.— Muy bien.
CLAUDIO.— Sí, muy bien debe parecerte, si has comprendido el fin a que se encaminan mis deseos.
HAMLET.— Yo veo un ángel que los ve… Pero vamos a Inglaterra. ¡Adiós, mi querida madre!
CLAUDIO.— ¿Y tu madre que te ama, Hamlet?
HAMLET.— Mi madre… Padre y madre son marido y mujer; marido y mujer son una carne misma, conque… Mi madre… —¡Eh, vamos a Inglaterra!
Continúa en las siguientes escenas…
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