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  "textContent": "1\n\n¡Plic!… ¡Plic!… ¡Plic!…\n\nTodavía no había amanecido y, sin embargo, en esa cocina ya era de día.\n\nEl azúcar caía despacio sobre el almíbar caliente. Afuera, la calle seguía dormida; adentro, la hornalla llevaba un rato encendida y el perfume del membrillo empezaba a ganarle la pulseada al olor del café.\n\nSantos revolvía la olla con la mano derecha. La izquierda, cerrada desde hacía más de treinta años, descansaba contra el delantal blanco como un pasajero que ya conocía el viaje. La fábrica de caños se la había dejado así, apretada para siempre, después de décadas de apretar, doblar, apretar, doblar, siempre el mismo movimiento, siempre la misma posición, hasta que un día los tendones dijeron basta y se quedaron quietos en esa forma. Él nunca habló de tendones ni de diagnósticos. Cuando alguien le preguntaba qué le había pasado, respondía con una sonrisa tranquila.\n\n—Se me gastó trabajando.\n\nY seguía revolviendo.\n\nLucrecia estiraba la masa con una paciencia aprendida en seis décadas de hacer las cosas sin apuro. El andador esperaba a un costado de la mesa mientras ella iba y venía en trayectos cortos, los necesarios. Alcanzaba una fuente, buscaba el membrillo, acomodaba las tapitas de masa hasta dejarlas exactamente donde quería. Sus manos todavía sabían. Eso era lo que más la enorgullecía de sí misma, aunque nunca lo hubiera dicho en voz alta: que sus manos todavía sabían.\n\nNo hablaban mucho. Nunca habían sido de llenar la casa con palabras. A esa hora les alcanzaban los ruidos de siempre: la cuchara golpeando el borde de la olla, el rodillo deslizándose sobre la mesada, el silbido suave de la pava y el viejo reloj de pared marcando los minutos con una terquedad admirable.\n\nDespués de un rato, Santos cruzó la cocina y levantó la tapa de la vieja Noblex 7 Mares que descansaba sobre una repisa de madera oscurecida por los años. Lo hizo despacio, con el cuidado de quien sabe que las cosas viejas responden mejor cuando nadie las apura. El mapa del mundo volvió a desplegarse frente a él. Su mano se demoró un instante sobre un rincón del Pacífico, allá donde el mapa ponía Australia con letras chicas, y enseguida giró la perilla hasta sintonizar bien la emisora de siempre.\n\nPrimero apareció un poco de fritura. Después un golpecito de nudillos sobre el costado de la radio. Recién entonces la voz del locutor empezó a llenar la cocina.\n\nÉl jamás cambiaba de emisora. Decía que la música de ahora era para los que todavía tenían apuro. Él prefería las canciones que conocía de memoria, las que ya no necesitaban sorprender a nadie para seguir emocionando.\n\nElla, en cambio, esperaba el folclore y si eran los Chalchaleros, mucho mejor. Cada vez que aparecían los primeros acordes dejaba lo que estaba haciendo y tarareaba un par de versos, los mismos que había cantado mientras criaba a los chicos, colgaba la ropa en el patio o le alcanzaba ladrillos a Santos cuando levantaban la casa. Nunca hablaban de aquellos años.\n\nLos escuchaban.\n\nEsa mañana sonaba bajito una canción de Leonardo Favio.\n\n_“Ella, …ella ya me olvidó…”_\n\nÉl no cantaba. Nunca había cantado bien. Acompañaba el ritmo golpeando la cuchara de madera contra el borde de la olla.\n\nLucrecia sonrió sin levantar la vista de la masa.\n\n—Siempre llegamos a la parte triste.\n\n—Es la que más pasan.\n\n—Será por eso que venden.\n\nSantos se encogió de hombros.\n\n—Nosotros también.\n\nY los dos siguieron trabajando mientras la cocina se llenaba del perfume del almíbar, del membrillo y de esas canciones que llevaban tanto tiempo viviendo con ellos que ya eran un mueble más de la casa.\n\n2\n\nLa cocina era chica. Lo había sido siempre. También era la misma donde habían festejado cumpleaños, amasado ravioles para toda la familia y discutido por una pared que todavía seguía torcida. Esa pared la había levantado Santos un verano en que el sueldo alcanzaba para comprar ladrillos de a diez. Lucrecia le alcanzaba la mezcla desde un balde de chapa mientras los dos chicos corrían entre los montones de arena, convencidos de que también estaban ayudando a construir la casa.\n\nNunca imaginaron que terminarían envejeciendo allí, y sin embargo ahí estaban, y la palabra “sin embargo” no correspondía del todo, porque la casa era exactamente lo que habían querido que fuera: suya.\n\nEn el patio, bajo la parra que ya daba más sombra que uvas, estaba el tendedero de alambre donde habían colgado miles de camisetas, sábanas y delantales. Y ahí también guardaban los cajones de madera donde acomodaban los pastelitos antes de salir, apoyados sobre una mesa vieja de chapa que Santos había rescatado de la fábrica cuando cerraron el galpón, el último año que trabajó, el año en que llegó a casa con la liquidación final en un sobre y lo puso sobre la mesa sin decir nada.\n\nLucrecia lo había mirado.\n\n—¿Y?\n\n—Y nada. Se acabó.\n\nTomaron mate en silencio esa tarde. Después ella se levantó, lavó las cosas, y dijo que iban a estar bien. Santos respondió que sí. Ambos sabían que no era tan simple, pero a veces las palabras no sirven para resolver las cosas sino para aguantarlas.\n\nLa jubilación llegó meses después. La mínima. Los dos cobraban la mínima, y con eso cubrían los servicios, las pastillas de él para la presión y las de ella para los huesos, y lo que sobraba alcanzaba para comer, si se organizaban. Carne, sí, un par de veces por semana. Asado hacía rato que no. El vino tampoco, aunque Santos no lo extrañaba demasiado. Lucrecia sí, pero nunca lo decía. A veces, cuando pasaban por la vinoteca de la calle Moreno y ella aflojaba el paso, Santos miraba para otro lado.\n\nHabían aprendido a comer bien con poco. Cazuelas, guisos, arroz con algo, fideos con tuco. Los domingos, si la semana había sido buena, un pollo. Si había sido regular, milanesas. Si había sido difícil, tortilla de papas, que también era rica y llenaba. Almorzaban y cenaban con agua. Ahora cada tanto se hacian jugos de frutas con un exprimidor que le habian regalado.\n\nSus ropas eran limpias. Eso sí, lavadas a mano, desde que el lavarropas se rompió y no había plata para el técnico, planchadas con una plancha que Santos había reparado dos veces con cinta y alambre.\n\nVestirse bien era una dignidad que ninguno de los dos había negociado nunca.\n\nPara ir a la plaza a vender, Santos llevaba siempre la camisa azul con los botones abrochados hasta el cuello, un pantalón de vestir gris oscuro que le quedaba un poco ancho en la cintura desde que adelgazó el año del dengue, zapatos de cuero negro lustrados con betún y trapo viejo, y la gorra blanca de tela fina que le cubría las pocas canas que le quedaban. Los anteojos de armazón metálico, comprados en una óptica de descuentos del centro, le daban un aire de maestro retirado. El delantal blanco, atado con fuerza en la espalda, le protegía la camisa de las manchas de azúcar y harina.\n\nLucrecia elegía la comodidad sin renunciar a la dignidad. Sobre la remera verde clara de manga corta, una pollera larga y oscura de tela fresca que no se arrugaba con el calor. El delantal blanco, idéntico al de Santos, le cubría el frente y le llegaba hasta las rodillas. En el cuello, un pañuelo blanco con dibujos en gris que le abrigaba la garganta. El pelo, totalmente blanco, suelto pero ordenado, sujeto por una vincha que le apartaba los mechones de la frente. En los pies, zapatos de suela de goma, bajos y anchos, pensados para aguantar el peso del cuerpo y el traqueteo del andador.\n\nElla doblaba las servilletas siempre con el mismo ritual. Las plegaba a la mitad y luego en triángulo, buscando que las esquinas se encontraran con una precisión que sus dedos ya conocían de memoria. Sus manos seguían trabajando solas mientras hablaba, mientras escuchaba la radio o mientras Santos renegaba con el almíbar. Si una punta quedaba corrida, deshacía el pliegue y volvía a empezar. Nadie se llevaba un pastelito envuelto de cualquier manera.\n\n3\n\n—¿Más membrillo? —preguntó Santos sin levantar la vista.\n\n—No, papi, todavía alcanza.\n\nÉl asintió. Sabía que no hablaban solamente del membrillo.\n\nHubo un tiempo en que esa cocina era ruidosa. Patricia de un lado, Marcelo del otro, los dos peleando por el mismo vaso, por el mismo canal, por el último trozo de pan. Lucrecia poniendo orden con una sola palabra, Santos llegando de la fábrica con la ropa manchada de aceite y el olor a metal pegado en la piel. La mesa llena. El pan en el centro. Todo alcanzando, justo, pero alcanzando.\n\nPatricia se había casado con un chico del barrio, un hombre tranquilo que trabajaba en el municipio, y vivían a diez cuadras. Tenían dos chicos: Lautaro, de nueve, y Valentina, de siete. Los chicos venían los domingos, corrían por el patio, pisaban el yuyito que Lucrecia acababa de arrancar y ella no decía nada porque esos eran exactamente los ruidos que le gustaba tener en la casa. Patricia ayudaba cuando podía, que tampoco era mucho, porque el sueldo del municipio no sobraba y los dos chicos en la escuela eran una cuenta constante.\n\nMarcelo era otro cuento.\n\nNadie hablaba de Marcelo directamente. Era una de esas cosas que vivían en la casa sin necesitar nombre. Santos lo sabía cuando Lucrecia se detenía frente al mapa de la radio. Lucrecia lo sabía cuando Santos tardaba más de lo necesario en girar la perilla para alejarse de ese rincón del Pacífico. Hacía cuatro años había llegado una postal. Una foto de una ciudad con edificios brillantes y, del otro lado, seis renglones con letra apretada: que estaba bien, que el trabajo iba bien, que los extrañaba, que pronto iba a escribir más largo.\n\nNo había escrito más largo.\n\nSantos guardó la postal en el cajón de la mesita de luz, debajo de los remedios y de un rosario que Lucrecia nunca usaba pero tampoco tiraba. A veces, cuando creía que ella dormía, la sacaba y la leía. Siempre las mismas seis líneas. Como si esperara que en alguna lectura apareciera algo nuevo entre las palabras.\n\nLucrecia también la había leído muchas veces. Pero nunca al mismo tiempo que Santos.\n\nTenían ese pudor entre ellos. El pudor de no llorar delante del otro por las cosas que dolían igual.\n\n4\n\nCuando terminaron de cocinar los últimos pastelitos, Santos apagó la hornalla y Lucrecia empezó a ordenar la mesada. Era un movimiento sincronizado que no necesitaba coordinación: él recogía la olla, ella pasaba el repasador, él acomodaba las bandejas, ella revisaba que no quedara nada fuera de lugar. Sesenta años de compartir una cocina chica enseñan eso, que los cuerpos aprenden a no chocarse.\n\nSantos acomodó las bandejas de lata en los cajones forrados con repasadores limpios, cuidando que los pastelitos no se movieran ni se rompieran. Los de membrillo de un lado, las garrapiñadas del otro, todo prolijo, todo en su lugar. Lucrecia repasó cada servilleta doblada en triángulo y las fue apilando en la canasta con la misma precisión de siempre. Después revisó que tuvieran el cambio, las servilletas extra, la botella de agua y el termo con agua caliente para el mate. El andador esperaba junto a la puerta, con las ruedas limpias y la canasta vacía lista para llevar lo que hiciera falta.\n\nLa mañana había entrado por la ventana mientras trabajaban. Ahora la cocina tenía esa luz clara y directa de las ocho, y el olor a membrillo ya no competía con nada porque el café se había terminado hacía rato y el día había ganado el lugar del amanecer.\n\nÉl fue al baño, se mojó la cara, se peinó con el mismo peine negro de siempre, el de mango roto que Lucrecia le había ofrecido tirar cincuenta veces y él siempre había defendido porque peinaba igual que el primero. Se miró en el espejo un momento. Los años estaban todos ahí, sin disimulo, pero también estaba él, reconocible, el mismo de siempre aunque más lento, aunque con la mano izquierda que hacía paro cuando llovía. Se acomodó la gorra. Abototonó el último botón de la camisa.\n\nSalió.\n\nLucrecia ya estaba lista. Lo esperaba apoyada en el andador, con el delantal puesto y el pañuelo anudado al cuello con esa prolijidad que tenía para las cosas pequeñas. Lo miró. Él la miró. No dijeron nada porque no hacía falta.\n\nCerraron la puerta con la llave que daban tres vueltas exactas, y empezaron el camino hasta la plaza.\n\n5\n\nLa plaza quedaba a unas seis cuadras de la casa, aunque ellos nunca se tomaron el trabajo de contarlas. Preferían medirla por los hitos del camino: dos esquinas hasta la panadería, una más hasta la farmacia, después la ferretería de los hermanos Gaitán, el almacén de don Ernesto y la parada del colectivo. Recién entonces, los primeros plátanos anunciaban que el destino estaba cerca. El recorrido les insumía casi veinte minutos, repartidos entre el ritmo pausado del andador y la costumbre de Santos de no apurarse nunca.\n\nEl barrio los conocía de antes de que el barrio tuviera nombre, y el saludo matutino era un ritual ineludible.\n\n—Buen día, Don Santos.\n\n—Buen día, Doña Lucrecia.\n\nÉl levantaba la mano derecha. Ella respondía con esa sonrisa chiquita que parecía no terminar de salir nunca.\n\nLa panadera ya tenía preparada una bolsita con recortes de masa que le guardaba para las gallinas de una vecina.\n\nUn poco más adelante, frente a la ferretería, el dueño barría la vereda.\n\n—¿Cómo anda esa mano?\n\nSantos la levantaba.\n\n—Hace paro cuando llueve.\n\nLos dos se reían. Siempre el mismo chiste. Siempre la misma risa. Había personas que medían el paso de los años por los cumpleaños. Ellos lo medían por las caras que seguían saludándolos todas las mañanas.\n\nLucrecia avanzaba despacio pero sin detenerse. El andador marcaba su ritmo sobre las baldosas desiguales del barrio, y ella iba sorteando las grietas con una práctica que venía de meses de conocer ese camino de memoria. Santos caminaba a su lado, un paso atrás cuando la vereda era angosta, al lado cuando se abría. Llevaba los cajones en la mano derecha. La izquierda, quieta, acompañaba el balance del cuerpo con esa resignación serena que da el tiempo.\n\nEn la parada del colectivo, sentada en el banco de metal, estaba la señora Beatriz, que esperaba la 12 para ir a lo de su hija.\n\n—¿Cómo están, mis viejitos?\n\n—Bien, Beatriz. ¿Y usted?\n\n—Tirando. Los huesos me matan con este frío.\n\n—A nosotros igual —dijo Lucrecia.\n\n—Pero los veo con buena cara los dos.\n\nSantos sonrió.\n\n—Es el membrillo.\n\nLa señora Beatriz se rió de buena gana y les compró dos pastelitos ahí mismo, antes de que llegaran a la plaza. Los pagó con monedas que sacó de una carterita de cuero marrón, las contó despacio y las puso en la mano de Santos con el cuidado de quien sabe que el dinero tiene peso cuando se da y cuando se recibe.\n\nSiguieron caminando.\n\nLos plátanos aparecieron al doblar la última esquina, enormes, con esas raíces que levantaban las baldosas. La sombra ya era generosa a esa hora. La plaza estaba empezando a poblarse: madres con chicos chicos, jubilados en los bancos, algún paseador de perros con más perros que brazos. El quiosco del fondo ya tenía la persiana levantada.\n\nSantos eligió el lugar de siempre. Bajo el segundo árbol desde la entrada, cerca del bebedero que ya no funcionaba pero que daba una sombra perfecta hasta el mediodía. Apoyó los cajones sobre el respaldo de un banco, acomodó las bandejas con cuidado, y quedó de pie con ese aire de hombre que ya tiene todo donde tiene que estar.\n\nLucrecia acomodó la canasta colgada del andador, sacó el termo y se sirvió un mate. Lo tomó despacio, mirando la plaza. Santos sacó una radio chiquita, la de la cancha y la puso bajito en medio de los dos.\n\nLos chicos corrían. Las palomas caminaban con esa dignidad ridícula que tienen las palomas. Un perro negro olfateaba el cantero con una concentración que parecía filosófica.\n\n—Lindo día —dijo Lucrecia.\n\n—Sí —dijo Santos.\n\nY empezaron a esperar.\n\n6\n\nLos primeros clientes llegaron antes de las nueve y media. Una mujer con un nene de la mano que señaló los pastelitos desde lejos y ya venía decidido. Después un señor de traje que pasaba rápido hacia la parada y se detuvo por el olor, compró tres garrapiñadas y siguió a paso apurado. Una chica joven que dijo que no tenía efectivo y Santos respondió que no importaba, con una calma que no era resignación sino costumbre de un mundo donde las cosas pasan de todas las maneras posibles.\n\nLa mañana fue avanzando con esa cadencia que tienen las mañanas de plaza cuando el sol sube despacio.\n\nLucrecia hablaba con los clientes. Santos cobraba, daba el cambio, agradecía. Alguna vez se permitía una broma corta que hacía reír a alguien, y se quedaba satisfecho con eso, como si el chiste también fuera parte de lo que vendían.\n\nA media mañana apareció Patricia.\n\nVenía con Valentina de la mano porque era miércoles y los miércoles Lautaro tenía fútbol y ella aprovechaba para hacer mandados por el barrio. Se acercó con la sonrisa de siempre, le dio un beso a Lucrecia, le apretó el brazo a Santos y se quedó un rato. Valentina se abrazó a la pierna del abuelo con esa urgencia silenciosa que tienen los chicos cuando quieren decir algo que no saben cómo decir.\n\n—¿Cómo van? —preguntó Patricia.\n\n—Bien —dijo Lucrecia.\n\n—¿Vendieron mucho?\n\n—Bastante. Todavía tenemos.\n\nPatricia abrió la cartera y sacó un billete.\n\n—Me llevo unos cuantos.\n\n—Patricia…\n\n—Mamá. No discutas.\n\nLucrecia lo aceptó sin discutir más, pero con esa expresión que Santos conocía bien, mezcla de orgullo herido y gratitud, las dos cosas al mismo tiempo, sin que ninguna ganara del todo.\n\nValentina eligió una garrapiñada y la comió despacio, con la concentración de los siete años aplicados a algo importante. Santos la miraba. Lucrecia miraba a Santos mirando a Valentina. Había en ese momento en cadena, en ese mirarse sin que nadie lo notara, algo que no necesitaba nombre.\n\nPatricia se fue después de un rato, con los pastelitos en una bolsa y Valentina corriendo adelante. Se despidió desde lejos con la mano en alto, y los dos viejos la vieron alejarse por el caminito de la plaza hasta que dobló la esquina y desapareció.\n\nSilencio.\n\n—Buena chica —dijo Santos.\n\n—Sí —dijo Lucrecia. Y no dijo nada más.\n\n7\n\nEl mediodía se anunciaba con ese calor quieto que baja cuando el sol ya está en lo más alto y la sombra de los plátanos se achica y se vuelve inútil, habían vendido casi todo. Quedaban cuatro pastelitos y un puñado de garrapiñadas que acomodó en una sola bandeja para hacer lugar. Lucrecia se había sentado en el banco, el andador delante, los pies juntos, las manos cruzadas sobre la falda, mirando la plaza con esa mirada que no mira nada en particular sino todo en general.\n\nSantos se sentó a su lado.\n\nSe quedaron callados un rato. No era un silencio vacío. Era el silencio de la gente que ya no necesita llenarlo.\n\nUn señor de barba gris que venía todos los miércoles se acercó a comprar los últimos pastelitos. Pagó, agradeció, y antes de irse se detuvo un momento.\n\n—¿Saben que los envidio? —les dijo.\n\nSantos lo miró.\n\n—¿Por qué?\n\n—Porque los veo juntos todos los miércoles. Yo perdí a mi señora hace tres años. —Hizo una pausa corta.— Cuídela, amigo.\n\nSe fue sin esperar respuesta. Santos siguió mirando hacia donde el hombre había desaparecido. Lucrecia no dijo nada. Puso la mano sobre la de él, sin apretarla, solo poniéndola ahí.\n\nLa mano izquierda de Santos, la cerrada, la que hacía paro cuando llovía.\n\nÉl la dejó estar.\n\n8\n\nLa vuelta a casa era siempre más lenta que la ida. Los cajones más livianos, eso ayudaba. Pero el cuerpo acusaba las horas de pie, y el andador avanzaba con un ritmo más cuidadoso sobre las baldosas rotas del barrio. Santos caminaba al lado de Lucrecia sin apurarse, como siempre, mirando la vereda con esa atención del hombre que sabe que una baldosa suelta puede cambiar el día entero.\n\nHicieron las mismas paradas de siempre. El almacén de don Ernesto, donde compraron un paquete de fideos y una lata de tomates con el dinero del día. Santos contó las monedas y los billetes sobre el mostrador sin ninguna vergüenza, con la prolijidad del que sabe lo que tiene y lo que necesita. Don Ernesto esperó sin apurar. Lo conocía de hace treinta años. Sabía que Santos contaba bien.\n\n—¿Algo más?\n\nSantos miró a Lucrecia. Lucrecia miró la góndola de fiambres. Un silencio de dos segundos.\n\n—No, gracias —dijo Santos.\n\nGuardaron la compra en la canasta del andador y siguieron caminando.\n\nLa tarde había empezado a doblarles las esquinas cuando llegaron al portón de la casa. Santos sacó la llave, la metió en la cerradura y dio las tres vueltas exactas, pero al revés. El portón se abrió con el chirrido de siempre, un chirrido que tenía nombre propio después de tantos años: era el sonido de llegar.\n\nEntraron.\n\nLa cocina todavía guardaba un rastro del olor a membrillo de la madrugada. Santos colgó los cajones vacíos en el patio. Lucrecia llenó la pava y la puso en la hornalla. Se sentaron a la mesa, los dos, con el cansancio honesto de quien trabajó y no tiene de qué avergonzarse.\n\nSantos terminó de guardar la recaudación en la vieja lata de galletitas y la dejó, como todas las tardes, sobre el estante más alto del aparador. Nunca la escondía. En esa casa ya no quedaba nadie de quién esconder nada.\n\nLucrecia apagó la hornalla. La cocina volvió a llenarse de ese silencio tranquilo que sólo interrumpía el tic tac del reloj de pared y la radio, que seguía sonando bajito desde la repisa. Afuera empezaban a encenderse las primeras luces del barrio. Algún chico llamaba a otro desde la vereda. Una moto pasó acelerando por la avenida y, unos segundos después, todo volvió a quedar en calma.\n\nElla puso la pava sobre la mesa.\n\n—¿Te sirvo otro?\n\n—Dale.\n\nMientras cebaba el mate, Santos se quedó mirándola. No era una mirada larga ni solemne. Era la misma de todos los días, esa que había aprendido de memoria el recorrido de Lucrecia por la cocina: la mano que buscaba el azúcar, el repasador doblado sobre el hombro, el pañuelo que acomodaba casi sin darse cuenta antes de apoyar las dos manos sobre la mesa.\n\nCuando ella se acercó con el mate, él levantó la vista.\n\n—Gracias.\n\nLucrecia sonrió.\n\n—De nada, papi.\n\nDespués pasó por detrás de la silla y, sin decir una palabra, le acomodó el cuello del delantal, que otra vez había quedado torcido.\n\n—No aprendés más.\n\n—Si aprendiera, te dejaría sin trabajo.\n\nElla soltó una risa bajita, de esas que apenas se escapan de la garganta, y antes de volver a la cocina dejó la mano apoyada un instante sobre el hombro de Santos.\n\nNinguno de los dos habló.\n\nÉl levantó la vista sonriendo, después le tomó la otra mano.\n\nLa misma mano que, sesenta años antes, había cruzado una plaza para invitarla a caminar.\n\nLa misma que seguía buscándola sin equivocarse.",
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