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"publishedAt": "2026-06-25T15:22:31.533Z",
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"textContent": "## HOMBRE DE MONTE\n\nEl **cuatitlácatl** regresó a su casa después de dos semanas de ausencia, durante las cuales estuvo entregado a los trabajos que a él menos le gustaban: el corte de caña para un trapiche del mestizo, el abastecimiento de pastura para las yuntas de la misma molienda y el interminable atizar del horno.\n\nPrecisamente por su falta de afición a la agricultura, él ni sembraba ni cosechaba, pues por algo le llamaban el **cuatitlácatl** , hombre de monte, cazador. Mientras los demás iban a limpiar la tierra para la siembra, él buscaba por los bosques la mejor presa, acompañado de sus perros. En tanto que los demás cosechaban y llenaban sus pequeños graneros, él expendía las pieles y cambiaba la carne por los alimentos propios de la tribu.\n\nOtro de sus principales ingresos lo obtenía como **coaténquetl** , es decir, como poseedor de culebras. Esto consistía en proporcionar un **mazacóatl** , o culebra-venado, nombre que se le da porque su hocico es semejante al del ciervo, a todo aquel que lo necesitaba para limpiar de tuzas, ratones y toda clase de roedores, su campo de labor.\n\nEl mazacóatl es grande y fuerte, pero no es venenoso. Es tan domesticable que suele vivir, inofensivo y bonachón, en los mismos hogares de los indígenas.\n\nEn cuanto el **cuatitlácatl** sabía de alguno, visto en los montes, iba en su busca. Después de rodeos y preparativos en que intervenía principalmente la observación, ponía al alcance de la culebra una presa que por su tamaño pudiera provocar el aletargamiento. Era entonces cuando aseguraba al reptil y cargaba con él a su casa. Después era el verdadero trabajo, el de educarlo: un silbido peculiar y luego la entrega del alimento diario, forzosamente una presa viva.\n\nLos vecinos solicitaban periódicamente los servicios de las culebras del **cuatitlácatl** , para que destruyeran las plagas de roedores que dañaban sus sembrados en pleno fruto.\n\nEl **mazacóatl** es abandonado en el campo de labor, donde se dedica pacientemente a la caza. Pero, para que no se marche a otros campos, el dueño del sembrado necesita llevarle con frecuencia algún presente. Al silbido, se arrastra, pesado y rolludo, en busca de su tutor.\n\nVarias de esas culebras tenía alquiladas el **cuatitlácatl**. El pago consistía, casi siempre, en una gallina ponedora, en un pequeño marrano, o bien en unos cuartillos de maíz o frijol. El hombre, al entregar a los interesados sus extinguidores de ratas, hacía la advertencia de que se les tratara bien, porque, aun cuando parecían tan mansos, una vez enfurecidos constituían, hasta para él, un serio peligro. Pero lo que más recomendaba era que, de haber tomado aguardiente, no se les acercaran, porque son completamente irritables al simple olor del alcohol.\n\nUna vez, un indígena alquiló para su labor un **mazacóatl** tan grueso como el muslo de un hombre, y tan largo que en sus anillos se hubiera ahogado fácilmente un leopardo. Bien pronto comenzó a verse que el daño disminuía en el campo de labor. De no transitarse, los nidos de tuzas se fueron tapando de basura. Aun en las tardes que amenazan lluvias, cuando reina una gran inquietud en todo lo montaraz, ni los ratones daban señales de vida. Era que la culebra había trabajado activamente.\n\nCuando el dueño de la milpa se convenció de que la culebra ya no tenía qué hacer, se dispuso a devolverla a su propietario. Familiarizado ya con ella, después de un agasajo predilecto, le fue fácil meterla en un enorme cesto, cuya boca tapó con una manta.\n\nLlevando a cuestas su valiosa carga, el agricultor tomó el camino de la ranchería. Pesaba tanto, que en la cuesta se vio precisado a descansar repetidas veces. Y cuando llegó a una venta, de esas que en las orillas de algunos caminos son como estaciones forzadas de todo caminante, depositó su carga en una banca y se acercó al ventanuco a empinarse un aguardiente. Recordando la advertencia hecha por el dueño de la culebra, el bebedor echó a ésta un vistazo… ¿Qué podía hacer, si estaba, de hecho, prisionera y, además, ya habían concertado una amistad que rayaba en la confianza? Convencido, el hombre apuró otro vaso de caña.\n\nReanimado, pero menos prudente, se echó a cuestas su carga; pero apenas había iniciado la marcha, la culebra comenzó a agitarse. Con un violento impulso logró desprender la manta que tapaba al cesto e inmediatamente descargó sus enormes mandíbulas en la nuca del hombre, haciéndole caer. Después, lo azotó con la violencia con que el perro, en riña, azota contra el suelo al gato…\n\nFuera de ese desgraciado suceso, el alquilador de culebras siempre salió con bien: los clientes se conducían con prudencia y pagaban el alquiler con toda formalidad.\n\nDe vez en cuando tenía que abandonar sus actividades predilectas. Era cuando los **topolis** le decían que le tocaba su turno para ir a trabajar en las haciendas del valle o bien en las labores domésticas de los funcionarios del pueblo. La primera semana, fue difícil e impaciente, por la falta de noticias de su mujer, a quien había dejado todavía enferma, a pesar de las primeras curaciones con el **yoloxóchitl**.\n\nPero el haber tenido noticias de una mejoría y, luego, el habérsele ofrecido una escopeta en pago de sus trabajos correspondientes a la segunda semana, aligeraron la carga. Fue el constante pensar del cazador que, por primera vez, sumaría a su fuerza y a su perspicacia el auxilio poderoso del arma de fuego.\n\nEl regreso a la ranchería lo hizo fraguando mil proyectos, en tanto que acariciaba con la mano el arma suspendida gallardamente de uno de sus hombros: con ella, con el machete y con los perros, emprendería no tan sólo la caza del venado y del jabalí, sino hasta la del leopardo y la del tigre. Después engallardó más su andar con el pensamiento belicoso: ¡si sus enemigos y los de su familia insistían en causarle males mediante los brujos, acaso los liquidara con una lluvia de municiones!\n\nA pesar de los escasos recursos de cacería con que contaba él y con que contó su padre cuando fue joven y cuando vivió también del monte, ¿qué secreto podía escapársele una vez que aprendiera a manejar hábilmente la escopeta? Nadie como él para instalar disimuladamente en las veredas los **tlapehuales** , esas trampas en que caen las alimañas que se dirigen al aguaje o a los sembradíos: un carril, una combinación rudimentaria entre el peso de la presa y el toldo todo cubierto de piedras. A la bestia le basta con pisar uno de los soportes, para que la trampa, vertiginosamente, se derrumbe. De acuerdo con la resistencia de la presa ambicionada, es el peso que se le destina.\n\nPero su procedimiento favorito era la cacería con los perros, preferentemente en los días nublados, porque entonces resisten durante varias horas, hasta cansar al venado. Por eso, al llegar a su casa, apenas se enteró de la salud de su mujer, se puso a examinar sus perros, acariciándolos amorosamente al echarles mano, pues saltaban en torno suyo como unos niños, de pura alegría.\n\nLa madre, el viejo y la esposa examinaron con gran curiosidad la adquisición: la escopeta ganada con una semana de trabajo. Con ella había recibido también un garnil, hecho con una piel de zorra: y en él, suficiente pólvora, postas y fulminantes. Además, le habían dado las explicaciones necesarias para el manejo.\n\nEntrada la noche, la vida familiar siguió su curso. A la luz de un fogón en que cocinaba, a pesar de estar enferma, la mujer del **cuatitiácatl** , y con la ayuda de un ocote encendido, el viejo tejía una pequeña cesta de bejuco; la vieja hacía un bordado de estambre en un **huipil** ; y el joven cazador limpiaba su escopeta, todos callados, como poseídos por sus propios pensamientos.\n\nCon una hilacha atada a la punta de la baqueta, limpiaba y limpiaba el interior del cañón, por el que metió un ojo y luego sopló con la desconfianza de un armero. El zumbido del aire, al salir por la chimenea, denunciaba la limpieza del cañón… Por último, con un gran cuidado, propio de un novato, aplicó el fulminante, dejando caer con toda lentitud el martillo.\n\nDurante esa operación, los perros lo observaron con una mirada casi humana. Eran tres de esos perros al parecer despreciables, de largo hocico, de orejas paradas, perros de indio, pero de una resistencia igual a la de sus parientes más cercanos, los **tepechiches** , perros del cerro, esos tenaces cazadores negros, de collar blanco, que tras correr todo un día derriban al venado, para comerle, tan sólo, un pedazo de entrañas.\n\nLos dos hombres acercaron sus bancos a la lumbre y se pusieron a cenar. La muchacha, sentada en el suelo, aplaudía haciendo las tortillas que después echaba muy extendidas sobre el comal. La anciana ayudaba a los pobres preparativos, acercando la jícara del agua y la taza de coco en que estaba la sal.\n\nLos perros se habían arrimado también y miraban a los dos hombres con la misma atención de cuando el muchacho preparaba la carabina. Cuando les arrojaba un pedazo de tortilla, sobrante de un bocado, perdían sus actitudes hieraticas, para adoptarlas, otra vez, atentos, inmóviles.\n\nAl terminar la cena, consistente en unos fríjoles servidos en un plato que sostenían las rodillas, en un poco de chile, un grano de sal, una hierba olorosa y las tortillas calientes, los dos hombres se levantaron para ir a recibir el fresco en el corredor.\n\nLa muchacha, tal vez cansada de su actitud, se levantó aplicándose una mano al pecho, como si el dolor no hubiera desaparecido completamente aún. De pie, exhibía ostensible su embarazo, tan avanzado que la gruesa falda se le alzaba por delante, dejando descubiertos los pies descalzos y el nacimiento de la pantorrilla.\n\n*\n\nCon la cabeza descubierta, con las piernas al aire, respirando ampliamente, el **cuatitlácatl** se internó por el monte, seguido de sus perros, hacia los lugares donde podía cazar libremente.\n\nLlevaba al hombro la escopeta, fierro ahumado y visiblemente de muy poca eficacia. Le cruzaba el pecho una negra correa de la que pendía el garnil. De su cintura colgaba un corto machete, pues el acero largo resulta un estorbo en la breña.\n\nLos perros, que por enjutos parecían hechos de carrizo, se paraban frecuentemente a olfatear en las hierbas. Quien no haya visto trabajar a los llamados perros de indio, no sospecha su tenacidad y su resistencia. No son como el perdiguero, que persigue al venado casi al paso y por lo tanto sin que se cansen perseguido y perseguidor. Al perro fino le basta con no perder la huella, siguiendo con calma los pasos de la presa, la que, en repetidas ocasiones, tras una carrera, se para a oír, y, si el enemigo se acerca, vuelve a correr, para detenerse otra vez, levantando una mano, con la que escucha, según la conseja de los cazadores. Al perdiguero le basta con eso, pues lo demás corresponde a su amo, es decir, matar a balazos la presa.\n\nLos perros del **cuatitlácatl** , como todos los de su raza, eran de los que corren con todas sus fuerzas y sin descanso, por todo un día, hasta cansar al venado y derribarlo. Ellos no confían en la escopeta de su amo, sino tan sólo en sus propias fuerzas, como sus hermanos los **tepechiches** , perros del cerro aún no sometidos a la voluntad del hombre.\n\nA la orilla de un arroyo, donde la tierra era húmeda y blanda, el cazador descubrió las recientes pisadas de un ciervo. Cada pisada, inconfundible, por larga y puntiaguda, con la de cualquier otro animal de pezuña hendida, era como una hoja doble pegada a la tierra. El cazador seguía los pasos del montaraz, y los perros ya se le adelantaban agitando el rabo en señal segura de que el olfato ya había percibido algo. Las huellas se perdieron en un pequeño pedregal, pero bien pronto las halló en una ladera donde, por haber resbalado, las pezuñas resultaban de una longitud inverosímil. Los perros partieron hacia la espesura, disputándose la vanguardia.\n\nEl hombre era todo oídos. La escopeta pasó del hombro a las manos. De pronto se escuchó un nervioso alarido. Era que uno de los perros había levantado al ciervo, en su escondite. Bien pronto fueron dos perros los que ladraban. Después fueron todos, produciendo un escándalo.\n\nEl cazador corrió por el monte y por el cauce de un arroyo seco y fue a apostarse en una hondonada que era pasadero en las batidas de aquel lugar. Pero el ciervo, presentido en los secos golpes de sus saltos, lo advirtió a corta distancia. Torciendo el rumbo, tomó hacia las vegas.\n\nEl cazador consultó por entre los claros del follaje el estado del cielo. Prevalecía una neblina prometedora de las posibilidades de una larga carrera; bien podían dar tos perros dos vueltas por las vegas y regresar a la sierra. Cuando el sol es muy fuerte, la batida no puede ir más allá del mediodía. Los ladridos ya se oían muy abajo. El cazador trepó a una altura y comenzó a gritar a sus perros, animándolos. Se alejaban más y más, por momentos. Los ladridos no eran reposados, como los gritos de los perros finos, sino nerviosos y vibrantes, como si ya mordieran las zancas del fugitivo.\n\nDespués de un largo rato no se escuchó nada. El cazador comenzó a correr por las veredas bien conocidas para él, descendiendo; pero nuevos alaridos lo detuvieron en su carrera. Se detuvo para oír. Iban ganando en fuerza, lo que indicaba la creciente proximidad. La presa regresaba a sus lugares predilectos, siempre en su empeño de burlar a sus perseguidores.\n\nEl **cuatitlácatl** buscó el sitio por donde el venado tenía que pasar. Comenzaron a oírse los saltos. Pudo escuchar el apenas perceptible romperse de una rama seca. El hombre podía confundirse con un tronco quemado en el último incendio del monte. El venado, con la cabeza baja, humillada bajo el peso de los enormes cuernos y eludiendo bejucos y breñas, pasaba ágilmente a unos cuantos metros.\n\nApuntó y tiró del gatillo. Pero el fulminante no dio fuego, perdiéndose la preciosa oportunidad de poner término a la cacería. A poco, pasaron los perros, jadeantes, como desesperados al no alcanzar la presa.\n\nPerseguido y perseguidores dieron una larga vuelta por la serranía. El sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes y el calor se intensificaba. El cazador esperó el curso de la batida. Con un gran rodeo, el venado ganó otra vez la dirección del valle. Sin duda ya no regresaría, pues el hombre conservaba la experiencia de otros fracasos. Por eso, después de animar a los perros con algunos gritos, corrió hacia abajo, resuelto a penetrar en los terrenos de las haciendas donde sus actividades, como bien lo sabía, no eran bien vistas.\n\nYa al mediodía, bajo un fuerte sol, el venado, que no lograba librarse de sus perseguidores, buscó refugio en una ancha laguna orlada de espesa vegetación. Después de lanzarse resueltamente, braceó con torpeza a causa de la fatiga, yendo a esconderse en un recodo. Hasta allá fueron los perros a atacarlo.\n\nEl **cuatitlácatl** llegó a tiempo de ver que por una vereda asomaban varios hombres a las órdenes de un capataz. Fue que, al oír los ladridos de los perros, abandonaron sus trabajos para ver si caía en su poder el venado. El ciervo, apenas hubo descansado un poco, intentó escapar, pero le cerraban todo camino en medio de una gritería.\n\nEl cazador se lanzó al agua. Nadando en silencio, se fue acercando. Cuando estuvo a unos cuantos metros se sumergió y, tirando por las patas del ciervo, lo hizo hundirse. Después, aprovechando el atolondramiento del animal, saltó a su cabeza y tomándolo por los cuernos lo sumergió hasta ver que dejaron de salir burbujas a la superficie del agua.\n\nFue sacado a tierra: robusto el cuello, redonda el anca, finas las extremidades. Los perros, todavía fatigados, le lamían los belfos, como queriendo hincar el diente. El **cuatitlácatl** se sentía orgulloso, sin acordarse de que se hallaba en tierra prohibida. Vino a recordárselo la presencia de aquellos hombres que no eran de su raza. Entre ellos se hallaba nada menos que uno de los capataces de la hacienda, quien a las claras estaba revelando su estado de ánimo, tan sólo con la mirada que dirigía al venado muerto.\n\nEl indígena comenzó a explicar humildemente que el ciervo había sido levantado por los perros fuera de la hacienda, en la sierra. La explicación era toda una excusa por haber penetrado en los terrenos del amo. Pero el capataz replicó que las explicaciones no le interesaban; el venado había caído dentro de su jurisdicción y todo lo que se hallara dentro era de él.\n\nDespués de muchas súplicas, el capataz se conformó con lo mejor: los dos cuartos traseros.\n\nEn el mismo sitio, el cazador se puso a despellejar las piernas del ciervo, con el cuchillo. A medida que desprendía el pellejo, iba apareciendo la carne sonrosada, aún tibia, toda cubierta de grasa en la entrepierna y en la verija.\n\nMientras el indígena trabajaba, arrojando de vez en cuando una piltrafa sanguinolenta a sus perros, el mestizo lo amonestó sin cansarse: que no volviera a meterse a los terrenos del amo, pues que para otra vez mataría los perros a balazos o se tomaba toda la pieza. El cazador prometía no hacerlo más.\n\nTal vez para mover la compasión del capataz, comenzó a contarle que no hacía mucho los jabalíes le habían matado al mejor de sus perros. Por más esfuerzos que hizo para salvarlo, todo remedio fue ineficaz. Lo sintió tanto como a un hermano, como que fueron muchos sus servicios: por eso le dio sepultura y le puso en el cuello un pañuelo con un peso en centavos, para que pudiera comprar sus tortillas en el camino a la otra vida.\n\n*\n\nEl cazador ya regresaba a la ranchería por entre el monte, siguiendo las veredas para él familiares, poniendo los pies desnudos en la tierra negra y blanda, donde ya había otras huellas: hendidas unas y plantígradas otras.\n\nLlevaba a las espaldas el ciervo mutilado. La cabeza, de gran cornamenta, sometida por un lazo, parecía lamer el flanco izquierdo. La cola era como una espiga de caña que se agitaba con la punta hacia el suelo. Los perros iban gozosos. En algunos lugares olfateaban la hierba, tal vez presintiendo la proximidad de otro animal. Cuando caminaban siguiendo los pasos del cazador, se detenían a lamer las gotas de sangre, que eran como circulillos rojos en el verde tierno de los helechos.\n\nEl hombre iba encorvado bajo el peso de su carga. En algunos sitios se paraba, sudoroso, resoplando en un ancho desahogo. La vereda era como una culebra tendida entre el monte, ondulante y negra. Bajo el calor, todo parecía amodorrado. Silencio profundo, cuando no se sabe si son las sienes las que laten o si es la montaña.\n\nDe pronto, a unos cuantos pasos, entre la maleza, sonó el pujido peculiar del jabalí, algo así como un golpe seco en una piel restirada, precisamente de lo que viene al animal el nombre de **tamborcillo**. La respuesta por parte de los perros, fue la arremetida por entre la espesura.\n\nMás allá se alzó el escándalo de cien tambores en un sonar furioso, como estimulando a la pelea. Era toda una manada de puercos salvajes que tal vez peregrinaban en busca de otros bosques más ricos en frutas silvestres. Algunos de los jabalíes adultos, ya asomaban sus estúpidas cabezas por entre las hierbas, arremetiendo contra los perros, mientras que éstos, con los lomos erizados y mostrando los dientes, retrocedían ante el ataque.\n\nEl cazador, consciente del peligro, arrojó su carga y empuñando su carabina se dispuso a disparar en la primera y mejor ocasión que se le presentara, seguro de que el olor de la pólvora espantaría la manada. Un macho de enormes colmillos blancos a guisa de mostachos enhiestos, salió de la maleza y avanzó resueltamente, en seguimiento de uno de los perros.\n\nAl sonar el disparo, el jabalí cayó de bruces y, cediendo al impulso que llevaba, aró la tierra con el hocico, pujando como un cerdo que se baña en el lodo. Tal vez aquella voz moribunda fue interpretada por los demás, porque, la estampida provocada por el disparo, se contuvo bien pronto y, retrocediendo la avalancha, ésta se lanzó nuevamente sobre los perros y el **cuatitlácatl**. Con una ligereza increíble para unos remos tan cortos, los jabalíes describían trayectorias diagonales, pues no hieren de frente sino que, de paso, buscan la tangencial en que el colmillo da el tajo en los ijares del perro o en la pantorrilla del hombre.\n\nEl cazador, imposibilitado para volver a cargar su arma de un tiro y ante la superioridad del enemigo, retrocedió ágilmente; y ya había saltado al tronco de un árbol donde ponerse a salvo, cuando el grito de uno de sus perros lo reintegró a la tierra, machete en mano.\n\nNo podía abandonar a sus cachorros. Uno de ellos, se arrastraba ya, gravemente herido, quejándose, en su busca. Con la actitud del combatiente: un pie tendido en el avance y otro replegado para el salto de retroceso, esgrimía su arma por sobre los puercos de cerdosos lomos que pasaban velozmente a su alcance.\n\nLa maleza se movía, agitada por la furia de los jabalíes, denunciando la cantidad de ejemplares. Los pujidos de los **tamborcillos** resonaban en todo el monte. Al fondo de la pequeña hondonada se oía el gritar de las crías, donde tal vez las replegaron, como hacen las reses adultas con los terneros al sentir la proximidad del tigre.\n\nEl cazador, aunque materialmente sitiado, estaba resuelto a no abandonar el escaso terreno de su dominio, tan escaso que podía medirlo el largo de su brazo y del machete. En medio de ese reducto, entre los pies del hombre, se hallaba el perro herido.\n\nLos otros cachorros estaban parapetados en una tupida mata de otates, de la que apenas sacaban medio cuerpo cuando el ataque de los jabalíes era menos agresivo. En los tallos tiernos, los colmillos de los atacantes dejaban hondas cortadas.\n\nUn jabalí, mañosamente, pasó a regular distancia del lugar en que el más valiente de los perros se hallaba plantado en actitud defensiva. El perro, engañado por el aparente recelo del jabalí, abandonó su parapeto completamente y, entonces, otro puerco le cortó la retirada. Sorprendido entre los dos adversarios, éstos se ensañaron en él. Su agonía fue un largo grito que terminó en punta.\n\nEl triunfo soliviantó más a la manada. El **cuatitlácatl** comprendió que sus medios de defensa iban disminuyendo, pues el perro que tenía a sus pies más bien lo comprometía; otro, ya muerto; y el tercero, aunque más o menos seguro en su parapeto de otates, no hacía más que ladrar con acento que denunciaba el miedo.\n\nEn una de las ocasiones en que la avalancha arremetió y él pudo rechazarla con mayores efectos, llevando en sus brazos al perro herido, corrió con el ímpetu de ganar un árbol. Pero antes de que llegara al tronco más próximo y más propicio para la fácil ascensión, un jabalí le alcanzó en la pantorrilla.\n\nInmediatamente flaqueó la pierna. Cuando aún hacía esfuerzos y voluntad para el último salto, sintió otro golpe y después otros muchos. Los puercos pasaban tocando apenas su carne, al parecer, pero metiendo siempre el colmillo. Al convencerse de la inutilidad de su afán, puso en tierra al perro herido y quedó en cuclillas, porque ya no pudo levantarse. Así, todavía manejó el machete durante algún tiempo.\n\nEl ataque se hizo aún más furioso por parte de los jabalíes: golpes por los costados, por la espalda, por delante, y con cada golpe una herida. Eran como grandes moscas asediando a una res enferma que aún se defiende.\n\nEl corto machete iba resultando del todo ineficaz. Por fin, el cazador cayó al suelo, junto al perro herido. La manada se aglomeró gruñendo de rabia sobre el cazador y sobre el perro.\n\nSaciada la cólera, los **tamborcillos** iniciaron la marcha, pero llevándose a golpe de trompa al jabalí muerto desde el principio de la pelea. Así lo hacen cuando el pánico no los obliga a abandonar a sus hermanos heridos o muertos, como si quisieran reanimarlos o conducirlos hasta un escondite. Casi siempre, después de empujarlos un trecho regular por entre el bosque, acaban por meter el diente y comer de su propia carne.\n\nFueron los aullidos del único perro que se salvó, los que guiaron al viejo que por la noche buscara afanosamente a su hijo.\n\n*\n\nSegún se imaginaba las cosas, así contaba la tragedia montaraz el padre del **cuatitlácatl**. Y se obstinaba en que todo había sido una fatalidad, deseoso de quitar de la mente de los vecinos la detestable versión.\n\nFue que la brujería puso una nueva inquietud en los espíritus. Cuantos vieron el cadáver del cazador, todo lleno de heridas, sostenían que éstas no fueron causadas por los colmillos de los jabalíes, sino que eran las huellas del **tlahuelilo** , el diablo mismo en que se había convertido el espíritu del **nahual** , del que todos venían esperando la represalia.\n\nDecían que solamente él, con todo su poder, pudo haber cercado al cazador en mitad del monte. ¿Cómo los ojos del **cuatitlácatl** , tan expertos que eran capaces de burlar al ciervo, no vieron la manada de jabalíes, para ganar a tiempo un árbol? ¿Cómo su olfato, más fino que el de un perro, no pudo advertirlos? ¿Cómo sus oídos no escucharon el paso de la manada, si el cazador era capaz de advertir el deslizarse de una víbora por el agua? No les cabía duda: ¡el espíritu del que murió en forma animal, vagaba por los montes, tomando venganza de sus enemigos!\n\nDurante aquellas noches, en todas las casas de la ranchería quemaron **copal** para espantar al espíritu temido, con la desconfianza de quien pone una gruesa tranca a su puerta.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
"title": "El Indio - Segunda Parte: Hombre de Monte - Gregorio López y Fuentes",
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