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El Eco de la Venganza

fictograma [Unofficial] June 24, 2026
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El público del Gran Teatro aplaudía extasiado cada noche, ignorando que el terror más puro se ocultaba detrás de la partitura de Mozart. Para todo el mundo, Anais era la diva indiscutible de la temporada. Su interpretación de la Reina de la Noche en La flauta mágica rozaba lo sobrehumano; las notas agudísimas salían de su garganta con una precisión limpia, gélida y letal. Pero para mí, que interpretaba a Pamina, su desdichada hija en la ficción, la obra se había convertido en una tortura real. Durante los ensayos, Anais era una compañera encantadora, profesional y dulce. Sin embargo, en el instante en que pisábamos el escenario bajo la luz de los reflectores, algo en ella se rompía. O mejor dicho, algo la invadía. Cuando llegaba el momento de su gran aria, la temperatura del escenario descendía de forma abrupta. Yo me arrodillaba a sus pies, tal como dictaba el guion, esperando el clímax de la escena. Pero al mirarla hacia arriba, el corazón se me paralizaba. Sus ojos, antes amables, se tornaban oscuros, inyectados con un rencor tan genuino y visceral que me cortaba la respiración. —¡La venganza del infierno hierve en mi corazón! —cantaba Anais, y su voz ya no sonaba como la de una mujer mortal; era un eco antiguo, cargado de un odio que hacía vibrar las maderas del escenario. Cuando se me acercaba y me extendía la daga de utilería, sus manos temblaban de furia real. Me clavaba la mirada con un desprecio tan absoluto que yo no tenía que actuar: las lágrimas que rodaban por mis mejillas y el temblor de mis manos eran puro instinto de supervivencia. Sentía la maldición en mi propia piel, como si sus palabras tuvieran el poder de condenar mi alma. Sabe Dios que ella era solo una actriz encarnando a un villano, pero al terminar la función, yo corría a mi camerino a temblar, convencida de que Anais padecía un trastorno severo de doble personalidad. Pensaba que se metía tanto en el papel que terminaba perdiendo la cabeza y confundiéndome con su verdadera enemiga. Esta noche decidí que no podía seguir así. Tenía que confrontarla. Esperé a que el teatro quedara en absoluto silencio y caminé por el pasillo en penumbras hacia el camerino principal. Al acercarme, escuché dos voces discutiendo tras la puerta entreabierta. Una era el susurro agotado de Anais; la otra era una voz sibilante, fría y majestuosa que heló mi sangre. Asomé la mirada por la rendija. Anais estaba sentada frente al espejo, desmaquillándose con manos torpes, mientras las lágrimas borraban el contorno de sus ojos. —Ya no puedo más… —sollozaba Anais, mirando su propio reflejo—. La chica… Claris… está aterrada de mí. Siento tu odio consumiendo mi garganta cada noche. Por favor, déjame libre. Entonces, vi cómo el reflejo de Anais en el espejo dejó de corresponder a sus movimientos. La figura del espejo se enderezó con una elegancia aristocrática y sonrió de una forma malévola, mostrando unos ojos vacíos de toda humanidad. —Tú no eres nadie sin mí, Anais —siseó el reflejo, atrapando las facciones de la actriz—. Solo eres el envase que necesito para cantar mi dolor. Mi verdadera hija me traicionó en el pasado… se entregó al hombre que yo más odiaba, justo como en esa ridícula ópera que ustedes representan. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. No era una doble personalidad. Era una posesión. —Tu cuerpo me pertenece —continuó el espectro del espejo, cuya energía paranormal distorsionaba las luces del camerino—. Yo soy Hada, la verdadera reina de esta noche. Y mientras esa maldita niña de Claris siga saliendo al escenario a interpretar a la hija traidora, yo usaré tu voz para maldecirla una, y otra, y otra vez, hasta que su alma se quiebre por completo. Retrocedí un paso en la oscuridad, tapándome la boca para no gritar, mientras la risa estridente y fantasmal de Hada comenzaba a inundar el camerino, preparándose para la función del día siguiente. Al amanecer, el peso del secreto me asfixiaba, pero no había escapatoria: la función final de la temporada había comenzado. El teatro estaba abarrotado y el aire se sentía más denso y gélido que nunca. Sabía que no me enfrentaba a Anais; me enfrentaba a Hada, el espectro atrapado en el cuerpo de la diva. Y yo, Claris, tenía una misión. Había robado la daga real del atrezo de la ópera gótica de la semana pasada. Esta noche, yo salvaría a Anais. Llegó el acto final. En la escena, la Reina de la Noche intenta irrumpir en el templo sagrado en penumbras para destruirnos. Anais apareció en el escenario, pero su cuerpo caminaba con una rigidez fantasmal y sus ojos vacíos buscaban los míos con una sed de venganza que hacía temblar mis piernas. El aire a su alrededor parecía distorsionarse, y yo veía las sombras de Hada envolviéndola. —¡Hada, te expulsaré! —grité, fuera de guion, sacando la daga real que llevaba oculta. La música continuó, el coro de la ópera sonaba triunfal mientras el guion dictaba la derrota de la Reina de la Noche por el sol. Pero mi guion era otro. Corrí hacia Anais. Ella me miró, con el miedo real de la diva Anais en sus ojos, no el de la Reina de la Noche, pero yo solo veía la sombra de Hada. “¡Traidora!”, siseó el espectro, y yo clavé la daga real en el pecho de mi compañera de reparto. Anais cayó pesadamente sobre las maderas del escenario. La sangre, roja y real, comenzó a empapar el vestido de la Reina de la Noche. El público, creyendo que era una actuación magistral y un efecto especial innovador, estalló en una ovación atronadora, aplaudiendo de pie. “¡Lo logré! ¡Hada se ha ido!”, grité, triunfante, mientras los reflectores dorados del teatro se encendían al máximo, simulando el amanecer. Pero mientras la ovación continuaba, las sombras de Hada no desaparecieron. Al contrario, las vi desprenderse del cuerpo inerte de Anais y flotar hacia mí. Sentí un frío repentino en mi propio pecho, y por una fracción de segundo, mi propia facciones cambiaron en el reflejo de la daga ensangrentada. La risa estridente de Hada, que hasta ahora solo había existido en mi camerino, resonó en mi propia mente. El telón comenzó a bajar, y mientras la ovación se convertía en gritos de auxilio cuando los demás actores se dieron cuenta de la realidad, yo me quedé allí, congelada, sonriendo a las sombras. Hada ya no estaba en el espejo de Anais. Había encontrado un nuevo hogar . Y la función para Claris acababa de empezar.

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