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  "textContent": "## YOLOXÓCHITL\n\nEl brujo de la lejana ranchería, el mismo **necténquetl** que agregara a su fama la muerte del **nahual** , fue llamado nuevamente, para curar a la **ixpócatl** , la joven mujer que hacía poco se casara por fallo de los viejos con el hombre que no la solicitó en primer lugar para el matrimonio, pero que era capaz de trabajar para ella.\n\nYa no era aquella muchacha maciza de carnes que en el andar recordaba la actitud arisca de la cierva en vísperas del celo. Se sentía enferma y, cuando la preguntaban la causa de su tristeza, se colocaba la mano en el pecho, quejándose de una fuerte dolencia. La mayor parte de las horas, las pasaba en un rincón de la casa, entregada a sus labores pacíficas, maquinalmente.\n\nComenzaron a decir que era a ella a quien habían tocado los últimos maleficios, dirigidos a su esposo y a sus demás parientes. El brujo, después de oír, pensó mucho; y, por fin, se resolvió a hablar, confirmando, aunque no con toda su convicción, la sospecha de que era la brujería la causa del mal. Antes de aconsejar la curación, quiso auscultar, pero no en la carne dolida, sino en el misterio de sus artes.\n\nEncendió el fuego, echó en él suficiente copal, con el que la casa se llenó de un agradable perfume. Después, como en su primera visita, puso en las brasas un trozo de alumbre. La transformación fue inmediata: el alumbre, por acción del calor, creció de tamaño y, sin duda por una extraña coincidencia, adoptó la figura de un corazón.\n\nMientras el brujo examinaba el objeto, medio de sus auscultaciones, comenzó a decir:\n\n—Es muy frecuente que las brujerías dirigidas a un enemigo, cuando éste tiene un espíritu fuerte, se desvíen y vayan a dar en algún familiar, muchas veces en algún animal, casi siempre el más querido: el perro que no se aparta del amo, por ejemplo.\n\nLlamó a sus oyentes para que observaran el raro objeto:\n\n—Miren ustedes, el mal está en el corazón. Sólo porque la enferma es joven, ha podido resistir. Los enemigos dirigieron sus ataques al centro de la vida. Fue sin duda aquella espina muy grande que arranqué de una de las figuras de **cuaámatl** , la que causó sin intentarlo en ella, la dolencia. Pero sanará…\n\nEl brujo, paso a paso, con la lentitud de un sacerdote, fue a tomar asiento en un banco de madera. Parecía preocupado. Dijo al casero que le sirviera un vaso de aguardiente y, apenas dio el primer sorbo, comenzó a decir lentamente, como si recordara con algún esfuerzo:\n\n—Había una **ixpócatl** hermosa, casi una princesa, hija de un poderoso cacique, a la que también te dolía el pecho. Cuentan los viejos que era tan bella, que a su paso, por los caminos del cacicazgo, las flores se inclinaban, reverenciándola; cuando ella salía a sus jardines, los pájaros se olvidaban de cantar, sólo por admirarla; y que, por las noches, las estrellas se prendían como flores en las ramas de los limoneros, sólo para alumbrarla mejor. La muchacha, hija del cacique, amaba a uno de los jóvenes guerreros, súbditos de su padre: nadie como él para la guerra; no había quien le igualara en la danza del **volador** ; y era tan gallardamente bello que todas las mujeres se ruborizaban al mirarlo. Pero otro cacique más fuerte que el padre de la princesa, pidió la mano de ella para su hijo. Ni siquiera se atrevió a exponer que amaba a un hombre de su raza. Como hija hecha a las disciplinas de la tradición familiar, accedió sin protesta, con mayor razón cuando el viejo comentó alegremente que la alianza de los cacicazgos traería grandes ventajas, pues que ya juntos los dos poderíos iban a emprender la conquista de los pueblos bárbaros, habitantes de las regiones por donde duerme el sol. Las fiestas de la boda duraron toda una luna. Cuando alumbró la luna nueva, la princesa fue llevada por su esposo, en hombros de cuatro guerreros distinguidos. Pero la princesa enfermó bien pronto. Aunque le ofrecían los más ricos manjares y las flores más delicadas, ella no hacía otra cosa que suspirar y decir que le dolía el corazón. Y suspirando murió una noche en que fue plena, su primera luna de ausencia. Su esposo la lloró mucho, y con él la lloraron todos los súbditos. Donde fue sepultada brotó una rara planta que luego dio una no menos rara flor que tenía la forma de un corazón: por eso le dieron el nombre de **yoloxóchiti**. Los más famosos sabios fueron llamados por el cacique para que dijeran qué clase de flor era aquella para todos desconocida. Los sabios dijeron que aquella planta representaba el amor, lo que todos llamaban **tlazotlaliste** , enfermedad del cariño, fiebre del afecto. Y cuando el cacique y sus guardias se fueron, los viejos se quedaron pensando mucho, por mucho tiempo, mirando la rara planta. Por fin, el más viejo descubrió el secreto que ha llegado hasta nosotros como delgado hilo de agua que pasa por estrecha juntura de enormes rocas: «Si a la víbora se le sacan los sesos como benéficos contra su propio veneno; y si al pie de cada hierba mala se halla la **contra** , es lógico que el **yoloxóchitl** , la flor del corazón, sirva para curar los males del corazón…».\n\nEl esposo, el joven de oficio cazador, el mismo que por montaraz hallara moribundo junto al cerro a su enemigo victimado por los blancos, apenas oyó las últimas palabras del brujo, se colgó el machete y salió de la casa a grandes zancadas, para ir a buscar en los bosques más espesos, en los valles más hondos y en los cerros más altos, la flor del corazón.\n\n*\n\nLa medicina recomendada por el brujo y que fue hallada en lo más cerrado de los montes, surtía sus efectos en forma muy lenta. La muchacha, aunque ya no se quejaba como antes, seguía llevándose la mano al pecho, como si el menor movimiento la fatigara.\n\nLa mata de **yoloxóchitl** , cogida con toda la raíz, fue plantada junto a la casa. Con tantos cuidados puestos en ella, no se le secaron ni los botones más tiernos. En cada rama, una flor, mejor dicho, un corazón. De ella tomaba la joven, todas las mañanas, un botón; y entonces su hombre recordaba la leyenda de la princesa.\n\nEl viejo, ante el peligro de su nuera, cuyo alivio resultaba tan remoto, resolvió llevar el caso ante el consejo de los ancianos. Por su situación de hombre distinguido, le fue fácil reunir a los **huehues**. La junta fue en su propia casa, donde aquel día, se respiró limpieza: el patio y el corredor, muy bien regados y barridos; adentro, suficientes asientos para los visitantes; en el fuego, una gran olla con el manjar del agasajo; y en una repisa de madera blanca, una morena botella de aguardiente.\n\nFueron puntuales. Sentados en bajos trozos de leño, como estatuas de bronce con blancas vestiduras, los viejos esperaron la exposición que se les iba a hacer. El casero comenzó por ofrecerles tabaco en rama, del que dijo haberlo conservado fresco en hojas de plátano y que era de sus escasas matas, sembradas en un rincón de su labor, cerca del agua para suplir con el riego las impuntualidades de la lluvia.\n\nAlzándose el calzón hasta la rodilla, en ésta torcieron los viejos su **iyatl** , mientras que el casero pasaba ofreciendo la lumbre en la punta de un tizón. Cuando comentaban la calidad del tabaco, les fue brindado un trago de aguardiente. La botella pasó de mano en mano, desde el más viejo hasta el menos **huehue**.\n\nPor fin, el casero comenzó a exponer sus asuntos, no sin excusarse por haberse permitido llamarlos a su casa. Recordó los antecedentes de la muchacha, disputada por su hijo, al lisiado. Trajo a cuento la junta en que los mismos viejos le concedieron la justicia… Pero —agregó— su rival, no conforme con el fallo, le había declarado la guerra, con la circunstancia de que la brujería no hizo efecto ni en él, ni en su hijo, ni en su mujer, sino en la muchacha, a la que le dolía el corazón; era una de las heridas causadas por una de las espinas que el brujo su enemigo clavara en el **cua-ámatl** , como en propia carne.\n\nAcabó por pedir el castigo. Los ancianos, al enterarse de que se trataba de un caso de brujería, se levantaron y así oyeron el resto de la queja. El más viejo, a nombre de todos, explicó su actitud: ellos no podían resolver sobre un caso así; que sus experiencias, con ser grandes, no podían ir hasta un completo esclarecimiento de la verdad; que si se hubiera tratado de un terreno en disputa, de la propiedad litigiosa de una gallina o bien de una riña, para eso estaban ellos, para hacer justicia, pero de un caso de brujería…\n\nEra el viejo temor a todo aquello que está más allá del entendimiento. Los viejos se marcharon discretamente, haciendo campanear sobre su pies descalzos sus anchos calzones de manta.\n\n> _Continúa en el siguiente capítulo…_",
  "title": "El Indio - Segunda Parte: YOLOXÓCHITL - Gregorio López y Fuentes",
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