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"textContent": "El crepúsculo declinaba sobre las calles de la monótona y apagada ciudad de Benavídez. El tedio —una suerte de peso intangible— se había acumulado a lo largo del día, cerniéndose sobre el agotamiento físico que imponían las clases y las labores cotidianas. Al fin, la promesa de un reposo fugaz se cifraba en el ascenso de los trece pisos que me separaban de un descanso reparador. Ya ahí, la ritualidad del ocio se desplegó: la sintonización de la radio, una mirada superficial a mis libros de inglés, y la rendición postrera a la cama. Pero parece que la plenitud era una ficción breve. El estruendo de un timbre, como un augurio, irrumpió en mi siesta.\n\nAntes de levantarme, permanecí unos instantes recostado, como si aquel sonido perteneciera todavía al sueño del que acababa de emerger. En el edificio, los timbres rara vez anunciaban visitas inesperadas; los vecinos, criaturas de hábitos predecibles, solían anunciarse con llamadas previas o golpes discretos en la puerta. Sin embargo, ese timbre sonó con una insistencia mecánica, desprovista de toda cortesía humana.\n\nEra él. Aquel amigo que el tiempo había vuelto un mero recuerdo. Su voz, sin embargo, no era la suya; era otra. Una voz que habitaba en los pliegues de la memoria y que, al manifestarse, parecía distorsionada. El mensaje fue críptico, una orden sin fundamento ni explicación, un eco que se desvaneció con el corte abrupto de la llamada.\n\nQuedé largo rato con el teléfono suspendido entre los dedos. Me pedía con urgencia que fuera a su casa. Intenté recordar cuándo había sido la última vez que nos vimos. La memoria, sin embargo, se empecinaba en ofrecerme escenas incompletas. Todos recuerdos remotos, como si fueran de otra vida.\n\nLa extrañeza de lo sucedido no me impidió el baño; la ducha, sin embargo, no disipó la duda. Aquella voz, ¿era un simulacro, una broma de mal gusto? Lo creí improbable, puesto que su casa —según recordaba— albergaba el ininterrumpido devenir de toda una familia. Pese al escepticismo, la curiosidad —o más bien un deseo por desentrañar el enigma— me impulsó a seguir su mandato.\n\nDurante el trayecto, la ciudad parecía vaciada de su tránsito habitual. Las luces de los comercios, encendidas aún, iluminaban veredas desiertas. El eco de mis pasos adquiría una resonancia incómoda junto a las foráneas palmeras. Pensé en regresar; la lógica me sugería que todo aquello no era más que un error. No obstante, cada vez que me detenía, el recuerdo de aquella voz volvía para agobiarme.\n\nAl llegar, la noche había derramado su llovizna sobre la fachada y la vivienda me ofreció un espectáculo de luces encendidas sin propósito; una suerte de vigilia luminosa sin habitantes. La quietud era un abismo; y como todo abismo, no invitaba a mirar, sino a caer en él.\n\nMis llamados no hallaron respuesta, incluso el perro —ese celador del hogar— no dio señal alguna de existencia. Rodee la casa, esperando ubicar algún indicio de vida: una ventana abierta, una voz lejana, el sonido de un televisor olvidado. No encontré nada. El patio parecía abandonado desde hacía días, hojas húmedas cubrían los senderos, las sombras de los árboles oscilaban con lentitud.\n\nLa puerta —que en un principio denotaba resistencia— se abrió por sí misma con un chasquido, cualidad que no era del todo suya. Una parte de mí esperaba escuchar la risa de mi amigo o el paso apresurado de su madre. Pero el lugar permaneció mudo. Solo el sonido de la lluvia parecía atravesar las paredes.\n\nEl umbral me condujo a un espacio vacío, a una metafísica del despojo. Me quedé parado unos segundos, sin saber si avanzar o pedir disculpas por entrar sin permiso. La ausencia de muebles era una certeza palpable, pero más lo era la ausencia de ruido en un lugar que solía ser una sinfonía de voces. Mis pasos —un rumor sobre el piso— fueron los únicos testigos de un recorrido fantasmal. A cada habitación que atravesaba me esperaba el mismo escenario de abandono. Las paredes conservaban aún las huellas pálidas de cuadros retirados. En la cocina, un vaso solitario descansaba sobre el piso, como si alguien lo hubiera dejado ahí apenas unos minutos antes.\n\nA mi paso, las luces parecían extinguirse, como si la realidad se desdibujara tras de mí. Cuando lo noté, una sospecha irracional comenzó a tomar forma en mi mente. Sentí, por segunda vez, la tentación de abandonar todo este cometido. Sin embargo, el último pasillo ya estaba frente a mí, faltaba tan poco. El corazón, ahora una víscera asediada, se contraía con cada avance.\n\nEn la última habitación —el punto final de mi peregrinación— se disolvió toda esperanza de encontrar a mi amigo. Quise decir su nombre en voz alta, pero me pareció ridículo hacerlo estando solo. El giro, ya un acto de desesperación y resignación, me confrontó con un espejo; uno que antes no estaba ahí.\n\nDurante un instante creí que solo se trataba de un objeto olvidado por los moradores. Pero algo en su presencia desmentía esa simple explicación. El espejo ocupaba casi toda la pared, como si hubiera sido colocado ahí para cumplir una función que el resto de la casa ignoraba.\n\nMe acerqué con cautela. Sentí un cosquilleo en las manos, como si me estuvieran por temblar, pero no lo hacían. Era un rectángulo imponente de cristal, enmarcado por una filigrana de madera negra, que parecía representar bestias demoníacas retorciéndose en la oscuridad. Lo ví más de cerca y deseé no haber despertado esa lluviosa noche; no haber prestado atención al teléfono; no haber acudido al rescate de mi amigo. El horror no residía en el marco, sino en la superficie del espejo: no devolvía mi imagen.\n\nEl último vestigio de mi mundo fue, en el mundo de los otros, la imagen de un hombre corriendo despavorido; mientras aquella familia en vano golpeaba el cristal que —como una pared invisible— los mantenía cautivos: separando dos dimensiones. Sus gestos no pedían ayuda, exigían estar en el lugar que yo ocupaba. Sus rostros eran los que recordaba, pero deformados por una desesperación que con ninguna memoria podía comparar.\n\n***\n\nSemanas pasaron ya. Admito que me asustaba dar testimonio de lo sucedido, pero el miedo a ser el último en este purgatorio con información, fue aún mayor. Ahora, Benavídez es una ciudad de fantasmas, de desapariciones que se cuentan a diario, de figuras que velan en las esquinas. Algunos aseguran haber visto siluetas detenidas frente a vidrieras vacías o reflejos que no son de nadie. Otros juran que, en las noches, un rectángulo negruzco los vigila.\n\nNo sé qué fue lo que vi; parecía un espejo, parecía de ébano. ¿Pero qué es un espejo que no refleja, sino que despoja? Esa noche, me temo, no fue más que el prólogo de una maldición que ahora acecha a la monótona y apagada ciudad de Benavídez.",
"title": "El Espejo de Ébano",
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